martes, 6 de marzo de 2012

John Belushi, tres décadas después de su muerte

Como la de Jesucristo, la vida de John Belushi se apagó con 33 años. Después de casi dos meses de plétoras tóxicas continúas desde que aterrizara en Los Angeles procedente de Nueva York, aquel 5 de marzo de 1982 el cuerpo del actor dijo basta. Esa misma noche estuvo en los aledaños del Roxy, en un club llamado On The Rox, cuando Cathy Smith, conocida ‘groupie’ de gente como Gordon Lightfoot o Rick Danko y a la que apodaban “Silverbag”, porque llevaba en un bolso de plata toda la droga demandada por las estrellas de primer orden, le tuvo llevar y dejar en la puerta de su bungaló del Château Marmont, ese lujoso complejo hotelero que preside la parte más lujosa del centro de Hollywood. Después de echar la raba, volvió a tomarse unas copas, ésta vez acompañado de amigos ilustres que iban y venían, como Robin Williams y Robert De Niro, que estuvieron con a eso de las tres de la madrugada junto a él. El último en abandonarle se fue preocupado porque al bueno de John le había empezado a sangrar la nariz. Según él, no pasaba nada. Era algo normal. Belushi siguió metiéndose alcohol y cocaína hasta altas horas de la madrugada.
Después de una noche de duchas, tiritonas y convulsiones varias. “Silverbag” acudiría en su ayuda. Sin embargo, Belushi quería más. Y llegó a la conclusión que sus ansias de desenfreno culminarían con la magnífica idea de hacerse un “viaje” de ‘speedball’, lo que viene siendo una mezcla de cocaína y heroína. Al menos, es lo que confesaría dos meses después de aquello Smith en un artículo titulado ‘I Killed Belushi’, en el National Enquirer del 29 de junio de 1982. El cómico tenía fobia a las agujas y obtuvo en esta mujer a su aliada perfecta para ese último contacto con la droga, la perdición de su vida. Cuando su preparador físico William Wallace llegó por la mañana para su sesión diaria, John Belushi ya había fallecido. La promesa consolidada de la comedia americana se iba justo cuando estaba punto de eclosionar comenzado los años 80. Entró con mucha fuerza en el mundo de la comedia.
Fue una de las voces del programa radiofónico ‘National Lampoon’s Radio Hour’ y en seguida fue contratado nada menos que para ser la nueva pieza indispensable e icono generacional del clásico programa de televisión estadounidense ‘Saturday Night Live’, donde su desvergüenza, humor salvaje e irreverente dejarían algunos de los momentos imprescindibles en los fastos del ‘show’. Imitaciones de Elvis Presley, William Shatner, Franklin Roosevelt, Elizabeth Taylor, Marlon Brando, Edward Asner, Joe Cocker o Roy Orbison y sus míticos personajes Samurai Futaba, Steve Bushakis y Jake Blues, la mitad oligofrénica de los Blues Brothers, junto a su gran amigo y socio Dan Aykroyd, definirían su paso por el programa hasta que decidió marcharse (con un Emmy como guionista debajo del brazo) a probar fortuna en el mundo del cine.
Sus excéntricas improvisaciones, su inesperada espontaneidad y un carisma fuera de lo común hacían de Belushi un terremoto dentro y fuera de los platós. El telefilme paródico ‘The Ruttles’, ridiculización de ‘Los Beatles’ a cargo del Monthy Pyton Eric Idle serviría de vehículo de presentación para la que sería una de sus grandes gestas: el John “Bluto” Blutarsky de ‘Animal House (Desmadre a la americana)’, de John Landis. El ente universitario como galería innata de crueles novatadas, diversas y enloquecidas fraternidades, letanías etílicas sin sentido e imbecilidades juveniles reflejaban asimismo la forma de ser del actor, excesivo y peligroso cuando había una fiesta de por medio. Compartió pantalla con Jack Nicholson en ‘Camino del Sur’ y Steven Spielberg le ofreció su capacidad enloquecida en ‘1941’ con el kamikaze piloto “Wild” Bill Kelso. Sus actuaciones con los Blues Brothers no habían cesado en todos aquellos años junto a Aykroyd (el disco ‘Briefcase Full of Blues’ fue un pelotazo de cuidado), hasta que Landis les reunió en una película protagonizada por el dúo donde dieron lo mejor de sí mismos. Aquí se tituló ‘Granujas a todo ritmo’ y en todo el mundo fue el éxito que encumbraría a Belushi y a Aykroyd. ‘Continental Divide’, de Michael Apted y ‘Mis locos vecinos’ de John G. Avildsen fueron sus siguientes pasos en el universo del Séptimo Arte. También sus últimos trabajos antes de morir.
Como bien apuntaba el dossier recopilatorio ‘Como una moto’, de Bob Woodward, uno de los periodistas que destaparon el caso Watergarte, la autodestructiva esencia de Belushi estrechó el cerco de su hedonismo hasta unos límites de alucinación y paranoia aplacadas por el consumo ingente de farlopa. Era el Hollywood del exceso, el zoológico de las estrellas enganchadas, de las fiestas locas, de aquellos últimos años trastornados y frenéticos que Peter Biskind también definiría como la época de los “moteros tranquilos y los toros salvajes”.
El diagnóstico de Belushi como payaso triste y final adverso alcanza a ver de qué forma muchas veces la grandeza esconde la debilidad del mito. Michael O’Donoghue, uno de los impulsores del éxito de los primeros SNL y editor del National Lampoon’s dijo que Belushi podría esnifarse el mundo entero. Acertó de pleno. Belushi dejó para la posteridad la imagen de un cómico excepcional que era un ciclón y una fuerza de la naturaleza. Nunca sabremos las cotas de maestría que podría haber alcanzado. El exceso fue su vida, en todos los ámbitos. Y treinta años después de morir seguimos acordándonos de él.