martes, 7 de agosto de 2012

Especial Aniversario: 'Arma Letal (Lethal Weapon)', de Richard Donner

En este verano de nostalgia y onomásticas imprescindibles tengo que destacar otra especial que no podía dejar pasar. Hay varias que configuran cierta época tan feliz como irrecuperable. Películas que forman parte de ti y defiendes como si fueran posesión tuya. Acontecimientos considerados baladíes que fomentaron y avivaron tu amor hacia un arte. En el verano de 1987, en los Cines Coliseum de Salamanca, tuvo lugar uno de esos momentos mágicos que se van perdiendo a través de los años, dejando una reminiscencia de satisfacción y un sello vital guardado en la emoción de un instante concreto. Esto fue lo que sucedió a aquel adolescente devorador de cine cuando se dio de bruces con ‘Arma Letal’.
Tal día como hoy, hace un cuarto de siglo, un 7 de agosto, se estrenaba en toda España la película de Richard Donner. Cinco meses después de la premiere americana. Llegaba con la vitola de ‘sleeper’, de exitazo inesperado para la Warner en aquel año. Cuando salí de ver aquella cinta de acción sin contemplaciones, supe que nunca la delataría cuando llegara la hora de atestiguar que ‘Arma letal’ es y será una de mis obras de culto perennes. Expresé lo mismo con muchas más. A algunas las he traicionado, fundamentalmente porque han envejecido mal. O más probablemente porque el que ha soportado el paso de los años con más deficiencia he sido yo. Pero con esta concreto no. Es una debilidad, como otra cualquiera.
Hoy en día, ‘Arma letal’ sigue permitiéndome revivir aquellos momentos. Pocas películas logran transmitírmelo con tanta intensidad. Con el mismo ímpetu que fluye por sus fotogramas de mitología viva del cine de acción de los 80. Inscrita en la clasificación simplista pero muy popularizada que fue el súbgenero llamado “buddie movies”, se adhería al cliché policiaco centrado en agentes de la ley obligados a trabajar juntos pese a sus insondables diferencias. Años atrás, Walter Hill ya había dejado para la historia del subgénero ‘Límite: 48 horas’, otra obra cumbre con Eddie Murphy y Nick Nolte como dos polos opuestos obligados a entenderse. Aquí, todo arranca con un villancico, una joven rubia y atractiva en ropa interior que se acaba de meter una raya de farlopa y que salta al vacío desde un rascacielos cayendo de bruces contra un coche. La presentación de sus dos iconos policiales no se hace esperar, germinando el constante acercamiento a la vida íntima de sus protagonistas.
Por una parte, Roger Murtaugh (Danny Glover), un curtido poli que acaba de cumplir los cincuenta y espera la jubilación para poder disfrutar de su yate de pesca recién adquirido. Es un padre de una familia feliz y ejemplar y siempre ha tenido una posición de tranquilidad dentro del cuerpo policial. Por otro, Martin Riggs (Mel Gibson), un policía con brotes psicóticos que no ha podido superar la trágica muerte de su mujer en un accidente de tráfico. Se levanta con resacas de espanto, fuma como un carretero, anda en pelotas por una destartalada roulotte y se abre una birra mientras orina. En narcóticos sus investigaciones con ‘dealers’ de la droga concluyen con varios muertos y hace gala de unos hábitos poco deontológicos a la hora de detener a los sospechosos. Un contraste ostensible que aviva la representación de dos partes bien discordantes de los códigos policíacos; uno es negro y el otro es blanco, el primero sigue a rajatabla la ley con una impoluta carrera como agente y el segundo es el único policía del sur de Los Ángeles registrado como “arma letal”. Una Smith & Wesson Model 19 contra la más moderna Beretta 92F. El ying y yang. El aceite y el agua. Sin embargo, tras un encontronazo en la comisaría en el que Murtaugh confunde a Riggs con un delincuente armado, sus caminos se han cruzado para resolver un caso que toca de cerca al primero. La chica suicida es Amanda Hunsacker, la hija de un antiguo compañero de ejército y todo parece apuntar a que el caso insinúa un asesinato.
Hasta ese punto, ‘Arma letal’ proyecta una trama bastante convencional; la de dos hombres que no se mirarían a la cara si no fuera porque están obligados a compartir y resolver un crimen. La gran baza del filme de Donner es la automática química que desprender los roles y lo bien que se auxilian esos moldes parabólicos en ambos como cotejo de distintas actitudes vitales que evitan que se caiga en el formulismo. El dinamismo es inmutable y su trasfondo policiaco de altos vuelos ratifica un patrón modélico en la construcción del guión, aportando al subgénero nuevas vías de dramatización conjugadas con ciertos toques de humor que amenizan y estimulan la acción.
Todo ello debido a la grandeza de unos diálogos provenientes de un debutante, un estudiante recién salido de la UCLA llamado Shane Black, que confirió el suspense y la genialidad en un caso de apariencias camuflado tras la muerte de una joven y que brindaba los escenarios del submundo del narcotráfico a gran escala por el que deben desenvolverse los dos agentes para desentramar una complicada red que supone el Caso Hunsaker. Un caso que no es más que la punta del iceberg de un cartel de la droga regida por una banda de mercenarios capitaneados por un antiguo general condecorado; Peter McAllister (Mitch Ryan) y su mano derecha, el temible Sr. Joshua (Gary Busey). La fórmula de las “películas de compañeros” se vio alterada con la conducción del drama, que vehicula la historia haciendo avanzar las tramas y dejando en un segundo lugar la acción explosiva con una investigación que va cobrando protagonismo con gran naturalismo y credibilidad, si bien, en su eclosión, cuando todo estalla por los aires, responda más a un objetivo definitorio del cómic más desorbitado (la pelea final entre Riggs y Joshua sigue siendo la parte más inverosímil) que a esta directriz. En cualquier caso, el sentido de ‘Arma letal’ encauza su tempo narrativo siempre apuntando a las emociones y reflexiones buscadas por el guionista y el realizador, más allá de todo el culmen de fisicidad hemostática y el dinamismo explotado en su último tramo.
Todo ello con oscilaciones de adrenalina y disparos, de movimientos graduales en las hazañas de estos dos policías marcados con grandes dosis de ironía que ejemplifica ese choque entre Riggs y un suicida que amenaza con tirarse desde una cornisa (“¿De verdad quieres tirarte? Venga vamos gilipollas. Por mí estupendo. Yo quiero tirarme”). La descripción del ritmo fusiona a la perfección sus subtramas engarzadas con ‘set pieces’ que son elegías al cine de acción lleno de corrosiva actitud gamberra. ‘Arma letal’ incluía bajo su afable comercialidad una dramática versión del policía problemático y autodestructivo patente en la que puede ser la mejor interpretación de Gibson en toda su carrera, al recordar a su mujer y tentar con el suicidio. Martin Riggs está lejos de ser un antihéroe, por mucho que se entronice como un ‘action hero’ de los 80. Es policía peligroso y temerario, cierto, pero no es más que un perdedor que va fraguando su redención en la amistad y la fidelidad hacia su nuevo amigo y hacia su profesión en una progresiva admiración a esa forma vida familiar de Murtaugh que le imponen su realidad y que él nunca tuvo. En ‘Arma letal’ la virtud más destacada sería la introducción del espectador dentro de un juego de divergencias, con ascendente tensión y acción en la evolución de la amistad entre Murtaugh y Riggs y que denota la fuerza cinética de sus propósitos.
De este modo, ni a Donner ni a Black les pesaba en exceso imponer un mensaje cuanto menos ambiguo en la forma de administrar la ley y el oficio de policía en una gran ciudad, traspasando la línea de lo constitucional si hay que hacer de la justicia el medio para alcanzar una venganza personal, abriendo diferentes frentes de ataque con esos villanos que han abandonado su pasado como héroes de Vietnam para ejercer como peligrosos traficantes de droga. Vietnam, de hecho, marca, de una u otra forma, la vida de todos los personajes que aparecen a lo largo de la trama. Y aunque prevalece la acción y no hay lugar para la incertidumbre sobre el devenir superheroico y el ‘happy end’, el filme sigue sin perder sus dilemas morales y duplicidad ética en sus personajes principales. Sobre todo, cuando Murtaugh ve peligrar la vida de los suyos y no tiene ninguna duda a la hora de pasarse por el forro los estatutos policiales afianzando el incorrecto y sádico método del “disparar a matar” que configura la ley del más fuerte que propone desde su inicio Riggs.
Richard Donner nunca ha sido considerado como un nombre destacado dentro del género, pero en ‘Arma letal’ hay que legitimar su dominio de los aspectos visuales y sonoros del género. Cada plano es coreografíado con gran firmeza, sin perder esa pátina inocente y algo incauta que profería la espectacularidad de la acción siempre directa y cuidada tan característica de la iconografía de finales de los 80, con especial atención que se le da al sentido narrativo. Este filme de culto es un arquetipo de estricto y genuino espectáculo, un primoroso producto que puede verse como simple ejercicio de acción o como revulsivo de todo el cine genérico que vendría después, con su delectación estética y rítmica que desarticulaba cualquier regla establecida.
De ahí que en ‘Arma letal’ hubiera algunos de los mejores momentos de acción vistos en mucho tiempo, filmados con gran energía y excelente aptitud técnica que nunca ha sido lo suficientemente encumbrada. Ejemplo de ello es esa larga secuencia del tiroteo en el desierto. Una propuesta como‘Arma letal’ no planteaba nada nuevo, pero había algo diferente en ella. Y se trataba de la honestidad con la que está expuesta, logrando que emocionara con la violencia y la libertad de movimientos de sus personajes de principio a fin, moderando la energía de sus resortes y punteando su grandeza con la lacónica música de cine negro pulsada por guitarras y saxos de la mano de Michael Kamen y Eric Clapton. Aquello era pura acción y estricto entretenimiento.
En su día, Warner Brothers tuvo una fe muy limitada en este producto. Fue Joel Silver el que abriría la veda con la confianza ciega en este tipo de cine a punto de encontrar su momento en Hollywood. Supuso un gran acierto en taquilla y daría pie a que películas como ‘Jungla de Cristal’ y ‘Depredador’, magnas obras del colosal John McTiernan (y de las que me hubiera gustado analizar en el Abismo) vieran la luz con derroche de medios. En su día algunos lo consideraron un espectáculo visto como machista, otros como una película intrascendente y menor. Pero ahí está en toda su integridad una rotunda ‘action-movie’ que marcó la estela del cine de acción posterior con aquella determinación ajustada a los parámetros de un género que viró con la llegada de este, vamos a decirlo ya, clásico de culto inagotable.
Por mucho que pasen los años, los fans de esta saga que, en su posterior desarrollo mantuvo la esencia y el espíritu iconográfico de su génesis, pero nunca estuvo a la altura, sigue siendo un filme con un poder y una fuerza inconfundible. Echando un vistazo atrás, se puede reafirmar que ya no se hacen películas como ‘Arma letal’. Y que con una cinta mítica como es el caso nunca estaremos “demasiado viejos para esto”. Seguro que los habrá (y muchos) que crean que todo este post “tiene muy poco peso”, pero lo cierto es que Riggs y Murtaugh siempre serán como dos viejos amigos con los que volver a disfrutar de aquellos tiempos en los éramos capaces de disparar a un hombre a un kilómetro de distancia y contraviento. En los que el cine de acción emocionaba y las películas pasaban directamente a ser un pequeño clásico que recordar. 25 años. Ahí es nada.