miércoles, marzo 30, 2011

Rescatando 'Serpico', de Sidney Lumet

Por mucho cine que uno haya visto a lo largo de su vida, es inevitable que se escapen algunos clásicos que hasta ahora permanecían ocultos en la vasta cinematografía que aún quedan por ver. Uno de ellos era ‘Serpico’, producida por Dino De Laurentis y dirigida por Sidney Lumet, donde Al Pacino, bestia de la interpretación en pleno proceso de moderación de un talento puesto a prueba de su propio histrionismo, da vida a un policía incorruptible, rodeado de la corrupción de unos compañeros que le hacen el vacío por el temor (consumado) de que pueda ser un soplón. Encerrado en su propia obstinación por la ley, Serpico se olvida de la vida, de las relaciones (incluido el desprecio a comprometerse con el amor de su vida), del tacto humano, de la confianza, de sí mismo… en una transformación moral y física que propone varias preguntas al espectador.
Hoy en día la película ha quedado un poco anticuada, sí. Sin embargo, Lumet traza con minuciosidad una decadencia parsimoniosa en la estructura de complejidad fiel a un estilo y al propio personaje. El mundo sin valores y carente de justicia parece que no sólo pertenece al día de hoy. Ya en los 70, ‘Serpico’ restaba heroicidad al cuerpo policíaco y ponía en duda las redes de intereses y corrupción que anidan, difiriendo en escalas y gravedad, en cualquier comisaría del mundo. De paso, el realizador de ‘Tarde de perros’, cinta la que ‘Serpico’ comparte ideología e intenciones, compone un fresco social que de una dimensión estética e integral a ese cosmos de una década marcada por el ‘hippismo’, las drogas, el amor libre y la imprevisión. Tal vez un retrato imposible sobre alguien entregado a hacer bien su trabajo. Un posicionamiento que fantasea con esa improbable faceta de las fuerzas del orden público sin olvidarse, eso sí, de alertar acerca de los altos mandos que manipulan los hilos de la sociedad. Eso, antes y ahora, nunca cambiará.
En cualquier caso, daos una vuelta por el blog oficial del verdadero Frank “Paco” Serpico o por su cutreweb oficial.

lunes, marzo 28, 2011

Chess Boxing: entre el K.O. y el Jaque-mate

Siempre me ha hecho gracia imaginar una miscelánea absurda de deportes que no tengan nada que ver entre sí, como un híbrido enloquecido de esfuerzos antagónicos; por poder un ejemplo; tiro con arco en salto de trampolín, petanca ecuestre, gimnasia rítmica con Kung-fu, ciclismo con pértiga, esgrima con halterofilia… Por supuesto que todo está inventado y esta variedad de gilipolleces ya tienen modalidades instauradas con sus reglas y campeonatos. Se trata del ‘cheesboxing’ ¿Qué demonios es esto? Pues nada menos que la inverosímil vinculación pero hecha realidad de mezclar dos ejercicios como el boxeo y el ajedrez en un mismo espectáculo. Se trata de vincular el esfuerzo intelectual que supone una sesuda partida de ajedrez seguido de una buena tanda de golpes y mamporros en un cuadrilátero.
Las reglas son básicas; dos contrincantes, cuatro minutos de ajedrez, seguido de tres minutos de boxeo, después se alternan ambas disciplinas durante once rondas. El combate de ‘chessboxing’ queda repartido en seis rondas ajedrecísticas y otras cinco pugilísticas. La partida concreta su ganador cuando hay un jaque-mate por parte de algunos de los rivales o una victoria por K.O. Si no, el ganador se convendrá por un jurado que valorará los puntos de ambas doctrinas. La extravagante iniciativa tiene su origen en el cómic ‘Froid Équateur’, del artista y cineasta yugoslavo Enki Bilal, cuya concepción fue llevada a cabo por el holandés Iepe Rubingh.
La actividad, que une el dinamismo del boxeo con la concentración exigente del ajedrez, se ha importado a distintos países del mundo como Alemania, Rusia, Inglaterra, Bulgaria y Estados Unidos gracias al movimiento de expansión de la WCBO (World Chess Boxing Organisation), la asociación fundada para popularizar el ‘chessBoxing’. Su eslogan es toda una declaración de principios: “La lucha se libra en el ‘ring’ y la guerra en el tablero”. Conceptos como “bajo ataque”, alfiles, peones, estrategia, el ‘uppercut’ que aquí podría ser en “diagonal”, el ‘crochet’ se unen en una amalgama donde el noqueo puede llegar en el tablero y antes del jaque-mate uno puede besar la lona antes de lo previsto.

Salamanca virtual

“Pregona eternidad tu alma de piedra
y amor de vida en tu regazo arraiga,
amor de vida eterna, y a su sombra
amor de amores”.
Fragmento del poema ‘Salamanca’, de Miguel de Unamuno (1907).
He aquí una forma distinta de ver SALAMANCA, en un ‘tour’ virtual por una de las ciudades más hermosas del mundo.

miércoles, marzo 23, 2011

Muere Elizabeth Taylor: Se agagó la luz de los ojos de Hollywood

(1932–2011)
Sus ojos de color purpúreo la transformaron no sólo en una estrella del cine, sino en una de las musas más bellas del Hollywood Clásico, que se queda sin una de sus dignatarias más carismáticas. Elizabeth Taylor fue una actriz tenaz, inteligente, que supo esconder sus defectos interpretativos con un arrojo y riesgo fuera de lo común. Exponiendo su vulnerabilidad aparente en cada nuevo proyecto, no dejándose etiquetar como una cara bonita sin más. Desde su primerizo éxito comercial al lado de la perra Lassie cuando contaba nueve años hizo que su progresión como actriz no se estancase con aquella imagen de “muñeca de porcelana, con ojos violeta y rizos oscuros”. Con paso firme fue avanzando con películas como ‘Mujercitas’ floreciendo como actriz junto a Montgomery Cliff en ‘Un lugar en el sol’, con el que compartiría algunas de sus mejores películas y una gran amistad en la vida real.
Sin embargo, hasta la llegada de ‘Gigante’, junto a otro icono de la época, James Dean, la estrella de Taylor no brillaría con el fulgor que la transformaría en uno de los rostros más solicitados y esplendorosos de la época. ‘Cleopatra’, de Mankiewicz estuvo a punto de arruinar a la Fox. Ella ganó al gran amor de su vida, Richard Burton. Los papales pasionales instaban a componer un rol establecido dentro de una idiosincrasia que bebía sustancialmente de la infelicidad y la tortura de sus personajes, ya fuera con escudos de posesión o locuras de celos, de derrota existencial o de humillaciones dramáticas para dar réplica a los grandes nombres del momento; por ejemplo, con Marlon Brando en ‘Reflejos en un ojo dorado’ y la pugna de miradas con Paul Newman en ‘La gata sobre el tejado de zinc’. Ganó dos Oscar; por ‘¿Quién teme a Virginia Woolf?’ y por ‘Una mujer marcada’ y dejó su brillantez en ‘De repente, el último verano’ donde posiblemente culminara la mejor interpretación de su irregular filmografía. Una actriz intuitiva y astuta que vio cómo su fulgor se apagaba por los escándalos amorosos, por sus múltiples matrimonios efímeros, por su adicción a la cirugía y al alcohol. Amante del lujo, del exceso y el ‘glamour’, concienciada en su lucha contra el SIDA y amiga íntima de Michael Jackson siempre será recordada como una gran diva de ese Hollywood descascarillado que hoy ha perdido a uno de sus iconos más representativos.

martes, marzo 22, 2011

Review 'I'm still here (I'm still here)', de Casey Affleck

Todo es mentira
El ‘mockumentary es esa especie de subgénero documental que falsea la realidad con un formato para a la narración ficticia de un cierto grado credibilidad y así distorsionarla hacia una perspectiva habitualmente sarcástica o crítica respecto a lo que se cuenta. Para bien o para mal, un producto como ‘I’m still here’, la polémica visión de Casey Affleck sobre la supuesta retirada del mundo del cine de su cuñado, Joaquin Phoenix, para dedicarse al mundo del ‘hip hop’, se introduce en esta encrucijada documental que divaga entre la broma pesada, la gilipollez sin límites entre dos amigos pasados de vueltas o un enorme viral sin sentido que pretende discernir sobre el mundo de Hollywood, el universo interno de soledad de la estrella y la filosofía existencial de saldo al servicio de un Phoenix que, por si no lo fuera ya, resulta de lo más desagradable al mostrarse como un ser encerrado en un autismo falseado, de intrínseca locura exhibida desde un histrionismo carente de realidad. Con estos mimbres el filme debut del hermano pequeño de Ben se sumerge con convencimiento en las latitudes cercanas a la tomadura de pelo.
‘I’m still here’ parece, de entrada, un espectáculo de feria donde el objetivo, a priori, es el de reírse de los medios al lanzar una noticia que vaya incrementando su efecto de bola de nieve y comprobar, siguiendo el juego desfigurado de un actor en alza renunciando a su posición de ‘star’ que deja todo por encontrarse a sí mismo. Podría verse sobre una reflexión a modo de tortuoso viaje a los infiernos con alguna paradoja que Affleck y Phoenix deben encontrar divertida. La ‘performance’ hubiera estado bien como un cortometraje ‘amiguetil’ o como un ejercicio de divertimento que resultara sarcástico en el infructuoso y anodino sondeo de la ficción desbordada de una realidad que toma un contexto real para dirimir una idea que se consume según avanza un desorientado desarrollo.
Phoenix se deja barba, se descuida higiénicamente, no se peina, saca barriga constantemente, se deja envolver por un personaje ficticio y pretende mostrarse como él mismo en cierta decadencia, rodeado de una prole confeccionada como tabla de salvación a su meditada locura y frustración. Hay momentos en que aparenta estar perdido, en los que grita o llora o llama a dos putas baratas y esnifa cocaína como vía de escape a la presión fagocitadora de un Hollywood al que parece recriminar su fingido estatus de hombre vacío. De este modo, el metalenguaje intencional queda representado en aquellos tramos en que Phoenix pierde “la cabeza”, llevado por su condición y etiqueta de artista torturado, en sus estúpidas reflexiones sobre la amistad, el cine, la música y la existencia atormentada de una autocompasión postiza sobre los efectos nocivos de la fama.
Se intenta salpicar de gotas humorísticas, cuando se convierte en centro de la diana en, siendo parodiado por un lado (la entrevista con David Letterman es ejecutada por la brillantez cómica del presentador del ‘late night’ o la caricatura de Ben Stiller en los Oscar de hace dos años) y, por otra parte, dejando ver el ensañamiento de los medios de comunicación y su sensacionalismo sobre la ilógica decisión. Ni siquiera los cómplices como P. Diddy, los propios Letterman, Stiller o Edward James Olmos ayudan a dar credibilidad a la estafa. Los artificios se dejan ver como aquel que se esconde tras una cortina y se le ven los pies. A Affleck y a Phoenix se les ve el plumero demasiado pronto. Sus mecanismos responden más al de un guión de borrador que a una intentona férrea por hacer algo sorprendente e innovador.
‘I’m still here’ se metaforiza como obra de arte en el instante en que, llevado por el sentimiento de venganza, uno de sus ayudantes, al que previamente Phoenix ha humillado y golpeado, defeca sobre su boca. Más o menos eso en lo que ofrece este falso documental a un espectador cuyo posicionamiento o mirada crítica poco le importa a sus responsables. Por supuesto, todo es mentira. Sin embargo, no hace falta recalcarlo y el bochorno acaba apoderándose con ese final catártico en el que el protagonista regresa a casa con su padre hippie para bautizarse de nuevo en aquel río de inocencia donde su infancia transcurrió feliz con su familia. Puro disparate.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
PRÓXIMA REVIEW: 'Nunca me abandones (Never let me go)', de Mark Romanek.

sábado, marzo 19, 2011

Objetos de película

Utensilios, objetos inanimados, animales o elementos iconográficos que representan o sugieren el título de una célebre película. Un amplio catálogo de formas y siluetas que proponen una sugerencia para poner a prueba la capacidad cinéfila con un juego que siga las mismas directrices que el famoso 'Ahorcado'.
Eso sí, los títulos en inglés.

jueves, marzo 17, 2011

Feliz St. Patrick's Day

Hoy, como cada 17 de marzo, se celebra en todo el mundo el día de Lá ’le Pádraig or Lá Fhéile Pádraig, el ‘St. Patrick’s Day’, vamos, la festividad de San Patricio. Es la ceremonia donde rememora la figura del Patrón de Irlanda, del Santo que logró explicar la Santísima Trinidad por medio de un trébol, definiendo la católica hipóstasis como una misma unidad pero con tres elementos distintos. Pero si por algo se caracteriza este día es por la gran fiesta que se despliega en Dublín (siendo también célebre el desfile de la Quinta Avenida de Nueva York). Es el día donde el color verde impone su preeminencia y los Leprechauns, los tréboles identificativos de la nación irlandesa y las tabernas son el centro de reunión para la población con espíritu irlandés.
Desde 1995, el 17 de marzo es el día oficial en el que preconizar el sentimiento irlandés por todo el mundo. La fiesta, los desfiles, la cerveza ‘stout’ y la algarabía se entremezclan con el folklore y tradiciones ancestrales. En comunión con el Gran Céili, el Skyfest de Docklands sobre el río Liffey, el carnaval callejero en el corazón del Dublín Georgiano y la parranda de la Verde Erin.
Feliz día de San Patricio a todos y no olvidéis que es una jornada para brindar, beneficiándose de este evento, con unas buenas Guinness.

martes, marzo 15, 2011

¿Ha comenzado el Fin del Mundo?

La revolución árabe, la crisis mundial, el déficit democrático, la transformación de la geopolítica mundial y sobre todo el trágico tsunami de Japón evidencian que algo no va bien. Acontecimientos que marcan la reflexión sobre el nuevo orden de la situación mundial, alterada por el escepticismo de un futuro que se cierne sobre nosotros de forma fortuita. Las terribles imágenes vistas durante estos días amenazan con no ser las últimas. Como ya sucediera en 2004 en Tailandia o en los terremotos de Haití o Chile, estos hechos vienen determinando una funcionalidad anormal de la Tierra que altera el orden de las cosas. O evidencia que el curso natural de los acontecimientos impone otra lógica a la esperada. La transformación del planeta tiene que llegar antes o después, la mutación de la geografía planetaria y de aquellos que lo habitan cada vez está más cerca. Sin hacer cábalas sobre el calendario maya y su disposición a que esto se acabe tal y como lo conocemos en diciembre de 2012 o de teorías milenaristas, fiebre apocalíptica o evidentes cambios climáticos, la reflexión sobre lo que nos depara el destino es una incógnita vinculada al capricho del azar. O no. La naturaleza parece estar cansada de los abusos del hombre y reacciona. Una de muchas teorías.
De repente, todo es imprevisible. Hay quien incluso apunta a que esto responde a un colapso del sistema capitalista por la hegemonía de las materias primas, donde tiene tanta relevancia la crisis de Libia y la subida del precio del petróleo que apuntan a que, en realidad, la catástrofe de Japón no es más que una conspiración ideada y controlada para que suba el coste de la tecnología y se equiparen los precios del crudo con la transferencia tecnológica. El objetivo; salvaguardar el sistema capitalista. Un conjunto de reflexiones y escepticismos que se tornan dramáticos y exagerados por su esencia apocalíptica, de irrefrenable evolución hacia la destrucción. La dudosa cuestión sería ¿estamos preparados para un salto evolutivo? Iremos percibiendo si esto es así, porque algo está a punto de suceder algo en un periodo a corto o medio plazo. Muy posiblemente no sea el Fin del Mundo. Pero lo cierto es que, partir de este momento, podemos esperar cualquier cosa; cataclismos, guerras nucleares, invasiones extraterrestres, segundas venidas intangibles. Aunque sea más probable que el descontento, la crisis que genera odio y el aciago panorama que comienza a debilitar las sociedades sea el factor determinante que cerciore el alcance del acontecer más allá que cualquier especulación profética. Lo que está visto es que la consumación de aquello que se cierne sobre el mundo se grabará en directo y se narrará al instante. Lo hemos comprobado estos días. Es lo único que debemos tener presente. De forma que vamos a sentarnos ver qué ocurre.

domingo, marzo 13, 2011

Nostalgia en vena: 20 años del primer anillo de los Chicago Bulls

La nostalgia aflora cuando uno ve vídeos como este, cuando contempla que el tiempo pasa inexorable y deja como legado el recuerdo adolescente de una época irrepetible, del entusiasmo idealizado de un deporte que llenó aquellas tardes después de las clases de EGB. Más allá de datos históricos y de memoria numérica sobre aquel primer anillo de los Chicago Bulls en 1991, se impone la reflexión sobre el paso del tiempo. Al fin y al cabo, este tipo de evocaciones se atesoran con cariño de forma individualizada sobre acontecimientos comunes. Han pasado dos décadas, veinte años. Eran los primeros años de devoción por la NBA y el génesis del mitológico equipo de nuestros sueños, aquel comandado por Michael Jordan y Scottie Pippen, el inicio de una de las dinastías deportivas más grandes que ha dado el deporte de la canasta.
Fue la temporada en la que los Bulls exorcizaron sus debilidades de una vez por todas. Lograrían 61 victorias en la fase regular para acabar imponiéndose con una contundencia absoluta a los grandes enemigos de Conferencia, los “Bad Boys”, los Detroit Pistons. La victoria por 4-0 en la final de conferencia les pondría directamente ante el desafío definitivo: los Ángeles Lakers de “Magic” Johnson. Los fulminaron en 5 partidos (4-1) e hicieron plausible la ruptura con la potestad de aquellos años 80 dominados por los Celtics de K.C. Jones, el equipo angelino dirigido entonces por Pat Riley y en menor medida, los Detroit de Chuck Dally y anteriormente los 76ers de Billy Cunningham. Desde que el equipo de Phil Jackson obtuvo su primer título nada sería lo mismo.
Lo de anoche en el United Center de Chicago fue la recuperación, por unos instantes, de aquélla magia perdida, con algunos de los miembros de aquel equipo que hizo que mi adolescencia estuviera plena de ídolos que merecían la pena. Con los números retirados de Jerry Sloan, Bob Love, Jordan y Pippen abanderando el homenaje y ante uno de esos rivales a los que, precisamente, los Bulls han relegado a eterno secundario en las crónicas de aquellas últimas finales del quinto y sexto anillo, los Utah Jazz, la memoria y la melancolía volvieron a apoderarse no sólo de la gente que presenció la velada, sino de todos los aficionados que vivimos aquella gesta y que revivimos por unos instantes todo un vendaval de sensaciones. Todos están viejos y mayores. No parecen ellos. Es el tiempo que deja su seña de identidad. La misma que nos devuelve la sensación de rapidez con la que pasan los años. Jim Durham, la voz que tantos años anunció el quinteto de los Bulls, hizo de maestro de ceremonias. Dennis Hopson, Cliff Levingston, Scott Williams, Will Perdue, Craig Hodges, Horace Grant, Stacey King, B.J. Armstrong, John Paxon y por último, los dos héroes de la afición y de muchos de nosotros, Scottie y el eterno número 23, Michael Jordan, dejaron la impronta de una leyenda irrepetible.
Durante unos instantes, volvimos a revivir el primer éxito del equipo de Chicago. Todavía quedan por venir más reconocimientos al que ha sido uno de los mejores equipos de la Historia. “Gracias por permanecer con nosotros de nuevo en los años 90”, dijo Pippen. Jordan recordó la memoria de Johnny “Red” Kerr, jugador y entrenador de los Bulls durante los 60 que falleció en 2009. “Espero que esta noche recuerde a todos nuestros fans lo especial que aquello fue porque fue nuestro primer título”, decía Paxson horas antes del evento. No cabe duda que muchos de nosotros llevaremos por siempre aquella madrugada del 12 de junio de 1991 como una de las más emocionantes que tuvimos el privilegio de vivir en directo. Michael Jordan dejó claro que el actual equipo de los Bulls, donde Derrick Rose va camino de alzarse con un merecido MVP, no tendrá que esperar los mismos años que Jordan para conseguir un anillo “No, no creo tarde siete años en ganar”. Los Bulls actualmente se están destapando como una de las mejores franquicias con opciones reales de pensar en un título a corto plazo. Los fans del equipo lo estamos deseando. Sin embargo, no será lo mismo. Por eso, la ofrenda de anoche fue tan emotiva.

viernes, marzo 11, 2011

Review 'Los chicos están bien (The kids are all right)', de Lisa Cholodenko

Corrección política y estereotipos varios
Lisa Cholodenko traza un esbozo humanista de calado emocional y dramático donde los espacios tradicionalistas que se muestran heterogéneos y liberales terminan por abanderar todo aquello que supuestamente reprueba en su idealismo diferenciador.
Poco tiene de cine independiente, aunque se venda como tal, esta ‘Los chicos están bien’. Formulada como una propuesta alejada de cualquier condicionamiento estético o argumental, la cinta de Lisa Cholodenko asume su único riesgo presentando la familia tradicional con una aparente ruptura de los clichés establecidos, sin hacer hincapié en un agradable tono de normalización y acatamiento naturalista de las relaciones homosexuales entre dos mujeres felizmente casadas, que cenan en su porche y beben vino del caro con sus hijos adolescentes. En el décimo octavo cumpleaños de la hija mayor, ambos hermanos deciden averiguar quién fue el donante anónimo responsable de su fecundación. Con ello, se delinea un ambiente de concordia que es alterado con un elemento desestabilizador, donde sus pequeños problemas y conflictos dentro de un entorno familiar se ve salpicado por la irrupción en las vidas de todos de un biólogo, dueño una empresa de productos orgánicos, que pondrá a prueba la estabilidad de la modélica familia.
No hay separación entre la frontera de lo políticamente correcto y el nulo riesgo que acata. Desde su inicio, los estilemas del drama familiar convencional siguen un patrón de rupturas, traiciones, arrepentimientos y redenciones particulares entre sus personajes. Su subtexto crítico contra los modelos establecidos en seguida se caen por su propio peso, ya que acaban formalizándose en un híbrido acerca de las correcciones morales de cualquier cinta familiar al uso, de anticuados significados de fidelidad que derivan en un rollo progre, de concordia apaciguante donde la burguesía liberal no es más que otra apariencia. Vamos, que es un drama familiar al uso, salpicado con algunos (pocos) momentos de humor para caer en el estereotipo muy fácilmente.
De hecho, su enfoque se inclina hacia lo sospechosamente aceptado por los cánones sociales más rancios, en el momento en que las relaciones sexuales que se dejan ver son únicamente las heterosexuales, mientras que las homoparentales son descritas de forma velada y absurda. Lo que hace que la dimensión del discurso caiga en seguida por la sumisión hacia el formulismo de Hollywood, máxime, cuando demoniza la figura masculina a la que trata como una marioneta del guión según convenga para mover los hilos de su extenuada provocación de giros antojadizos.
Se nota, por otra parte, que Cholodenko respeta a sus personajes. Eso sí. Aunque no es suficiente. ‘Los chicos están bien’ es demasiado condescendiente con lo que se narra, trazando un esbozo humanista de calado emocional donde los espacios tradicionalistas se vuelven poco convincentes por la autoimposición de la realizadora de resultar intrépida e innovadora dentro de unos parámetros que reivindican todo lo contrario, donde reside o debería residir el sustrato dramático y lógico de la narración. En gran medida, porque termina por abanderar todo aquello que supuestamente reprueba en su idealismo diferenciador.
Así, la cinta de Cholodenko no es más que otra película conformista, estereotipada y conservadora que no va más allá de la reflexión sobre los celos y del daño de la infidelidad en una familia establecida. Por mucho que la directora introduzca a su discurso cierto tono de didactismo y compromiso ideológico con lo que cuenta. Tampoco ayuda la fría funcionalidad con la se transcribe en imágenes el guión, dotándola de un aire de telefilme de sobremesa con cierto ‘glamour’, pero despojada de personalidad, cayendo en la vulgaridad de imágenes con la que Cholodenko confecciona su falso discurso “buenrollista”.
La terna que acapara los elogios más merecidos del filme viene del equipo artístico. En especial, destaca la labor interpretativa compuesta por ésa capacidad camaleónica de Annette Bening, aquí una bebedora compulsiva, cabeza dominante y protectora de la familia con tendencia al control obsesivo para que su familia conserve una integridad e inocencia que, obviamente, se verá rota por los acontecimientos. A ella se une la fragilidad de porcelana de una sensual Julianne Moore hasta llegar al sosiego con el que Mark Ruffalo compone un personaje que sobredimensiona con aparente facilidad, aunque no sepa escarbar en el fondo del personaje, precisamente, porque un rol coartado desde el guión. ‘Los chicos están bien’ expone otra glorificación de una familia que, a pesar de las contrariedades y palos de la vida, afronta sus problemas y logra permanecer unida. Un filme que acaba por perder su significado con todo el vendaval ‘sentimentaloide’ que esconde una mirada tan moralizante como discutible con todo lo expuesto.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011

miércoles, marzo 09, 2011

Michael Jordan y el béisbol: la anécdota del regreso

Se cuenta que en algún día del primer trimestre de 1994, Michael Jordan entró en el vestuario de los White Sox y vio que Gene Lamont, en aquel momento entrenador del equipo, había pegado en la pared la alineación para uno de los partidos de la MLB de aquella temporada. Jordan fue a ver si su número 45 y su nombre estaban en ella. No hubo suerte. Alguien se le acercó y le preguntó por esta situación: “¿Cuánto tiempo hacía que te quedabas fuera?”. El entonces ex jugador de los Chicago Bulls contestó: “Hace más de quince años, desde segundo de bachillerato”.
Frank Thomas entró al vestuario sin mirar aquélla lista. No le hacía falta. Tampoco a Ozzie Guillén, ni a Tim Raines, ni a Julio Franco. Jordan les miró y supo que su regreso al baloncesto estaba un paso más cerca que su pertinaz intento por convertirse en una estrella de las ligas mayores de béisbol.

lunes, marzo 07, 2011

'King of Kong', de Seth Gordon: magnífico duelo de 'geeks' anacrónicos

“Este es un universo en guerra. Una guerra continua. Puede que haya otros universos., pero el nuestro se nutre de guerras y juegos”. Es una frase de William S. Burroughs que abre el documental ‘King of Kong’, de Seth Gordon. En él asistimos a un épico enfrentamiento con tintes nostálgicos que evidencian que, por mucho que haya evolucionado la tecnología, el pasado es indeleble, aunque en un contexto que roza lo anacrónico y absurdo. Es la esencia de este magnífico documental, del núcleo que despierta la legendaria foto de Life Magazine de noviembre de 1982 que reunió a los mejores ‘videogamers’ del momento. Era la época dorada de los primeros juegos recreativos, de las recordadas ‘coin-ops’, en los albores del ocio binario que hoy vemos tan lejano y arcaico. La era de gente como aquel chaval de 16 años llamado Ben Gold, un hacha en el ‘Stargate’, Todd Talker, que logró ser el mejor en el ‘Joust’, Mike Lepkoski, el número uno del mítico ‘Pac Man’ o el Bill Mitchell, que por entonces había logrado la improbable cifra de los 25.000.000 de puntos en el ‘Centipide’. Éste último es uno de los protagonistas de este recorrido por otro de esos submundos competitivos de Estados Unidos, del fondo de la ‘América Profunda’ que genera ‘nerds’ e ídolos de barro, como todos y cada uno de los que protagonizan este impresionante documental.
Mitchell comparece como un titán autoconsciente de su grandeza, dinamitando sus frases con la sabiduría de un maestro, con aforismos donde él es poco menos que un Mesías. Su corte de pelo ‘mullet’ y sus corbatas de barras y estrellas le perfilan y peculiarizan su condición de yanqui ‘made himself’. Y todo, por ser considerado el mejor jugador de máquinas recreativas de la Historia. No es un perdedor. Todo lo contrario. La seguridad de Bill Mitchell en sí mismo le ha convertido en un empresario que ha triunfado gracias a su propia cadena de restaurantes y a ser el productor y ‘tycoon’ de las salsas calientes Rickey’s, una de las más prestigiosas de USA. Es un símbolo trasnochado, pero también un representante del sueño americano. Lo primero que hace Mitchell es aludir a una analogía aeronaval en la que recuerda que el mejor piloto norteamericano fue Eddie Rickenbacker, que logró derribar veintiséis aviones enemigos. Nadie le conoce. Sin embargo, todos conocen a Manfred von Richhofen, más conocido como el Barón Rojo, que logró abatir ochenta y siete aviones del bando rival. Con ello, está dejando claro su potestad ante cualquier rival. Es el punto de partida de ‘King of Kong’.
Hoy en día, Mitchell posee el cetro de ‘Rey del Videojuego’ o ‘Mejor jugador del Siglo XX’ en esta disciplina. Suyos son los imposibles récords de varios de los juegos más antológicos de aquélla época iniciática y revolucionaria; 3.333.360 puntos y “Partida Perfecta” en el ‘Pac Man’ (llegó a “quemar” la máquina), 957.300 puntos en el juego ‘Donkey Kong Jr.’ y durante más de dos décadas el poseedor del mayor registro de puntos aglutinado en el ‘Donkey Kong’. Sin embargo, entra en escena Steve Wiebe, un padre de familia ejemplar que trabaja como docente en un pequeño colegio de Kirkland, en Washington. Su mujer y sus amigos destacan el inagotable ímpetu entusiasta de un hombre que, pese a tener la familia perfecta, nunca ha visto reconocido su talento en ninguna disciplina donde haya puesto su esfuerzo y pasión; bien sea en el béisbol, en el dibujo o en la música. Su mujer, entre lágrimas, afirma que se merece algo de reconocimiento, aunque sea “por una vez en la vida”. Wiebe ha aprendido a jugar al ‘Donkey Kong’ en su garaje, en su tiempo libre, haciendo del juego de los 80 parte de su vida. Estudiando movimientos, practicando hasta la extenuación, consigue arrebatarle el récord al “intocable” Mitchell. Pero su récord no es considerado reglamentario, así que decide desafiar a jugar “cara a cara” a Mitchell para retarle en la que se sería la batalla más épica por ser el dómine del que se dice que es el juego más difícil de la Historia.
A lo largo de su documental, Gordon perfila su mirada maniquea a dos hombres antagónicos, dos Némesis que únicamente cruzan algunas palabras, pero que contienen el mismo espíritu competitivo por ser el Rey del Kong, más allá de sus incompatibles ambiciones en la vida, de sus contrarias formas de ser y de sus personalidades opuestas. ‘King of Kong’ es un viaje a las entrañas de un duelo que no se produce, pero que deja su impronta de heroicidad en la lucha del pequeño contra el grande, del bueno contra el “malo”. El éxtasis de la competitividad que se da en esta crónica del FunSpot de 2006 es sólo una excusa para sumergir al espectador en un submundo de prehistóricos ‘geeks’ y de jugadores que reclaman sus récords que revoltean por una sala de juegos de Weirs Beach, donde tiene lugar cada año el ‘Twin Galaxies International Classic Video and Pinball Tournament’, donde los mejores jugadores se retan a destrozar los récords insuperables establecidos con antelación bajo la atenta mirada de otro ‘freak’ dimensional como es el árbitro Walter Day.
Una fábula de superación, de pugna, de cómo el débil se enfrenta a sus fantasmas y el fuerte rehúye y elude su condición de master, dejando ver cierta decepción en aquellos adeptos que idolatran y que, como Steve Sanders, socio de Mitchell y fraudulento hombre récord del juego, termina por alabar la calidad humana de Wiebe frente a la arrogancia de su amigo de toda la vida. Es un desafío apasionante en el que la realidad se articula y define en un guión confeccionado con maestría para que todo, absolutamente todo, fluya como un ‘western’ de duelos a medio camino entre la modernidad y la añoranza. No importa que, hoy en día, ni Mitchell ni Wiebe sean el ‘recordman’ de este juego, ya que un cirujano neoyorquino llamado Hank Chien ostenta (de momento) el nuevo récord. La historia de miserias y logros que impone este documental quedará como una de las visiones más insólitas sobre la condición contendiente del ser humano por ser el mejor en un inolvidable particular desafío.

viernes, marzo 04, 2011

Review 'Cisne Negro (Black Swan)', de Darren Aronofsky

La búsqueda del lado oscuro
Aronofsky vuelve a sondear una pesadilla de introspección acerca del ansia de perfección, de la locura por alcanzar un sueño que acaba por devastarlo. ‘Cisne negro’ es un tenebroso cuento que expone una bifurcación en la que el Bien y el Mal se cofunden en un contexto de realidad y alucinación perturbadora.
“Pero el peor enemigo con el que puedes encontrarte serás siempre tú mismo; a ti mismo te acechas tú en las cavernas y en los bosques”.
(Friedrich Nietzsche).
No es fácil la comunión con el cine de Darren Aronofsky. Su estilo combina fusiones excéntricas y controvertidas, anexas en analogía musical al ‘tecno jungle’, con aquellos ‘loops’ enloquecidos que se dieron cita en sus dos primeras cintas ‘Pi’ y ‘Requiem por un sueño’ para después sosegarse en el misticismo poético de una teodicea mística como ‘La fuente de la vida’ y llegar a cierta depuración ‘indie’ en la diáfana fábula sobre el fracaso de ‘El luchador’. El modo de visualizar las historias por parte de Aronofsky es debatido por ese insistente bucle de imágenes y sonidos, donde la entidad contigua al ‘videoclip’ se surte de la estética hiperreal en una expresión personal que adecua los medios formales a su discurso gráfico, a medio camino entre el más innovador posmodernismo y el arquetipo clásico. Los juegos metalingüísticos y su tendencia al exceso de prosopopeya visual esgrimen esa catarsis autoral que vincula su obra a una patológica diatriba de amores y odios compartida por crítica y público.
En ‘Cisne negro’ vuelve a escarbar en la violenta, cruda y dolorosa turbiedad de una obsesión, la de una bailarina en pleno auge del Ballet del Lincoln Center de Nueva York. Su envidiable situación converge con su descomposición emocional y con los terrores atávicos por lograr la perfección a cualquier precio. ‘El lago de los cisnes’, la obra que va a representar y por la que es lanzada como nueva estrella de la compañía, sirve de excusa para reflexionar acerca de la pérdida de identidad y de la inocencia de un ser torturado por su frigidez e indolencia sexual no explorada, que enflaquece su conversión al lado oscuro de ese Cisne Negro del ballet de Piotr Ilich Tchaikovsky. Como Odette, el Cisne Blanco, Nina Sayers (Natalie Portman) tiene la fragilidad y el apocamiento necesarios para protagonizar la obra. Sin embargo, se ve impotente al alcanzar el estado pasional de su antítesis, la sensual Odile, el Cisne Negro, que reúne las cualidades de una compañera llamada Lily, una nueva bailarina de virtuoso talento que le roba protagonismo debido a su extrovertida forma de ver la vida. Aronofsky envuelve así al espectador en una pesadilla de introspección acerca del ansia de perfección, de la locura adictiva por alcanzar un sueño que acaba por devastarlo.
Es imposible no evocar una serie de autores representados en filmes que comparten con ‘Cisne negro’ temática y subfondo psicológico como Polanski, Haneke, Mankiewicz, Powell, Pressburger, Satoshi Kon, Argento, De Palma o Cronenberg a la hora de ahondar en la sensación de fragilidad, terror e inestabilidad mental que supura cada fotograma de esta cinta. Nina tiene un complejo infantil de sobreprotección materna que le hace conferir un grado de inseguridad enfermizo. Es un personaje sometido a muchos factores; desde ese vampirismo ejercido por su madre, la pugna psicosexual que mantiene con su exigente profesor de danza y el desamparo que siente en la competitividad con sus compañeras representa un carácter lánguido, incapaz de drenar sus sentimientos y ambiciones con normalidad. Con este perfil, el guión de Mark Heyman, Andres Heinz y John J. McLaughlin inyecta el trastornado éter de paranoia salpicada por transitorios ‘glimpses’ que asolan a Nina con la alucinación de percibir fugaces e inquietantes figuras entre la multitud que parecen ya no sólo observarla, sino que se transmutan en amenazantes ecos de sí misma.
La figura del ‘doppelgänger’ es fundamental dentro de ‘Cisne Negro’. Siguiendo las huellas literarias de Poe en ‘William Wilson’, de Freud en ‘Lo ominoso’, de Hoffmann en ‘Los elixires del diablo’ o de Dostoievsky en ‘El doble’, el filme de Aronofsky encuentra su sentido en el aterrador encontronazo que personifica el lado oscuro del “yo” desfigurado en un ser tenebroso como dualidad que atormenta a la inconsistente bailarina. Irrumpe con fuerza el enfrentamiento de la fragilidad cobarde contra la fiereza que esconden sus remordimientos y represión sexual en una metamorfosis aparentemente física, bajo el simbolismo de una autolesión que no es corporal sino interna, que esconde la pasión mórbida por convertirse en el cisne negro al que alude el título del filme. De algún modo, las heridas que vemos en la espalda de Nina, en sus uñas fragmentadas, en sus pies machacados o en la carne desgarrada no es más que el vínculo mental que avisa del temor a que su baile no sea perfecto. Una metáfora del miedo al fracaso.
En ése sentido, ‘Cisne negro’ es un constante juego de espejos. El que pone a Nina delante de cuatro mujeres; la primera, su madre Erica (Barbara Hersey), una taumatúrgica figura que esteriliza sus ambiciones a través de la vigilia y de la sobreprotección, que zambulle a la joven en un vacío de infantilismo derivada en una visión enfermiza de la manipulación materna. Ella es la responsable de que sea una chica retraída, totalmente controlada, aunque en el fondo, también es otra voz más de la conciencia insinuándole de que está a punto de caer en la locura, sutilizando con sus decisiones la coherencia de la que empieza a adolecer la joven. Una relación de amor y descrédito en la que se mezclan ambición y envidia, expectativas y sueños rotos. Es el germen de la frígida y glacial distancia con el mundo, que deviene en terrores internos y en una extrapolación de un sexo inmaculado (y a la vez marchito) que sólo tiene cabida en sus dislocados trances oníricos.
La segunda es Lily (Mila Kunis), su contrapunto, su Némesis. Lily es todo lo que Nina no puede ser. Es el modelo en el que le gustaría convertirse; lasciva, pasional, libre y desinhibida. Pero también es la amenaza a sus objetivos, la traidora que le quiere arrebatar su sueño. Ejemplo de ello se da en la única salida de Nina al mundo exterior, en el restaurante donde cenan. Mientras ésta sigue una estricta dieta que roza la bulimia, Lily se zampa una hamburguesa con patatas y le ofrece droga como escape a la realidad, como si fuera la dicotomía establecida entre el Narrador y Tyler Durden de ‘El Club de la Lucha’, de David Fincher. Nina siempre aboga por un color níveo y virginal en su atuendo. Lily va de oscuro, mostrándose díscola y provocadora. Dos mundos alejados, dos formas de entender la vida.
La tercera es Beth MacIntyre (Winona Ryder), una veterana bailarina sumida en un caos de amargura y desaliento porque su estrella se ha apagado ante la llegada de su sustituta. Otro ser frágil y quebradizo que no duda en lanzarse a un coche para acabar con ese final desarraigado de la danza y del cual Nina es la heredera directa. Y, por último, Nina debe enfrentarse a la propia Nina, la misma que le acecha en los espejos, la que mira desde dentro la siniestra evolución para poder emerger desde las entrañas de su ser y hacer aflorar toda la ira y la rabia que lleva dentro. A esto no es ajeno LeRoy Thomas (Vincent Cassell), un personaje ambiguo, de tintes mefistofélicos, cuyos métodos por sacar lo mejor de su pupila roza la humillación sexual y la provocación erótica que despierta en ella. Aquél que le advierte sobre los riesgos de ser ella misma la única persona en interponerse en su propio camino.
Es una pena que Aronofsky sutilice en cierta forma el esbozo de misoginia femenina que contiene el discurso. Nunca se atreve a llevar el sexo más allá de lo políticamente correcto, haciendo que una de las claves más perversas del juego resulte menos morbosa y extrema de lo que pueda parecer en un primer instante. Aunque también sea loable la forma en que tienta su disertación sobre la coerción sexual sin dejar que el espectador vea algo de carne. Aronofsky confiere una atmósfera operística de gran tragedia, de poética oscura, algo grandilocuente en la narrativa estética barroca y granulada, que bifurca su cromatismo ambivalente según vaya avanzando la esquizofrenia de Nina gracias a la magnífica labor de Matthew Libatique. Hay que agradecerle su aportación a la compleja historia para alejarse de los límites preconcebidos a la hora de describir el oscuro fondo de la entrega de una bailarina sometida a sus propios errores, a sus miedos y fantasmas, entregando una fábula que coquetea con el terror gótico, adherido a la piel de su personaje, asfixiándolo, en un entorno realista y cotidiano que concilia subjetivismo y obsesión, elementos necesarios para compartir la pesadilla de Nina.
Para esto, Aronofsky se sigue mostrando poco sutil en efectismos. El director busca una retórica visual que tiene su génesis en lo sensorial, conjugando referencias e innovación, con virtuosismo y énfasis descarnado a la hora de describir el agobiante mundo del ballet. Lo que no evita y he aquí el principal lastre de ‘Cisne negro’ es caer en lo forzado de ‘tics’ convencionales del cine de género, en la forma, a veces torpe, que tiene de enfocar su parte de ‘fantastiquè’ para llegar al ‘thriller’ psicológico. Es de recibo señalar algunas secuencias que rozan peligrosamente lo cómico, como esos cuadros de la madre que cobran vida para atormentar la mente enferma de Nina o el instante en que se rompe los huesos pero permaneciendo estática mientras se desmorona física y emocionalmente.
No obstante, es consciente de los riesgos a los que conlleva los límites del exceso y, a cambio, como ya hizo en ‘El luchador’, se muestra minucioso en el tratamiento con el que desciende a los infiernos de la danza, dejando ver el sufrimiento y la entrega con la que se someten las profesionales del baile a su profesión. Si en aquélla era un mundo perturbador de unos luchadores acabados empeñados en ofrecer un espectáculo realista junto a los ambientes de gimnasio, anabolizantes y camaradería fraternal antes y después de los combates, en ‘Cisne negro’ exhibe un ámbito de tortura física (evidenciado en una veraz secuencia de sesión de fisioterapia) que busca la perfección del arte entendida como obsesión. Si Randy “The Ram” Robinson (Mickey Rourke) había sido una leyenda que esperaba su momento para la catarsis final, entregándose en cuaerpo y alma dentro de un ‘ring’, aquí Nina se deja poseer por la obra hasta las últimas consecuencias.
‘Cisne negro’ vuelve a hablar de la bifurcación entre Bien y el mal, donde luz y la oscuridad se cofunden en un contexto de realidad y alucinación en el que los intersticios de locura hacen que la apocada y marginal muchacha, inocente y temerosa, vaya perdiendo su personalidad hasta lograr alcanzar esa sublimación de la perfección, en una liberación catártica donde se da una doble pugna segmentada en sacrificio; la de Nina y su lucha por dejar de ser como es y lograr sus objetivos y, por otro lado, la del cisne blanco por llegar a ser cisne negro. Es entonces cuando la metamorfosis se produce, cuando Nina puede sonreír, despojándose de sus miedos, demostrando al mundo su auténtica valía, en la que ni la madre castradora, ni el profesor ambivalente, ni la férrea competencia pueden parar el espíritu inigualable de una bailarina en estado puro y de gracia.
La película exhibe una portentosa exhibición interpretativa a cargo de Natalie Portman en su personaje endeble acuciado por la oscuridad del alma. Su rostro magnifica en cada instante un mundo interior hermético y desagradable, que esconde el desconcierto y la indefensión de su rol. Su baile, sus miradas, su dolor físico… traspasan la pantalla con asombrosa facilidad. Como ya hiciera con Rourke en ‘El luchador’, Aronofsky invita a Portman a dejarse la piel en el desafío. Y ésta le responde con una actuación antológica, poniendo toda su voluntad en la propuesta, superando el reto técnico del exigente del baile y entregando un viaje entusiasta y emocional que resulta definitivamente extenuante. Estamos ante un cuento de hadas infectado por un sondeo de la parte más oscura del alma humana. Un periplo de autodestrucción y trastorno de un ser machacado física y sentimentalmente que ilustra cómo los efectos del artista por alcanzar la perfección de su arte puede desembocar en la locura.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
PRÓXIMA REVIEW: 'Los chicos están bien (The kids are all right)', de Lisa Cholodenko.

miércoles, marzo 02, 2011

‘Alan Moore: La Autopsia del Héroe’, de J.J. Vargas: la disección de la obra de un mito

A fines de la década de los 70, en Estados Unidos, el mundo del cómic no atravesaba uno de sus mejores momentos. El esquematismo y la reiteración de formulismos dentro del género acabaron por agotarse dentro de los límites del ‘mainstream’ dejando un halo quebradizo en la categoría del tebeo de superhéroes. La irrupción de Alan Moore identificó el lenguaje narrativo del cómic con el potencial real de la literatura y su influencia, relacionando ambos recursos y metabolizándolos en un revolucionario estilo que cambió el Noveno Arte hacia unos derroteros innovadores, sin perder la identidad de sus precedentes, imponiendo un equilibrio entre la estructura llevada a cabo por el nuevo maestro a medio camino entre la planificación y el estándar norteamericano. Moore, como bien explica entre líneas el libro de J.J. Vargas, extrajo al típico esterilizado superhéroe de pulcritud moral y firmeza heroica hacia un contexto donde la realidad se mostraba auténtica, sórdida y sádica. Fue el excéntrico autor británico quién despojó al cómic de su vertiente ‘teenager’ para otorgarle sobriedad y también densidad poliédrica necesaria para su cambio. Moore ha pasado a la historia como una de las figuras más trascendentes del arte y su insurrección hacia los métodos establecidos hicieron de él un genio inmortal que aplicó sus hallazgos a medida que avanzaba, asimilando sus propios recursos narrativos, para renovar el cómic con sus planteamientos y fórmulas guionísticas. Alan Moore, más allá de eso, siempre se ha mantenido como un creador íntegro, comprometido con el medio y con la inextinguible capacidad de descubrir nuevos modelos de reutilizar sortilegios literarios dentro del cómic.
Dolmen Editorial editó hace unos meses, en su colección Pretexto, un estupendo ensayo monográfico titulado ‘Alan Moore: La Autopsia del Héroe’, de J. J. Vargas. No se trata de una obra hagiográfica sobre la figura del mito (“Alan Moore no es dios”, afirma el autor cordobés), sino una insistente disección del mundo referencial de un hombre donde se pretende sustraer la complejidad del universo de Moore y acercarlo, de un modo ligero, al aficionado neófito que quiera entrar en la sustancia narrativo del icono del cómic. Estamos, por tanto, ante un elucidario elocuente que particulariza una obra más allá de la biografía personal de su autor. Con gran profundidad de análisis y razonamiento, Vargas procura no perder de vista un complicado intento de consumar una reinterpretación del héroe contemporáneo y dar la pautas para concebir al superhéroe desde una perspectiva anexa a las imposiciones revolucionarias de este guionista inglés. Por eso, tras unas breves pinceladas biográficas de Moore, como esa renuncia a trabajar como empleado de un subcontratista del sistema local de gas o la descripción de un joven artista negociando su contrato en una cabina de teléfonos porque no tenía teléfono en su domicilio, entramos en un ámbito detallista y entusiasta iluminado por reflexiones y argumentos, anécdotas y curiosidades acerca de la carrera de Alan Moore.
Capítulo a capítulo Vargas va desgranando, sin abandonar un cierto ápice de ironía y sentido del humor, en su formalidad de prosa amena y ágil, los inicios dentro del cómic ‘underground’, de aquel ‘Roscoe Moscow’, en Sounds o su paso por 2000AD y principales editoriales británicas y estadounidenses para establecer su apoteosis con sus más conocidas obras maestras. Capítulos que subrayan las diversas jerarquías entre trabajos como ‘El Capitán Britania’ o ‘La balada de Halo Jones’, así como una completa autopsia a ‘La cosa del pantano’ para DC, donde se alude por primera vez a John Constantine, ‘Mad love’, la incompleta ‘Big numbers’, ‘A Small Killing’ o ‘Lost Girls’. Tampoco olvida sus obras nutricionales (económicamente hablando) realizadas para Image Comics o sus cometidos más conocidos dentro la línea America´s Best Comics como ‘The League of Extraordinary Gentlemen’ para cerrar con una investigación a fondo del personaje Tom Strong y su brillante sección ‘Preguntas sin responder’, donde le vincula a figuraciones de Unamuno y peculiaridades de Doc Savage. ‘Autopsia del héroe’ concluye con un cúmulo de cuestiones replicadas acerca de ‘Promethea’ y ‘Top 10’. Sin olvidar sendos capítulos dedicados a la iniciática ‘Capitán Britania’ o ‘La Broma Asesina’.
Por supuesto, la dilección detallista se dilata en su profundización dentro de las reflexión y estudio de obras cumbre como ‘V de Vendetta’, From Hell’ (cuyo epígrafe ‘Arquitectos del tiempo’ avanza la minuciosa disertación de ese “melodrama en dieciséis partes”) y esa revolucionaria obra de realismo psicológico que es ‘Watchmen’, a la que reverencia y estudia con pasión y coherencia providente. Y lo hace desde los rígidos códigos de respeto que respira un ensayo total sobre el autor, definiendo la novela gráfica de Moore y Dave Gibbons como una historia cuya “coralidad alimenta el concepto de que ‘el poder conlleva a una gran responsabilidad’, en el diseño de un conciso caleidoscopio de enfoques que implican posturas no precisamente opuestas ante la justicia y el orden, sino compatibles en determinados puntos y divergentes en otros tantos”.
Vargas no deja nada al azar, hilvanando conjeturas y hechos, con un admirable estilo literario que muestra oficio e intención imparcial en la subjetividad con la que recaba con dimensión crítica dentro de su obra. Se trata de un ensayo de procesos y claves para entender la entidad fractal a la que pone a prueba la realidad con una retrospectiva a modo de inspirador viaje por la obra íntegra del guionista británico, uno de los exponentes más claros de genio del Siglo XX. La magnífica exploración de una figura de relevancia contemporánea como la de Alan Moore se completa con un nutrido número de dibujos, viñetas y bocetos que traducen y consuman la vocación hermenéutica y completiva de una obra modélica sobre el nigromante de Northampton. Se puede decir que sea la obra definitiva sobre el autor. Sin embargo, es lo más parecido a ello, ya que será muy difícil encontrar un texto con tanto acierto exegético como lo es el de Vargas.

martes, marzo 01, 2011

Una droga llamada Charlie Sheen

“Estoy bajo los efectos de una droga: se llama Charlie Sheen. No está disponible porque si la pruebas, morirás. Tu cara se derretirá y tus hijos llorarán cuando tu cuerpo vuele por los aires”.
(Charlie Sheen en una entrevista para ABC).