martes, 24 de julio de 2012

'Appetite for destruction' cumple 25 años

Este pasado sábado se cumplían 25 años del lanzamiento de uno de los discos considerados como trascendentales dentro del rock contemporáneo. El ‘Appetite for destruction’ de los Guns N’ Roses ha vendido más de treinta millones de copias en todo el mundo y llegó a consolidarse como un emblema icónico de una generación que vio revolucionado el panorama cambiante del heavy metal a final de la década de los 80. En 1987 el grupo, tras una gestación de vaivenes de componentes, salió a la venta después de que el grupo, bajo el sello Uzi Suicide Records, publicaran un primer trabajo en forma de EP en directo cuyo título fue ‘Live ?!*@ Like a Suicide’. Fue el comienzo. El encontronazo con Paul Stanley, de los míticos Kiss, no dio sus frutos a la hora de lanzar el que sería, a la postre, todo un éxito sin precedentes, pasando a ser producido por Mike Clink, que tenía bajo su tutela a otros clásicos del rock como Mötley, Megadeth o UFO.
Que el comienzo del álbum fuera un himno trascendental como el ‘Welcome to the jungle’ invitaba a lo que vendría a lo largo de todo el disco, a esa predisposición a la locura, a la rabia y el salvajismo de esa jungla como una gran ciudad devenida en peligroso paraíso de drogas y excesos. Abanderados por el gran William Bruce Rose, un tipo pelirrojo algo enclenque y excéntrico que vestía faldas escocesas, camisetas de leopardo, pañuelos en el pelo y lucía provocativos tatuajes traspasaría su propia estela de ‘rock star’ con el nombre que todo el mundo sigue recordando: Axl Rose. Sus contoneos en el escenario peculiarizaban la insurrección desbocada que hacía extensible ese tono indócil y contestatario en la no me nos simbólica imagen y estilo de su guitarrista principal, Saul Hudson “Slash”, con enigmático pelo afro que impedía dejar ver sus ojos y sombrero de copa junto a aquella mitológica réplica especial de la Gibson Les Paul del 59 confeccionada por Chris Derrig. Izzy Stradlin, Duff y Steven Adler completaban a aquel grupo primigenio que fue cambiando del miembros en su posterior descomposición y decadencia como banda.
Los Guns N’ Roses irrumpieron en el mundo de la música con fuerza, pero también crearon un distintivo a la hora de darse a conocer, vendiendo, además de su poderosa fuerza musical, una imagen, una idiosincrásica y característica forma de vivir el ‘rock and roll’. La idea del libre albedrío, de hacer lo que les saliera de los cojones dentro y fuera del escenario con una actitud autodestructiva y autocomplaciente con su ambición y posterior éxito fueron el marchamo que a ellos les gustaba adjudicarse. Su rollo de banda de delincuentes funcionaba a la perfección en la juventud, que les veía como esos chicos malos que provenían de familias disfuncionales y con ciertos problemas de disciplina. Era la realidad. Tanto las letras del ‘Appetite…’ como sus constantes problemas de disciplina y escándalos que terminaban en comisaría conferían al grupo de Los Ángeles esa ambición prototípica rockera a la hora de hacer realidad el sueño de cualquier grupo de chavales con talento que se lanzan a vivir una fantasía de sexo, rock and roll, alcohol y drogas con el única pauta del ‘carpen diem’. No importaban las consecuencias de los actos y los doce cortes del disco reflejaban esa explosiva mezcla de violencia, apego sicalíptico y plétora de alucinógenos. Un disco hijo de su tiempo que refleja aquel momento de anarquía de una juventud desconcertada que encontraba un dudoso reposo en todo tipo de abusos inmoderados envueltos en una mezcla de heavy, glam, punk y rock clásico. Las cacareadas peleas entre ellos, el caos que suponía albergarles en cualquier hotel o local, los destrozos una antigua casa del clásico cineasta Cecile B DeMille derivaban en una falta de respeto abusiva que funcionó como una estrategia comercial estudiada y eficaz. Tanto, que para lanzarles bajo esa condición de macarras provocadores, llegaron a estar vetados en la siempre políticamente correcta MTV en horarios de madrugada. Después, el magnate de la cadena, David Geffen, sería el productor de sus siguientes discos. Toda una jugada.
Pese a que siempre fue un grupo víctima del marketing y algo artificioso en el espíritu de representar el rock y la música, ‘Appetite for destruction’ dejaba claro la abrumante calidad de aquel incendiario conjunto. Destacando, de entrada, ese chillido potente que sostenía un falsete desmedido y rítmico de un cantante diferente que extendía su amplia variedad de registros vocales hasta límites insospechados. Axl era el reclamo. El líder, el puto amo sobre el escenario que dilataba la grandeza de su vocalidad a través de la interacción de las guitarras entre Slash y Izzy Stradlind. Los Guns N’ Roses se autodefinieron musicalmente desde su comienzo con estilo propio e inconfundible que abrieron la puerta a una generación que se denominó L.A. Hard Rock con sus incisivas guitarras y sus riffs contundentes, ajenos a los convencionalismos y sin perder esa perspectivas e influencias de grupos como Aerosmith, New York Dolls, Kiss y clásicos como Led Zeppelin o los Rolling. Los Guns recogieron el testigo de esa filosofía de “sex, drugs & rock ‘n’ roll” de Mötley Crue o Twisted Sister para darle la vuelta y llevarla más allá. La visceralidad de sus letras y su ejecución convivían con esa condición variable de crudeza versátil subrayada con una cantidad de recursos alucinantes capaces de transmitir ese tono salvaje, peligroso y corrosivo con el que querían ser identificados.
Las antológicas ‘Welcome to the jungle’, ‘Paradise city’ y ‘Sweet child o’ mine’ fueron pelotazos absolutos, realmente representativos de un disco que incluía intenciones y letras plagadas de alusiones al alcohol de garrafón, como en ‘Nightrain’ a la continua adicción a las drogas, como en ‘Mr. Brownstone’ y ‘Paradise City’, desplegando una serie de alusiones subjetivas al paraíso de corrupción que se vivía en Los Ángeles a finales de los 80 o con jadeos de sexo real entre Axl y una antigua novia llamada Adriana Smith en ‘Rocket Queen’. Por supuesto, hubo quien dejó escapar la oportunidad para hacer aún más polémica acusando al grupo de un ejemplo de apologético ejemplo ensalzando el alcoholismo, misoginia y homofobia. Un grupo creado desde y para la controversia, como ejemplificaba la portada original del disco creada por Robert Williams donde un Cyborg que acababa de violar a una chica y que tuvo que ser sustituida por otra más convencional en forma de cruz con los rostros cadaverizados de sus componentes.
Un disco cuyas enfurecidas canciones se convertirían en la banda sonora de una generación, siendo capaz de recoger la invaluable esencia de una época inolvidable para los que la vivimos con toda la intensidad posible. Tras el ‘Appetite’ los Guns N’ Roses consolidaron su cetro como reyes del panorama musical con los imprescindibles volúmenes ‘Use your illusion’ para vivir una debacle personal y artística que se tradujo en dos discos muy espaciados en el tiempo como fueron ‘Spaghetti incident’ o ‘Chinese Democracy’ carentes de la magia de los tres primeros. No obstante, este hecho no resta la grandeza de un grupo que lideró la iconografía norteamericana musical de finales de los 80 y principios de los 90 y sobre todo en la escena musical posterior. Ha pasado un cuarto de siglo y aún hoy, en la revisión nostálgica de los clásicos, este álbum ejemplar, puesto a toda hostia y con la actitud evocadora necesaria, sigue siendo impresionante. Haced la prueba y dejaros llevar por el sublime debut de aquella banda legendaria que pasó a ser Historia de la música. Abrid una lata de cerveza, encendeos un cigarro de la risa, evocad aquellos años y veréis que todavía sigue estando vigente: ¿Where do we go now? ¿Where do we go now?