viernes, febrero 10, 2012
Esta semana ha estado plagada de noticias deportivas que podían haber llenado posts de controversia y de indignación respecto a teorías conspiratorias y de humillación sin sentido contra deportistas partios promovidas por la envidia, la confusa rivalidad y la estulticia. Los 565 días de amargura e incertidumbre que ha sufrido el campeón de ciclismo Alberto Contador se acabaron con un jarro de agua fría, con una resolución cuanto menos revestida de polémica y asombro. Los dos años de sanción son exagerados y desproporcionados debido a que ni siquiera han podido demostrar fehacientemente los argumentos que llevaron al ciclista de Pinto a los sistemas jurídicos que velan por la limpieza de un deporte constantemente puesto en duda y que han acabado con una imagen pública de deslegitimación y procacidad, de incredulidad y falta de respeto al deporte que se supone que representan. El TAS, la UCI y el AMA son los culpables de este fantasma del dopaje. Han terminado por transformar su posición de vigilantes de la decencia en un circo de miserables que desean estar en portada confirmando una y otra vez su perpetua desacreditación. Sobre todo porque su decisión vulnera la presunción de inocencia como significa que con nada se puede sancionar con el todo.
Por si fuera poco, le retiran un Tour en el que se duda de este positivo y un Giro que fue ganado con la máxima vigilancia de una víctima a punto de ser ejecutada. Un arbitraje ilícito y despótico que vuelve a poner de manifiesto que la burocracia administrativa suele ser inoperante y caprichosa. Ejemplarizar con Contador ha sido una puñalada trapera a un deporte tan machacado como el de la bici, tirando piedras en el tejado de una competición que, visto lo visto, puede ser adulterada desde algo diametralmente opuesto a la justicia. No han podido probar con fundamentos que Contador se dopara y se han montado una venganza personal para que éste no pueda correr ni el Tour de este año ni estar presente en los Juegos Olímpicos sólo por una semana. Y mientras tanto, en el lado inverso, Lance Armstrong ha sido absuelto de las mismas acusaciones tras cerrarse la investigación federal que durante dos años ha tratado de relacionarle con el dopaje.
El otro tema controvertido ha llegado como consecuencia de esta ridícula resolución. Los franceses, caracterizados por una inoperante falta de humor y tacto, han abierto el debate social con su incomprensible mofa en Canal +, donde los Guiñoles (sí, en Francia todavía siguen con esto) han abochornado con sus paupérrimos ‘sketches’ mancillando el esfuerzo y el sacrificio de nuestros campeones. Más allá de la chorrada que simboliza la envidia y la incompetencia de tratar piques inconsecuentes en terrenos extradeportivos, el país vecino siempre ha sido un negado en muchas de las competiciones en la España tiene primacía, exceptuando alguna contada ocasión que se pierde en una memoria llena de telarañas y olvido. Este incomprensible embate cuestiona nuestros éxitos en un universo que ayer más que nunca podía cerrar bocas: el equipo español de fútbol sala, el mejor del mundo desde hace años, se clasificaba para la final del Europeo. Mejor ejemplo imposible. Lo más triste de todo, la cuestión de fondo, es que pasamos todo el año hablando de dos equipos de fútbol, sin darle importancia al resto de las demás disciplinas que saltan a la palestra cuando se obtiene algún logro descomunal y no se le concede la misma importancia a un campeonato del mundo colectivo que al nuevo peinado del entrenador de uno de los dos intocables.
Que los franceses sean unos ineptos a la hora de provocar sin gracia y las grandes estrellas hayan salido en la defensa de la bandera debería ser una actitud diaria que no sobrevalore ciertos eventos mediáticos y oscurezcan el esfuerzo colectivo que dan el esplendor necesario a una élite que ha demostrado a lo largo de los años que está en la cumbre, definiendo la humildad y el arraigo a un país malacostumbrado al éxito. El error ha sido darle trascendencia a la estupidez y priorizar la idiotez a los logros. Si los franceses tienen rencor y escudan su condición de perdedores ante la grandeza de otros, es su problema. Que les den por culo. Ayer, sin ir más lejos, conocíamos la gran noticia que sitúa a Marc Gasol en un All Star Game, entre los mejores jugadores del mundo. Mientras, Ricky Rubio sigue sorprendiendo y deslumbrado con una evolución baloncescística que parece no tener fin y estará en el aprtido de los novatos. Es donde deben hablar los deportistas españoles. No es necesario ridiculizar a los demás para evidenciar carencias.
Por último, e inevitablemente (viniendo de este blog), el Athletic Club de Bilbao vuelve, tres años después a una final de la Copa del Rey, su competición, con una imagen que nada tiene que ver con aquélla que volcó a una afición hacia la utopía vestida de ilusión. Este año es muy diferente. El fútbol impuesto por Marcelo Bielsa es incontestable, la progresión de todos sus titulares ha sido escalofriante y las expectativas no hacen más que subrayarse en un momento dulce donde el juego apasiona, donde el fútbol es fútbol independientemente de las victorias. Este Athletic sale a hacer su juego, dejándose todo en el césped y brindando a sus parroquianos puro espectáculo y magia en una de las mejores temporadas que se recuerdan en la última década.
A pesar de los defectos, de los errores y de los puntos injustos que se escapan en los últimos minutos, el Athletic juega con la honestidad que tanto echan de menos los grandes. Un equipo vivo en tres competiciones, que sobrecarga sus elementos pero que hace posible que el sueño de la Catedral se consume poco a poco, sin prisas, enalteciendo el escudo y los colores con un fútbol que despierta envidias. Esta semana derrotó al campeón moral de esta Copa, a un Mirandés que ha puesto de manifiesto que a los equipos no se les mide por su división, si no por el juego y el esfuerzo. Ha sido uno de los rivales más desafiantes y nobles que se han enfrentado esta temporada al Athletic y su eliminación no empaña la grandeza de su gesta. El testigo lo recoge un club que está en estado de gracia y que mirará a los ojos a un F.C. Barcelona que no da tanto miedo como antes. Entre otras cosas, porque el club rojiblanco sabe que, desde que perdió aquella final de hace tres años, es mucho más complicado perder. Este equipo sediento de venganza deportiva lleva tiempo intentando recuperar el cetro que a día hoy, digan lo que digan los números alterados, sigue siendo suyo: el del Rey de Copas. Para el Barça de Pep, éste puede que sea un título más entre todo el asombroso palmarés que lleva cosechando. Para Mourinho el año pasado fue la Copa más culminante del año. También lo fue porque fue el único título que ganaron. Para el Athletic, sin embargo, esta Copa del Rey es mucho más que eso. Es especial, por simboliza mucho más que un título. Este año vuelve a ser la hora de recuperar aquel sentimiento de éxito que este Athletic campeón y ambicioso. Y sin traicionar ningún tipo de cuestionada filosofía, la de un equipo diferente que se lleva en el corazón.
La conclusión: en un país que se derrumba, que pierde su naturaleza democrática, que se humilla ante sus dirigentes y opositores, que se deja escupir por los altos estratos bancarios y que alza a jueces amantes de la infamia para albergar la impunidad de los culpables esgrimiendo el rasero de la importancia se encadenan noticias desesperadas ante un declive y hundimiento sin atisbo de tener final a largo plazo. Éstas son las cuestiones que han definido una semana que ha terminado con una reforma laboral que arremete contra el pequeño trabajador y asegura el afianzamiento de ciertas clases sociales y políticas en la sátira colectiva. De todo ello, sí se podían reirse los franceses haciendo sangre. De ironizar con la realidad que azota a la piel de toro. No de inventarse mofas contra el deporte español, una de las pocas vías de escape que tenemos ante tanta desvergüenza y depravación que nos rodea.
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 19:31 |


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