martes, 8 de noviembre de 2011

¿Quién ganó el debate 2011?

¿Quién ganó el debate de ayer? ¿Mariano Rajoy o Alfredo Pérez Rubalcaba? La respuesta debería ser importante. Vivimos tiempos procelosos y podría haber cierto resquicio a la esperanza… ¡Paparruchas! Lo de ayer responde más a un circo mediático popularizado y trivial. Desde un punto de vista personal, lo poco que seguí de esta (a buen seguro costosa) pantomima catódica fue la de dos candidatos oxidados, apelando a estadísticas y siguiendo un guión trazado por el interés y el estudiado ademán. Habrá cambio de gobierno, por supuesto. Pero de fondo, seguirá invariable la disposición política respecto al pueblo. Entre ellos se felicitarán y aunque varíe el cetro de uno a otro, la clase política continuará hacinada en el egocentrismo, en la demagogia y en la reiteración de un discurso cansino y embotado en la redundancia reaccionaria, venga de donde venga. Ellos son así.
Llevamos años atravesando una victoria común del partidismo y la politización, la democracia ha pasado a ser un juguete absurdo donde gane quien gane, ganan los de siempre, los que utilizan la excusa social para llenar vacías de peroratas sus nulas intenciones de variación a la compleja situación que vive el mundo. Lo de ayer no era un planteamiento de problemas y soluciones, sino una pugna por obtener o perder votos, por no hacer un ridículo manifiestamente evidentemente. El PSOE y el PP evalúan el intervalo a sus aspiraciones continuistas tan cómodas dentro de una posición hegemónica, vampirizando y anulando el individualismo ciudadano. Una vez tú y otra yo. Ahora me toca, ahora te toca. El próximo seré yo. Da igual lo que hagamos. Uno de los dos será y mientras a nosotros nos vaya bien insultándonos y pugnando de cara al público, todo seguirá igual. Independientemente de que el ciudadano sufra las inclemencias de la crisis.
La democracia que impera hoy en día es pura banalidad. Hay que ser muy inocente para creer en que un cambio es posible. Todo podrá ser mejorable, pero el cáncer seguirá absorbiendo la ilusión colectiva producida por los intereses de un estamento configurado por parásitos. Aludiendo a un texto aparecido en este mismo espacio abismal, vivimos tiempos en los que el significado original de la palabra político ha quedado muy lejos de simbolizar un servidor público. Ahora los privilegios de sus cargos son los que ciegan con la codicia de un estatus seguro y sin obstáculos para subsistir con todo tipo de lujos. La eficacia para solucionar problemas se ha convertido en un pesado lastre encubierto con mentiras, falsedad y engaños. No existen soluciones reales a los problemas que asolan a la sociedad. Los organismos del estado se establecieron para diversificar los diversos poderes; el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Hoy el gran poder es el económico, el que absorbe y erosiona las bases del mundo. El responsable de que los diferentes órganos sean capaces de abstraerse de su influencia. Los bienes públicos sirven para enmendar los errores privados. A eso hemos llegado.
Si lo que vimos ayer, ese duelo estúpido de voluntariedades contextualizadas por sus respectivos gabinetes de prensa, tan insustanciales como insultantemente falsas, sustentadas en el sofismo cronometrado, es la política que representa a España, mejor apaga y vámonos. Estamos viviendo una época de desencanto y frustración. Por fin, nos estamos dando cuenta de que toda esta panda de perdularios se está riendo de todo el pueblo en nuestras mismas narices. Lamentablemente las utopías no están al alcance de nuestra mano y el próximo día 20 de noviembre, la democracia será un espejo deformante de lo que en realidad debería ser. Para algunos ciudadanos la política, sus discursos y sus irrelevantes debates podrían equipararse a ESTO, que es lo que, en una brillante síntesis, pudimos padecer en la noche de ayer y lo que simboliza la política actual, provenga del partido que provenga.