jueves, diciembre 22, 2011
Cada año, millones de españoles depositan su ilusión en el Sorteo de Navidad con la esperanza de que sus vidas puedan cambiar. En esta ocasión, sumidos en la peor crisis económica que se recuerde en mucho tiempo la utopía estaba envuelta de necesidad. Más pronto de lo que muchos creían, a las 09:57, esa pareja desigualada en altura a modo de Gandalf y el pequeño Frodo, los niños María José Posligua y Johan Fernández cantaban el número 58.268. El Gordo madrugador, sí. El anhelo de casi todos se iba al traste. Otro año más, seguíamos siendo pobres. Menos en la pequeña localidad de Grañén en Huesca, donde ha caído íntegramente el premio más codiciado. Allí sí podrán celebrarlo y hacer frente a las penurias que vive el país. Mientras, los apóstoles de Mariano Rajoy juraban cargo como ministros ajenos a toda esta parafernalia de ilusión. En realidad, ellos ya disfrutan de un gordo mucho mejor: el de su posición superior con altos sueldos patrocinado por el ciudadano agobiado y sin un futuro inmediato claro. A ellos no les hace falta que les toque la lotería porque ya viven con opulencia a costa de los demás. De hecho, el sector político, subrayo que da igual la bandera que ondeen y el color de una ideología cancerígena, representan camuflados una democracia que huele a mentira e inmundicia un régimen tiránico sustentado, en última instancia, en la aceptación mayoritaria.
Nosotros seguimos el sorteo de la lotería, con algo de confianza, sabiendo en el fondo lo complejo e imposible es que caiga algo, aunque sea un número de la pedrea. La probabilidad de que nos pueda tocar algo con un décimo premiado entre los 85.000 que entran en el bombo es de 0’0000117647. Echad cuentas. Por eso, siempre miramos con cierta envidia y algo de alegría ajena esas frases míticas que se oyen cada Navidad y que suponen el sueño de todos aquellos que no hemos sido agraciados nada más que con la frustración de no haber sido los afortunados del día; “a celebrarlo con la familia”, “muy feliz”, “me hacía mucha falta”, “para mis hijos, que están todos en el paro”, “comprarme un piso”, “para la boda” o la mejor de todas, aquella expresión jornalera de cemento y ladrillo y ex profesión de Nacho Vidal: “tapar agujeros”. Ha comenzado oficialmente la Navidad, amigos. Los que soñábamos con un cambio de vida y seguimos siendo más pobres que nunca estamos acojonados con el devenir de los acontecimientos, pero nos escudamos en otro tópico; “mientras haya salud…”. Eso sí, hasta que se imponga la ‘tasa receta’ y que la atención sanitaria de los españoles sea un lujo al alcance únicamente de unos pocos.
Enhorabuena a los privilegiados que han recibido la noticia de que son millonarios. Al resto, preparaos para lo que viene…
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 13:40 |


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