viernes, 29 de julio de 2011

REVIEW 'Paul (Paul)', de Greg Mottola

El extraterrestre malhablado
‘Paul’ pretende homenajear al cine fantástico de los 80, a la esencia perdida de un género en clave de comedia que a pesar de su inocencia acaba por agotar su fórmula basada en el guiño y en el ‘gag’ referencial.
Las dos anteriores películas de Greg Mottola redefinían un sentimiento nostálgico por la esencia de un pretérito que parece alejarse cada vez más con el paso de los años. Una esencia bañada en el arquetipo, muy de su tiempo, muy de los años 80. Tanto ‘Supersalidos’ como ‘Adventureland’ proponían, de forma muy diferente, la reubicación de códigos generacionales que suenan familiar; bien sea con la historia de amistad de dos jóvenes grotescamente dependientes el uno del otro que afrontan como pueden su destino en un inminente devenir que les separará en distintas universidades o la de un chico que conoce a una chica en un parque de atracciones durante un verano de trabajo esporádico en la que, a través de ese amor efímero, alcanzan el autoencuentro y la maduración. Podría decirse que el cine de Mottola está protagonizado por personajes inocentes, más o menos complejos, anclados en cierto infantilismo, que deben afrontar la etapa adulta que se le viene encima. Se trata de trayectos vitales, periplos iniciáticos que reposan sus virtudes y defectos en un halo melancólico sobre el recuerdo y la memoria de un tipo de cine algo caduco, pero con alcance y simpatía para el gran público.
‘Paul’ reincide en todos estos códigos característicos, en ese cariz ‘peterpanesco’, con dos frikis ingleses del género Sci-Fi que peregrinan a Estados Unidos para asistir a la Comic Con de San Diego y comienzan una maratoniana excusión a bordo de una casacaravana Winnebago por entornos mitificados gracias a sus supuestos acontecimientos ufológicos como la base militar de Nevada Área 51 y Roswell. En su camino, se cruzará un alien que se ha fugado de las instalaciones gubernamentales secretas para regresar a casa después de más de seis décadas sometido a todo tipo de interrogatorios.
Mottola inicia con estos mimbres un viaje por la América Profunda, en una suerte de referencias al cine de género cómic, fandom, novelas de serie B, compras de souvenirs en forma de espada y pegatinas de extraterrestres para el parachoques o hacerse fotos mientras recrean algunos fragmentos de sus película favoritas (como esa lucha entre Capitán Kirk y Gorn) en una miscelánea con la cultura popular autóctona, con alusiones a la idiosincrasia de los ‘rednecks’ yanquis, configurados en una pareja de rudos sureños a los cuales los protagonistas comparan con los salvajes de ‘Deliverance’, de Boorman o ese padre ultrareligioso de la chica la que raptan fortuitamente.
‘Paul’ se va constituyendo como una comedia sobreexpuesta en la que va aflorando un catálogo de ‘gags’ con elementos tan cómodos y elementales como la marihuana, el alcohol, las barbacoas, los chistes soeces y la complicidad que se establece entre los dos británicos y un deslenguado extraterrestre que responde a la fisonomía habitual y estandarizada de este tipo de seres. Un alien capaz de transferir toda su sabiduría con un sólo golpe de mano, pero que ha pasado más de sesenta años en una base de la NASA respondiendo preguntas en un inacabable interrogatorio. Ejemplo de cuestionamiento de guión que, si bien procede con soltura y modestia, queda al antojo de encadenamientos caprichosos para que la trama de fuga y persecución en carretera sea viable para los intereses cómicos de Simon Pegg y Nick Frost (también firmantes del libreto). Con ello, ‘Paul’ se mueve entre la parodia y la ofrenda al cine de género, con constantes referencias al cine de George Lucas y Steven Spielberg (que protagoniza una divertida secuencia con su voz telefónica) o con amagos de destreza humorística con toques satíricos que, sin embargo, empiezan a pasar factura pasado el primer tramo de la cinta.
No obstante la historia contiene un interesante subtexto religioso de fondo que enfrenta al creacionismo fundamentalista patrio con la teoría evolucionista de Darwin, para contrastar así la derivación secular de los fanáticos de la religión contra la de los proselitistas de la ciencia ficción, cuyo discurso implica una insinuante metáfora que no es otra que asumir que Paul pueda ser visto como un Mesías provocador; sólo se le aparece a ciertas personas, es capaz de obrar milagros, ayuda a los ciegos a recuperar la vista…. Una caricaturización de una especia de divinidad tendente a la fiesta, los porros, la cerveza y la diversión. Pura provocación para un país que, en casi su totalidad, profesa a Dios como el creador del universo.
Lo bueno de una película como ‘Paul’ es que es todo benevolencia y lealtad con su historia sin ambición, personificada tanto en sus personajes protagonistas dispuestos a alterar su tan soñado viaje por carretera con el fin de ayudar a su nuevo amigo espacial como en sus perseguidores, patanes de dibujo animado llevados más por la curiosidad que por el afán de caza y exterminio del alien. Simon Pegg y Nick Frost siguen funcionando como pareja cómica. Eso, era algo muy asequible y de esperar. Y lo hacen acompañados de la voz de un Seth Rogen que está mejor bajo la forma de este impertinente extraterrestre que con su sempiterna presencia física en la última ola de comedias dirigidas por conocidos. De ésa nos libramos aquí. Tampoco defrauda la consistencia de intérpretes salidos del ‘Saturday Night Live’ como Kristen Wiig y Bill Hader y actores acólitos de Mottola como Jason Bateman y Jeffrey Tambor (ambos protagonistas de la serie ‘Arrested Development)’, poniendo el colofón final la icónica Sigourney Weaver.
En último caso, ‘Paul’ no defraudará a aquéllos que posean una acentuada mitomanía y gusten del simulacro de humor hacia el un gran género popular como la ciencia ficción. Se trata de una ‘road movie’ que empieza bien su viaje, sorprende y atrapa, pero que acaba accidentado con tanta transcripción referencial, facilidad de humor apagado y un cierto descenso al ostracismo sin parangón con síntomas de agostamiento. Tanto chiste de ‘nerd’, insinuaciones al mundo gay y la confrontación de ese aseñorado raquitismo inglés contra la estolidez yanqui extenúan la fábula de ese pequeño hombre verde que quiere volver a casa para que no le diseccionen la cabeza. Una película que no es apta para amantes de Gene Roddenberry, de las aventuras de Buck Rogers y o de aquellos que hablan Klingon, por mucho que insistan en esbozar pequeños guiños hacia ellos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011

miércoles, 27 de julio de 2011

Se acabaron las vacaciones 2011

Qué cortas se hacen las vacaciones. Podría ser una manida frase de catálogo, un arquetipo de locución idóneo al primer día de estrés post vacacional. Sin embargo, es una verdad como un templo. Durante estos días pasados hemos disfrutado de unas apacibles jornadas de asueto, de desconexión necesaria de la rutina y del desviamiento de tantos problemas y ahogos de diversa índole aunque sea por unos días. Necesitábamos un espacio de calma, de insubordinación a los vínculos laborales, a no aceptar el reloj como ese preboste tiránico que ordena nuestras vidas cada día. Y encontramos la calma en Bilbao, en ese clima inestable oceánico y templado que nos ha dado sol y lluvia, desde un contexto dócil y despreocupado. El norte es así. La playa y el sol es para aquellos que los buscan. Yo quiero otras cosas más importantes que el buen tiempo. Lo básico es evitar la coacción cotidiana encontrando un pretexto para sortear la servidumbre a los quehaceres y rebelarte contra el tiempo, aunque como siempre sea éste el que lo haga contigo.
Han sido unos días marcados por la esencia bilbotarra, tan cerca del corazón de mi Athletic del alma, en San Mamés, donde la familia Guerricaechevarría, con el cercano y extraordinario amigo Asier como maestro de ceremonias junto a Amaia e Iker nos han proporcionado todas las comodidades del mundo, abrigándonos con su cercanía y amistad eterna. Las jornadas gastronómicas se regaron con cerveza, con largas conversaciones y paseos por el Botxo y sus alrededores; desde el corazón de Indautxu hasta el casco viejo, con subida al funicular de Artxanda, visitas guiadas a Getxo y Portugalete. También con actividad social y festiva, como asistir a una barbacoa con amigos en Gorliz o la fugaz pero agradecida visita al celebérrimo Borja Crespo, durante las Paellas de Aixerrota, en Algorta. Unas vacaciones de imperturbabilidad relajante, donde hemos podido compartir algún instante con nuestra amiga Sonia y conocer de cerca de un maestro del guión como es Javier Echániz.
También hubo un día para reencontrarme con Donosti, ciudad a la que volver para recordar. Álvaro Manso y Susi hicieron de comitiva con el habitual cariño y afecto en los obligados paseos por la Concha, el Kursaal (al amparo donde esa misma noche tocaba el mítico B.B. King) y al venal acercamiento a la siempre espectacular gastronomía donostiarra. La pena es que todo se acaba enseguida, como lo bueno. Volver a reencontrarme con las pequeñas cosas que te ofrecen la vida y la diversión ha sido un lujo asequible por el momento. Sin embargo, habrá que esperar largo tiempo para aprovechar una oportunidad de dar la espalda a la realidad. La imposición de la vuelta a casa, en este caso, se puede metaforizar en esa desagradable Torre Iberdrola de Bilbao, horroroso mamotreto de discutible gusto arquitectónico que entorpece la vistosidad y benignidad de las vistas de de una de las ciudades que más placidez me ofrecen.
Eskerrik Asko y hasta la próxima.
Por último, tampoco podemos olvidarnos de la gratitud hacia Ruli y Geles, anfitriones siempre perfectos en nuestros viajes a Burgos, incluso cuando se trata de un tránsito efímero, pero ensalzado por la compañía de estos grandes amigos.

viernes, 22 de julio de 2011

Review 'Bad Teacher (Bad Teacher)', de Jake Kasdan

Algo pasa con la profesora
El filme de Jake Kasdan aboga por el humor absurdo y sin dobleces moralistas con una comedia para el lucimiento de una Cameron Diaz que es lo mejor de una cinta veraniega sin pretensiones.
Las películas de maestros y entornos escolares suelen salvaguardar la relación educativa entre profesores y alumnos, casi siempre desde un prisma pedagógico, de complejo entendimiento y reciprocidad, entendiendo el aprendizaje como el viaje iniciático más importante de la vida. Cintas donde los valores más esenciales para el ser humano encuentran su verdadero protagonismo cuando se aprenden a concebirlos y apreciarlos. Pues bien, ‘Bad Teacher’ es todo lo contrario. Podría decirse que estamos en un discurso antitético de clásicas cintas educativas sobre la docencia como ‘Rebelión en las aulas’, ‘Cadena de favores’, ‘Mentes peligrosas’ o ‘El club de los poetas muertos’. El hecho de que en esta descarada comedia no exista ningún factor ético o ilustrativo sobre la disciplina escapa a la lógica del subgénero, con lo que el albedrío para el desmadre convierte a este vehículo para el lucimiento de una Cameron Diaz como pez en el agua en una comedia que apuesta por la parodia directa como reverberación de una realidad viable o asumible donde todo vale, sin esperar ningún tipo de relamida invectiva educacionista ni crítica con el sistema de juego que aquí se propone.
Jake Kasdan subvierte el estereotipo y deja a un lado las limitaciones para abordar su comedia con gran libertad a la hora de asumir un pasatiempo veraniego sin mucha ambición, lineal y absurdo, inocuo y sin vetas insurrectas en su discurso cimentado en el gamberrismo y la comedia inexacta. Cameron Diaz resulta, con mucho, lo mejor de este aporte para paliar la canícula estival, componiendo un personaje refrescante, que oculta su insatisfacción y frustración vital con sorna e irrespetuosidad. Diaz recupera el pulso a la comedia con un rol hecho a medida, que mezcla físico y capacidad humorística y donde algunos secundarios como la británica Lucy Punch le gana el pulso a otros intérpretes con más espacio dentro del metraje como Justin Timberlake o Jason Segel.
En el guión, escrito por Gene Stupnitsky y Lee Eisenberg, dos guionistas de ‘The Office’, no existe ápice de mensaje o moraleja, ni falta que le hace. Sus propósitos no van más allá de resultar simpática. Sólo eso. Aunque tras tanto humor lenguaraz, cerca de los dominios de la insolencia por parte de esa profesora impresentable con tendencia al alcohol y las malas formas, van agotándose en sí mismo por un acatamiento a la circunspección.
‘Bad teacher’ podría haber explotado su vena más ordinaria para llevar al extremo su humor, para sumir en una consciencia más culminante esa representación materialista y cruel del mundo que nos rodea y suscrito a una crítica poco voraz contra el sistema educativo americano. Sin embargo, se deja llevar por su condición de cinta de intrascendente, cayendo más en la reiteración que en la provocación, rindiendo sus ‘gags’ a un cariz un tanto desaprovechado. Una tendencia que va absorbiendo las buenas ideas de una película que acaba por resultar contradictoria.
Y lo es porque, a medida que va desgranando su desarrollo, va definiendo también sus verdaderas intenciones que distan mucho de la incorrección política de su disimulada condición contracorriente, resultando mucho menos provocativa y significativa de lo que en un primer momento pueda aparentar, pese a esa conclusión de improbable redención oportunista sin opción al mensaje discursista. En este terreno la película, como casi todo el concepto y ejecución del filme, a ‘Bad Santa’, otra comedia grosera de temática antinavideña dirigida por Terry Zwigoff donde el análogo malhablado y borrachuzo de Diaz era Billy Bob Thornton. ‘Bad teacher’ no es, ni por asomo, lo que aquélla. Simplemente queda como una película de verano que complementa a la perfección esas tardes en las que uno no tiene nada que hacer y quiere perder el tiempo sin la sensación de estar desperdiciándolo. Nada más..- PRÓXIMA REVIEW:
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
PRÓXIMA REVIEW: 'Paul (Paul)', de Greg Mottola.

miércoles, 20 de julio de 2011

¡¡God save The Pistols!!

Hace calor y no me da por otra cosa que abrir una cerveza fría y escuchar a los Pistols. De repente, viene a mi cabeza aquel documental: 'The Filth and the Fury’, de Julien Temple. Y vuelvo a caer. Lo siguiente es abrirme otra cerveza y comenzar a disfrutar de nuevo de este documento arriesgada y sugerente, una visión distinta y cercana de uno de los grupos más míticos e imborrables de la música contemporánea, los polémicos Sex Pistols. Este realizador británico es un veterano detrás de las cámaras y lo del rollo musical no es nuevo para él, ya que su primera cinta, rodada hace más de una década, ‘Principiantes’, estaba ambientada en el ‘Swinging London’ de los años 70.
Con ‘La mugre y la furia’ regresó a ese movimiento convulso que era el Londres de aquellos locos años 70 para reconstruir en clave documental la vida, éxito, ascenso y caída de los legendarios Sex Pistols. El documental empieza como una comedia de los Monthy Phyton para, poco a poco, exprimir todos y cada uno de los acontecimientos que tuvieron lugar en la vida de este polémico y rebelde conjunto musical. Además de dar de lleno en una explicación visual acojonante del ‘punk’, el documental va desgranando un movimiento musical que logró encontrar sus raíces en una Inglaterra en el que el paro era el tema de discusión de los primeros años de gobierno de la Tatcher y de los jóvenes sin futuro que pedían una oportunidad. Aquellos años de radicalismo y protesta tuvieron en los Pistols el eco de sus voces, de sus reivindicaciones y que provocó, con sus incendiarias letras, un estilo de vida. Es impresionante ver imágenes inéditas de esos iconos en que se han convertido Johnn Rotten y Sid Vicious.
Si tenéis la oportunidad de verlo, no lo dudéis, ya que se trata de un acertado intento de analizar un movimiento pocas veces entendido y la vida un grupo irrepetible. El documental tiene momentos míticos del grupo, como la entrevista que le hicieron al grupo en el programa más influyente de la época (imaginaros que un grupo de borrachos logra putear de primera mano a Sardá en su patético programa), la firma del contrato con la EMI o con A&M para ser despedidos al día siguiente o su mítico concierto en el barco el día de la fiesta nacional inglesa (The Jubilee Day) cantando la mítica 'God Save the Queen'. Julien Temple engancha con su forma de narrar, mucho antes de que entrara en escena Michael Moore y su ‘Bowling for Columbine’. 'The Filth and the Fury’ es diferente, ya que está realizado de una manera concisa, muchas veces seca y dilapidaria, en sintonía con las peculiaridades de los propios Pistols y todo lo que les rodeaba. Este es un documental para aquellos a los que la música es una forma de ver la vida. Y con material nuevo. Como entrevistas a Glen Matlock, uno de los primeros componentes y su sucesor, el infausto Sid Vicious, al que Temple hizo una amplia entrevista en 1978, antes de que muriera por una sobredosis de heroína. Lo bueno, además, es que cada uno de ellos habla con voz propia por primera vez. La película es verdadera historia de este importante grupo punk.
Algunas de las canciones que suenan son, entre otras el ‘God Save The Queen’, ‘Submission’, ‘No Fun’, ‘Bodies’, ‘Holidays In The Sun’, ‘Anarchy In The UK’, ‘Did You No Wrong’, ‘Seventeen’, ‘Don't Give Me No Lip Child’, ‘Road Runner’ todo adjunto a un vídeo-clip especial de dibujos animados hecho para el documental. Pero hay más, y lo bueno es que los meten para hacer ver lo ridículo que era el panorama musical, lo necesarios que eran los Sex Pistols para la época... Horteradas como ‘Chirpy Chirpy Cheap Cheap’, de los Middle Of The Road, el ‘Shang-A-Lang’, de Bay City Rollers, el ‘Hot Legs’, de Rod Stewart o el dinámico y flipante ‘YMCA’, de los Village People. También The Who, Alice Cooper, Roxy Music, David Bowie, Queen, New York Dolls...
Destaco dos gilipolleces que me hicieron mucha gracia. La primera, la película que hizo uno de los componentes gastándose el dinero del grupo y que empieza con un cervatillo muerto y una ridícula niña gritando “¡¡¡Who Killed Bambi!!!” y en seguida suenan los Ten Pole Tudor con una estúpida canción (luego veremos a Sting hacer el ridículo), imágenes de la época de cuando los Pistols fueron a USA (destaco a Robert Aguayo, al que llamaban Mr. Funny, terriblemente divertido con su imagen de gilipollas) y la citada entrevista de Temple a Vicious en la que el pavo, puesto de heroína hasta las cejas, se quedaba dormido cada treinta segundos y Nancy despertándole en medio de la entrevista. O su última frase ante una cámara. Temple le pregunta "¿Dónde te gustaría estar ahora?" y él contesta, casi sin poder articular palabra, "Bajo tierra". Al día siguiente murió.

lunes, 18 de julio de 2011

Review 'Cars 2 (Cars 2)', de John Lassetter y Brad Lewis

Coches de saldo que no están a la altura
John Lasseter abandera esta continuación bajo unos conceptos exclusivamente mercantiles donde se olvida del espíritu de magnificencia que ha hecho de la factoría Pixar un criadero de obras maestras. ‘Cars 2’ es la cinta más impersonal de estos 25 años creando sueños.
Pixar cumple 25 años. El flexo del cortometraje ‘Luxo Jr.’ se viste de gala para aludir a tan magno acontecimiento dentro de una compañía que, unida a la todopoderosa Disney, ha ido malacostumbrado al público con un distintivo que las alejaba de todo lo hecho y por hacer hasta el momento de su nacimiento. Pixar se ha destacó desde su génesis por su singularidad, por la inalcanzable capacidad evolutiva que ha ido mostrando en cada obra maestra que iba hechizando al espectador sin perder el evidente gusto por lo clásico o por la épica de los cuentos infantiles. Desde ‘Toy Story’ y durante once películas la productora de John Lasseter ha concentrado en sus epopeyas un talento desmedido a la hora de transportar al espectador a ese estado de magia que parecía perdido en la animación, avivando la imaginación hasta cotas de fantasía pocas veces experimentadas dentro del género.
Pues bien, han elegido una onomástica tan importante como la consecución de su cuarto de siglo para evidenciar, primera vez en su historia, los signos de un agotamiento que no parecía tener cabida dentro de sus siempre sorprendentes proyectos. Sin que sirva de precedente, en Pixar ha imperado la comercialización, el negocio, el hecho de obtener un cuantioso lucro que evitara poner a prueba su autoridad, sin riesgo, acomodados en un factor de venta de un producto ya dubitativo que tanta rentabilidad les ha dado (‘Cars’ es uno de los productos estrella de la marca). El progreso de la fábrica de sueños pierde verticalidad desde su arranque, donde Finn McMissile, un elegante Aston Martin británico, protagoniza una de esas ‘set pieces’ que ostentan la capacidad digital de la compañía. En una plataforma petrolífera, un grupo de coches trabajan en una misteriosa arma secreta para el malvado y destartalado Profesor Z, avanzando lo que va a pretender Lasseter (acompañado en la dirección por Brad Lewis): una aventura con trasfondo de espías, de corta y pega del ‘thriller’ actual, sin ningún atisbo de gracia. Lo que viene luego es previsible; Rayo McQueen ha sido invitado a competir en el World Grand Prix, donde tendrá que enfrentarse a un arrogante campeón italiano de F1 llamado Francesco Bernoulli. En el entramado de la competición con olor a gasolina y neumático quemado, el eterno compañero de McQueen, Mate, avergüenza con su torpeza al bólido rojo y es confundido con un espía que sirve de contacto americano en la importante operación que da el sentido a toda la trama.
Existen dos grandes diferencias entre ambas cintas y que empobrece esa magnitud que Lasseter quiere conferir a su secuela; la primera y más importante, es que cambian las latitudes geográficas de la historia, lo que era un entrañable vistazo a las diferencias tecnológicas y sociológicas en una metáfora del mundo de la automoción entre la América Profunda y la cosmopolita, representada en la mítica Ruta 66 del pequeño pueblo Radiator Springs, ahora se pondera a una esfera internacionalizada, con Japón, Tokio y Londres como escenarios donde abordar el espectáculo y el rimbombante ruido de motores y carreras. Segundo, Rayo McQueen, el fenómeno más rutilante del comercio de juguetes de Pixar e imagen del éxito de la animación más allá de sus méritos cinematográficos, permanece en ‘Cars 2’ en un segundo plano, siendo esa oxidada grúa remolcadora llamada Tom Mate el que asume el rol protagónico de esta secuela venida a menos.
La función asume así su traducción taquillera en una secuela de continuismo cuesta abajo, formulado los errores de su predecesora dentro de un guión de alucinante esquematismo, que llega a traicionar tanto el espíritu de Pixar que queda como la película más floja y con menos carisma de todas las piezas de arte que ha dejado para la posteridad. ‘Cars 2’ se equivoca con su marchita condición de secuela aprovechada; en su estúpido juego al equívoco, sin acierto en su humor de ‘gags’ (como el de ver al Papamóvil introducido en sí mismo o chistes a costa de la cultura nipona o sobre la monarquía británica), con lo predecible de su narración desdibujada…
En vez de centrarse en un subfondo que puede considerarse como el mejor acierto de este ruidoso artefacto, como es la diatriba entre la gasolina tradicional y el combustible ecológico, que acaba con una férrea defensa y descarada a la prolongación de la extracción de crudo y el enriquecimiento de las petrolíferas ante alternativas en ciernes dentro de un ataque soterrado a Rusia y Arabia Saudí dentro de su plan de liberación global, Lasseter propugna un esperado discurso moralista y dulcificado sobre la amistad, sobre la importancia que tienen los golpes y las heridas en forma de abolladuras que hacen que seamos quienes somos. Algo que deja insatisfecho por ese tono de antojo del máximo responsable del sello, que encharca cualquier intento de modificación sobre las bases planteadas en su no tan catastrófica primera entrega. Ya entonces se vieron los primeros defectos, la debilidad de sus personajes, su condición de proyecto desarrollado con el único objetivo del ‘merchandising’.
A estas alturas, nadie va a escatimar en elogios a la prosopopeya digitalizada y visual de una cinta de factura intachable. Técnicamente, ‘Cars 2’ bien puede ser la más acabada de las películas de animación digital de la historia. Pero ya no es suficiente. Pesan demasiado sus personajes alejados de la empatía habitual, deshumanizados, sin ningún tipo del empuje emocional acostumbrado y despegados de la originalidad que han destilado los estudios amparados por la Disney en estos años de gloria.
Es la primera vez que Pixar compone una cinta que pasará con más pena que gloria, que devalúa este inaugural paso hacia la mediocridad y el bostezo de un filme olvidable, que reduce (esperemos que de forma frugal y anecdótica) esa marca de la casa situada con contundencia muy por encima de unas competidoras que, por primera vez en dos décadas, va a tenerlo muy fácil para superar la calidad anual. La factoría de sueños de Lasseter desciende a la muestra de un cine de animación volcado muchas veces en los adelantos técnicos por encima de sus guiones. Tanto es así que lo mejor de la película es ese corto titulado ‘Vacaciones en Hawai’, que trae a la memoria su última obra maestra ‘Toy Story 3’. ‘Cars 2’ es todo lo contrario.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
PRÓXIMA REVIEW: 'Bad Teacher (Bad Teacher)', de Jake Kasdan.

miércoles, 13 de julio de 2011

¡Mi nombre es Dolemite, hijo de puta!

‘Cleopatra Jones’, de Jack Startett, ‘Shaft’, de Gordon Parks, ‘Cotton comes to Harlem’ y ‘Guerra de los Gordom’, de Ossie Davis, ‘Cinturón Negro’, de Robert Clouse, ‘Black Cobra’, de Stelvio Massi, ‘Foxy Brown’ y ‘Coffy’, de Jack Hill o ‘Los Demoledores’ y ‘Superfly’, de Gordon Parks Jr. son títulos que a todos nos suenan a algo en concreto. Sí, amigos, a pelo a lo afro, gabardinas de cuero y piel de cocodrilo, estética kitsh y, de fondo, música de William Hutch o Isaac Hayes, al genuino ‘Blaxploitation’, aquel movimiento subgenérico de los 70 protagonizado por enormes ‘negratas’ y llamativas señoritas de ébano. Una suerte de pelis de acción destinadas fundamentalmente al público de la comunidad afroamericana. Casi todas ellas, de bajo presupuesto, que se inscribían dentro del cine policíaco o de acción. Lo cierto es que surgió como vía de expresión reivindicativa en el cine de su etnia y la crisis económica de Hollywood. Este acojonante subgénero dejó un cine de culto indeleble para todos aquellos que lucharon con su cine y música por los derechos civiles de los afroamericanos.
Llevado por ese sobresalto nostálgico, hoy rescato del olvido a Dolemite como el gran negrazo de la ‘Blaxploitation’. El cómico, cantante y actor Rudy Ray Moore se dio a conocer con el álbum ‘Eat Out More Often’ que supuso una tragedia para los censores de los 70 (suponemos que a los de ahora lo califiarían poco menos que como un furúnculo), ya que se trataba de un vinilo guarrísimo, lleno de instigaciones, barrabasadas verbales, descarríos sexuales y un poquito de violencia contra los blancos; o lo que es lo mismo: un grito de rabia del ‘Black Power’. A Rudy Ray le salió este primer trabajo por unos (según cuenta él mismo) 249 dólares y lo cierto es que hasta hoy en día se sigue vendiendo como las rosquillas. En aquel disco incluyó un tema titulado ‘Dolemite’, que versaba sobre un impresionante negrata salido del ‘ghetto’ que, además de impartir justicia a base de patadas de kárate y hostia a puño cerrado, se autodefinía como una “máquina de follar”. Todo un titán.
Fortalecido por el éxito del disco, Rudy Ray Moore se atrevió a rodar una película de serie B, con estética de ‘caspa cinema’ que recogía las desventuras de este antihéroe en una película que si bien no aportó un aserto de calidad artística al subgénero del ‘Blaxploitation’ sí se pudo comprobar la agudeza irónica de su fondo y su exultante perspicacia, dejando para la galería a uno de los héroes afroamericanos más poderosos, lenguaraces, groseros y carnalmente enérgicos de cuantos se recuerden. Rudy Ray obsequiaría a sus leales seguidores con más títulos protagonizados por Dolemite: ‘The Disco Godfather’, ‘The Human Tornado’ y ‘Petey Wheatstraw’: the devil’s son-in-law’ son algunos ejemplos de su prolífica y particular mitología.
En los 90, el mundo del ‘Hip-Hop’ recuperó su figura homenajeando en forma de odas de rap este personaje. Dr. Dre, Eazy-E, Ice-T, Big Daddy Kane y sobre todo Snoop Doggy Dogg han sido los paladines de la figura de este ‘Big Nigga’ de la historia. Relegado por muchos estudiosos del subgénero que le discriminan y vapulean en cuanto tienen ocasión (en especial Fred Williamson –uno de los escritores de ‘blaxploitation’ más conocidos-), la efigie de ‘Dolemite’ perdura en aquellos que escuchamos sus rabiosos discos y crecimos viendo sus impertinentes películas. Y de ningún modo podremos postergar la gloriosa frase (a lo James Bond) que nos dejó como epítome de su personalidad: “Mi nombre es Dolemite, hijo de puta”.
Lo ultimo de Rudy Ray fue dar vida a Mr. Slippers, uno de los personajes de de la controvertida película de animación políticamente incorrecta 'Li'l Pimp', junto a Bernie Mac, Li'l Kim y William Shatner o su cameo precisamente como ‘Dolemite’ en el clip de los Cobra Verde del tema ‘Riot Industry’. Su carrera agotó su estelar presencia con la voz en la serie televisiva 'Sons of Butcher' y volvió a ser el mítico Petey Wheatstraw en la canción ‘I Live For The Funk’ que incluía también a Blowfly and Daniel Jordan. El mítico actor de Dolemite falleció hace tres años, en octubre de 2008 a causa de una complicación con su diabetes.
Desde este pequeño Abismo he querido desenterrar la fisonomía de Rudy ‘Dolemite’ Ray evocando tan denostado rol y postulando a favor de esta leyenda, glorificando la gesta de un negrata inolvidable y apoteósico. Pequeños dioses que son desconocidos hasta por los más entendidos en el tema y que ocupan, sin embargo, un lugar preferente en algunos de los pocos freakies que los veneramos.

lunes, 11 de julio de 2011

España, campeona del Mundo: Qué noche la de aquel año

Hoy hace un año en que el mundo del fútbol se vistió con los colores de la selección española. 365 días que han pasado volando. Y todo, porque parece que fue un sueño. Un sueño del que no queremos despertar. Por eso, qué mejor que recordar aquellos 120 minutos para la gloria de un deporte que necesitaba de un triunfo de tal categoría para erigirse en categórico. Nadie podrá olvidar aquel gol, aquella tarde que precedió a una noche memorable llena de anécdotas individuales. Nadie podrá olvidar que un 11 de julio de 2010 fuimos campeones del Mundo. Durante las horas que precedieron la final del Mundial de Sudáfrica había una sensación de exultación y nerviosismo pocas veces experimentada por el aficionado al fútbol. No había otro tema de conversación que ese partido tan decisivo, esa final que España jugaría por primera vez en su Historia. Había consenso “era el partido más importante de nuestras vidas”. Daba igual el club que cada uno llevara en su corazón, era indiferente a cualquier rivalidad porque la exteriorización de un sentimiento único se ha visto en las ventanas, con esas banderas que han animado de la Selección durante todo un mes, con esa gente que ha salido a la calle vestida con una camiseta roja, con esa emoción común despertada progresivamente hasta llegar a un fecha que jamás olvidaremos: el 11 de julio de 2010.
Hay una frase que reza que para lograr el triunfo siempre es indispensable pasar por la senda de los sacrificios. Pues así es. Eso es lo que ha padecido el colectivo de jugadores seleccionados por Vicente del Bosque. Han sabido sufrir, se han levantado cuando han caído y han seguido jugando con la creencia de los ganadores, confiando en sus posibilidades por encima de críticas o cuestionamientos, demostrando sin palabras y con juego porqué debíamos confiar en ellos. Horas antes de la final los nervios estaban a flor de piel. Los ciudadanos de este país teníamos la sensación de que ya iba siendo hora de que el Deporte Rey se pusiera a la altura de otros países con éxitos mayores pero menos lúcidos que la última Eurocopa conquistada por la selección. Por muy arriba que estuviera en el ‘ranking’ FIFA, el fútbol español aspiraba a merecerlo con el título más importante del mundo. La gran final era un reto sublime, ideal para manifestar ese sueño colectivo.
La tarde comenzó con los lógicos nervios ante un evento de tal trascendencia. La gala de clausura evidenció dos cosas; que los sudafricanos pueden sentirse orgullosos de haber organizado uno de los mejores mundiales de la Historia y los tonos de luces amarillos y rojos transmitieron una sensación de augurios y absurdas cábalas. El estadio Soccer City de Johannesburgo dejó algunos de los instantes más bellos dentro de una celebración de este tipo, en una conexión mágica de tecnología y tradición, dando protagonismo a esa cultura ancestral de un país volcado con este acontecimiento de alcance universal. Bailes tribales, canciones, ritmo, alegría y la aparición de unos elefantes mágicos no faltaron en una noche en la que Shakira dejó sus contoneos de pelvis y su ‘Waka Waka’. Incluso el símbolo de unión personificado en Nelson Mandela no quiso perderse la oportunidad de saludar al mundo y agradecer de esta manera a su país la excepcional imagen que han dado al exterior.
Pero había algo más importante. Llegaba el momento de la verdad. Era el momento de la final histórica entre Holanda y España. No procedía pensar en el pasado, ni en las decepciones, ni en el sufrimiento, ni en las injusticias donde el dolor y la decepción habían sido casi un molesto compañero en las grandes citas. Las televisiones de toda España desprendían una esperanza capaz de unir a 46 millones de personas; familias y amigos que esperaban vivir un día que jamás iban a poder olvidar. Los bares atestados de gente, las terrazas sin una sola silla vacía, plazas con pantallas gigantes abarrotadas de personas vestidas de rojo y casas donde familias enteras se aferraban a un mismo sueño, agarrados los unos a los otros en el momento en que el himno sin letra sonaba en el Soccer City. La función había comenzado.
Se sufrió más que nunca. El guión del partido se escribió con una dureza por parte de los holandeses que es inconcebible en un partido de esta categoría, ayudados por un nefasto arbitraje de Howard Webb, indigno para una Final de un Mundial. España comenzó a jugar con soltura, como ellos saben, sin prisas, con el mando del partido, a gusto con la pelota. Holanda se fue dando cuenta de que esta selección no iba a caer en ningún error y empezó a intentar desequilibrar el juego con una dureza austera y reprochable, al límite de la legalidad. Los Van Persie, Robben, Kuyt… evidenciaban la impotencia de un equipo perdulario y deshonroso que dejó alguna imagen escalofriante, con Van Bommel repartiendo patadas y a De Jong dejando patente su salvajismo sin sentido al lanzar un escalofriante golpe al pecho de Xabi Alonso. Lamentable. Como también lo fue la entrada de Sneijder a la rodilla derecha de Busquets. Iniesta también caía una y otra vez por los crueles ataques de una selección violenta que dejó ver su cara más triste dentro del Mundial. Jugando a frenar la exhibición española, a perder tiempo, a intentar llegar a los penaltis, única forma de poder llevarse la Copa a casa.
Sin embargo, esta Holanda de Bert van Marwijk, la misma que dejó en la cuneta a Brasil, tiene el peligro congénito cuando dos de sus bestias, Robben o Sneijder, sacan a relucir retazos de ese gran talento. Por ello, Robben estuvo a punto de perforar la meta española en dos ocasiones clarísimas. No era el día de más penas y apareció el “Santo” para salvar otra vez a su país. Iker Casillas fue decisivo en este partido. Cuestionado y criticado, supo reponerse ajeno a las habladurías y dar la mejor versión de sí mismo con dos paradas que ya forman parte de la Historia. Todos teníamos ya el corazón en un puño. Los nervios fuera de sí. Sin poder apenas tragar saliva. Llegaba la temida prórroga. Otros treinta minutos de calvario. Era imposible la conexión entre Xavi, Busquets, Xabi Alonso e Iniesta. El juego rudo, la creatividad destruida por la defensa neerlandesa. Ellos jugaban a lo suyo, esperando poder morder. Las porterías parecían infranqueables. Del bosque movió ficha y sacó a Navas y a Cesc. Ni por esas. Los penaltis parecían el final de una noche de tensión insoportable y agónica.
Cuando todo parecía ideado para que nos diera un infarto, Torres saca un centro descontrolado que rebota en un defensa y le cae a Cesc que sabe ver a Iniesta sólo a su derecha y el tiempo se detiene, las caras de millones de españoles se asfixian sin pestañear, esperando que la bota del de Fuentealbilla golpee un balón que va con fuerza segura hacia dentro, sin que Stekelenburg pueda evitarlo. Había sucedido. El milagro se había obrado. El gol que valía una Copa del Mundo había quedado grabado a fuego en los ojos de todos los espectadores unidos en un solo bramido desatado “¡Gol!”. Los gritos, los abrazos, las lágrimas liberadas ante tanta tensión, las bocinas, los petardos, las botellas descorchándose… más abrazos, más lágrimas, risas nerviosas.
Todo en el mismo instante en que Iniesta, consagrado como el héroe eterno de Johanesburgo (“¡Iniesta de mi vida!” gritaba Camacho), dedicaba el gol a su gran amigo fallecido el año pasado Daniel Jarque, rodeado de las caras extasiadas de sus compañeros, de esos abrazos físicos y simbólicos llegados de todas partes del mundo. La épica había vencido. La justicia estaba de nuestro lado. Sin creérnoslo del todo vimos finalizar ese partido de nuestras vidas, celebrando una victoria sin precedentes. El fútbol había dado la mayor hazaña de la Historia. España era por fin CAMPEONA DEL MUNDO. Si es cierto que vencer sin peligro es ganar sin gloria, España había logrado la Gloria más dulce de cuantas se puedan disfrutar.
Ha sido un mes espectacular e inolvidable, que ha dejado una imagen de nuestro fútbol inimaginable hace años. El Mundial de Sudáfrica siempre permanecerá en nuestra memoria como “Aquel Mundial que ganamos”. Por esa bendita estrellita que acompaña desde el domingo a nuestro escudo, como recuerdo de este grupo de amigos que abogan por la discreción, por el espíritu de lucha, por la disciplina y que valoran la importancia de la relación dentro y fuera del vestuario. Es lo que convierte a la selección en el paradigma del fútbol moderno; la calidad y el talento, la velocidad, el toque distinguido, el esfuerzo del dominio. Porque cuando el rival se vuelve infranqueable se tiene la seguridad suficiente para buscar el espacio, para crear en colectividad un fútbol lleno de magia. Y detrás de esa filosofía se encuentra un hombre tranquilo, una buena persona, un señor cauto, reflexivo y silencioso. Y de Salamanca.
Vicente del Bosque ha permanecido fiel a su estilo, sin dejarse intimidar por controversias ni críticas. El “mister” ha acertado en todo. Sus movimientos responden a un estratega que sabe más que nadie de esto, aunque por su humildad y modestia no pueda ni quiera reconocerlo. Ese estilo de sencillez, de respeto ante el contrario, de prudencia y de corrección es el que ha sabido inculcar a sus jugadores, a ese grupo de amigos que lo hacen tan bien dentro del campo, en el paradigma de la unión, de la complicidad y reciprocidad a la hora de crear un estilo. El mismo que se utiliza en las celebraciones, de aquel que rompe a llorar cuando se gana, del otro que hace una broma cuando procede, de todos los que han dedicado este triunfo a la familia del fútbol y a un país cuya fuerza e ímpetu en su apoyo es reconocido. Como darle un beso a una novia delante de millones de ojos que saben valorar la naturalidad espontánea que caracteriza a estos muchachos.
Podría dilatar más esta contracrónica abismal. La intención era hacer un repaso por el Mundial, por sus protagonistas, hablar del pulpo Paul, de Maradona, del Jabulani, del ridículo de potencias futbolísticas que han caído sorprendentemente a las primeras de cambio, de un balón de oro que no ha sabido reconocer la valía de una colectividad grandísima, del ambiente vivido estos días, de ganadores y vencidos, de goles… Pero hay que ceder el protagonismo a la selección española. A los Campeones del Mundo que han hecho posible ese deseo que ha unido a un país tocado en lo moral y en lo económico, que gracias a ellos ha podido olvidar por unos días los problemas y la crisis para abrazar la esperanza y la concordia. Este grupo es un símbolo, un ejemplo. “Si se cree, se puede”. Es la lectura que hay que hacer de esta importante victoria que recordaremos dentro de décadas, cuando rememoremos con nostalgia que una vez vimos como España ganaba un Mundial. Los nombres nunca los podremos olvidar; Casillas, Sergio Ramos, Capdevila, Piqué, Puyol, Xabi Alonso, Busquets, Xavi, Iniesta, Torres, Villa, Pedrito, Fábregas, Navas, Marchena, Llorente, Javi Martínez, Silva, Mata, Arbeloa y aunque no jugaran, no menos importantes, Reina, Víctor Valdés y Albiol. Un año después todavía vibramos con aquel gol, con aquella celebración y con aquella unidad colectiva con un grito de júbilo unifcado en las calles del país. Fue bonito. Y esperemos que no sea la última vez que vivamos este tipo de sensaciones deportivas.

viernes, 8 de julio de 2011

'Transformers: El lado oscuro de la luna (Transformers: Dark of the Moon)', de Michael Bay

Otra orgía de efectos especiales
Michael Bay se lo pasa como un niño espectacularizando la catástrofe en un filme que agota las posibilidades de la franquicia con una pormenorización visual todo tipo de explosiones y demoliciones digitales.
El cine de Michael Bay no engaña a nadie. Podría decirse incluso que es honesto. Sus películas abrazan sin rubor la grandilocuencia megalómana de un visionario que suele confundir efectismo y artificiosidad con cine épico para transformarlo en un espectáculo de McMenú saturado de corolario comercial. Su perspectiva cinematográfica se forja a golpe de efecto digital, siendo éste el sello de unas tramas que devienen en ilustrativas paradigmas moralistas genuinamente yanquis. Esta ‘Transformers: el lado oculto de la luna’ no rehúsa a su condición de ‘blockbuster’ y se define por la bagatela de sus predecesoras con un guión de tiralíneas escrito por Ehren Krueger, que devuelve la eterna batalla entre los Autobots y los Decepticons.
La cosa esta vez es darle un poco de revisionismo ficticio a la Historia, situando el arranque de su tercera entrega en 1969, durante el transcurso de la misión Apollo 11, con Neil Armstrong y Buzz Aldrin descubriendo el anverso oculto de la luna, lugar donde se esconde una astronave cibertroniana llamada el Arca y pilotada por Sentinel Prime, que no es otro que el líder Autobot de Optimus Prime. Es el objeto de la situación crítica que décadas después vivirá la Tierra, de nuevo con el joven Sam Witwicky como intermediario en las catastróficas disputas de los Transformers. Bajo esa simbología de vehículos y armas que representan parte de la idiosincrasia estadounidense, con loas a la libertad y unos pocos giros que doten de algo de emoción a una historia que, no nos engañemos, es para lo que es. Aquí Bay se supera así mismo y por supuesto que lo hace en un estrato de desbordamiento digital, ofreciendo al público una orgía de efectos especiales que no pierde de vista la vacua pretensión de subrayar su intrascendente moraleja patriótica y heroica.
Para Bay el cine es como ese juego de niños en el que todo es posible, con un entendimiento de artefacto escapista casi sistémico en cuanto a planificación y realización consumada de un enajenado alucinador de masas. La diversión cinética, en cuanto a espectacularidad, impone una recreación escandalosa y rimbombante de la destrucción del mundo ¿Qué no hay atisbo de una historia coherente? No pasa nada, para eso está esa ideología fílmica fluctuada hacia la destrucción gratuita, pormenorizando todo tipo de explosiones y demoliciones digitales, con cristales y fragmentos saltando por los aires en dirección a cámara para realzar el sentido del 3D dentro de una función de planos imposibles, de metales crujiendo, de olor a gasolina, de persecuciones de coches, de piruetas, disparos y choques.
Para ello, qué mejor que intentar darle algo de épica, si no puede ser por la esencia de la historia, pues con una partitura a lo ‘Inception’ compuesta por uno de los pupilos de Hans Zimmer, Steve Jablonsky. El mejor ejemplo de esto se traduce al final de la cinta, a lo largo de casi una hora, con la recreación lúdica de una ciudad como Chicago demolida con cierta fruición, donde, más allá de daños colaterales, se impone la espectacularización de la catástrofe, como si Bay tuviera una pugna privada y desconocida con Roland Emmerich para bien quién devasta y arruina una urbe mejor.
Sin embargo, no hay que darle mucha importancia. Tampoco se puede tomar muy en serio cualquier derivación argumental más allá del tópico de género hipertrofiado de Un Bay cegado por la ambición visual, carente de inventiva, donde no existen las leyes de la coherencia o la verosimilitud. Pero ni falta que hace. El sentido de la narración y la puesta en escena para Bay es así. Un páramo de albedrío donde hacer lo que quiera, sin cortapisas de ningún tipo, donde importa tanto que ondee la bandera de Estados Unidos como las escandalosas batallas automovilísticas, militares y entre robots, así como que la explosiva chica luzca sin perder su destilación sexual amplificada.
La descompensación y desequilibrio puestos al servicio de un metraje que se alarga hasta las dos horas y media suponen un escenario perfecto para la algaraza mastodóntica de ese humor a golpe de ‘gag’ absurdo, de tiempos muertos para dejar espacios en blanco, para que la chica florero que luzca sus encantos o que la acción sin lustre ni elocuencia evidencie un torpe discurso sobre el antagonismo de los Transformers, que son catalogados en dos colores básicos para que el público no se pierda; los de Optimus Prime y Autobots en gamas variadas de azul y los del malvado Megatron y sus Decepticons de sospechoso rojo infierno. Una dicotomía infantil muy adecuada para diferenciar a esos Decepticons que sueñan con la tiranía y los Autobots, que luchan por la libertad.
Por lo demás, lo de siempre. Shia LaBeouf ya no resulta tan entrañable como en las dos anteriores entregas y aquí parece cansado de tanto ajetreo, exhibiendo un rostro alucinado de gesto gástrico. Tampoco aportan mucho los habituales de la franquicia Josh Duhamel, Tyrese Gibson y John Turturro. Y lo que es peor, ni siquiera los fichajes de calidad (Frances McDormand, Patrick Dempsey o John Malkovich) pueden hacer nada por evitar que todo resulte como una atracción de feria. Y sí, dirán lo que quieran de Rosie Huntington-Whiteley, pero para búcaros de ornamento se echa de menos a Megan Fox como objetivo del realizador de ‘fetichizar’ a una mujer despampanante.
‘Transformers: el lado oculto de la luna’ podría definirse, como señala A. O. Scott en ‘New York Times’ como una fanfarria de “homoerotismo metalizado” de los transformers. La divinización de un cine post-humano donde no cabe la sutileza, llevado más allá de los cánones del séptimo arte hasta mecanizar su alma y su propósito, hasta transformar su cine en una máquina metamorfoseada por gran tonelaje de efectos especiales y manifestar, con aires de grandeza, lo que el trabajo de los efectos generados por CGI es capaz de lograr.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
PRÓXIMA REVIEW: 'Cars 2 (Cars 2)', de John Lasseter y Brad Lewis.

jueves, 7 de julio de 2011

La sonrisa del mono

La sonrisa del mono de cresta negra de Sulawesi, una especie de macaco protegida ha dado la vuelta al mundo con la insólita situación que se produjo cuando al fotógrafo David Slater perdió de vista una de sus cámaras sostenida sobre un trípode. El simio, aparentemente consciente del manejo de ésta, se acercó a ella para autorretratarse y mostrar la mejor de sus sonrisas. Llevado por la curiosidad del sonido del disparador y del reflejo del flash comenzó a hacer fotos de todo aquello que le rodeaba.
Slater, oriundo de de Coleford, Gloucestershire, aseguró “el sonido llamó su atención y siguió presionando el botón. En un principio se asustó, pero enseguida volvió e hizo cientos de fotos, de las que, evidentemente, no todas estaban a foco”. El gibón oriental de cresta negra es un primate hominoideo en peligro de extinción que se encuentra en una pequeña área al noreste de Vietnam y en la isla de Hainan en China.

miércoles, 6 de julio de 2011

Leyenda urbanas

Hace poco, alguien me recordó por enésima vez la leyenda urbana que generó el ‘remake’ ‘Tres solteros y un bebé’. Ya sabéis, el plano ése donde aparecen Ted Danson y Celeste Holm y en cuyo fondo se ve una silueta reconocible a la que se le elaboró una terrorífica historia acerca de un adolescente que se suicidó en el apartamento donde ser rodó la película y que su madre, al verlo, entró en una fase de ‘shock’ que la llevó a un centro psiquiátrico para el resto de sus días. La figura humana semioculta detrás de las cortinas resultó ser un ‘display’ promocional, una figura de cartón del propio Danson con smoking para una campaña publicitaria. Además, el filme no fue rodado en un apartamento, sino en unos estudios canadienses, por lo que la leyenda urbana queda impugnada a pesar de ser una de las más conocidas del Hollywood contemporáneo.
Revisando ‘Río Grande’, de John Ford, aprovechando la reedición en DVD de las películas de John Wayne, recordé que había otra de estas leyendas que deja más dudas a la interpretación dentro de la rumorología de este tipo de temas: ¿Aparece realmente un OVNI en una secuencia de diálogo entre Wayne y Maureen O'Hara? Parece ser que no hay montaje posible y que lo que aparece en el cielo pudo acontecer allí, pues se rodó en exteriores, en Moab, Utah, cerca del desierto. Pero también hay quien rebate esta apasionante visión de los hechos, asegurando que el western de Ford pudo ser rodado en los Republic Studios y lo que se ve es un decorado donde se refleja un foco.
Son pequeños ejemplos de las leyendas urbanas que han caracterizado Hollywood; como aquel que cuenta que el nombre del sobre que abrió un Jack Palance en estado de embriaguez no era el de Marisa Tomei, que las muertes de varios integrantes de la saga ‘Poltergeist’ (incluida la niña Heather O'Rourke) fueron consecuencia de un maleficio, como la falsedad que apuntaba a Ronald Reagan para protagonizar Casablanca, que C3-PO apareció en varias imágenes promocionales oficiales luciendo un escandaloso ‘goldmember’, que Christopher Walken asesinó a Natalie Wood, que Polanski sabía que algo iba a suceder en su mansión de Cielo Drive la noche del 9 de agosto de 1969 o como que Jamie Lee Curtis es hermafrodita...
En la página Snopes.com tenemos todo tipo de rumorología y leyendas urbanas sobre el mundo del cine que especifica su autenticidad o revocan su veracidad como una simple patraña adoptada como fidedigna.

viernes, 1 de julio de 2011

Review 'Resacón 2 ¡Ahora en Tailandia! (The Hangover Part II)', de Todd Phillips

Cuando la secuela es un ‘remake’ de conveniencia
Todd Phillips y sus guionistas se autoplagian en una secuela carente de sorpresas e innovación que sigue la fórmula narrativa de su predecesora sin perder el sentido del humor atrevido y políticamente incorrecto.
Cuando en la azotea de un rascacielos Phil (Bradley Cooper) dice “ha vuelto a pasar”, nadie se imagina que se está admitiendo, a modo casi de ‘spoiler’, que la película que está a punto de ver el espectador es casi idéntica a la anterior. La fórmula de ‘Resacón en Las Vegas’ supuso un acierto en varios frentes; primero, como resurgimiento de un género cómico que, si bien seguía los conceptos comunes de lo que se ha dado en llamar ‘Nueva Comedia Americana’, supo sobreponer la diversión y la comedia en estado puro a los austeros entresijos morales y existenciales de sus bases. Y segundo, en la fruición de un ritmo de acción formidable, donde los giros constantes sobre la hipótesis acerca del paradero de uno de los integrantes de una fiesta loca dejaron el desmadre con un tipo de situaciones dipsomaniacas identificables y llevadas al extremo con genial histrionismo demencial.
‘Resacón 2: ¡Ahora en Tailandia!’ recurre a una idéntica fórmula, la de monumental y amnésica resaca que provoca otra incógnita movida por una elipsis total que obliga a la reconstrucción del puzzle provocado por la ingestión involuntaria de una mezcla de alcaloides que desembocan en una noche de brutal juerga que sume en el olvido posterior a todos los integrantes de esta parranda sacada de contexto. Doug, Alan y Phil viajan a Tailandia para asistir a la boda de su colega Stu. Sin embargo, esta vez no pierden a Doug, que permanece ajeno al lío (y gracias) en su hotel, sino al hermano pequeño de la novia, el protegido del padre y un virtuoso de la medicina y el chelo. Tampoco falta en el sarao el gángster afeminado y loco llamado Mr. Chow (Ken Jeong), centro de las pesquisas de su primera parte.
De entrada, la gran decepción viene provocada por la paulatina falta de innovación, por esa constante réplica de facilidad poco trabajada, donde el guión fusila la estructura de su predecesora narrando con exactitud los mismos pasos que abren la recapitulación sobre las convulsiones noctívagas de este grupo de amigos. Todd Phillips, en complicidad con unos guionistas que no se han esforzado mucho, ha confeccionado un ‘remake’ asiático de la primera entrega, con los mismos pliegos, obteniendo un ‘fast food’ a modo de remedo. Lo malo es ya no tiene tanta gracia un humor más acartonado. Al menos no se pierde la eficacia grosera y temeraria asignada a lo que el público va a esperar del filme. En analogía narrativa, las dos entregas se alinearían casi a la perfección.
En ‘Resacón 2: ¡Ahora en Tailandia!’ no hay sorpresas que vayan aportando frescura al desarrollo, ni novedades que dinamiten las expectativas más básicas y previsibles. Algo que termina por derivar en la triste extinción de la carcajada que da como consecuencia que la diversión se resienta en una limitación de sus objetivos. A pesar de ello, Phillips no pierde de vista el tono gamberro, pasado de rosca y explícitamente desinhibido, sin obviar la vulgaridad, entroncando su humor al anverso de la corrección política. Aquí no faltan alusiones a penetraciones transexuales, el tigre se sustituye por un mono capuchino que ejerce de camello y fuma como un carretero y hay ‘gags’ en torno al robo de un monje budista en silla de ruedas en voto de silencio, a dos mantones rusos, al dueño de una barra americana que quiere colocar una UCI, un salón de tatuajes que profanan la piel de chavales de nueve años o un dedo desmembrado con un anillo que pertenece al desaparecido.
Sin embargo, en esta ocasión el trasfondo de falta de madurez, de crisis existencial y abandono a la irresponsabilidad sólo se sostiene en Alan (Galifianakis), esa especie de oligofrénico carente de afecto y salido de una familia adinerada, que protagoniza un ‘flashback’ fascinante donde tiene acceso a ciertas partes de la noche olvidada y donde se ve a sí mismo y a los demás como niños envueltos en una noche de farra. Phillips intenta fascinar con su juego de trilero, mostrándose firme a la hora de dirigir acción y no dejar que la comedia decaiga en ningún momento. Sin embargo, sólo lo logra a veces, salpicado por aquellos destellos que en su predecesora eran una constante sorpresa. La lástima, por tanto, es que en esta ocasión toda esa retahíla de barrabasadas innombrables del ‘slideshow’ fotográfico de créditos finales se convierta en lo más divertido de la película. Es decir, que todo aquello que se exhibe en él deriva en lo más loco. Y lo que fue la guinda a una abrasiva e inmoderada despedida de soltero increíblemente satisfactoria, aquí es el culmen que hace preguntarse al espectador por qué ha tenido que perderse lo mejor de la noche.
Por supuesto, lo mejor de la película es, de nuevo, el trío protagonista, versión americana suburbana de ‘The three stoges’. Aunque esta vez Zach Galifianakis ejerza una poderosa fuerza sobre sus dos partenaires, Ed Helms y Bradley Cooper. La estrategia se queda en un simple ‘dejà vú’ cuya reincidencia dentro de una sórdida noche se debilita dentro de su propia excentricidad, sin llegar a resultar del todo gratificante y donde el encadenando de ‘set pieces’ con ‘slapsticks’ y demás excesos no llega a cuajar hasta devenir en apagado facsímil. Todo está tan forzado como la aparición final de un acabado Mike Tyson en plan estelar cantándose un ‘hip-hop’. Y lo más irónico de todo es que se desarrolle Bangkok, ciudad que es la cuna de las imitaciones baratas, simbolismo perfecto para definir una comedia como ‘Resacón 2: ¡Ahora en Tailandia!’, una obviedad innecesaria que no consigue sus objetivos. Al menos, si es que pensaron más allá de la recaudación final.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011