viernes, 17 de febrero de 2012

Este año tocan 37

444 meses, 1.930 semanas, 13.513 días…Y aquí está de nuevo, otra castaña más que me ha caído. Se va añadiendo otra muesca a la vida, pero no hay porqué alarmarse. Ahora, prefiero no echar la vista atrás porque da vértigo la rapidez con la que se han acumulado los cumpleaños y la celeridad de un tiempo que se antoja misérrimo para todo lo que hay que vivir. Veo de cerca la cuarta década de existencia y me acojona, no voy a negarlo, pero desde una posición de sorna y desdén. Al fin y al cabo, sigo divirtiéndome, que es lo adecuado para que los años no pesen. Bastante se tiene con descubrirse nuevos pelos en las partes más insospechadas de tu cuerpo y viendo cómo clarea la cabeza a la vez que te sientes preguntando todavía qué va a ser de tu vida. Al menos, las canas me respetan. O eso creo.
Cada año reitero la necesidad de hacer de este paripé que suponen las onomásticas una excusa absurda para la fiesta con un objetivo que en esta vida (y más con la que está cayendo en este vergonzante país en el que vivimos) nunca hay que perder de vista: la diversión. Hay que vivir el momento y hacer del presente un acto voluntario que marque el futuro, sin olvidar lo que hemos sido y todo lo que nos hemos reído. Porque lo de llorar no tiene cabida en días como hoy. Al menos para mí, claro está. En estos términos de desvarío, en un halo superficialidad, se esconde el secreto de avanzar la edad sin que a uno le reconcoman los años. Se llama indiferencia ¿Que lo estoy confundiendo con cierto "Peterpanismo"? Puede ser. Eso sí, que me quiten lo “bailao”. Vale, reconozcámoslo, no podré ser joven toda la vida, pero lo que nadie puede quitarme es la ilusión de seguir siendo un inmaduro empedernido. Lo que me lleva a otro estrato habitual en este tipo de celebraciones, la irrefutable utilización de esta inconsecuente circunstancia anual para afianzar otra gran oportunidad para la juerga dipsomaníaca. Otro año al bote. Otra celebración. Porque aquí, lo importante es pasarlo bien y el alborozo requiere una inquebrantable subordinación a la fiesta, en la que no hay lugar para plantearse si uno tiene un año más.
Es hora de celebrarlo. Y a eso voy.