miércoles, 30 de noviembre de 2011

Una secuencia al azar (XII): 'Furtivos', crudeza y brusquedad de una obra maestra

Hay una secuencia en ‘Furtivos’, de José Luis Borau, que marca la dureza y el vestigio de un filme convertido hoy en día con justicia en obra maestra. Es aquélla en la que Ángel, arrastrado por un sentimiento de odio acopiado a lo largo de los años, entra fortuitamente en el dormitorio de su madre Martina, una mujer arisca, posesiva, autoritaria. Ambos forcejean violentamente. Ella se resiste como puede, se agarra a los barrotes del cabecero de la cama, patalea e intenta no ceder a los deseos de su vástago. Él impone la ley del más fuerte hasta lograr echarla de su propia habitación. El motivo: la llegada a casa de Milagros, una joven que ha escapado del reformatorio de las Hermanas de la Caridad, novia de un delincuente y que ha engatusado a Ángel para utilizarle como salvaguardia hasta la llegada de su amante. En un ambiente cargado de violencia, la pugna entre Ángel y Martina supone la desposesión del poder opresivo de la madre, de su espacio para la oración y la falsedad, en una cama probablemente utilizada por ambos para el incesto en las noches de frío invierno, elemento sutilizado por Borau con excepcional sutileza durante toda la cinta.
Después de esto, cuando los dos jóvenes yacen en la piltra dispuestos a hacer el amor, la madre desea sofocar la frustración en el alcohol mientras una loba se queja en la noche atrapada en uno de los cepos colocados por estos cazadores ilegales. Sin paliativos, con la crueldad y el abatimiento como única designio, acribilla al animal a golpe de rastrillo hasta dejarlo destrozado. Es una secuencia impoluta, magistral, de una crudeza y brusquedad inalterable que va marcando, desde ése mismo instante, la evolución en espiral hacia la crueldad subversiva en la que van entrando todos los personajes.
La caza furtiva como forma de abigeato, como metáfora de clandestinidad y represión, hicieron de ‘Furtivos’ uno de los paradigmas de la crítica al franquismo; por un lado en el peso hegemónico de una madre inexorable, por el otro, en la figura de ese Gobernador Civil aficionado a la caldereta y a la caza descrito desde la torpeza y el interés hipócrita. Es un reflejo de una época y de un contexto histórico, diseccionado con un aliento de protesta y un atrevimiento explícito lleno de furia y hostilidad que sorteó a la censura con la calidad de un trabajo destinado a pasar con letras de oro a los fastos del cine español.
La España profunda es detallada con un profuso viaje a las miserias humanas de seres marcados por el rencor en un mundo de apariencias, de celos y de salvajismo animal que sale a la luz cuando el destino está consignado al infortunio sangriento. Todo dentro de ‘Furtivos’ posee tintes claustrofóbicos, desde las relaciones entre los personajes hasta ese insondable bosque lleno de secretos y de trampas para la caza subrepticia que responde a la simbología de oscurantismo de un mundo físico, de un circo de personajes que se necesitan y se repelen en un caos de inhumana posesión y posterior manumisión de corte vengativo.
Borau rodó la película con una buscada frialdad que tiene en su contexto grandes dosis de emoción, devenida en el detallismo con el que compone cada plano, en la sutileza y el alarde explícito, por la excepcional fotografía de Luis Cuadrado y la utilización del teleobjetivo en memoria a los documentales sobre naturaleza de la época. Una conjunción de virtudes formales y narrativas que alega a la contradicción entre lo que se observa y lo que se omite. Además, es un cúmulo de aciertos constantes que se significa en la gran aportación interpretativa de Ovidi Montllor, Alicia Sánchez, Ismael Merlo o el propio José Luis Borau. Sin embargo, si en ‘Furtivos’ la inspiración y la calidad se acrecienta con el paso del tiempo es por la soberbia actuación de esa colosal actriz que fue Lola Gaos, en un papel inolvidable que supone uno de los más importantes y mejor interpretados roles de la historia de nuestro cine.