martes, 27 de marzo de 2012

Una década sin Billy Wilder

Se cumple una década de la muerte de uno de los cineastas más carismáticos e importantes de la historia del cine y una de las personalidades más trascendentales de su Historia. Samuel Wilder, más conocido como Billy Wilder, fue, como bien apuntó Fernando Trueba cuando recogió su Oscar en 1993, un director cercano a Dios en el orbe cinematográfico del cine clásico de Hollywood. Escéptico, irónico e incisivo, el humor de Wilder, blanco y distinguido de sus comienzos, llegó a convertirse en sátiras visiones inelegantes contra la sociedad de la época en que el gran cineasta realizó sus mejores y más portentosos trabajos.
Entre el amor y la frustración, sus obras siempre mostraron, tras sus magistrales guiones, que Wilder era mucho más que un cineasta. Ahora mismo, el pequeño gran hombre, podría considerarse un filósofo del escepticismo que se encargó, mediante sus películas, de hacer ver al ser humano sus carencias, su mediocridad, atenuando con su vena cínica y humorística (no ajeno a un moralismo siempre decaído y triste) nuestra propia estupidez. Wilder, 100 años después, sigue siendo parte de aquellos que aman al cine por encima de todas las cosas.
El cineasta nació el 22 de junio de 1906 en Sucha, hoy Polonia y entonces Imperio Austrohúngaro (en cuya inexistente guerra participaron los mejores personajes de Azcona y Berlanga). Creció en Viena y más adelante ejerció como periodista (ya de estilo inconfundible y caústico) en Berlín, después de haber estudiado varios cursos de Derecho. Empezó en el cine trabajando para la UFA, corrigiendo guiones. Y ahí donde se encuentran una de las claves fundamentales de su importancia: el guión. La palabra que define a Wilder. El sumo cineasta fue tan trancendental porque sus guiones rozaron, muchas veces, la buscada perfección. Policíacos, comedias, dramas, a veces musicales, algunos textos frívolos incluso la adaptación de libros populares en sus inicios, como ‘Emilio y los detectives’, configuraron su progresivo e inacabable bagaje hacia el éxito. Los nazis, esos soldados que fumaban sus pitillos colocándose sus cigarros entre los dedos corazón y anular fueron los responsables de que Wilder tuviera que expatriarse a París. Fue donde conoció a Joe May, que sin dudarlo se lo llevó a USA y poco hizo falta para convertirse en uno de los demiurgos de la meca del cine. Primero como dialoguista de Lubitsch, Leisen, Hawks... luego configurado como uno de los mejores directores y guionistas que ha tenido nunca la historia de Hollywood.
A todos nos hubiera gustado ser como Wilder, que cada vez que abriéramos la boca fuera para decir algo inteligente, que surgiera algo lúcido. Billy Wilder amparó la esencia humana, manifestada deliberadamente en el entorno visual, pero sobre todo en el guión, que supuso el alma de su construcción narrativa, traduciendo un carácter simbolizado, a su vez, en una destreza cínica inconmensurable, en una visión cínica cargada de humor donde nunca faltaba una peculiar y cómica mala hostia.
La sobrecogedora misantropía de ‘El crepúsculo de los dioses’, ‘El gran carnaval’ o ‘Perdición’, extendida su grandeza de dos de mis películas predilectas como son ‘Uno, dos, tres’ y 'Primera Plana'. Escribiendo ya en primera persona, sin poder evitarlo a medio artículo, no puedo dejar de conmoverme al mencionar cintas que me han aportado tanto y que han sido vitales para mi desarrollo como cronista de tercera fila, como vulgar fabulador y guionista, como frustrado aspirante a cineasta: ‘Traidor en el infierno’, ‘El apartamento’, ‘Irma la dulce’, ‘Berlín Occidente’, 'Sabrina', ‘Con faldas y a lo loco’... Wilder debería ser una asignatura obligatoria en la vida de toda persona para aprender que la hipocresia y la crueldad también forman parte importante del mundo que nos rodea.
Un hombre que supo ver más allá de la propia condición y mezquindad humana para crear viajes a los vórtices más desagradables de nuestra racionalidad, de nuestro resentimiento, del desprecio o del despropósito. Un moralista que jamás renunció a inducir o provocar, y que reflejó como nadie la humanidad del sentimiento, siempre circunscrito a lo peor de nosotros mismos, a los errores que se cometen en la vida. Wilder condenó, mediante sus impresionantes historias, el imperativo abstracto de la ley, pero instituyendo una confabulación activa, combinando humor y pasión a partes iguales.
Fue grande, probablemente el mejor, un mago visual y narrativo. Y otra de las claves que hacen que el cine de Wilder apasionara en una proporción tan inmensa fue porque sus historias trataron al espectador como seres inteligentes. No como en la actualidad, donde el ‘mainstream’ parece utilizar al gran público como auténticos gilipollas. Wilder forjó su carrera cinematográfica con trabajosos sobre la ilusión y el fracaso, el prototipo de mujer ‘pin up’ para encubrir ráfagas de misoginia, genial vulgaridad, complejas conductas que giran sobre el dinero y el sexo, metamorfosis sentimentales que descubren la intimidad. Argumentos incontestables que permanecen ahí, en sus películas, en su obra, en toda su creación. Por tanto, Wilder es EL GUIONISTA por excelencia.
Un hombre que, llevado a mi caso particular, me ha ensañado casi todo. Es cuando uno comprende que los cientos de libros de cine que tienen como tema la escritura de guiones no sirven más que para sucumbir ante la norma, sometiendo al que escribe a la ergástula de lo demagógico. Tal vez esté equivocado, que sea pura digresión, pero lo cierto es que Wilder aleccionó con sus guiones a las generaciones venideras descubriendo que la sencillez del primer acto te permite subrayar los aspectos más inextricables de las maquinaciones del posterior desarrollo de la historia. Enseñó que, partiendo de ahí, la puesta en escena puede convertirse en un aliado muy poderoso. Y de ahí, uno sólo puede alabar la grandeza de este pequeño genio irrepetible.
El viejo Wilder no pudo cumplir su deseo de morir a los 104 años, sorprendido por el marido de su joven amante, pero dejo una huella imposible de borrar en la grandeza del Séptimo Arte. Un dios con multitud de devotos. Uno de los referentes de cualquiera que se considere un buen cinéfilo. El cineasta que supo ser, con humildad, uno de los mejores y más sabios directores que tendrá el cine en su evolutiva y vasta historia.
Billy, estés donde estés, te echamos de menos y te seguimos venerando.