viernes, septiembre 30, 2011

Review 'El árbol de la vida (The tree of Life), de Terrence Malick

Cine transformado en arte
En su quinto filme, Terrence Malick filma su obra más personal y radical con una fábula sobre el dolor, la búsqueda del significado vida y el perdón e indaga a través de la infancia y los valores familiares en cuestiones fundamentales que van desde la creación del cosmos hasta la muerte.
¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?
¿Cuando alababan todas las estrellas del alba y se regocijaban todos los hijos de Dios?
(Job 38:4, 7)
El cine de Malick es diferente. Tanto, como su enigmática figura dentro del ‘establishment’ de Hollywood. O al menos, así lo ha venido demostrando a largo de su carrera. Cinco filmes en casi cuatro décadas como cineasta. Iconoclasta, ajeno al marasmo promocional y publicitario, esquivo y casi fantasmal con la prensa, Malick aparca su fama de misántropo para seguir urdiendo su leyenda en su particular camino por conseguir la alquimia cinematográfica. ‘El árbol de la vida’ es su último milagro, el desafío de ese constante progreso personal y artístico que se define por un universo sensorial particular que deviene en la exploración de la profundidad del lenguaje, con un cine estimulante de estructura fragmentaria.
El cine de Malick no es convencional. Su narrativa puede llegar a parecer desconcertante, justificado en elipsis e imagen confluidas con voces en Off que formulan cuestiones alejadas de lo enraizado al prototipo. Su cine es radical, alejado del relato tradicional, en los contornos de una concepción poética del relato complejo, que desentierra el arte hacia un cine de sensaciones que rehúye a la lógica, al orden, a las normas, para florecer en imágenes que provoquen en el espectador diversas interpretaciones. Su densidad abrumante no es apta para todos los públicos, provocando con ello una filtración a la accesibilidad de su filosofía discursiva, en este caso a través de una odisea temporal y transgresora que armoniza la memoria de una familia instaurada a finales de los años cincuenta, puntuada en los recuerdos infantiles de un hombre sumido en el vacío existencial y una solemne deliberación visual sobre los orígenes de la Tierra. Con estos mimbres, Malick teje su cinta más ambiciosa, más arriesgada y autobiográfica. La película con una muerte, la de uno de los hermanos de la familia O’Brien, abre con una pregunta: ¿cuál es el sentido de la pérdida de alguien contextualizado dentro de la eternidad?
Desde ese momento, se produce en el filme una fuerza retrospectiva, como un caudal caleidoscópico de imágenes sobre el origen del mundo con una concepción panteísta acerca de la pequeñez del ser humano ante toda la genealogía de la vida; la muerte y la destrucción contrapuestos a la subsistencia y la regeneración mediante los ciclos temporales, la extinción, la evolución de las especies examinados con imágenes de planetas, atmósferas galácticas, nebulosas, asteroides amenazantes, la constante lucha del Sol como eje de la vida, el agua como elemento de vida y muerte… y el germen natalicio del absoluto. En su percepción y metraje, esta bella exposición, que puede resultar innecesariamente extendida, es la lógica consecuencia de la voluntad del cineasta por elucidar la recapitulación sobre nuestra propia existencia, donde el ser humano es concebido por como parte de un Todo que a su vez sólo subsistiría como culminación de sí mismo dentro de la propia naturaleza.
Ese profundo vínculo de la naturaleza y ser humano, de su hábitat, de la evolución y creación de mitos, del existencialismo teológico, parece decirnos Malick, es como una condición ‘sine qua non’, por eso su designio para trazar el drama familiar explora el génesis, la prehistoria, ignorando lo fugaz y lo visible para sumergirse en la idea de su objetivo por transmitir el carácter atávico de la esencia humana. Con un aferramiento hipnótico por dibujar una agitación visual llevada al extremo sirve para capitular los rasgos vitales de una persona y analizarlo en conjunto con todo lo demás, la pauta para exponer la particular historia sobre el sesgo que supone el abandono de la niñez en la felicidad de un niño (Hunter McCracken) enfrentado a los condicionamientos de la vida familiar y su experiencia vital dentro de este contexto. Malick imprime con contundencia la configuración de un espíritu que le permite establecerse en un ámbito trascendental, situado más allá de los límites de los sentidos, donde inquiere en la pregunta sobre una energía vital, creadora de vida, sin afirmar ni negar la existencia divina.
‘El árbol de la vida’ es una cinta sobre el dolor y la búsqueda de la vida, pero también lo es sobre el perdón, visualizando su origen en ese dinosaurio que condona la vida de otro más débil en un momento de piedad. Observamos fragmentos de la vida de un hombre en la actualidad que, aparentemente tiene todo, pero que se cuestiona su propia existencia alejado de lo espiritual y olvidando los sentimientos que despertó su infancia, a su familia, acudiendo al dolor de aquél hermano (Laramie Eppler) al que un día envidió para recobrar su humanidad y entender su amor por él. La historia se centra así en el viaje iniciático que rehúsa de formulismos, que ahonda en las percepciones infantiles como nadie antes lo había hecho. A Malick le interesa concebir recuerdos, fragmentos de una intrahistoria, retazos inconexos de sensaciones, incluso de miedos (como esa buhardilla con una luminosa inquietante ventana) fugaces y alegóricos. Es la mirada de añoranza hacia esa familia que vive apaciblemente en una zona suburbial, a la actividad infantil de tres hermanos capitaneados por el mayor, con su perspectiva vital hacia el mundo que le rodea.
Por un lado, está la figura paterna (Brad Pitt), un hombre recto y arisco que impone la disciplina y exige la capacidad de autodefenderse, que provoca en el crío un sentimiento de culpabilidad por no poder alcanzar los requerimientos de su padre. Malick diserta en el camino sobre la estricta educación y sus consecuencias avocadas a la confusión y al sentimiento de ira y venganza más allá del amor, localizado en el otro foco incandescente y figura antagónica del padre. Se trata de esa madre etérea y pálida (Jessica Chastain), de rostro angelical, siempre custodiando el bienestar de sus tres hijos, que levanta la admiración por su intención de inculcarles que la única manera de alcanzar la felicidad es amar. Padre naturaleza y Madre divinidad dibujan dos vías; la de un drama familiar y la de un drama divino. Por eso, cuando el padre desaparece un tiempo obligado por el trabajo, los hermanos se claudican al libre albedrío, encontrando una edípica felicidad. Cuando afloran los sentimientos de celos y envidia hacia su hermano mediano, que llega a recordar a Caín y Abel y la madurez comienza a regir la conciencia de un niño que entiende la conexión con el mundo que le rodea, concebida por Malick con un volcán de sentimientos, de miradas, de gestos, de planos memorables que regalan exquisitas imágenes a la vista.
El mundo actual no parece agradar mucho a Malick. Para él, como para ese hermano mayor (Sean Penn), ya en la actualidad, sumido en la rutina de un trabajo que le consume, como un arquitecto moderno en Houston, un ‘creador’ de rascacielos que baga asolado por la tristeza en las oficinas de enormes edificios, la verdad de la existencia persiste en el pasado, fuente de respuestas donde encontrar el porqué de las expectativas y de los ideales se van consumiendo en la fárrago de una existencia en la que se cuestiona el sentido de la vida. Ése hombre comprende, desde el pasado, la frustración de un padre que se siente fracasado y que no quiere que su hijo siga su camino, el amor por su hermano y el exterminio de los celos por la protección debida o la comprensión de la tierna devoción de una madre entregada. Es la forma que tiene Malick de razonar la ineludible necesidad del ser humano por encontrar su lugar y su sentido dentro del vasto universo a través de un hombre que se cuestiona preguntas sobre la vida y la fe que atraviesa el umbral de una puerta en el desierto (que bien podría ser la propia muerte) para encontrar la redención a sus errores y terminar siendo perdonado en su intención de encontrar respuestas sobre su pasado y la clave en su autoanálisis, como esa vida que ha pasado fugazmente un instante antes de acabarse.
‘El árbol de la vida’ es la película más espiritual e íntima de Malick, dolorosamente romántica que sublima su iconografía minimalista en complicidad con el fotógrafo Emmanuel Lubezki, con imágenes simbólicas, llenas de sentimiento y visualidad a la hora de declinar la materialidad obsesiva y especular sobre la confrontación dicotómica y abstracta entre la divinidad y la naturaleza. Una obra poética capaz de hacer sentir instantes, fragmentos de vida con todo lujo de detalle, sumida en la esencialidad percibida como arte indescifrable y fascinante que magnifica la destreza como director de Malick al captar el intimismo con el que se cuestiona sobre la vida y la muerte alejado del dramatismo, moviendo geométricamente la cámara en su astuto empeño de captar estremecimientos y percepciones, abriendo nuevas vías visuales sin caer en exceso en cierta grandilocuencia y algo de deslumbramiento ensayístico, necesarios para evocar el sugerente lirismo para metaforizar la raíz del cine en el poder de la imagen con la fuerza rapsódica con acompañamiento coral y orquestal de la música de Brahms, Gorecki, Smetana, Berlioz, Couperin, Mahler y Bach y completarla con las partituras de Alexandre Desplat. Es la manera que tiene de tantear nuevas formas de ver la verdad y la belleza, en la vida o en el cine, que responde a un profundo distintivo artístico, que corrobora la idea perdida de que el cine también puede ser arte categórico.
Para Malick, la cognición del amor y del perdón viene implícito en la vida y logra de este modo que lo tradicional resulte infrecuente y la amenaza planetaria sugiera sosiego en un final de ensimismamiento ‘new age’ que desprende ínfulas sensoriales. Es cierto que, en cierto modo, sucumbe parcialmente a un artificioso término místico, abriendo la puerta al escarceo con el entendimiento divino y la abstracción llevada a entender la muerte y asumir la esperanza de un reencuentro, pero es parte fundamental para entender la comprensión de la culpa del pasado y la expiación de aquellos sentimientos arraigados a los recuerdos de una infancia. ‘El árbol de la vida’ ofrece una epifanía que responde a las palabras de Shrii Shrii Anandamurti: “cuanto más concibe y percibe el artista su parentesco con Dios, mayor elevación alcanzará su arte”, que es el atributo que define la ambición epopéyica que posee una película que tributa al espectador con dosis de cine con mayúsculas. ‘El árbol de la vida’ es una experiencia total.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011

jueves, septiembre 29, 2011

La semana que viene, el diario de rodaje de '3665'

Sí, lo sé. Entre unas cosas y otras, el Abismo está cogiendo un poco de polvo. Lo tengo un poco abandonado. Lo reconozco. No es por voluntad propia. He estado trabajando, además en reordenar mi vida y organizar trabajo atrasado y hacer planes de futuro inmediato, en un pequeño absurdo textual a modo de evocación testimonial de lo que sucedió justo hace un mes en los confines de ese contexto desértico y abandonado que es el antiguo Mercasalamanca. Se trata del diario de rodaje de ‘3665’. A lo largo de la semana que viene, en exclusiva, podréis (siempre que queráis) seguir en este espacio lo que fueron cinco días bajo el influjo ‘fílmico-futurista’ de un desafío lleno de complejos retos que, pese a los familiarizados inconvenientes que se producen en todo rodaje, no fue más allá de alguna celeridad vehemente por motivos de merma fotográfica por el natural detrimento de la luz diurna. El día a día, con sus anécdotas y sucedidos que transcurrieron del 1 al 5 de septiembre en la capital charra.
Y después de todo ello, como guinda al pastel, podréis asistir, como primicia mundial, a la revelación de algunos fotogramas ‘preetalonados’ de ese corto que dilatará su postproducción unos cuantos meses antes de ver la luz.
Estad atentos.

viernes, septiembre 23, 2011

Dossier: POLICÍAS DEL CINE ESPAÑOL

Agentes de la ley ibéricos y castizos
Aprovechando el estreno de ‘No habrá paz para los malvados’, de Enrique Urbizu, hacemos un recorrido abismal por los agentes de la ley del cine español.
El cine que pertenezca a géneros poco frecuentados por la cinematografía española siempre ha suscitado acercamientos tímidos, tildados de arriesgados por la infrecuencia con la que estamos acostumbrados a romper barreras a la hora de ofrecer algo equidistante a los cauces normalizados dentro de las películas en España. El cine policiaco, pertenece, como la ciencia ficción o en menor medida el terror (que se ha instalado como un género habitual en el catálogo fílmico patrio), a esa estirpe de cintas que devienen en pequeñas muestras para mirar de cerca el compromiso con su propia naturaleza ante que anteponer sus intereses a la abnegada taquilla. Aunque una cosa no esté reñida con la otra. Pero hubo un tiempo, allá por los 50, en que esta tradición de modelar la narrativa criminal a base de ‘thrillers’ de cine negro era algo corriente en nuestro cine como modalidad expresiva que iba más allá del relato policial. Pioneros como Ignacio F. Iquino, Antonio Isasi-Isasmendi, Juan Bosh, Josep María Forn, José Antonio Nieves Conde, José Antonio de la Loma o Francisco Pérez-Dolz abrieron, posiblemente, las páginas más agradecidas a este género patrio tan desconocido como brillante. El género policial ha ido salpicando desde entonces la cinematografía española, brindando a la galería varios agentes que han definido su trabajo de diversas maneras y en distintas épocas. Dentro del policiaco español encontramos una amplia gama de agentes de la ley que componen un pequeño mosaico dentro de la diversidad genérica tan nacional como heterogénea.
Con motivo del estreno de la película de Enrique Urbizu ‘No habrá paz para los malvados’, he aquí una pequeña muestra de estos personajes de comisaría, pistola, placa y rudeza castiza.
Agente de la ley: FERNANDO OLMOS SÁNCHEZ.
Actor: José Suárez.
Película: ‘Brigada criminal’ (1950).
Director: Ignacio F. Iquino.
El caso: Las vicisitudes de un joven agente de policía que, lejos de seguir los dictámenes de sus superiores, abandona un caso aparentemente sencillo para meterse en otro mucho más ambicioso y arriesgado: el robo de un banco del que es cliente por parte de unos peligrosos atracadores.
Perfil: A pesar de que con el jefe del cuerpo haya confianza, Olmos es un policía inquieto que no duda en poner peligro su vida infiltrándose en la organización criminal para destaparla. Cuando tiene que “quitar del medio” a la novia de uno de los integrantes del grupo que es una soplona, dudará entre seguir con su caso hasta al final o hacer caso a sus condicionamientos como policía.
Ficha policial: Una de las películas germinales del género policiaco español que, a pesar de una espantosa e innecesaria voz en off, hereda la esencia del ‘noir’ estadounidense y traslada a los contornos patrios una solvente historia puntuada con la música del mítico Augusto Algueró.
Agente de la ley: ANDRÉS MARTÍN.
Actor: Adolfo Marsillach.
Película: ‘091 Policía al habla’ (1960).
Director: José María Forqué.
El caso: Un policía obsesionado con la muerte de su hija en un trágico accidente de tráfico, en el que el conductor se dio a la fuga, vive las noches de insomnios patrullando en una espiral de locura interna.
Perfil: La agonía que vive este agente contrasta con la por entonces tranquila vida nocturna madrileña de principios de los 60, acechando taciturno en su coche patrulla Z-10. Los fantasmas de un pasado y el deber se mezclan en una tensión que irá ‘in crescendo’ desde que un coche sospechoso apunta a ser el mismo que atropelló a su hija.
Ficha policial: Estupenda película de Forqué, que demostraba una y otra vez su versatilidad tras las cámaras. Destaca, además de la apuesta genérica, alejada de la comedia (sin renunciar a los toques de humor), un espectacular reparto compuesto por Marsillach, Tony Leblanc, Susana Campos, José Luis López Vázquez, Manolo Gómez Bur, María Luisa Merlo y Manuel Alexandre.
Agente de la ley: MARÍO.
Actor: Arturo Fernández.
Película: ‘El salario del crimen’ (1964).
Director: Julio Buchs.
El caso: Mario, un joven inspector de policía que sigue los pasos de su padre, un comisario muerto en acto de servicio, emprende la búsqueda de una poderosa red de traficantes de narcóticos. En el camino, conoce a una irresistible mujer perteneciente al mundo del hampa por la que empieza a perder su dedicación y deber policial.
Perfil: Como en las grandes pelícuas ‘noir’, la ‘femme fatale’ distrae el camino del protagonista y hace que sus encantos obnubilen el cumplimiento de la ley y caer en el lado corrompido. El mundo de Mario, aparentemente severo y férreo con el crimen, comienza a tambalearse con la obsesión por la enigmática Elsa.
Ficha policial: Título injustamente olvidado, se somete al riesgo de una historia en clave de ‘thriller’ que se apoya en unos cimientos estilísticos reconocibles dentro del género, en el que la historia avanza con ritmo y que tiene entre sus bondades, además de la sugerente Francoise Brion, un espectacular plano secuencia avanzado a su tiempo.
Agente de la ley: INSPECTOR MENDOZA.
Actor: John Justin.
Película: ‘Razzia (La redada)’ (1971).
Director: José Antonio de la Loma.
El caso: El Inspector Mendoza deberá hacerse cargo de un caso, gracias al hallazgo de una pareja de periodistas, que apunta a un almacén donde se retienen a chicas. Se destapa de este modo que en el siniestro lugar se esconde una red de prostitución de menores y de narcotráfico muy peligrosa.
Perfil: Hierático y contundente, sin atisbo de sentido del humor, el Inspector Mendoza no tiene ningún tipo de escrúpulo a la hora de hacer valer la ley, por mucho que la delincuencia y la corrupción se fragüe en los contextos de las altas esferas catalanas del momento.
Ficha policial: El gran padre del cine ‘kinki’ José Antonio de la Loma, expone aquí su destreza a la hora de filmar acción y persecuciones con ecos del género ‘poliziesco’ italiano donde su carisma como cineasta se queda a medio camino entre el riesgo y el mensaje ético que esconde un guión lleno de tópicos y lugares comunes. Aún así, esta cinta (que abrió una trilogía con el inspector Mendoza como protagonista) es una muestra de cine de género con pocos medios y donde destaca con el ‘score’ de Stelvio Ciprani.
Agente de la ley: GERMÁN ARETA.
Actor: Alfredo Landa.
Película: ‘El crack’ (1981).
Director: José Luis Garci.
El caso: Un ex policía que ejerce de detective privado recibe el encargo de encontrar a la hija de un poderoso empresario de Ponferrada. Lo que parece ser la fuga de una chica embarazada a la que su padre quiere obligar a abortar se complica, anegando al detective en un oscuro mundo de intereses e hipocresía burguesa.
Perfil: Areta es un tipo hosco y con malos modales. Su fisonomía amable, de tipo de bigote, bajito y algo serio esconde un hombre con carácter que expone el modelo a lo Clint Eastwood y responde a la fisonomía de un antihéroe patrio inolvidable. Basta su actitud en ese atraco mientras come un plato combinado en un bar de carretera: “devuélveme el mechero o te quemo los huevos” le dice encañonando al atracador.
Informe policial: Hubo en tiempo en que Garci, llevado de forma sempiterna por su inagotable cinefilia quiso articular un relato que mezclara mitología del ‘thriller’ yanqui con las circunstancias sociales españolas del momento. El resultado fue una memorable ofrenda a Dashiell Hammett que se produjo durante la transición democrática española respetando el modelo al que se homenajeaba, oscilando entre el equilibrio y la contingencia de asumir con seriedad un filme de estas características.
Agente de la ley: GUMERSINDO “GUMER”.
Actor: Emilio Aragón.
Película: ‘Policía’ (1987).
Director: José Luiz Saez de Heredia.
El caso: “Gumer”, un chico algo patoso y embobado, trabaja como ayudante de farmacéutico junto a una chica, hasta que su jefe resulta asesinado durante un atraco. Sin trabajo, él decide alistarse en la Academia de Policía, saliendo a la calle en un mundo de violencia y riesgo para el que, en principio, él no está preparado. Ella, se engancha a las drogas bajo la potestad de un capo de la mafia.
Perfil: Un agente de fuerza del orden público con el rostro de Emilio Aragón sigue siendo algo extravagante tanto antes como ahora. “Gumer” es un joven al que las situaciones le superan y tiene que curtirse contra sus cualidades torpes e irresolutivas. Por descontado que irá asumiendo su heroicidad y cumpliendo sus objetivos.
Informe policial: El intento de Saez de Heredia por abarcar el género desde un enfoque donde dramatismo y comedia tenían espacio hacen de esta cinta una chusca exposición del género caricaturesco, con dos rostros conocidos del momento, el entonces “Milikito” y la bióloga Ana Obregón en una extraña pareja, intentado (sin suerte) dar un giro a su carrera y arropados por secundarios como Agustín González, Juan Luis Galiardo y Jack Taylor, que es lo único que vale de este desaguisado en forma de ‘thriller’.
Agente de la ley: ÁNGEL ESTRADA.
Actor: Antonio Resines.
Película: ‘Todo por la pasta’ (1991).
Director: Enrique Urbizu.
El caso: Cuarenta y ocho millones de pesetas desaparecidas de un bingo es el botín que pone en jaque a todos los personajes; una actriz de porno en vivo y una encargada de una residencia de ancianos le roban la cuantiosa suma al novio de la primera, sin saber que el dinero pertenece al pago de dos mercenarios para cometer un crimen organizado por la policía.
Perfil: Ángel Estrada es, probablemente, el poli más rudo y más salvaje de este catálogo de figuras policiales. No hay honor ni formas cuando se trata de proteger la ley; la violencia forma parte del ‘modus operandi’ de un brutal inspector ajeno al mundo de corrupción que le rodea. El rol despertó una cara oculta de un Antonio Resines que, acostumbrado a la comedia, aquí daba miedo.
Informe policial: Urbizu sorprendía con este ‘thriller’ de acción policial cuyo rango de moralidad imponía un universo turbio y sórdido reflejado por el cineasta vasco con una frescura hasta entonces inaudita en el cine español de su generación. El poder estético de la perversidad de los bajos fondos de Bilbao, secuencias definidas con perfección y oficio y un trasfondo político que podía aludir al GAL en su discurso sobre mafias policiales dieron una cinta rabiosamente diferente.
Agente de la ley: JOSÉ LUIS TORRENTE.
Actor: Santiago Segura.
Película: ‘Torrente, el brazo tonto de la ley’ (1998).
Director: Santiago Segura.
El caso: Casi sin querer, José Luis Torrente, un policía grosero, racista, misógino y del Atleti, destapa un caso de mafias y narcotráfico que investigará junto a Rafi, un vecino algo lerdo que le sigue en sus pesquisas para llegar a la verdad.
Perfil: Torrente vendría a simbolizar el anverso de cualquier héroe del género en toda su historia. Estamos ante un personaje icónico donde la podredumbre moral, lo escatológico y las desviaciones humanas se ceban en un agente anclado en antediluvianos conceptos ideológicos que, paradójicamente, forman parte de la sociedad española. Torrente es un cerdo con encanto, un vividor, un cobarde y un jeta que abusa del poder y se aprovecha de la debilidad de los demás.
Informe polcial: Santiago Segura se erigió como elemento fundamental cimentado en la integridad estética y narrativa a la hora de lanzar un producto arriesgado que dio en la diana de la taquilla y lanzó su personaje a la fama con tres secuelas más que han definido el camino único de Segura como director. Lo más agradecido de la primera ‘Torrente’ fue esa mezcla de inteligencia y sarcasmo utilizaba el humor desagradable y lleno de cinismo que la han convertido en un clásico del cine español moderno.
Agente de la ley: VIVANCOS.
Actor: El Gran Wyoming.
Película: ‘Vivancos III (Si te gusta haremos las dos primeras)’ (2002).
Director: Albert Saguer.
El caso: El inspector Vivancos descubre una red de corrupción en el departamento tras investigar el asesinato de dos compañeros policías. Solo ante este caso, superando los obstáculos que le ponen sus superiores para evitar desenmascarar el pastel, Vivancos llegará al fondo de la cuestión haciendo valer su placa y la ley.
Perfil: Aprovechando el rebufo de ‘Torrente’, Vivancos sigue los pasos del teniente Frank Drebin (Leslie Nielsen) en ‘Agárralo como puedas’. Un agente del orden público que reúne todos los estereotipos del inspector que se beneficiaba del rostro del Gran Wyoming en una mezcla de humor absurdo y la vanidad que suele darle a sus personajes.
Informe policial: A pesar de que la crítica la puso a escurrir, ‘Vivancos III’ tiene momentos cómicos destacables. Con un trasfondo velado de la desintegración de los valores policiales, la cinta transcurría a golpe de hilarantes gags, humor escatológico y excéntricos personajes en un conato de ‘spoof movie’ policial a la española.
Agente de la ley: SANTOS TRINIDAD.
Actor: José Coronado.
Película: ‘No habrá paz para los malvados’ (2011).
Director: Enrique Urbizu.
El caso: Santos Trinidad es un policía desgastado, un antihéroe descarnado que destapa un complot terrorista que amenaza Madrid al intentar camuflar las huellas de un crimen cometido por él y por el que sus superiores le pisan los talones.
Perfil: Es un hombre que se ha pasado al lado oscuro y odia al mundo tanto como así mismo. Sin embargo, se intuye que una vez fue un buen policía. Aunque sobrevive como un perdedor de dudosos métodos, su destreza le hace meterse en un caso que le superará y le abrirá la puerta a la redención.
Ficha policial: Con la veteranía como arma, Urbizu ejerce con oficio y maestría el que puede empezar a ser considerado ‘thriller’ del año y esa película española de la temporada destinada a llevarse todos los premios habidos y por haber. De momento, en Donosti ha encandilado el sentido crepuscular y sucio de una oscura historia que remite al ‘western’ y a los bajos fondos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011

miércoles, septiembre 21, 2011

Review 'La piel que habito', de Pedro Almodóvar

La doble piel
Sin ser una gran obra, Almodóvar sorprende con una amalgama genérica, sombría y enfermiza, pero no logra sus objetivos con la concesión al humor marca de la casa.
¿El cine de Almodóvar ha cambiado? En apariencia, no. Pero está en pleno proceso de ello. Para el cineasta manchego la variabilidad de los complementos ornamentales que componen un todo indisoluble para sorprender con elaborada puesta en escena ya no es lo más importante. O al menos, eso se desprende de esta oscura y atormentada cinta que es ‘La piel que habito’. Inspirada en la novela de Thierry Jonquet ‘Tarántula’, arrastra al espectador a los infiernos de un cirujano sin escrúpulos, obsesionado con la creación de una piel perfecta desde que su mujer sufriera graves secuelas en un accidente y que retiene contra su voluntad a una víctima de su locura. Puede que estemos ante la cinta incómoda de su director, donde procede con una narración oscura y opresiva, llena de laberintos camuflados en apariencias.
La ambición de Almodóvar a veces supera su propia narración dentro de un universo multigénero, sumergido en la sinuosidad de alusiones fílmicas, autoconsciente de que todo este filme no es más que una contorsión referencial, una vuelta de tuerca genérica, de afectada complejidad, con la que va encubriendo sus verdaderas intenciones. Es como si tratara de un revestimiento que hay que superar para ir metiéndose en el entramado que evoca a una tradición deliberadamente clasicista y literaria de autores que van desde Evelyn Waugh a J.G. Ballard infectando su sentido moral hacia el cine de Hitchcock, Buñuel, Lang, Franju o coqueteos con el ‘giallo’ de Mario Bava o Dario Argento. En clave más ‘kitsch’, Almodóvar logra salvar la acentuación de su estilo para acabar dándole una vuelta radical a su forma de abarcar la multiplicidad de conceptos.
Si ‘La piel que habito’ se deja seguir con algo de atención, sin perder suspense e interés, es porque Almodóvar renuncia por completo al esperado autohomenaje con ornamento, a ese submundo floral donde todo se conforma para el lucimiento. Tanto estigma, sin embargo, no se diluye del todo. Y la consecuencia es un férreo sometimiento a su humor descolocado, haciendo dudar si se está tomando demasiado en serio todas las extrañas apariencias con las que juega dentro del relato o son parte de su macabro juego de humor subyaciente. La línea de la singularidad del ridículo y de la vergüenza ajena es muy fina y Almodóvar siempre opera al filo de la navaja. Es cierto que no puede desasirse de ciertos códigos privativos de su filmografía y es lo que, precisamente, hace que sus intentos de rebajar el ‘in crescendo’ con algún quiebro personal caigan en un humor involuntario que hace que ‘La piel que habito’ no obtenga toda la tenebrosidad que pretende Almodóvar.
Es lo que provoca que, dentro del caparazón de sorpresas que va anunciando el filme, deje algún diálogo o personaje bufonesco que se escapa al raciocinio (ese desconcertante Roberto Álamo vestido de tigre), giros inesperados (o no tanto) y soliloquios explicativos que desvirtúan la capacidad de seducción hacia unos derroteros más ordinarios a su cine. Lo que le salvaguarda en esta arriesgada apuesta es que sabe imprimir cierta autoridad sobre el desigual ritmo, lo que hace que las motivaciones de sus personajes, sus interconexiones con el pasado a modo de (cuestionables) ‘flashbacks’ y relaciones en un presente oscuro y ambiguo vayan sembrando el interés de un espectador que, más allá de un giro final bastante previsible, se pregunte por la capacidad del cineasta para ir dilucidando todos los requiebros que ha ido abriendo a lo largo de la película.
Podría decirse que lo más acertado de ‘La piel que habito’ es su complejidad formal y estructural, que utiliza dos tiempos de narración, donde presente y pretérito surcan la historia de forma paralela sin estorbarse entre ellas (y de paso, sin necesitarse la una a la otra), reconduciendo la belleza de su estilo para ponerla en función de la narración y no viceversa. Un ‘thriller’ psicosexual cuyos eventos están anclados en la sobriedad de una dirección que atiende a una severidad meticulosa, con la que Almodóvar dibuja un filme con supuestos paralelismos a otra de sus obras, ‘Átame’, en su condición de enfermiza fábula obsesiva que deviene en catálogo de referencias al amor, a la necesidad, al aislamiento forzoso o al síndrome de Estocolmo para mezclarlo con un espejo de máscaras que esconden arduos juegos de sexo y carnosidad, donde el poder tiene tanta importancia como la propia identidad.
La violencia entra de este modo coagulando un fondo perversamente atractivo, donde ambigüedad de una moral mal entendida va tejiendo la crónica de una venganza, que es la clave para componer el sorprendente puzzle que marca una inesperada transexualidad. ‘La piel que habito’ es una pieza de terror melodramático, más reflexiva que emocional, en la que lo cariscaturesco no le hace bien a sus objetivos dramáticos, si no todo lo contrario.
No es su mejor película, ni mucho menos. Sin embargo, podría decirse que este volteo temático en su cine impone una esperanza de cambio hacia unos confines inexplorados por el propio Almodóvar. Un director que busca la evolución y parece dejar atrás ese ombliguismo giratorio y estético que parecía haber corroído su progresión como cineasta. ‘La piel que habito’ puede verse como un punto y aparte donde el reencuentro con un Antonio Banderas totalmente neutral y diabólico y una Elena Anaya a la altura de las circunstancias rompe el tejido de las superficies, estilos e imágenes del director que deja una obra irregular, pero voluntariosa sobre la falta de ética, los traumas y la transformación y la resurrección. Elementos que, pese a ser comunes en su cine, se reactivan con el contacto de otros nuevos géneros dentro de un director acostumbrado a ofrecer a su público más de lo mismo.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011

lunes, septiembre 19, 2011

Eurobasket 2011: La grandeza de un equipo irrepetible

Se acaban las palabras encomiables, los halagos, los adjetivos ponderativos y las loas desatadas cuando llega la hora de escribir sobre las hazañas de la selección española de baloncesto. Cuando los éxitos se han venido repitiendo una y otra vez parece que lo imposible ahora es rutinario y accesible. Sin embargo, sería un tremendo error dejar de enaltecer la glorificación de una generación de jugadores irrepetible, capaces de hacernos vivir la magia de un deporte que sólo se puede afrontar desde pasión y la emoción. Su juego, determinado en el equilibrio y la estabilidad, en el compañerismo y la disciplina, sumado a un portentoso talento y capacidad forja el milagro de ese juego de ensueño que consuma perfecta armonía y entendimiento colectivo. Desde ayer, España es bicampeona de Europa, una proeza que no sucedía desde que lo lograra aquella Yugoslavia de Dejan Bodiroga, Aleksandar Djordjevic y Predrag Danilovic en 1997. Y lo hizo dejando en la cuneta a Francia, con una contundencia absoluta (98-85) y un juego irrebatible en la que será recordada de nuevo como una nueva gesta deportiva.
A la final Francia llegaba con un juego venenoso y con ganas de revancha después de su “no-partido” de la segunda fase. Su táctica estaba clara desde el principio apoyada en la velocidad de un Tony Parker poderoso y letal, comandando a un equipo donde grandes figuras como Noah, Batum, Diaw, Pietrus o Gelabale. Todos querían hacer difícil la consecución de otro título para los nuestros. Fue misión imposible. Francia se vacío en un partido fabuloso. Y aún así, no logró más que ser testigo de excepción de otra victoria de esta España que consigue perpetuar un hermoso sueño. Los galos lo dieron todo. Hicieron un partido excepcional. Pero no fue posible parar las continuas embestidas de un equipo en estado de gracia, con Calderón asumiendo el mando, con el destructivo juego interior de los hermanos Gasol y las apariciones estelares de esa bestia llamada Juan Carlos Navarro, un Rudy revoltoso y lleno de furia y la aparición de un Ibaka portentoso e intimidador que puso cinco “pinchos de merluza” en apenas ocho minutos. En Kaunas España estaba destinada a ilustrar otra página de oro dentro del deporte de élite.
Cabe destacar, en una visión global, la descomunal actuación en el torneo de un héroe que hace magia cuando el baloncesto se apodera de él, alguien capaz de endosar casi 100 puntos entre cuartos de final y la final de ayer; “La bomba” Navarro, un jugador en constante estado de gracia, cuyo apodo le viene por dinamitar partidos, por destrozarlos y reventarlos haciendo que la balanza siempre caiga hacia su lado. Un talento donde el físico imperante actual se anula ante la grandeza de un tonelaje desprovisto de artificios. Así lo ha venido haciendo en este campeonato, donde su regularidad y acierto impresionante ha hecho que España haya fraguado su campeonato más perfectamente dibujado, cuyos partidos han constatado que este equipo también necesita respirar a través del reinado eterno de Pau Gasol, posiblemente, el mejor deportista español de la Historia. El 4 no parece ser de este mundo. Pertenece a una estirpe de ganadores que inocula la grandeza a sus compañeros de selección. Jugadores de talento inalcanzable que hacen posible la superioridad para convertir el juego en poesía. No olvidemos subrayar la estrategia y el funcionamiento como parte fundamental para esta conquista la figura de Sergio Scariolo, que en esta ocasión no ha dejado dudas en sus planteamientos tácticos. Este equipo sigue asentando su éxito en una mezcla de familiaridad, talento, respeto y ganas de obtener cotas nunca antes alcanzadas. Las aspiraciones de este grupo de amigos han hecho que esta selección borde cada partido para esa continua y dulce hora de los éxitos: la Era de España, la del reinado propio dentro de los fastos del deporte de la canasta.
Es la Selección de Oro, el equipo que desenvuelve su juego cristalizado en triunfos en los que prevalece el orgullo de un deporte donde la honestidad y el sacrificio se ensamblan con el espectáculo. Lo de ayer es otra gesta inolvidable, otra lección de pizarra que desemboca en el gesto humano y el guiño a la amistad y la confianza. La celebración de ayer volvió a definir al colectivo, al grupo de amigos que llevan el baloncesto de selección a la fraternidad de gente que se quiere y se admira. El reciente y triste fallecimiento de los padres de Felipe Reyes y Víctor Claver brindó instantes en los que se interiorizó la emoción y se exhibió el respeto y el cariño, cuando Reyes levantó la Copa de Campeones por decisión de Navarro o todos se fundieron en un abrazo de aprecio con ambos jugadores. La carga sentimental humaniza también a este conjunto de ganadores. Ricky Rubio, Víctor Sada, Juan Carlos Navarro, Rudy Fernández, José Manuel Calderón, San Emeterio, Sergio Llull, Víctor Claver, Pau Gasol, Felipe Reyes, Sergi Ibaka y Marc Gasol siguen siendo presente y el futuro. El ciclo no está cerrado. Ni mucho menos. Será el año que viene, en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, cuando toque librar la batalla más grande jamás contada; el asalto a la medalla de oro. El trofeo más preciado y el único que se le resiste a esta generación tocada por la varita mágica de la divinidad y en la que no hay que olvidar, en este momento de gloria, a otros integrantes de la misma como Berni Rodríguez, Carlos Cabezas, Raúl López, Carlos Jiménez, Jorge Garbajosa o Àlex Mumbrú. Sin dejar de contar a Pepu Hernández y Aito García Reneses. El año seguirá el ciclo. No lo dudamos. Nuestra esperanza y nuestros sueños nunca pueden ser traicionados por el ímpetu y la grandeza de este equipo de prestigio y admiración popular. Por eso, confiamos en más hazañas y en más alegrías como las de ayer.

jueves, septiembre 15, 2011

Review 'Cowboys & Aliens (Cowboys & Aliens)', de Jon Favreau

Extravagante ensalada de géneros
Daniel Craig y Harrison Ford se meten de lleno en un ‘mash-up’ que ejerce de exótica mixtura de ciencia ficción y ‘western’ en un filme solvente pero lleno de tópicos de ambos géneros.
La variabilidad de Hollywood cada vez está más estancada, olvidando encauzar su camino hacia la mutación, hacia la continua transformación de códigos y géneros. Por eso, el hecho de que la adaptación de la novela gráfica de Scott Mitchell Rosenberg ‘Cowboys & Aliens’ se haya transformado en una superproducción, en estos tiempos de ‘remakes’ y traslaciones, no sorprende a nadie. Definida como un ‘mash-up’, que vendría a ser un híbrido de géneros y lugares comunes, la suma de clichés, la cinta de Jon Favreau propone en su presentación la defensa de los estilemas del ‘far west’ y el cine de ciencia ficción; un hombre sin nombre, perdido en un pequeño pueblo ganadero con sentido de la honestidad pese a estar detenido por el Sheriff condal y abogando por la redención que no duda en unirse al bien común utilizando todas sus armas para lograrlo.
Hasta ahí, bien. Lo inusual es cómo el enemigo esta vez se metaforiza en los indios, ni en impíos malvados que amedrentan la villa. Aquí los malos de la función son unos aliens que se apoderan de una explotación de oro y abducen a gente con oscuros fines. El héroe, en este caso provisto de una extraña muñequera con poderes destructivos, será el encargado de salvar a la humanidad. Más o menos, eso es lo que viene a narrar este entretenimiento veraniego con ínfulas de cine fugaz y circunstancial, que no busca transgredir en ninguno de los dos géneros que aderezan esta extravagante ensalada.
Con ‘Cowboy & Aliens’, Favreu sigue un insólito modelo prosélito, a su manera, de los edictos ‘fordianos’ del ‘western’, donde los indios son sustituidos por extraterrestres y los códigos de conducta no varían en exceso de los de aquellas piezas maestras. El género clásico americano por excelencia y su marco histórico se invierten hacia un relato de ciencia ficción descafeinado, donde todo parece avocado a ese simbolismo de pertenencia en contra del colono, que amenaza en forma de flagelo extranjero los intereses de sus diversos componentes. Ese subfondo simbólico que acude a un género patriótico y genunino como es el ‘western’ se fusiona con la ciencia ficción de extraterrestres e invasiones en una emulsión que no acaba de convencer, pero que acaba por resultar un filme solvente e irregular e impone su curso hacia un patrón de espectáculo que no traiciona en ningún momento.
No hay que negar que el primer tramo es prometedor y resulta estimulante, pero se va enflaqueciendo una vez conocidos todos (o casi todos –por no spoilear-) los elementos que mueven la historia, con momentos de espectáculo llevados casi al paroxismo de la miscelánea, como el momento en que los jinetes cabalgan en grupo con la intención de luchar contra las naves espaciales. Sin embargo, ‘Cowboys & Aliens’ no termina de erigirse como la gran función que todos esperábamos. Fundamentalmente, porque está trazada por el convencionalismo, pero sobre todo por una acuciante falta de humor e ironía, en un producto que necesitaba algo de autoparodia para funcionar y que se limita a tomarse demasiado en serio y sin decidirse en ningún momento a explotar al máximo ninguno de los dos dispositivos que homenajea.
No obstante, Favreau no pierde su pulso en el constante rastreo de la esencia de un espectáculo diáfano que recupere la infalibilidad de otros tiempos pasados, sin conseguirlo, pero tampoco dejándose comer por la mediocridad de algunos éxitos de saldo que responde a una moda muy consolidada dentro de la gran industria. Se intuye algo de riesgo en sus expectativas. Las suficientes como para orientar su estilo lúcido a la hora de alcanzar formas más indicadas de introducir al espectador en el caos alienígena. El resultado es un “ctrl. X + ctrl. V” exótico y dispendioso, donde destaca un siempre contundente Daniel Craig y un Harrison Ford que pule su carisma para adecuarse a un personaje algo desagradable y envejecido. Un producto con alma de ‘blockbuster’ que mantiene su dignidad con logrados efectos digitales y una derivación genérica que resulta de guión escrito y reescrito hasta la extenuación, como un adoquinado de irregularidades, a golpe de ‘cliffhanger’ y sin lustre, que se encamina con cansancio y flojedad hacia ese gran enfrentamiento prometido por el título de la película.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
PRÓXIMA REVIEW: 'La piel que habito', de Pedro Almodóvar.

miércoles, septiembre 14, 2011

Amazon llega a España

AMAZON.es es una realidad.
Hoy, Amazon abre sus puertas al mercado on-line dentro de nuestro territorio. En principio, el modelo Kindle tendrá que esperar a finales de este mismo año. Hasta entonces, iremos viendo el paulatino crecimiento del gigante de venta por Internet.
Bienvenida sea esta alternativa.

domingo, septiembre 11, 2011

11-S: La herida sigue abierta, una década después

‘11-S’, la herida abierta
El 11 de septiembre de 2001 el terror se apoderó del mundo occidental. A las 8:45 de la mañana de aquella jornada, Estados Unidos veía horrorizada el impacto de un Boeing 767, el vuelo 11 de American Airlines, contra una de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York. Era el primer ataque continental contra el país más poderoso del mundo desde la Guerra de Secesión. A las 9:05 otro Boeing 767, esta vez el vuelo 175 de United Airlines, era estrellado contra la segunda torre. El pánico asoló al mundo, que vivió en directo, a través de la televisión, el horror del atentado terrorista más espectacular y cruel que hasta entonces se había vivido en Occidente.
El planeta vivió en directo estos imborrables atentados suicidas que implicaron el secuestro de cuatro aviones de pasajeros para consumar el ataque, empleados como bombas aéreas para matar a un número indiscriminado de personas. Un tercer avión, un Boeing 757 de American Airlines, se abatía sobre el Pentágono (en Washington) cerca de las 9:40. La pesadilla de ataques concluyó su oleada de pánico cuando a las 10:10 una cuarta aeronave, el vuelo 93 de United Airlines, que presuntamente se dirigía a la Casa Blanca, se estrelló por circunstancias aún desconocidas en Pennsylvania, cerca de Pittsburg, en una zona rural.
Las Torres Gemelas de Nueva York reducidas a escombros y el Pentágono seriamente dañado fueron la consecuencia de la infamia que Al Qaeda consagró al terror mundial aquel día. El icono de poder económico norteamericano había sido reducido a cenizas y la efigie militar poliédrica parcialmente destruida. El resultado: más de 3.000 muertos. El cruel acto que encogió los corazones de todos los ciudadanos del mundo supuso un enorme golpe moral a la sociedad estadounidense que, por primera vez en su historia, se sentía vulnerable y conocía de primera mano el horror de la guerra y el terrorismo en masa. El por entonces alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, ordenó evacuar el sur de Manhattan, fuerzas militares fueron desplegadas por diversas capitales de Estados Unidos, que encendió la alerta roja ante la alerta de nuevas agresiones.
Mientras La ONU canceló de inmediato la apertura de su Asamblea General, en Bruselas, la OTAN ordenó el abandono de su cuartel general en la capital belga. Como en una superproducción catastrofista de Hollywood, las imágenes de las Torres Gemelas de Manhattan en llamas y su posterior derrumbamiento imprimieron una estampa televisiva imposible de olvidar. El peor atentado terrorista en la historia de la humanidad evidenciaba, una vez más, que la realidad supera a la ficción. El siglo XXI comenzaba con la confrontación entre el terrorismo de los movimientos fanáticos y las sociedades democráticas. La acción directa y la violencia indiscriminada evidenciaron aquel día 11 un descomunal poder destructivo que causó irreparables estragos en una civilización actual atenazada desde entonces por el miedo.
Inmediatamente se organizó una dispar coalición antiterrorista internacional, procedente de Washington, que comenzó el ataque contra el régimen talibán y las fuerzas de Al Qaeda en territorio afgano en busca del principal responsable de los atentados, Osama Bin Laden. Muchos aplaudieron la reacción de la superpotencia yanqui y a George W. Bush, un presidente ex alcohólico y bastante inepto en sus decisiones, que aprovechó la tragedia para desasirse de su puerilidad y tratar de convertirse en el líder indiscutible que nunca fue. Estados Unidos y Bush se habían mostrado sorprendentemente diligentes y resolutivos. Pero nada más lejos de la realidad. Bush, posteriormente, en colaboración con Blair y Aznar, a través del Pacto de Las Azores, utilizó su administración, las agencias de inteligencia y a una gigantesca maquinaria de relaciones públicas para convencer al mundo de la posesión de armas de exterminio en masa de un país instrumentalizado para una venganza poco menos que personal contra Sadam Hussein.
Ya cuando las Torres Gemelas cayeron fulminadas, las imágenes difundidas por la televisión norteamericana no fueron las de la catástrofe, censuradas por respeto a las familias de las víctimas y en beneficio de su campaña de terror. Las imágenes que se divulgaron fueron las de unos niños palestinos aplaudiendo el derrumbe del World Trade Center y de jóvenes quemando banderas de barras y estrellas. Fue la primera consecuencia de una política basada en la provocación entre los pueblos y el desprecio a los derechos humanos.
Mientras tanto, para Al Qaeda, el 11 de septiembre de 2001 fue una victoria y un desastre a partes iguales. Por un lado, la organización terrorista perdió su templo afgano y sus dirigentes fueron asesinados o capturados. Pero por otro, la masacre de Nueva York sirvió como iluminación fanática para los centenares de grupos extremistas que abundan en el mundo islámico. Sin el conocido mundialmente como ‘9/11’ nunca hubiera existido el trágico atentado del 11 de Marzo de 2004 en Madrid, ni el 7 de Julio de 2005 en Londres. Desde entonces, el mundo occidental nunca ha estado seguro ante la desafiante mirada del terrorismo islámico. Por mucho que este mismo mes de mayo, Bin Laden fuera capturado y asesinado por fuerzas militares estadounidenses.
Ficción y teorías conspiratorias
Por supuesto, unos acontecimientos como los del 11 de septiembre, dominados siempre por unos medios de comunicación manipulados por los políticos y los intereses que representan, saltó a la ficción y el docudrama realista por medio de todo tipo de teorías conspiratorias. Mientras hoy, diez años después, Nueva York se enfrenta al reto urbanístico de reedificar el hirsuto espacio que dejó el World Trade Center sin perder su uso comercial y económico y sirva como ofrenda a la memoria de las víctimas de los atentados, en el resto del planeta no se han dejado de hacer conjeturas alternativas a la oficial. Algunas de ellas proponen que fueron los agentes secretos de Israel y Pakistán los que estaban detrás de los ataques o directamente al gobierno de Estados Unidos como responsable de la masacre, ya que éste tenía conocimiento previo de la ofensiva y deliberadamente no hizo nada para prevenirlo e incluso que fue el propio gobierno americano quien orquestó los ataques movido por sus intereses en Oriente Medio.
En el libro ‘La gran mentira’, León Klein procuró esclarecer algunos de los puntos más tenebrosos que rodearon a los atentados, desglosando un estudio sobre unos supuestos sistemas de control remoto que inhabilitaron los mandos del avión a los pilotos en los últimos minutos del vuelo y cortaron las comunicaciones con tierra, creando así un descomunal crimen de Estado para que el lobby petrolífero mejorara sus posiciones. Otra, apunta a que George Bush inicio su particular guerra global contra el terrorismo no como una lucha contra la amenaza terrorista, sino como una privativa venganza personal con una guerra contra el Islam.
Por supuesto, las conjeturas sobre la posible anticipación sobre los atentados no tardaron en saltar, cuando David Schippers, el fiscal de la acusación de Bill Clinton, declaró que había recibido advertencias de agentes del FBI seis semanas antes que incluían la fecha y los objetivos de los ataques. El periodista William Norman Grigg apoyó esta teoría en The New American, donde según tres agentes del FBI que había entrevistado afirmaron que la información proporcionada a Schippers era cierta. Tampoco faltan las que señalan que las Torres Gemelas fueron derribadas por cargas explosivas situadas estratégicamente justo en el punto de impacto de los aviones o aquella que señala que no fue un avión sino un misil el objeto que intentó demoler parte del Pentágono.
Finalmente, cabe destacar las que apuntan a que los atentados respondieron simplemente a una estrategia económica respaldada por el Gobierno, ya que tres días antes del fatídico día se disparó el movimiento de ‘stock options’ pertenecientes a sólo dos líneas aéreas; American Airlines y United Airlines, o que también se compraron grandes cantidades de opciones sobre Morgan Stanley Dean Witter, que ocupaba 22 pisos en una de las Torres Gemelas.
Hollywood no tardó en abordar con alguna controvertida película estas difíciles y conflictivas cuestiones recodando a través del cine aquella jornada de septiembre como el mes de los héroes, el dolor, las banderas y las proclamas de patriotismo a las que estamos acostumbrados, pero en un espinoso terreno para los yanquis: un atentado que dejó al descubierto la vulnerabilidad de un país acostumbrado a ser tildado de inquebrantable e inmune. Los ataques del 11-S habían convertido a la potencia hegemónica en blanco enemigo, al igual que sucedería después con el 11-M y el 7-J para Europa. Ningún país, cultura o persona está a salvo de la amenaza terrorista. Y eso, dada la universalidad del Séptimo Arte, no podía quedar sin imágenes filmadas. Hoy en día siguen poniendo un nudo en la garganta las imágenes de aquellos colosales edificios viniéndose abajo, de las consecuencias que tuvieron los atentados y las estampas atroces que dejó una jornada que, de una u otra forma, marcaron al mundo. Todos recordamos dónde estábamos y qué hicimos aquel 11 de septiembre. Todos tenemos presente que en aquella masacre perdimos un poco de inocencia en un hecho que dejó imágenes que jamás olvidaremos. Ha pasado una década. Sin embargo, la herida todavía está ahí.

jueves, septiembre 01, 2011

'3665': Ha llegado la hora...

Nunca había estado tan nervioso como lo estoy estos días. No es una cuestión de ilusión, de expectativas o de frenesí porque vamos a volver a rodar después de nueve años. Mentiría si dijera que no es así. Casi una década alejado de mi gran sueño y de mi pasión que es el cine, con una necesidad constante de crear historia y narrar algo visualmente. A pesar de estar al borde del colapso por el devenir de la producción más difícil que voy a acometer en mucho tiempo. He tenido que administrar y supervisar cada hilo que compone este tejido en forma de cortometraje, donde nada ha ido como debía para recomponerse una y otra vez, mutando para vivir y convertirse en un cortometraje lleno de dificultades a superar. Con ello, voy sintiendo ese gusanillo tan difícil de explicar. Han sido días agónicos, sin respiro, con mil preocupaciones que han asolado mi existencia y que me han impedido conciliar el sueño, estando a punto de descuartizar la esperanza que hemos depositado en todo este engranaje que empezó como algo sencillo y que, como todas las cosas de la vida, se ha complicado hasta crecer y tomar vida propia. Tanto que ahora lleva las riendas de todo lo que sucede a mi alrededor, como un monstruo que te posee y te dicta el devenir de cada acción que perpetras.
“Una historia corta post-apocalíptica…”. Así comenzó todo. Y ahora no hay marcha atrás. Nos hemos metido en un fregado de tres pares de cojones, que nos ha superado y me ha sumido en un maravilloso infierno dentro del Abismo. Tanto sufrimiento sin caer en el desánimo es un reto que agota hasta la extenuación, pero en este caso da alas para seguir adelante, sin mirar atrás, sabiendo que la recompensa merecerá la pena. Sin embargo, el reto no ha hecho más que comenzar y hay que procurar ganar una hermosa guerra. Como dijo Samuel Fuller en ‘Pierrot el Loco’: “El cine es como un campo de batalla: amor, odio, acción, violencia y muerte, en una palabra: emoción”. Dado que estamos a unas horas para empezar uno de los viajes más fascinantes de los últimos años, tengo que recomponerme y erigirme de nuevo como aquel chaval con ambición que un día decidió contar historias y que es hoy una sombra de sí mismo que quiere recuperar aquel empeño y tenacidad. Desde lo más profundo de mí, la necesidad impera y plantea un desafío que se presenta ineludible. Y es entonces cuando el desasosiego pasa a ser una luz en la oscuridad, la misma que inaugura una ficción en forma de historia. Otra vez en las trincheras de un rodaje, en la esencia de la vida, en la felicidad absurda que produce la angustia y la presión de este tipo de situaciones. Ha llegado la hora de regresar… y eso es ahora lo único que importa.
Pronto tendréis noticias. Hasta entonces… vamos a rodar.