miércoles, 18 de abril de 2012

Una secuencia al azar (XIII): ‘Cowboy de Medianoche’, los fantasmas del pasado perviven en el presente

La secuencia al azar de esta tan abandonada sección abismal pertenece a ese clásico moderno que es ‘Cowboy de Medianoche’, mítica obra de John Schlesinger que, estrenada en circuitos con la calificación X, ha sido la única en toda la Historia en obtener los tres Oscars más importantes del año (mejor película, mejor dirección y mejor guión) con esta distinción de censura para adultos. La historia de Joe Buck, ese ‘cowboy’ texano que emigra a Nueva York a ejercer la prostitución y se da de bruces con un oscuro mundo de fracasos, vagabundeo y purulencia moral junto a un timador de poca monta, lisiado y enfermo, llamado “Ratso” Rizzo, continúa siendo todo un ejemplo de filme inalterable pese al paso del tiempo. La secuencia de hoy inicia con el tercer acto, donde se corrobora la soledad de un vaquero que no tiene a lo que aferrarse si la cosa se pone fea, cuando llama por teléfono a la que ha sido su primera y única cliente, Shirley (Brenda Vaccaro), sin nadie a quién recurrir. Su amigo y proxeneta está agonizando y necesita salir del infierno. No hay lógica. Sólo deseos. Requiere un médico, como sería lo normal. Sin embargo, no es lo que necesita. Ya es demasiado tarde. Para el protagonista, el hecho de que el amigo moribundo cumpla su último deseo de ir en autobús a Florida posee mucho más peso sobre su conciencia que el auxilio por salvarle la vida.
Para lograrlo, parece ser que sólo hay una salida. La colisión directa al infierno que suponía ese falso erial de mujeres ricachonas y dinero fácil que sabe que no existe. Ser chapero es más fácil y si se quiere dinero fácil ejerciendo la prostitución, hay que hacerlo sin alma y con violencia. La única salida de Joe. La eficacia de esa caza que Schlesinger metaforiza visualmente con Joe disparando una escopeta en un centro recreativo avanza la decadencia a la que se va a someter el joven ‘cowboy’. Es allí donde aparece Towny (Barnard Hughes), un hombre negocios de Chicago que le invita a acompañarle a su hotel. Movido por la necesidad, la secuencia va revelando los peores fantasmas de Joe. Primero, el catolicismo exacerbado de un desagradable hombre en busca de un joven que satisfaga sus obscenos deseos insatisfechos. Segundo, la carga ética que supone tanto su lisiado compañero como sus sueños destrozados en una oscura habitación.
Mientras el hombre habla con su madre, Joe se mira al espejo convenciéndose así mismo de un discurso creíble para conseguir el dinero para su amigo: “Tengo un chico enfermo que debe ir al Sur”, se dice a la vez que vemos un montaje intercalado de Joe arrastrando a “Ratso” hacia un taxi. Llegado el momento de la verdad, toda esa ira acumulada, los traumas y el desconsuelo, acaban dando paso al exterminio de la poca inocencia que va quedando en el joven, triturada por la situación y la carestía. Ese hombre católico podría representar lo que hubiera sido él, su pasado de falsedad y heridas, así como lo que lleva dentro: “Oh, Dios, odio esta vida” parecen compartir con la frase del viajante.
Es entonces cuando amenaza a este hombre, al que lincha y roba en una de las secuencias de violencia más incómodas nunca vistas. En el instante en que Joe forcejea con Towny, aferrado a la mesilla para evitar el hurto, los constantes puñetazos dejan la imagen superpuesta de “Ratso” en un par de planos cuando está a punto de machacarle la cabeza con una lámpara. Cuando asesta un último golpe (magnífico el detalle del fulano perdiendo la dentadura postiza) Joe se ha transformado en un despreciable gigoló de bajos fondos, pero a la vez invoca una necesaria catarsis de un final escrito. La de ese trayecto vital hacia la costa, escapando de la miseria sin ningún tipo de sueño que cumplir, más allá de la huída en busca de inalcanzables posibilidades de un mundo agresivo e inclemente.
‘Cowboy de Medianoche’ es una perturbadora oda al fracaso en un mundo de sueños incumplidos e insatisfechos que no se logran materializar por ninguna de las dos vías que se presentan; ni Joe tendrá en Nueva York el éxito mujeriego que esperaba, ni la ínfulas paradisíacas de “Ratso” se harán realidad. Waldo Salt (uno de los célebres integrantes de la “lista negra” de Hollywood) tradujo la desesperanza de la novela de James Leo Herlihy en la dureza con la que el sueño americano mostraba su peor cara, el reverso de la moneda. La ingenuidad era dinamitada por la indigencia, por la hostia que significa ver cómo los sueños esquivos se transforman en fracasos y la única expectativa que se abre es la de escapar día a día del miserable mundo en que o lavas platos como en tu pueblo o te prostituyes a bajo saldo.
Una desgarradora y realista película sobre la pérdida de la inocencia a través de una historia de amistad y afecto entre dos hombres cuya sexualidad es puesta en duda de forma latente y ambigua, personificados por un Jon Voight descomunal y Dustin Hoffman que, pese al moderado histrionismo, dota a su tullido de una fragilidad canalla impresionante. Más allá de la complejidad de su relación, lo que les une es la instintiva iniciativa de resistencia que liquida el optimismo con un recorrido emocional aplastante. Schlesinger logró transmitir la incertidumbre de la época, en su vena más cruda y naturalista y el espíritu de finales de los 70, ejemplo germinal de las bases que revolucionarían el cine y su concepto en los años de los ‘Moteros tranquilos y toros salvajes’ que definió en su libro Peter Biskind donde todo lo viejo era malo y todo lo bueno era bueno y la reinvención y destrucción de clichés dio paso a otra visión mucho más realista de la verdadera situación que rodeaba al mundo.
Desde esos hipnóticos ‘flashbacks’ que salpican y dinamitan la acción con un efecto pesadillesco y psicotrópico montados de forma conveniente por Hugh A.Robertson con las pesadillas recurrentes sobre los traumas de infancia y adolescencia de Joe, de su ultracatólica e hipócrita abuela, de la violación de su novia, donde cabe la culpa y el rencor o el extraño delirio de grandeza en el sueño de “Ratso”, de su ansía por seguir junto a su amigo mientras evita sin conseguirlo acabar como su padre limpiabotas que murió analfabeto y víctima de los hedores de los betunes. La descripción de los ambientes lóbregos de la gran ciudad de Nueva York inhóspita, debut del director de fotografía Adam Holender, avanzaría una desoladora severidad de otros títulos míticos de los 70 que mostraban la ciudad de los sueños como una agresiva jungla de ambiciones desalentadas. Un orbe sórdido y sucio. De nocturnidad y fiestas psicodélicas, de restaurantes donde una loca juega con una rata de juguete y su hijo, de rostros que miran displicentes y con asco, de personas que representan la deshumanización que rodea la gran manzana.
Lo curioso de un oportuno revisionado es que hoy en día, tal y como está el panorama social, ‘Cowboy de Medianoche’ no está muy lejos de reflejar la sociedad moderna que parece retrotraerse hacia modelos y actitudes rejuvenecidas, donde el constante desprecio hacia las clases más desfavorecidas no hace más que devolver la mirada en el espejo del mundo en el que vivimos. El desencanto se ha apoderado de nosotros otra vez. Y este ejemplo de supervivencia en un trayecto emocional lleno de recovecos y de arduos obstáculos que descubre la miseria, el egoísmo, la descomposición social que cada día aumenta su inventario numerológico de perdedores, abatidos trabajadores avocados a la pobreza y desesperados frustrados que caminan sin un rumbo concreto da buena cuenta de ello. Eso sí, sin perder de vista la banda sonora solaz de John Barry y el eterno ‘Everybody’s Talkin’ de Nilsson.