domingo, 11 de septiembre de 2011

11-S: La herida sigue abierta, una década después

‘11-S’, la herida abierta
El 11 de septiembre de 2001 el terror se apoderó del mundo occidental. A las 8:45 de la mañana de aquella jornada, Estados Unidos veía horrorizada el impacto de un Boeing 767, el vuelo 11 de American Airlines, contra una de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York. Era el primer ataque continental contra el país más poderoso del mundo desde la Guerra de Secesión. A las 9:05 otro Boeing 767, esta vez el vuelo 175 de United Airlines, era estrellado contra la segunda torre. El pánico asoló al mundo, que vivió en directo, a través de la televisión, el horror del atentado terrorista más espectacular y cruel que hasta entonces se había vivido en Occidente.
El planeta vivió en directo estos imborrables atentados suicidas que implicaron el secuestro de cuatro aviones de pasajeros para consumar el ataque, empleados como bombas aéreas para matar a un número indiscriminado de personas. Un tercer avión, un Boeing 757 de American Airlines, se abatía sobre el Pentágono (en Washington) cerca de las 9:40. La pesadilla de ataques concluyó su oleada de pánico cuando a las 10:10 una cuarta aeronave, el vuelo 93 de United Airlines, que presuntamente se dirigía a la Casa Blanca, se estrelló por circunstancias aún desconocidas en Pennsylvania, cerca de Pittsburg, en una zona rural.
Las Torres Gemelas de Nueva York reducidas a escombros y el Pentágono seriamente dañado fueron la consecuencia de la infamia que Al Qaeda consagró al terror mundial aquel día. El icono de poder económico norteamericano había sido reducido a cenizas y la efigie militar poliédrica parcialmente destruida. El resultado: más de 3.000 muertos. El cruel acto que encogió los corazones de todos los ciudadanos del mundo supuso un enorme golpe moral a la sociedad estadounidense que, por primera vez en su historia, se sentía vulnerable y conocía de primera mano el horror de la guerra y el terrorismo en masa. El por entonces alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, ordenó evacuar el sur de Manhattan, fuerzas militares fueron desplegadas por diversas capitales de Estados Unidos, que encendió la alerta roja ante la alerta de nuevas agresiones.
Mientras La ONU canceló de inmediato la apertura de su Asamblea General, en Bruselas, la OTAN ordenó el abandono de su cuartel general en la capital belga. Como en una superproducción catastrofista de Hollywood, las imágenes de las Torres Gemelas de Manhattan en llamas y su posterior derrumbamiento imprimieron una estampa televisiva imposible de olvidar. El peor atentado terrorista en la historia de la humanidad evidenciaba, una vez más, que la realidad supera a la ficción. El siglo XXI comenzaba con la confrontación entre el terrorismo de los movimientos fanáticos y las sociedades democráticas. La acción directa y la violencia indiscriminada evidenciaron aquel día 11 un descomunal poder destructivo que causó irreparables estragos en una civilización actual atenazada desde entonces por el miedo.
Inmediatamente se organizó una dispar coalición antiterrorista internacional, procedente de Washington, que comenzó el ataque contra el régimen talibán y las fuerzas de Al Qaeda en territorio afgano en busca del principal responsable de los atentados, Osama Bin Laden. Muchos aplaudieron la reacción de la superpotencia yanqui y a George W. Bush, un presidente ex alcohólico y bastante inepto en sus decisiones, que aprovechó la tragedia para desasirse de su puerilidad y tratar de convertirse en el líder indiscutible que nunca fue. Estados Unidos y Bush se habían mostrado sorprendentemente diligentes y resolutivos. Pero nada más lejos de la realidad. Bush, posteriormente, en colaboración con Blair y Aznar, a través del Pacto de Las Azores, utilizó su administración, las agencias de inteligencia y a una gigantesca maquinaria de relaciones públicas para convencer al mundo de la posesión de armas de exterminio en masa de un país instrumentalizado para una venganza poco menos que personal contra Sadam Hussein.
Ya cuando las Torres Gemelas cayeron fulminadas, las imágenes difundidas por la televisión norteamericana no fueron las de la catástrofe, censuradas por respeto a las familias de las víctimas y en beneficio de su campaña de terror. Las imágenes que se divulgaron fueron las de unos niños palestinos aplaudiendo el derrumbe del World Trade Center y de jóvenes quemando banderas de barras y estrellas. Fue la primera consecuencia de una política basada en la provocación entre los pueblos y el desprecio a los derechos humanos.
Mientras tanto, para Al Qaeda, el 11 de septiembre de 2001 fue una victoria y un desastre a partes iguales. Por un lado, la organización terrorista perdió su templo afgano y sus dirigentes fueron asesinados o capturados. Pero por otro, la masacre de Nueva York sirvió como iluminación fanática para los centenares de grupos extremistas que abundan en el mundo islámico. Sin el conocido mundialmente como ‘9/11’ nunca hubiera existido el trágico atentado del 11 de Marzo de 2004 en Madrid, ni el 7 de Julio de 2005 en Londres. Desde entonces, el mundo occidental nunca ha estado seguro ante la desafiante mirada del terrorismo islámico. Por mucho que este mismo mes de mayo, Bin Laden fuera capturado y asesinado por fuerzas militares estadounidenses.
Ficción y teorías conspiratorias
Por supuesto, unos acontecimientos como los del 11 de septiembre, dominados siempre por unos medios de comunicación manipulados por los políticos y los intereses que representan, saltó a la ficción y el docudrama realista por medio de todo tipo de teorías conspiratorias. Mientras hoy, diez años después, Nueva York se enfrenta al reto urbanístico de reedificar el hirsuto espacio que dejó el World Trade Center sin perder su uso comercial y económico y sirva como ofrenda a la memoria de las víctimas de los atentados, en el resto del planeta no se han dejado de hacer conjeturas alternativas a la oficial. Algunas de ellas proponen que fueron los agentes secretos de Israel y Pakistán los que estaban detrás de los ataques o directamente al gobierno de Estados Unidos como responsable de la masacre, ya que éste tenía conocimiento previo de la ofensiva y deliberadamente no hizo nada para prevenirlo e incluso que fue el propio gobierno americano quien orquestó los ataques movido por sus intereses en Oriente Medio.
En el libro ‘La gran mentira’, León Klein procuró esclarecer algunos de los puntos más tenebrosos que rodearon a los atentados, desglosando un estudio sobre unos supuestos sistemas de control remoto que inhabilitaron los mandos del avión a los pilotos en los últimos minutos del vuelo y cortaron las comunicaciones con tierra, creando así un descomunal crimen de Estado para que el lobby petrolífero mejorara sus posiciones. Otra, apunta a que George Bush inicio su particular guerra global contra el terrorismo no como una lucha contra la amenaza terrorista, sino como una privativa venganza personal con una guerra contra el Islam.
Por supuesto, las conjeturas sobre la posible anticipación sobre los atentados no tardaron en saltar, cuando David Schippers, el fiscal de la acusación de Bill Clinton, declaró que había recibido advertencias de agentes del FBI seis semanas antes que incluían la fecha y los objetivos de los ataques. El periodista William Norman Grigg apoyó esta teoría en The New American, donde según tres agentes del FBI que había entrevistado afirmaron que la información proporcionada a Schippers era cierta. Tampoco faltan las que señalan que las Torres Gemelas fueron derribadas por cargas explosivas situadas estratégicamente justo en el punto de impacto de los aviones o aquella que señala que no fue un avión sino un misil el objeto que intentó demoler parte del Pentágono.
Finalmente, cabe destacar las que apuntan a que los atentados respondieron simplemente a una estrategia económica respaldada por el Gobierno, ya que tres días antes del fatídico día se disparó el movimiento de ‘stock options’ pertenecientes a sólo dos líneas aéreas; American Airlines y United Airlines, o que también se compraron grandes cantidades de opciones sobre Morgan Stanley Dean Witter, que ocupaba 22 pisos en una de las Torres Gemelas.
Hollywood no tardó en abordar con alguna controvertida película estas difíciles y conflictivas cuestiones recodando a través del cine aquella jornada de septiembre como el mes de los héroes, el dolor, las banderas y las proclamas de patriotismo a las que estamos acostumbrados, pero en un espinoso terreno para los yanquis: un atentado que dejó al descubierto la vulnerabilidad de un país acostumbrado a ser tildado de inquebrantable e inmune. Los ataques del 11-S habían convertido a la potencia hegemónica en blanco enemigo, al igual que sucedería después con el 11-M y el 7-J para Europa. Ningún país, cultura o persona está a salvo de la amenaza terrorista. Y eso, dada la universalidad del Séptimo Arte, no podía quedar sin imágenes filmadas. Hoy en día siguen poniendo un nudo en la garganta las imágenes de aquellos colosales edificios viniéndose abajo, de las consecuencias que tuvieron los atentados y las estampas atroces que dejó una jornada que, de una u otra forma, marcaron al mundo. Todos recordamos dónde estábamos y qué hicimos aquel 11 de septiembre. Todos tenemos presente que en aquella masacre perdimos un poco de inocencia en un hecho que dejó imágenes que jamás olvidaremos. Ha pasado una década. Sin embargo, la herida todavía está ahí.