jueves, junio 30, 2011

‘Centauros del desierto’, el gran icono del 'Western'

Considerada como una de las mejores películas de la historia del Séptimo Arte, ‘Centauros del Desierto’ es, por derecho propio, una de esas piezas que agotan elogios y acaparan estudios, que permanece constante en nuestra memoria colectiva con su espléndida vivacidad y atemporalidad. Como se ha empeñado en reiterar en multitud de ocasiones ‘Centauros...’ es el western por definición pura, el género americano que incluye en sus fastos obras imborrables, indelebles.
El filme de John Ford puede ser considerado a estas alturas como "el western que se sitúa por encima de todos" (al igual que el rótulo que decoraba uno de sus carteles más memorables). Nos encontramos ante una obra terminante, de complejísima y consumada construcción, de la cual pocas cosas se pueden decir ya, debido a los exhaustivos análisis que se han extraído, interpretando cada secuencia y giro hasta el delirio. Esta película del Oeste representa la afirmación del arte, la emoción y el espectáculo como jamás nadie ha sabido exhibir en una pantalla de cine. Por eso, la constante revisión de la obra de Ford es una nueva oportunidad de engrandecer la más descriptiva cinta fordiana. En algún momento de la historia, Ford reflexionaba sobre ‘The Searchers’ (su título original) comentando que era “simplemente la tragedia de un hombre solitario. De un hombre que regresó de la Guerra de Secesión, probablemente se fue a México y volvió a casa convertido en un bandido que luchó para Juárez o Maximiliano, sabiendo que nunca hubiera podido ser realmente el miembro de su familia que hubiera querido...”. Este es el arranque, el prólogo, la sinopsis de la historia, el comienzo del rumbo que sigue una trama de dimensiones ciclópeas para perpetuar un sentido narrativo inusual y arriesgadamente envolvente.
La historia de Ethan (John Wayne), un tipo solitario obsesionado durante años con rescatar a su sobrina Debbie (Natalie Wood), raptada de pequeña por los indios cuando éstos asesinaron a toda su familia, trata sobre la búsqueda de los vínculos familiares que quedaron rotos en el mismo instante en que el Jefe Cicatriz los asesinó y se llevó a la pequeña. Pero lo hermoso de este clásico es todo el armazón de relaciones, analogías, parentescos, traiciones y simbología que alcanza un nivel de acopio excepcional en la larga carrera de Ford, destruyendo e redescubriendo a la vez, de forma soberbia, todas las bases de la narración clásica.
Desde el apoteósico comienzo con la llegada del hijo pródigo, del héroe atormentado a casa de su hermana Laura (Vera Miles) observamos hasta dónde puede llegar la amargura y el desencanto de un hombre, víctima de un existencialismo que marca uno de los personajes más logrados en la ‘época dorada’ del Hollywood más añorado, tal vez resultado del contraste revisionista con respecto a la película desde una óptica de escepticismo, de madurez en la perspectiva de Ford. Un aspecto éste excepcional con respecto al personaje de un John Wayne que marcará una disposición elegíaca en la posterior tradición de los (anti)héroes de la obra de uno de los genios más alabados de la historia del cine. Acumulando la línea narrativa de falsos aforismos (fugaces, efímeros, a veces incompletos) para que el espectador saque su propia conclusión, de forma interpelativa (¿cómo olvidar el célebre plano que abre y cierra la película?) para que entremos, como privilegiados asistentes, de un modo directo en la narración para captar el sentido total de los personajes y luego, al final, devolvernos a nuestra realidad.
Todo el viaje que realiza Ethan no se limita a ese rastreo en busca de su sobrina por todo el vasto Oeste, que bien podía ser la metáfora de la búsqueda homérica de su propia identidad, de autoexploración interior sumido en la soledad del territorio que le rodea y le cerca a la vez. También lo es para evidenciar la insociabilidad de un personaje oscuro, privado de hogar, con dificultad para amar. En este ámbito, la lectura que se extrae en su relación con su acompañante de viaje, el repudiado sobrino Martin (Jeffrey Hunter), otro ser herido debido a su mestizaje y el rechazo que sufre por parte de Ethan es la clave fundamental de ‘Centauros...’. Ya que Martin es una especie de sustento de la familia que quiere cerrar un círculo abierto para sentirse integrado en una comunidad a la que ya no pertenece nadie, a una familia que no tendría la oportunidad de sobrevivir como tal.
Narrativamente ‘Centauros del desierto’ (ahora mismo recuerdo las ridiculeces que soltó el bocazas de Amenábar sobre esta película en sus comienzos, dignas del más deficiente inculto cinéfilo) es uno de los escasos ejemplos de perfección, un modelo de majestuosidad, de excelencia. El uso reiterado de la célebre elipsis característica del filme da como consecuencia que el relato camine accesible hacia la magnificencia de un argumento épico, de naturaleza trágica y búsqueda moral, encontrando además un origen estructural de películas con personaje en búsqueda obsesiva y catártica, forzado a un destino de soledad y marginación (Paul Schrader fue durante años el paradigma más clarividente de esta connotación –sobre todo con su particular y duro homenaje en ‘Hardcore’).
A todo esto contribuye, conjuntamente, la espléndida utilización del tiempo, un tremolante tratamiento del paso de los seis años transcurridos en la búsqueda de Debbie, marcando con pequeños matices las personalidades de ambos protagonistas. Y también lo es el hecho de la nueva disposición con la que Ford incorpora la leyenda del sueño americano, nunca enjuiciado con una conducta tan distinta a las expuestas hasta aquel momento. Un personaje, Ethan, que alude a la idea de un itinerario hacia una esperanza que se torna en la pesadilla de sus propios temores, una pesadilla de la que no puede salir y en la que América idiosincrásica del ‘western’ está engañada por ella misma.
Remarcada con una percepción estética realmente maravillosa, un concepto de la luz revolucionario y una precisión y encuadres usados en torno a un uso dramático en el que las sombras y la captación del espacio son tan rotundas, encontramos un contenido emocional que evoca el más hermoso de los expresionismos. Un clásico que mantiene intacta su frescura y contundencia. ‘Centauros...’ es una obra (por definición y calidad) imprescindible, necesaria para entender la evolución del cine, de la imagen y de este arte que engloba sueños y realidad. Por eso, cada vez que se ve esta cinta de culto cinéfago se desentierran nuevos matices, nuevos motivos de reflexión que se hacen inagotables en la esencia de la perfección de aquello épico, pero a la vez sencillo y perentorio.
‘The Searchers’ es la aproximación más definitoria de lo sublime, de lo inalcanzable. Es una de las obras más carismáticas e inolvidables del cine que, con su narración y a pesar del paso de los años, sigue respondiendo de forma sutil y directa a preguntas y necesidades muy concretas. Indiscutiblemente, una película que marcó con letras de oro su propia leyenda en un arte que pocas veces encontró tan de cerca la corrección.

martes, junio 28, 2011

El perro más feo del mundo

La belleza está en los ojos del que mira. Al menos, eso se dice. Sin embargo, a veces no es así. Los concursos por saber quién es el mejor, el más guapo, el que más logra o en el terreno del récord absurdo es como una obsesión para la Norteamérica más arraigada a este tipo de desafíos. Allí son así. Se ven obligados a competir por absolutamente todo. Incluso en disciplinas del todo rocambolescas y dentro del anverso estético. Por supuesto, en el terreno de las mascotas no podía ser de otro modo. Lo normal es que las mascotas perrunas más modélicas se presenten a competiciones de belleza animal, con todo tipo de pruebas de destreza para que los campeones hagan gala de habilidades y desfilen con la pureza de su raza.
Que tenemos un guiñapo de perro y hasta nos avergüenza sacarle a hacer sus necesidades. No pasa nada. Podemos presentarlo a la feria anual del condado de Sonoma-Marin, en el Norte de California, que selecciona al perro más feo del mundo, otorgándole a su dueña el honor de tener el chucho más horroroso del planeta. Este año el título se lo ha llevado Yoda (no extraña su bien avenido nombre), una mezcla de chihuahua chino crestado al que le cuelga la alengua, no tiene pelo en sus esqueléticas patas y pesa menos de un kilo. Su dueña, Nicole Schumacher, aseguró que encontró a la perra ganadora detrás de su edificio y que, a simple vista, creyó que era una rata sarnosa.
Con este breve apunte y por muchos gozques que puedan ganar este ridículo campeonato anual, siempre quedará en nuestra memoria el mítico Sam, un Chinese Crested Hairless que arrasó durante muchos años y fue considerado, con una potestad increíble, el perro más feo del mundo (y que fue aludido en este blog allá por 2006 ).

domingo, junio 26, 2011

España, campeona de Europa Sub-21. Ellos son el futuro

Para los que han seguido a la selección sub-21 en el Europeo de Dinamarca, lo de ayer fue otra de esas jornadas que no pasarán desapercibas en la memoria colectiva y deportiva del futuro. Y lo fue por el tesón, por el juego en equipo, por el toque, por la amistad que atesora un grupo de chavales con la ilusión de seguir los pasos de esa selección española absoluta a la que imitan con un juego desbordante y de calidad. Ellos representan un porvenir ilusionante, el relevo de esa selección nacional que está malacostumbrando al seguidor al éxito, que hacer fácil lo difícil y garantiza que a España le quedan éxitos futbolísticos para rato.
La tercera copa de Europa sub-21, después de las conseguidas en 1986 y 1998, es fruto de un fútbol táctico, de imposible conjunción de magia y talento, de puro espectáculo donde no faltan grandes dosis de creatividad, de juego desbordante y conclusiones malabaristas de una generación destinada a escribir grandes páginas deportivas. Ayer fue contra Suiza y levantaron la Copa de Capeones de Europa, el mañana será suyo, porque todos lo merecen y han demostrado que no hay límites a ese juego que nos ha enamorado durante dos semanas.

sábado, junio 25, 2011

Muere Peter Falk, el eterno detective Colombo

(1927–2011)
En los círculos de alto ‘standing’ de California se cometían asesinatos imposibles de resolver. Nadie hubiera sido capaz de llegar a la verdad. Si no fuera por la sagacidad de un hombre pequeño y hurón, de aspecto desgarbado, con una garabina que le quedaba grande y un puro inacabado, eterno y representativo de aquellos delitos sin solventar. Comenzaba así un juego de manipulación psicológica, de enfrentamiento con un criminal casi siempre educado y refinado, en un choque frontal que aludía a una batalla de clases en la que siempre ganaba el lado honesto, la ley. En el fondo, la representación de la clase trabajadora a la que pertenecía ese hombre sin nombre, pero un apellido que pasó a formar parte de los anales catódicos y brindó a su intérprete, Peter Falk, el hecho de convertirse en el actor televisivo mejor pagado a finales de los 70.
El actor del ojo cristal, bajito y más bien feo, pasó a ser una estrella memorable. Con el investigador que siempre aludía a su mujer y a su jefe y jamás aparecieron físicamente, Falk obtuvo cuatro Emmys y un Globo de Oro gracias a su más carismático detective. Sin embargo, su capacidad de registros fue ampliándose a lo largo de los años; fue nominado dos veces como secundario, por ‘El sindicato del crimen’, de Burt Balaban y ‘Un gángster para un milagro’, de Frank Capra, estuvo en películas de éxito (‘La carrera del siglo’, ‘El mundo está loco, loco, loco’ y ‘El mayor robo del siglo’), se atrevió con el cine de improvisación de su gran amigo John Cassavetes (‘Maridos’, ‘Opening night’ y ‘Una mujer bajo la influencia’ y participó en películas generacionales como en ‘La princesa prometida’. Según cuentan, fue un hombre entrañable y cercano, amante de su profesión y de la pintura. Con Falk perdemos a ese hombre que, antes de irse, decía aquello de “Bueno… si no le molesta… tengo una última pregunta… porque hay algo que no encaja”.
D.E.P.

viernes, junio 24, 2011

Review 'Hanna (Hanna)', de Joe Wright

Una máquina de matar inhibida
Joe Wright propone un juego de apariencias donde el ‘thriller’ no es más que un simbolismo más dentro de una trama con propensión a lo ostentoso que acaba por desfallecer.
En ‘Kick-ass’, la novela gráfica de Mark Millar y John Romita Jr. y adaptada al cine por Matthew Vaughn, un padre ex policía que intentaba acabar con los principales capos de una mafia de narcotraficantes que mataron a su esposa educaba a su hija pequeña en el arte de la guerra y para que le acompañara en su función superheroica en busca de venganza. Es imposible no acordarse leyendo la sinopsis de ‘Hanna’ de Big Daddy y Hit-Girl. Sin embargo, lo que allí suponía un ejemplo de anarquía cinematográfica en la deconstrucción del héroe de cómic, de espíritu irónico cercano al cinismo, poco tiene que ver con las bases sobre las que se erige la película de Joe Wright. Ambas comparten a esa dulce e inocente niña que es, en el fondo, una bestia adiestrada para matar.
Aquí la protagonista es una etérea y fría joven de rostro hierático y penetrantes ojos azul aciano que esconde bajo su pálido rostro años de aprendizaje de lucha extrema, manejo de las armas, caza, defensa bélica en todas sus variantes. En un reducto natural perdido en Finlandia, Hanna ha sido entrenada por su padre, Erik Heller (Eric Banna), un agente de la CIA que tiene escondida a la chica para evitar que su despiadada compañera del servicio de inteligencia Marissa Wiegler dé con ella para eliminarla. Pero Hanna, carente de habilidades sociales, ha decidido que quiere ver mundo. En su comienzo, el filme de Wright bosqueja los rudimentos narrativos de lo que vamos a ver en el trayecto vital del personaje, un un viaje iniciático desde la niñez al mundo adulto, donde la pérdida de la inocencia viene dada desde un punto de vista fabulesco en ese halo misterioso que esconde la naturaleza de la protagonista en su viaje a la civilización en busca de respuestas.
De entrada, resulta extraño que un director como Joe Wright, adecuado a películas de época y corsés con dramas como ‘Orgullo y prejuicio’ y ‘Expiación’, haya virado su trayectoria hacia el cine de acción pretendidamente expeditivo y sin freno. Tampoco ha modificado su ejecución, apoyada en todo momento por un punto de poética, donde prevalece la puesta en escena y la estética de un ejercicio de efectismo formal, de cierta grandilocuencia artística. Wright no abandona en su sondeo de esta primera aventura en el género algunos de sus rasgos estilísticos, como la propensión a lo ostentoso, a la frialdad sofisticada en la composición de sus imágenes o ese plano secuencia que nos recuerde que es un director virtuoso que sabe exponer este tipo de dificultades técnicas en la narración y salir victorioso.
‘Hanna’ está trazada con los rituales esquemáticos de un cuento de hadas, como si fuera una nueva versión de Caperucita y el Lobo, combinada con el espíritu de Christian Andersen en el que los ‘glocks’, los ‘smartphones’ y los seguimientos satélites de la CIA representan el acecho del villano de turno. También hay un manifiesto homenaje explícito a los hermanos Grimm (es el nombre del parque de atracciones oxidado y envejecido clave en la búsqueda de Hanna de su destino), pero desprovisto de la oscura temática y el humor de los escritores alemanes. Estamos ante un juego de apariencias, donde el ‘thriller’ no es más que un simbolismo más dentro de un entramado de envolturas con el fin de distraer la atención del espectador hacia un ritmo palpitante, pero sin pararse a reflexionar sobre preguntas evidentes que cuestionan el detonante y el desarrollo de toda la trama: ¿por qué si Heller ama como un padre a Hanna no abandona su proscripción y la devuelve a la civilización para enseñarle otro tipo de vida y dejar atrás el localizador y esa forma de sanguinaria vida salvaje?
En ese sentido, ‘Hanna’ abre muchos frentes metafóricos, que tienen sólo en un subtexto intangible su verdadera gracia. Podría haber sido un soterrado cuestionamiento de la deshumanización que sufre la infancia con tanta manipulación polifórmica o un brillante estudio sobre el desarrollo de esa niña que se hace mujer y que comienza tal periplo en el mismo instante en que aprieta un botón rojo (que bien podría representar la menstruación) para enfrentarse al universo adulto. Tal vez lo sean, pero las metáforas se limitan a lo fácil, a lo evidente, como ese persistente simbolismo de Cate Blanchett, villana de turno, limpiándose los dientes hasta el sangrado con todo tipo de utensilios odontológicos, mostrando así al lobo afilándose los dientes, como preparada para comerse a la niña en una suculenta cena.
Y es que ‘Hanna’ aspira a coagular un conjunto sólido, donde sus elementos y ‘set-pieces’ funcionen individualmente, más allá de confluir como una miscelánea coherente y sólida. Pero no es así. Desde esa desdibujada relación paternofilial, pasando por esa historia de amistad entre adolescentes donde dos chicas se humanizan respectivamente descubriendo sus carencias afectivas hasta llegar a la repulsiva delineación de los villanos que acechan a la joven, personajes estos que aparentan inteligencia pero que se comportan de manera inexplicable estúpida. Aquí los malos parecen sacados de un película infantil de serie Z, donde el perseguidor Isaacs (Tom Hollander) parece una bifurcación patética del Frank Booth de ‘Blue Velvet’ y el Harry Powell en ‘La noche del cazador’, vestido con un estrambótico chandal sacado de la británica serie ‘Little Britain’.
No se entiende cómo se trata a la chica durante el filme después de la brillante secuencia de la base marroquí, en la que evidencia la bestia que lleva dentro. A pesar de ello, la vemos perseguida por infames madames de la CIA y gregarios de puticlub. La comicidad involuntaria no le viene bien a un ‘thriller’ con ínfulas de oscura visceralidad, por lo que el suspense se estanca y se va debilitando su poder de sugestión desprovisto de ambigüedad moral hasta el punto de llegar a encuadrarse en la subclasificación de película de persecuciones, siempre vacía de ímpetu efusivo.
La violencia y la sangre también se muestran en todo momento inhibidas, la agresividad resulta desangelada, así como las emociones carecen de matices, de fondo dramático que las sustenten. Sólo la joven actriz Saorsie Ronan, estupenda y convincente, parece ser la única interesada en mantener algo de credibilidad en la vertiente emocional con un papel muy físico y complejo. Se encuadra en ese tipo de heroínas aparentemente frágiles capaces de destrozar a quien se le ponga por delante. Pero ni con esas, por mucho ritmo electrónico e hipnótico salido de la imaginería musical de los Chemical Brothers que acompañe a las imágenes.
El problema es que a Wright se le vuelve a ir la mano en el exceso de trascendencia con la que asume su cargo, tendente hacia un esforzado europeísmo que prevalece en toda la acción, con tramas de espionaje y manipulación genética soterrada que esconde un cuento demasiado artificial, que tiene que recurrir a la labor fotográfica de Alwin H. Kuchler para establecer un estado de ánimo y un aumento del nivel de tensión. Por lo demás ‘Hanna’ no propone nada nuevo. La reiterada historia de un pez fuera del agua, como hace poco hemos visto en ‘Sin identidad’, de Jaume Collet-Serra, que a su vez ejercía de vidriosa reminiscencia de la saga de Jason Bourne, sólo que aquí el personaje principal en vez de buscar la verdad sobre quién es, se preocupa por la búsqueda de lo que es, como un alegoría del monstruo de Frankenstein de Mary Shelly. ‘Hanna’, al final, queda como una fábula surrealista de sangre y arrepentimiento, más superficial que hiperactiva y audaz. Poco ortodoxa, sí, sin embargo acaba dejando un sinsabor que, afortunadamente, se olvida una vez se abandona la sala de cine.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
PRÓXIMA REVIEW: 'Resacón 2: ¡Ahora en Tailandia! (The Hangover Part II)', de Todd Phillips.

miércoles, junio 22, 2011

Miss USA 2011 deja perplejo al mundo de la belleza y el vacuo boato

Todos recordaremos aquél momento glorioso para el colectivo rapaz y catódico en el que al embajador de Rusia de 2001 se le ocurrió preguntarle a la candidata a Miss España por parte de Melilla aquello de “dime en algunas 25 palabras qué sabes de mi país: soy embajador de Rusia”. La joven maniquí, aturdida por la mala hostia de la pregunta, no supo más que responder “Pues Rusia es un país… donde vive gente maravillosa, que… ha habido en el tema de política algunos cambios y no sé mucho más. Gracias”. “¡Menudo cabrón!” debió pensar la pobre Eva Maria Blanco, que así se llamaba la guapa del otro lado del Peñón. Pues bien, en USA, ese país donde a las niñas pequeñas las moldean hasta el paroxismo enfermo desde pequeñas para ser ‘misses’, haciendo de ellas poco menos que unas ‘freaks’ repulsivas de la belleza como aspiración de un sueño americano caduco y podrido, tampoco le van a la zaga. Siempre hemos pensado que aquél soviético fue muy cruel con la pobre chica aspirante a desfilar y a obtener una cuota efímera de celebridad (que la tuvo). Sin embargo, cambiemos la pregunta de los rusos por esta otra: “¿crees que la teoría de la evolución debe enseñarse en las escuelas públicas?”. Aquí viene lo bueno. Alyssa Campanella, la representante de California que finalmente ha ganado el concurso de Miss USA 2011, respondió con total soltura: “Por supuesto. Lo aprendí todo acerca de teoría de la evolución en la escuela. Y creo en ella. Soy una tremenda ‘geek’ de la ciencia y me gusta creer en la teoría del Big Bang y en la evolución del hombre a través del tiempo”. Vale, diréis que cualquiera podría haber contestado algo similar.
Pues bien, el 98 % de las candidatas no supo contentar más allá del típico “Bueno, eh… pues…” y finalizar su aportación sobre el tema rascándose la cabeza y sonriendo con vulgaridad. Campanella recordó además que el Centro Nacional de Ciencias de la Educación Nacional había manifestado hace poco que el creacionismo (es decir, el dogma que profesa a Dios como el creador del universo) es una materia que se aceptaba en Estados Unidos como científicamente válida. Algo que ella consideraba un error para los cursos de ciencias de cara a su futuro universitario. Mientras sus rivales Jessica Chuckran (Miss Alaska), Patterson Keeley (Miss Mississippi) y Whitney Veach (Miss Virginia Occidental) rechazaron la teoría de la evolución de Darwin y Wallace aludiendo a ella como una teoría religiosa errónea, Madeline Mitchell (Miss Alabama) simplemente declaró: “Yo no creo en la evolución, no creo que se deba enseñar en las aulas pues no es un estimulo para nadie”. Alyssa, por su parte, ha dejado claro que, dentro del circo de bellezas de figurín y estética vacua que suele dar en estos certámenes, existe un prototipo de belleza que reúne más cualidades aparte del físico. Eso sí, a la audiencia les ha dejado a cuadros, como los de las camisas de los ‘rednecks’ que no entienden cómo una chica guapa ha negado lo que ellos creen a pies juntillas.

martes, junio 21, 2011

Adiós a Ryan Dunn

Ayer nos dejó prematuramente Ryan Dunn, uno de los veteranos de ‘JackAss’ y miembro de ‘Viva la Bam’. Dunn se dejó la vida en un accidente de tráfico en West Goshen Township, Pensilvania, a los 34 años. Perteneció a una generación que triunfó en la MTV dentro del programa capitaneado por Johnny Knoxville, donde fue parte destacada de esos símbolos de la salvajada visual, como parte importante de una feria de ‘cartoon’ enloquecidos que tuvo como propio centro de agresiones el cuerpo de sus integrantes, la definición de locura autoviolenta en la que jugarse el físico con tal de lograr el más demencial ‘sketch’. En el margen más arriesgado y brutal, donde rige la regla del “cuanto más estúpido, original o peligroso, mucho mejor”, se situaron los retos de estos vídeos ‘slapstick’ poco aconsejables para una audiencia impresionable o madura.
Hizo sus pinitos como actor en pequeños papeles en cine y televisión, participó en rallies de coches de lujo junto a su gran amigo e ilustre integrante de ‘JackAss’ Bam Margera, hizo el loco junto a Don Vito, ejerció de maestro de ceremonias y culminó algunas de sus mejores locuras metiéndose en un cubo de basura y dejándose caer por un tejado hasta el suelo, insertando un coche de juguete en su culo para ver la reacción del médico, sintió la fuerza de un motor a reacción de un L-39 de combate, tuvo sus roces con diversos tipos de escaleras y carros de la compra, era capaz de beberse una botella de whisky de un trago… y más barrabasadas que le hicieron convertirse en parte fundamental de ese grupo de tarados con ganas de hacer reír a la audiencia con un humor directo y superficial, adecuado para ver con una cerveza en la mano y otra en la otra y determinado en el infantilismo cómplice que no entiende de circunspección. Lo último que estrenó ha sido, apenas hace unos días, ‘Proving Ground’ para G4 TV, junto a Jessica Chobot. Se le vio horas antes de su tremendo accidente en Twitter, donde colgó una foto poniéndose hasta arriba de cervezas. Eso, unido a los 180 Km/h. que marcaba su cuentakilómetros en momento del siniestro hicieron el resto.

viernes, junio 17, 2011

Review 'X-Men: Primera Generación (X-Men: First Class)', de Matthew Vaughn

El renacimiento variable de los mutantes
Después de ‘Kick-ass’, Matthew Vaughn propone un cambio de aires a la saga de los mutantes de la Marvel con una precuela filmada con elegancia en una ágil concesión al ‘thriller’ que roza el cine de espionaje salpicado de sentido del humor.
El resurgimiento de una saga como ‘X-Men’, que acumulaba ya tres entregas y la disección individual de uno de sus personajes más conocidos, Lobezno, necesitaba una rehabilitación mitología debido a una anémica finalización y un agotamiento más que evidente dentro de los parámetros de las adaptaciones del cómic de la Marvel. Lo bueno de su condición de saga colectiva es que pervive en ella una amplia multiplicidad gracias a las transformaciones sufridas a lo largo de los años, que abren la puerta a las variaciones polisémicas dentro de un mundo poblado por seres mutantes con conflictos dramáticos más o menos comunes.
Pretender abarcar toda la historia de los ‘X-Men’ se antoja imposible, por lo que aquí se ha optado seguir el patrón de otros modelos superheroicos y replantear su estrategia comercial una vez agotado el prototipo para reformular la orientación de la franquicia. Sin caer de lleno en esa ‘Edad Oscura’ que alcanzó a iconos como ‘Spider-man’ o más claramente el ‘Batman’ de Nolan, Matthew Vaughn opta en ‘X-Men: Primera Generación’ por su vista de un modo autorreferencial a ‘Kick-Ass’, con nueva versión que se mueve entre la solemnidad de la problemática de esa eterna entre mutantes y humanos y algo más de frescura despojada de tanta circunspección.
Vaughn toma la batuta tras Brian Singer y Brett Ratner, abandonando la metódica frialdad del primero y el desmedido descalabro del segundo, para iniciar un parabólico y libérrimo tributo con una adaptación que se sitúa en la línea mágica y brillante de los guiones de Cleremont, Byrne, Davis o Morrison. Ha llegado un momento en que el cine de superhéroes se ha tiranizado a la reiteración, al abuso de ‘blockbusters’ que adecuan cómics manufacturados con una facilidad vehemente. ‘X-Men: Primera generación’ podría equipararse al efecto que ‘Casino Royale’ propició a otra franquicia agotada como la de James Bond. Por eso, Vaughn, junto a su elenco de guionistas formado por Ashley Miller, Zack Stentz y Jane Goldman, lo que pretenden es deconstruir lo ya narrado, desde su génesis, haciendo de esta nueva entrega una precuela y mosaico de referencias al cómic, sin traicionar sus estilemas, hasta liberarse a un producto deliciosamente subversivo. Por supuesto que no falta la reivindicación de la humanidad de los mutantes, pero ahora que se ha dejado a un lado a Tormenta o Lobezno. Aunque ojo, Hugh Jackman hace un cameo interpretando a Wolverine.
Este salto en el tiempo retribuye al fan con una cinta alimentada por la energía juvenil de los mutantes, de sus rudimentos y primeros pasos. El itinerario de esta precuela transcurre se ubica por tanto en los inicios de esa relación de odio y necesidad que van fraguando el Profesor Charles Xabier y el Doctor Erik Lehnsherr, más conocido como Magneto. Como viene siendo algo habitual en el último cine de acción, la pasada Guerra Fría y la crisis de los misiles cubanos de 1962 sirven de marco para desarrollar un antagonismo que les une en una misma búsqueda del malévolo doctor nazi Kalus Schimdt / Sebastian Shaw; uno con objeto de defender a su país y el otro, con ansias de venganza sobre el hombre que asesinó a su madre y lo utilizó en experimentos médicos en un campo de concentración. Por supuesto, sin olvidar densos temas como la discriminación, la enajenación, la libertad y la duplicidad confabulada en la ambigüedad que se dispone en el antagonismo de los mutantes.
Se nota el apego que siente Vaughn por el material que tiene entre manos y desarrolla su función en consecuencia, con la habitual elegancia y cognición del medio más populista del cine. El realizador de ‘Stardust’ es buen conocedor de los entresijos de lo comercial, filmando a lo grande, pero sin desprender el interés de un guión calculado con la pirotecnia de efectos digitalizados puestos al servicio de la historia. Por eso mismo, el tono existencialista queda diluido en un aspecto formal más lúdico, que juega a comedir los excesos al tratarse de una época pasada, más cauto en cuanto a demonizar la historia a los nuevos desafíos digitales.
Pese a su larga duración y sin ser la película definitiva de superhéroes y a que su franqueza prosaica se sujete a las progresiones emocionales de los personajes, la acción prolifera no sólo como parte individualizada de enfrentamientos o luchas, sino que extiende su interés a una ágil concesión al ‘thriller’ que roza el cine de espionaje salpicado de humor, con una dinámica que activa los dispositivos necesarios. Es cierto que al cineasta británico se le nota demasiado pendiente porque todo resulte sorprendente, pero lo hace con una sorprendente capacidad a la hora de combinar ingenio e instinto para obtener como resultado una cinta de gran consumo, con elevadas dosis de adrenalina y abriendo nuevas posibilidades a una saga que parecía acabada.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
PRÓXIMA REVIEW: 'Hanna (Hanna)', de Joe Wright.

Boston Bruins campeones de la Stanley Cup 2011

Los Boston Bruins machacaron hace dos madrugadas las expectativas de los Canucks de Vancouver en la final de la Stanley Cup de la NHL. La serie se había puesto todo lo emocionante que este tipo de choques se puede poner. El empate a tres partidos ganados ofrecía un encuentro a vida o muerte por parte de los dos equipos. El Canada Hockey Place se llenó con la esperanza de que Vancouver volviera a ver a su equipo levantar el máximo trofeo de la competición por primera vez en un siglo. La última vez que el conjunto canadiense vio algo similar fue el 1915, cuando ni siquiera existía el modelo de competición actual. Las expectativas eran máximas. Para los de Boston no había transcurrido tanto tiempo, ya que el último título data de 1972.
Boston salió sin especular, a jugar sus bazas en un partido vibrante, de tensión desbordada. Los dos protagonistas de este partido final fueron los dos guardametas. Roberto Luongo, de los Canucks, que no respondió a las expectativas y Tim Thomas, en el reverso de la moneda, que cuajó una actuación de MVP (recibió el trofeo Conn Smyth), convirtiéndose en el héroe de la noche al lograr 37/37 en paradas con un ‘shutout’ impresionante. Patrice Bergeron y Brad Marchand con dos goles cada uno cerraron el 0-4 que erigía al equipo dirigido por Claude Julien como el campeón de la Stanley Cup, la sexta para una franquicia que había visto cómo otros equipos, hasta en cinco ocasiones, le habían arrebatado esta oportunidad de volver escribir su nombre en lo más alto del hockey norteamericano.
Desde el inicio de esta final, los de Canadá habían copado el papel de favorito. Sin embargo, no ha sido suficiente. Fue un partido extrañamente cómodo para lo de Massachusetts, ya que en los últimos cinco partidos de la serie final, había comenzado perdiendo siempre con un 2-0 en contra. Desde 1965, ningún equipo había sido capaz de conservar una ventaja de tres goles transcurridos dos tiempos en un séptimo partido de la final. Boston lo logró. Y hoy sigue de enhorabuena. Los medios la han bautizado como 'Titletown (La ciudad de los títulos)', ya que en los últimos siete años la ciudad ha visto cómo los equipos de las disciplinas más importantes han obtenido el máximo trofeo de las competiciones más multitudinarias; NBA, NFL, MLB y NHL (Celtics, Patriots, Red Sox y Bruins). Por otra parte, en Vancouver, la derrota no sentó nada bien. Tanto es así, que se produjeron graves altercados en la capital canadiense, donde le violencia y el caos se tradujo en destrozos y detenciones. Boston entra de nuevo en la élite del hockey. Los nuevos reyes del hockey toman así el relevo de los Chicago Blackhawks.

jueves, junio 16, 2011

Fotos de antes dentro de fotos de ahora

Fotos dentro de fotos, diversos lugares y contextos que mantienen su persistencia a través del tiempo, donde otros retrataron en él una huella gráfica de su paso, siempre perecedero, de forma antitética y complementaria. Mezclar pasado y presente en un mismo instante, en una sola toma en la que se evidencia que, pese al cambio, la esencia sigue intacta aunque hayan pasado muchos años.
Más, en Dear Photograph.

martes, junio 14, 2011

25 años sin Borges

“Sólo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece”.
(Jorge Luis Borges ).
Un conflicto con el tiempo, impugnar ese trayecto para detener la progresión y el desgaste avocado al fin. Borges siempre concibió una lucha obstinada por situar su obra hacia un enfoque del tiempo circular, como avance imperecedero hacia el punto de partida, donde identidad y alteridad se vieran afectadas por ese inherente sustrato filosófico que vertebró su obra; desde su icónico platonismo hasta la forma en que vivió el lenguaje y el mundo. Su vida es indisociable a las palabras y a los juegos semánticos, a la perspicacia y a la cognición meditada. Capaz de encumbrar el sortilegio literario a un entorno contracorriente, supo abrirse paso con pulso a la complejidad de persuasión ancestral que cultiva el relato sobre el lector. Por eso, Borges fue un gran fabulador, paradigma de hombre de letras que ejerce de hechicero a través de las palabras, con multitud de inalcanzables escritos que han quedado como solemnes manuales del perfecto cuentista, aquél cuya imaginación enajena la certidumbre con la perplejidad de lo fantástico. El escritor argentino fue uno de los grandes referentes contemporáneos que perfeccionó el idioma y forjó su reconocible estilo con animadversiones y lealtades. Borges se fue tal día como hoy hace un cuarto de siglo. Y el mundo literario le sigue recordando.

lunes, junio 13, 2011

Dallas Mavericks campeón NBA 2011: La leyenda de Nowitzki

Dirk Nowitzki consolidó su leyenda la pasada madrugada al certificar, pese a que no cuajó un gran sexto partido, su maestría como líder de Los Dallas Mavericks en la consecución del anillo de campeón de la NBA, el primero de la historia de la franquicia. Y lo ha hecho ante los Heat de Miami, el todopoderoso equipo esculpido a base de talonario donde imponen su ley, aunque no tanto (por lo visto), el temido ‘Big Three’ de talentos fuera de serie que son LeBron James, Dwyane Wade y Chris Bosh. No ha sido suficiente. El marcador final, 95-105, dejaba claro que los Mavericks salieron a llevarse la serie, la final y los elogios. La venganza del alemán a lo largo de la final se ha traducido en unos números de líder absoluto, de jugador total, de adalid capaz de resultar decisivo jugando con 39 grados de fiebre en el cuarto partido y empezando las finales algo tocado por una fisura en el dedo de la mano izquierda. Sin embargo, la certificación de su constancia y su capacidad de reacción han sido decisivas en las cuatro victorias de Dallas, tres de ellas con espectaculares remontadas.
El gran germano ha sido nombrado MVP de las finales, con una aportación de 26 puntos, 9,7 rebotes, un 42% en tiros de campo y con unos ‘playoffs’ marcados por un 51% en tiros de tres y un 49% en tiros de campo. Sus lágrimas de emoción hacían justicia a la humanidad de un jugador que ha marcado con su talento algunas de las más brillantes páginas de esta colosal liga de fantasía y espectáculo. Su leyenda, por fin, está completa con este merecido anillo. Hace cinco años, Dallas se dejó su primer asalto al campeonato en una final contra Miami. Entonces, Wade y Shaquille pudieron con Dallas. Anoche el desagravio se sirvió, una vez más, en plato frío. La profecía de Jason Terry, que se había tatuado en el bícep el Trofeo Larry O’Brien, la Copa de campeones, vaticinó con esta fanfarronada que el equipo texano ganaría el anillo a final de la temporada. Y así ha sido.
Ante la fuerza mediática del equipo dirigido por Erik Spoelstra, Dallas ha conjugado la esencia representativa de un verdadero equipo campeón, sabiendo ofrecer un baloncesto revulsivo, basado en la colectividad y el juego en equipo. Cuando Nowitzki falla, ahí están Chandler, Terry, Marion, el veteranísimo Jason Kidd o el jovencísimo Barea (que ayer fue clave en la final) para enmendar los errores y tomar el mando. LeBron James, jugador de clase incuestionable, pero muy cuestionable a la hora de afianzarse como ese improbable heredero de Michael Jordan, comparación que, hasta el momento, le queda muy grande, por mucho que Scottie Pippen levantara un revuelo con sus declaraciones laudatorias al jugador de los Heat, se queda sin anillo en un sonado fracaso como jugador. En los instantes más decisivos del juego, en el ‘crunch time’ que se llama, James ha estado desastroso, siendo el principal responsable de los errores de su equipo cuando más falta hacía.
Por su parte, el equipo de Rick Carlisle, que ya fulminó a los Lakers de Phil Jackson, sostiene un espíritu de juego clásico, definido por el conjunto, la lógica de la defensa y la efectividad del ataque llevado con inteligencia. Dallas ha jugado una final perfecta, sometiendo a su rival al raciocinio del juego que no ha encontrado argumentos antes similares argumentos llenos de recursos. Dallas se lleva el anillo con todo merecimiento, haciendo justicia a su juego y erigiendo a su jugador franquicia al Olimpo de las leyendas. A Nowitzki lo único que le faltaba era un anillo de campeón de la NBA. Y ya lo tiene.

miércoles, junio 08, 2011

Muere Jorge Semprún

1923-2011
Se ha ido el testigo excepcional del Siglo XX. Un hombre que vivió parte de su vida en la clandestinidad de un exilio forzado. Ensayista, escritor, intelectual, guionista cinematográfico, traductor, ex Ministro de Cultura y profesor de literatura, Semprún se caracterizó por confeccionar, a través de sus libros memorialistas y reflexiones sobre nuestra la historia reciente, una obra de consorcio entre memoria y literatura siempre enfrentado y acallando a aquellos que, como Marguerite Duras y su marido Robert Antelme, creyeron que Semprún fue partícipe de una brutal delación contra los miembros de la célula de la rue Saint Benoit y que incomoda a los defensores ideológicos y seguidores hagiográficos del literato. Más allá de la controversia histórica que levantó su vida y su posible condición de kapo estalinista dentro del campo de concentración de Buchenwald en la Alemania de Hitler (como sugiere Stéphane Hessel, tan de moda por su ensayo 'Indignaos', base del texto para la revolución del 15-M, en su autobiografía), su paso por el infierno nazi se refleja en su trilogía sobre esta traumática experiencia en el (‘El largo viaje’, ‘Aquel domingo’ y ‘La escritura o la vida’), que influyó en todos los aspectos literarios posteriores, Semprún fue el autor de obras como ‘Adiós, luz de veranos’, ‘Netchaiev ha vuelto’, ‘El largo viaje’, ‘La segunda muerte de Ramón Mercader’, ‘Autobiografía de Federico Sánchez’ o la primera novela escrita originalmente en castellano y, posiblemente mejor libro del autor, ‘Veinte años y un día’, que suponen un ejemplo en primera persona de construcción de un legado literario sobre los fragmentos de una propia memoria inmersa en el tumulto histórico de acontecimientos relevantes del pasado siglo, donde Semprún describió su vida en el fuego cruzado que lucha para que el recuerdo no caiga en el olvido. Guionista de cineastas influyentes como Costa-Gavras, Joseph Losey y Alain Resnais en títulos imprescindibles como ‘Z’, ‘Las rutas del sur’ y ‘Stavisky’, respectivamente, este hombre de mundo, contestatario y siempre polémico por los claroscuros de su manifiestos ha logrado describir mediante su obra un foco personal para entender, siempre desde un punto de vista subjetivo, parte del pasado.

martes, junio 07, 2011

Review 'Sin identidad (Unknown)', de Jaume Collet-Serra

Amnesia en Berlín
El español Collet-Serra reincide en su filmografía con otra obra de espíritu comercial que, pese a lo previsible e inverosímil de su trama y desarrollo, logra dignificar con gran agilidad y oficio, aunque todo acabe siendo bastante decepcionante.
Tras cintas como ‘La casa de cera’, ‘¡Goool 2! Viviendo el sueño’ y ‘La huérfana’, el cineasta español Jaume Collet-Serra se ha consolidado como un cineasta capaz de resolver con crédito cintas comerciales que empiezan a caracterizar un cine más que convencional y previsible, pero no por ello falto de interés y capacidad creativa. La breve filmografía de Collet-Serra va asumiendo ciertos puntos en común que aúnan una nada incómoda sensación de ‘dejá vù’ de sus películas, armonizados en muchos de los prototipos del cine industrializado al combinar elementos y dispositivos más que reiterados dentro del cine actual. Las tramas y los planteamientos siempre vienen de encargo gracias al todopoderoso Jon Silver detrás de la producción. Es un cine directo, sin embelecos decepcionantes. Efectivo. La visión del director catalán tiene un objetivo muy claro: adaptarse a un cine ‘mainstream’, pero sin salirse de los edictos de unas cotas calidad autoimpuestas, que se traduzcan en una habilidosa táctica que se aferre al estilo Hollywood que no pierde de vista cierto tono europeísta y evita caer en sucios trucos de reiteración constante, con brillante agilidad narrativa. Para el realizador lo esencial prevalece sobre lo fútil.
‘Sin límites’ tampoco se anda por las ramas para plantear su periplo argumental que juega al engaño y las apariencias. El Doctor Thomas Harris es un doctor biotécnico que acude a Berlín acompañado de su mujer a dar una conferencia. Una serie de contratiempos provocados por el olvido de su maletín termina en un aparatoso accidente de tráfico que termina con un vehículo en el río Spree del que despierta sin recordar nada. Al llegar al hotel donde se alojaba, su mujer no le conoce y un hombre parece haber adquirido su personalidad. Con la ayuda de Gina, una taxista bosnia y un agente de la Stasi de Alemania Oriental iniciarán las pesquisas del porqué de todo el entramado.
Se trata de cine conspiratorio que toma como premisa la máxima ‘hitchcockiana’ por excelencia; la de un hombre aparentemente normal metido en una situación que no controla y que le supera donde tampoco falta el continuo ‘mcguffin’. Con ello, Collet-Serra no se molesta en encubrir los defectos de ese constante modelo de ‘thriller’ que acusa un progresivo desaliento, puesto que lo importante es que la celeridad, el divertimento y la acción preponderen por encima de lo demás. Inscrita dentro de un modesto seguimiento de las huellas de suspense del Maestro del Suspense, tampoco esconde su deuda con el guión de Roman Polanski y Gérard Brach de ‘Frenético’, de la que absorbe mucho de su base argumental, fundiéndola con el arquetipo, sustituyendo el viaje a los fondos parisinos del polaco por un vistazo al Berlín más turístico y estético.
La cuarta película de Collet-Serra, que fue número 1 en el ‘box-office’ es un ‘thriller’ que se alimenta retroactivamente de sus giros inverosímiles, de su simplicidad a la hora de esbozar las dudas de un personaje desmemoriado y dirimirlas con nuevos artificios que provoquen un nuevo movimiento hacia la obviedad de lo previsible. Aún así esta historia de un hombre que se busca a sí mismo o la verdad de una identidad que parece haber olvidado y por la que quieren eliminarle de una ecuación de la que ni siquiera es consciente podría ser visto incluso con percepción crítica a la hora de hablar de un fulano que termina en una sociedad de inmigrantes ilegales que metaforizan su propia situación en un país desconocido, la de un individuo desubicado y perseguido que sobreviven en una sociedad que les vigila.
Pero no es así. Desde sus primeros compases, cualquier atisbo de sutileza existencial se anula por las brillantes escenas de acción, eso sí, que atesoran una gran fuerza narrativa, con peleas agónicas y brutales como la que tiene lugar en el apartamento de Gina o las imprescindible persecuciones de coches, aflorando esa tensión desbordante cuando un sicario disfrazado de doctor intenta poner fin a la vida de Harris y éste logra zafarse de él mientras ve cómo arrastra a una enfermera alemana que ha intentado ayudarle. ‘Sin identidad’ pervive sin caer en el ostracismo por ser un cine referencial de influencias cinematográficas que insufla con sus códigos visuales y genéricos la reminiscencia del éter policíaco de los años setenta y ochenta que logra simplificar su gradación hacia terrenos más actuales de condición extraídos del personaje de Robert Ludlum Jason Bourne y su traslación a la gran pantalla. Se apunta con ello a un proceso de transformación interior de un amnésico que construye su personalidad desde el existencialismo de alguien sin memoria que pasa a un nivel de heroicidad, a un ‘actioner’ dispuesto a todo por descubrir la verdad y que desenmascara, obviamente, que no era quien él pensaba.
Es lo que articula una película, en el fondo, demasiado axiomática, que prevalece más allá de su indiferencia por la inmensa figura de Liam Neeson. Si hubiera sido otro actor el que diera vida al Dr. Harris se podría enfocar la percepción de ‘Sin identidad’ de otra forma bien diferente, porque el actor irlandés le da un empaque y personalidad elegante inigualable, ya no sólo a su personaje, sino a la credibilidad de esta montaña rusa sin ‘loops’ que va perdiendo adrenalina muy fácilmente.
‘Sin identidad’ cautiva más por su planteamiento que por su desarrollo o esclarecimiento con un doble final que cubre las exigencias de un ‘thriller’ de tensión prescrito con unas dosis determinadas que busca, sin encontrarla, la casualidad de toda la orquestación de fondo en la que falta algo de paráfrasis o acotaciones que definan y constaten todo el cúmulo de improcedencias que se suceden para desgranar una desenlace que, en otras manos, posiblemente habría destruido su espíritu de cine comercial de calidad. Lo bueno es que Collet-Serra es capaz de transformar una obra de segunda fila con una plausible identidad propia.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
PRÓXIMA REVIEW: 'X-Men:Primera generación (X-Men: First class)', de Matthew Vaughn.

lunes, junio 06, 2011

El Reino de Nadal no es de este mundo

En un ambiente contaminado por la fruición que suscita la grandeza ajena (sobre todo si es española) en Francia, Rafael Nadal volvió a escribir otra gesta histórica a su ya dilatada carrera tenística, una de las mejores de la historia del deporte de la raqueta. Su sexto Roland Garros ha sido el más intenso, el más duro, pero a la vez el más dulce. Las dudas generadas en su inicio contra el americano Isner sembraron la duda sobre sus posibilidades, sobre su juego, sobre su continuidad en el cetro de la tierra batida, en parte por la excelente campaña de Novak Djokovic que había ganado las cuatro últimas finales a Nadal. La grandeza del jugador mallorquín está más allá de todo esto. Ha ido de menos a más, desplegando lo mejor de su juego, enarbolando sus partidos con la confianza mental de un campeón de solidez irrefutable.
El primer set del partido de ayer selló de qué forma se iba a rubricar el décimo Grand Slam del de Manacor. Roger Federer, que había dejado a Djokovic en semifinales fuera de juego, salió a arrasar. Y parecía que así iba a ser. Como una apisonadora se colocó con un 5-2 y bola de ‘set’ al resto. Sin embargo, emergió el titán y bestia negra del helvético que no se cree cómo Nadal logra el 7-5 para ganar algo que parecía perdido y que apuntaló cerrando el partido con ese 7-5, 7-6, 5-7 y 6-1 final. Lo sucedido ayer en París define la mejor versión de un ganador inigualable que sigue escribiendo la hazaña que ya le equipara al mítico Björn Borg en su camino hacia el Olimpo de los elegidos con un palmarés abrumante: cuarenta y seis títulos individuales, diez Grand Slam y 515 victorias ATP.

miércoles, junio 01, 2011

Comprar por colores

Ese momento de transición entre la clarividencia, el absurdo y el devaneo de lo artístico. Cuando en el supermercado miras botes en conserva, botellas, productos de primera necesidad, bolsas de ‘snacks’, latas de cervezas, frutas que llaman la atención por su gama cromática. Entonces se produce una pregunta: ¿Cómo sería comprar siguiendo un patrón de colores? El ‘Shop by Color’, que por ejemplo permite comprar arte definido por el matiz del color, también recurre a algo bien distinto a lo que sucede en el mundo de la publicidad y el marketing, donde algunas tonalidades puntualizan una provocación de sensaciones en el comprador. Ejemplos de ello, es que el amarillo sinónimo de inteligencia y ahorro, el azul, de confianza y constancia, el naranja se identifica con el ocio o el que el rojo tiende a representar poder y energía. El ‘shoping’ es así, una conjunción de elementos subjetivos reunidos en torno al consumismo, ese monstruo instalado en nuestra sociedad, más allá de cualquier crisis que intente acuciarla.
El artista Marco Ugolini ha llevado esta idea más allá en la serie fotográfica 'Per color'. En colaboración con el fotógrafo Pedro Motta se propuso seguir una metodología de compra basada en el color para componer cestas en las que se agrupan productos determinados a una tonalidad única. Para Ugolini el espacio del supermercado es como un entorno de manipulación. Con este experimento pretende subvertir la estructura de poder a una función estética y libre. El resultado es una composición colorista y original que abre la puerta a una nueva idea la próxima vez que vayamos a un supermercado.