viernes, 29 de julio de 2011

REVIEW 'Paul (Paul)', de Greg Mottola

El extraterrestre malhablado
‘Paul’ pretende homenajear al cine fantástico de los 80, a la esencia perdida de un género en clave de comedia que a pesar de su inocencia acaba por agotar su fórmula basada en el guiño y en el ‘gag’ referencial.
Las dos anteriores películas de Greg Mottola redefinían un sentimiento nostálgico por la esencia de un pretérito que parece alejarse cada vez más con el paso de los años. Una esencia bañada en el arquetipo, muy de su tiempo, muy de los años 80. Tanto ‘Supersalidos’ como ‘Adventureland’ proponían, de forma muy diferente, la reubicación de códigos generacionales que suenan familiar; bien sea con la historia de amistad de dos jóvenes grotescamente dependientes el uno del otro que afrontan como pueden su destino en un inminente devenir que les separará en distintas universidades o la de un chico que conoce a una chica en un parque de atracciones durante un verano de trabajo esporádico en la que, a través de ese amor efímero, alcanzan el autoencuentro y la maduración. Podría decirse que el cine de Mottola está protagonizado por personajes inocentes, más o menos complejos, anclados en cierto infantilismo, que deben afrontar la etapa adulta que se le viene encima. Se trata de trayectos vitales, periplos iniciáticos que reposan sus virtudes y defectos en un halo melancólico sobre el recuerdo y la memoria de un tipo de cine algo caduco, pero con alcance y simpatía para el gran público.
‘Paul’ reincide en todos estos códigos característicos, en ese cariz ‘peterpanesco’, con dos frikis ingleses del género Sci-Fi que peregrinan a Estados Unidos para asistir a la Comic Con de San Diego y comienzan una maratoniana excusión a bordo de una casacaravana Winnebago por entornos mitificados gracias a sus supuestos acontecimientos ufológicos como la base militar de Nevada Área 51 y Roswell. En su camino, se cruzará un alien que se ha fugado de las instalaciones gubernamentales secretas para regresar a casa después de más de seis décadas sometido a todo tipo de interrogatorios.
Mottola inicia con estos mimbres un viaje por la América Profunda, en una suerte de referencias al cine de género cómic, fandom, novelas de serie B, compras de souvenirs en forma de espada y pegatinas de extraterrestres para el parachoques o hacerse fotos mientras recrean algunos fragmentos de sus película favoritas (como esa lucha entre Capitán Kirk y Gorn) en una miscelánea con la cultura popular autóctona, con alusiones a la idiosincrasia de los ‘rednecks’ yanquis, configurados en una pareja de rudos sureños a los cuales los protagonistas comparan con los salvajes de ‘Deliverance’, de Boorman o ese padre ultrareligioso de la chica la que raptan fortuitamente.
‘Paul’ se va constituyendo como una comedia sobreexpuesta en la que va aflorando un catálogo de ‘gags’ con elementos tan cómodos y elementales como la marihuana, el alcohol, las barbacoas, los chistes soeces y la complicidad que se establece entre los dos británicos y un deslenguado extraterrestre que responde a la fisonomía habitual y estandarizada de este tipo de seres. Un alien capaz de transferir toda su sabiduría con un sólo golpe de mano, pero que ha pasado más de sesenta años en una base de la NASA respondiendo preguntas en un inacabable interrogatorio. Ejemplo de cuestionamiento de guión que, si bien procede con soltura y modestia, queda al antojo de encadenamientos caprichosos para que la trama de fuga y persecución en carretera sea viable para los intereses cómicos de Simon Pegg y Nick Frost (también firmantes del libreto). Con ello, ‘Paul’ se mueve entre la parodia y la ofrenda al cine de género, con constantes referencias al cine de George Lucas y Steven Spielberg (que protagoniza una divertida secuencia con su voz telefónica) o con amagos de destreza humorística con toques satíricos que, sin embargo, empiezan a pasar factura pasado el primer tramo de la cinta.
No obstante la historia contiene un interesante subtexto religioso de fondo que enfrenta al creacionismo fundamentalista patrio con la teoría evolucionista de Darwin, para contrastar así la derivación secular de los fanáticos de la religión contra la de los proselitistas de la ciencia ficción, cuyo discurso implica una insinuante metáfora que no es otra que asumir que Paul pueda ser visto como un Mesías provocador; sólo se le aparece a ciertas personas, es capaz de obrar milagros, ayuda a los ciegos a recuperar la vista…. Una caricaturización de una especia de divinidad tendente a la fiesta, los porros, la cerveza y la diversión. Pura provocación para un país que, en casi su totalidad, profesa a Dios como el creador del universo.
Lo bueno de una película como ‘Paul’ es que es todo benevolencia y lealtad con su historia sin ambición, personificada tanto en sus personajes protagonistas dispuestos a alterar su tan soñado viaje por carretera con el fin de ayudar a su nuevo amigo espacial como en sus perseguidores, patanes de dibujo animado llevados más por la curiosidad que por el afán de caza y exterminio del alien. Simon Pegg y Nick Frost siguen funcionando como pareja cómica. Eso, era algo muy asequible y de esperar. Y lo hacen acompañados de la voz de un Seth Rogen que está mejor bajo la forma de este impertinente extraterrestre que con su sempiterna presencia física en la última ola de comedias dirigidas por conocidos. De ésa nos libramos aquí. Tampoco defrauda la consistencia de intérpretes salidos del ‘Saturday Night Live’ como Kristen Wiig y Bill Hader y actores acólitos de Mottola como Jason Bateman y Jeffrey Tambor (ambos protagonistas de la serie ‘Arrested Development)’, poniendo el colofón final la icónica Sigourney Weaver.
En último caso, ‘Paul’ no defraudará a aquéllos que posean una acentuada mitomanía y gusten del simulacro de humor hacia el un gran género popular como la ciencia ficción. Se trata de una ‘road movie’ que empieza bien su viaje, sorprende y atrapa, pero que acaba accidentado con tanta transcripción referencial, facilidad de humor apagado y un cierto descenso al ostracismo sin parangón con síntomas de agostamiento. Tanto chiste de ‘nerd’, insinuaciones al mundo gay y la confrontación de ese aseñorado raquitismo inglés contra la estolidez yanqui extenúan la fábula de ese pequeño hombre verde que quiere volver a casa para que no le diseccionen la cabeza. Una película que no es apta para amantes de Gene Roddenberry, de las aventuras de Buck Rogers y o de aquellos que hablan Klingon, por mucho que insistan en esbozar pequeños guiños hacia ellos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011