viernes, 25 de mayo de 2012

Final de Copa 2012: 110 años después

El 16 de mayo de 1902, en el Hipódromo de Madrid se disputó la Copa de la Coronación de Alfonso XIII. Era la primera competición que pasaría a ser la Copa del Rey. Entonces había un combinado formado por los equipos bilbaínos del Athletic Club y el Bilbao F.C. y que jugó bajo la denominación de Bizcaya. Luis Arana, Careaga, Larrañaga, Luis Silva, Amado, Arana, Goiri, Cazeux, Astorquia, Dyer, Ramón Silva y Evans se enfrentaba al F.C. Barcelona de E. Morris, Pamies, Meyer, J. Morris, Witty, Valdés, Parsons, Gamper (fundador del club azulgrana), Steinberg, Albéniz y E. Morris.
Por aquel entonces, el Barça ya era un equipo que asustaba, con lo más granado del fútbol internacional en sus filas y con solidaridad de un planteamiento definido y preparado para la ocasión. La semifinal, jugada contra el Real Madrid había sido ganada con facilidad sin necesidad de recurrir a sus titulares. Por el contrario, el Athletic sí llegaba tocado y mermado por el cansancio físico. No fue óbice para que los goles de Astorquia y Cazeux desgastaran las ilusiones y la fuerza de un Barcelona que sólo pudo recortar el marcador en los minutos finales con un tanto de Parsons.
Fue la primera Copa del Rey para el Athletic, aunque los fastos oficiales contradigan que su primer título llegara tan sólo un año después, ganándole la final al Real Madrid. 110 años después el Athletic tiene la oportunidad de rememorar aquella hazaña de esa Copa de la discordia, que está como oro en paño en el Museo de Ibaigane y que durante largo tiempo ha seguido convirtiendo al equipo rojiblancos en lo que siempre ha sido: “El Rey de Copas”. Hasta que hace tres años, el Barça no dejó saldar al Athletic la deuda con su Historia. Se enfrentaba al génesis del que ha sido uno de los mejores equipos que ha dado el fútbol y la Era de un entrenador como Pep Guardiola que lo ha logrado absolutamente todo en un tiempo récord.
Aquel gol de Toquero en el minuto abrió unas ilusionantes expectativas que se fueron diluyendo por la rotundidad de un juego que aplastó al conjunto de Joaquín Caparrós y le endosó un inmerecido resultado de 1-4. Demasiado castigo para un equipo y una afición que vio cómo su equipo caía ante la velocidad de movimiento del esférico de un Barça completamente estratosférico y perfectamente táctico. Fue un duro trance ante tanta esperanza frustrada. Todo eso, forma parte del pasado.
Tres años después el destino ha querido que en su vuelta a la Gran Final Copera, el Athletic tenga enfrente el mismo rival. El Barça sigue siendo el gran favorito, el intocable que, sin embargo, ya no da tanto miedo como en el pasado reciente. Además, la final de Bucarest ya está olvidada. Han pasado dieciséis días desde la catástrofe. Tiempo suficiente para que ese ideólogo, de esa máquina perfeccionista de la estrategia que es Marcelo Bielsa, obsesivo y erudito en estas cuitas, haya tirado de psicología y haya devuelto la ilusión al equipo y a la afición. “El loco” ha demostrado en los dos partidos de liga contra los culés que sabe jugarle al gran campeón, pese a que no haya conseguido la victoria en ninguno de los dos choques. Esta noche vuelve a ser la oportunidad perfecta para saldar débitos pretéritos. Hay generaciones de aficionados que no han vivido lo que es ganar final, sentir la desmedida euforia de un triunfo de un equipo transformado en sentimiento. Una nueva generación de aficionados que desean vivir en primera persona las gestas que se han negado, como aquéllas legendarias hazañas de los 80, cuando el fútbol era equitativo y se medía por los méritos deportivos y no económicos y cuando las distancias entre clubes ricos y los humildes no eran tan descomunales y diferenciadoras como las que existen hoy en día. Y estos chavales se merecen la oportunidad de experimentar esas hermosas sensaciones colectivas.
El Athletic vuelve a estar en una final. La tercera en tres años. Algo muy difícil de pensar hace tan sólo un lustro. Y estamos de nuevo en la final de la Copa del Rey. La nuestra. La que más ilusión hace. Otra final que enfrenta a Goliat, el gigantesco equipo globalizado que aspira a darle a Guardiola el último título de un periplo que ningún entrenador será capaz de igualar ante ese Athletic que este año ha enamorado con su fútbol, el pequeño David con ansias de devolverle a la afición una alegría más, de recuperar el unánime sueño de un título. Los galones que los diferencian no serán un problema. Para el Barça es una muesca más en su colección de trofeos. Para el Athletic, sin embargo, esta Copa del Rey es especial, porque simboliza mucho más que un título. Casi tres décadas (veintiocho años) desde que el gran capitán, Dani, levantara la Copa del Rey, alejados de la grandeza de esos momentos son demasiados años de ilusiones y sueños destrozados por una realidad de absurda perversidad con la que es y seguirá siendo la mejor afición que tiene el fútbol actual. Son treinta y seis finales de las ciento ocho disputadas. Y éste año, el juego voluntarioso y sólido, donde prima la propiedad del balón sobre el campo, con su rápida circulación y una mentalidad repleta de ideas, de progresivo crecimiento con conceptos novedosos atesorada por una plantilla que es la más joven de la liga nos hace ver esta oportunidad con alguna perspectiva más halagüeña. Los pecados de juventud y temores, el agarrotamiento y la presión que hicieron que este gran equipo no mostrara su mejor juego contra el Atlético de Madrid de Simeone, deben servir como incentivo a la hora de aprovechar la inmejorable ocasión de enmendar los errores.
Es la hora de demostrar una vez más el espíritu guerrero, exhibiendo las cualidades luchadoras que han mantenido al equipo en Primera División desde el principio de la historia. Y para la afición, ése motor de voces y espíritus volcados apasionadamente con el equipo, convoca otro instante de unión colectiva memorable. Hay que dejarse las gargantas, en Madrid, en Bilbao y desde la distancia. En cualquier punto del mundo. La final será un partido donde se sufrirá cada minuto, cada oportunidad y en cada desliz. Pero, sobre todo, hay que celebrar los goles como jamás se ha hecho y seguir animando sin freno si se recibe algún otro. Y con todo esto, la victoria dejará de ser una utopía para acercar de nuevo la Gloria a San Mamés y al Botxo. Las lágrimas de tristeza serán reemplazadas por otras bien distintas. Los leones tienen que rugir como nunca y preservar la tradición ancestral de un club que, aún hoy en día, sigue siendo único en el mundo, salvaguardando las señas de identidad que defienden un estilo ajeno a la marabunta de intereses en la que se ha convertido el fútbol moderno, desde la honestidad de esa idea que cohesiona el compromiso con la tradición. Vuelve a ser una empresa que muchos consideran improbable, sí. Pero esta vez puede suceder y nadie puede quitarnos la ilusión. La misma que, en ocasiones, hace accesible los triunfos y convierten lo imposible en una realidad certera.
Hay que darlo todo y dejarse la piel. Que nadie dude de que esto vaya a ser así. Y poder contar que aquel 25 de mayo de 2012 ganamos la vigésimo quinta Copa del Rey ante el mejor equipo del Mundo. La Gabarra nos espera. Y si no es el domingo, será muy pronto. Que nadie pierda la esperanza.
Es nuestro momento ¡¡A por ellos, leones!! ¡AUPA ATHLETIC!
¡¡Beti Zurekin!! KOPAREN BILA.