lunes, 11 de julio de 2011

España, campeona del Mundo: Qué noche la de aquel año

Hoy hace un año en que el mundo del fútbol se vistió con los colores de la selección española. 365 días que han pasado volando. Y todo, porque parece que fue un sueño. Un sueño del que no queremos despertar. Por eso, qué mejor que recordar aquellos 120 minutos para la gloria de un deporte que necesitaba de un triunfo de tal categoría para erigirse en categórico. Nadie podrá olvidar aquel gol, aquella tarde que precedió a una noche memorable llena de anécdotas individuales. Nadie podrá olvidar que un 11 de julio de 2010 fuimos campeones del Mundo. Durante las horas que precedieron la final del Mundial de Sudáfrica había una sensación de exultación y nerviosismo pocas veces experimentada por el aficionado al fútbol. No había otro tema de conversación que ese partido tan decisivo, esa final que España jugaría por primera vez en su Historia. Había consenso “era el partido más importante de nuestras vidas”. Daba igual el club que cada uno llevara en su corazón, era indiferente a cualquier rivalidad porque la exteriorización de un sentimiento único se ha visto en las ventanas, con esas banderas que han animado de la Selección durante todo un mes, con esa gente que ha salido a la calle vestida con una camiseta roja, con esa emoción común despertada progresivamente hasta llegar a un fecha que jamás olvidaremos: el 11 de julio de 2010.
Hay una frase que reza que para lograr el triunfo siempre es indispensable pasar por la senda de los sacrificios. Pues así es. Eso es lo que ha padecido el colectivo de jugadores seleccionados por Vicente del Bosque. Han sabido sufrir, se han levantado cuando han caído y han seguido jugando con la creencia de los ganadores, confiando en sus posibilidades por encima de críticas o cuestionamientos, demostrando sin palabras y con juego porqué debíamos confiar en ellos. Horas antes de la final los nervios estaban a flor de piel. Los ciudadanos de este país teníamos la sensación de que ya iba siendo hora de que el Deporte Rey se pusiera a la altura de otros países con éxitos mayores pero menos lúcidos que la última Eurocopa conquistada por la selección. Por muy arriba que estuviera en el ‘ranking’ FIFA, el fútbol español aspiraba a merecerlo con el título más importante del mundo. La gran final era un reto sublime, ideal para manifestar ese sueño colectivo.
La tarde comenzó con los lógicos nervios ante un evento de tal trascendencia. La gala de clausura evidenció dos cosas; que los sudafricanos pueden sentirse orgullosos de haber organizado uno de los mejores mundiales de la Historia y los tonos de luces amarillos y rojos transmitieron una sensación de augurios y absurdas cábalas. El estadio Soccer City de Johannesburgo dejó algunos de los instantes más bellos dentro de una celebración de este tipo, en una conexión mágica de tecnología y tradición, dando protagonismo a esa cultura ancestral de un país volcado con este acontecimiento de alcance universal. Bailes tribales, canciones, ritmo, alegría y la aparición de unos elefantes mágicos no faltaron en una noche en la que Shakira dejó sus contoneos de pelvis y su ‘Waka Waka’. Incluso el símbolo de unión personificado en Nelson Mandela no quiso perderse la oportunidad de saludar al mundo y agradecer de esta manera a su país la excepcional imagen que han dado al exterior.
Pero había algo más importante. Llegaba el momento de la verdad. Era el momento de la final histórica entre Holanda y España. No procedía pensar en el pasado, ni en las decepciones, ni en el sufrimiento, ni en las injusticias donde el dolor y la decepción habían sido casi un molesto compañero en las grandes citas. Las televisiones de toda España desprendían una esperanza capaz de unir a 46 millones de personas; familias y amigos que esperaban vivir un día que jamás iban a poder olvidar. Los bares atestados de gente, las terrazas sin una sola silla vacía, plazas con pantallas gigantes abarrotadas de personas vestidas de rojo y casas donde familias enteras se aferraban a un mismo sueño, agarrados los unos a los otros en el momento en que el himno sin letra sonaba en el Soccer City. La función había comenzado.
Se sufrió más que nunca. El guión del partido se escribió con una dureza por parte de los holandeses que es inconcebible en un partido de esta categoría, ayudados por un nefasto arbitraje de Howard Webb, indigno para una Final de un Mundial. España comenzó a jugar con soltura, como ellos saben, sin prisas, con el mando del partido, a gusto con la pelota. Holanda se fue dando cuenta de que esta selección no iba a caer en ningún error y empezó a intentar desequilibrar el juego con una dureza austera y reprochable, al límite de la legalidad. Los Van Persie, Robben, Kuyt… evidenciaban la impotencia de un equipo perdulario y deshonroso que dejó alguna imagen escalofriante, con Van Bommel repartiendo patadas y a De Jong dejando patente su salvajismo sin sentido al lanzar un escalofriante golpe al pecho de Xabi Alonso. Lamentable. Como también lo fue la entrada de Sneijder a la rodilla derecha de Busquets. Iniesta también caía una y otra vez por los crueles ataques de una selección violenta que dejó ver su cara más triste dentro del Mundial. Jugando a frenar la exhibición española, a perder tiempo, a intentar llegar a los penaltis, única forma de poder llevarse la Copa a casa.
Sin embargo, esta Holanda de Bert van Marwijk, la misma que dejó en la cuneta a Brasil, tiene el peligro congénito cuando dos de sus bestias, Robben o Sneijder, sacan a relucir retazos de ese gran talento. Por ello, Robben estuvo a punto de perforar la meta española en dos ocasiones clarísimas. No era el día de más penas y apareció el “Santo” para salvar otra vez a su país. Iker Casillas fue decisivo en este partido. Cuestionado y criticado, supo reponerse ajeno a las habladurías y dar la mejor versión de sí mismo con dos paradas que ya forman parte de la Historia. Todos teníamos ya el corazón en un puño. Los nervios fuera de sí. Sin poder apenas tragar saliva. Llegaba la temida prórroga. Otros treinta minutos de calvario. Era imposible la conexión entre Xavi, Busquets, Xabi Alonso e Iniesta. El juego rudo, la creatividad destruida por la defensa neerlandesa. Ellos jugaban a lo suyo, esperando poder morder. Las porterías parecían infranqueables. Del bosque movió ficha y sacó a Navas y a Cesc. Ni por esas. Los penaltis parecían el final de una noche de tensión insoportable y agónica.
Cuando todo parecía ideado para que nos diera un infarto, Torres saca un centro descontrolado que rebota en un defensa y le cae a Cesc que sabe ver a Iniesta sólo a su derecha y el tiempo se detiene, las caras de millones de españoles se asfixian sin pestañear, esperando que la bota del de Fuentealbilla golpee un balón que va con fuerza segura hacia dentro, sin que Stekelenburg pueda evitarlo. Había sucedido. El milagro se había obrado. El gol que valía una Copa del Mundo había quedado grabado a fuego en los ojos de todos los espectadores unidos en un solo bramido desatado “¡Gol!”. Los gritos, los abrazos, las lágrimas liberadas ante tanta tensión, las bocinas, los petardos, las botellas descorchándose… más abrazos, más lágrimas, risas nerviosas.
Todo en el mismo instante en que Iniesta, consagrado como el héroe eterno de Johanesburgo (“¡Iniesta de mi vida!” gritaba Camacho), dedicaba el gol a su gran amigo fallecido el año pasado Daniel Jarque, rodeado de las caras extasiadas de sus compañeros, de esos abrazos físicos y simbólicos llegados de todas partes del mundo. La épica había vencido. La justicia estaba de nuestro lado. Sin creérnoslo del todo vimos finalizar ese partido de nuestras vidas, celebrando una victoria sin precedentes. El fútbol había dado la mayor hazaña de la Historia. España era por fin CAMPEONA DEL MUNDO. Si es cierto que vencer sin peligro es ganar sin gloria, España había logrado la Gloria más dulce de cuantas se puedan disfrutar.
Ha sido un mes espectacular e inolvidable, que ha dejado una imagen de nuestro fútbol inimaginable hace años. El Mundial de Sudáfrica siempre permanecerá en nuestra memoria como “Aquel Mundial que ganamos”. Por esa bendita estrellita que acompaña desde el domingo a nuestro escudo, como recuerdo de este grupo de amigos que abogan por la discreción, por el espíritu de lucha, por la disciplina y que valoran la importancia de la relación dentro y fuera del vestuario. Es lo que convierte a la selección en el paradigma del fútbol moderno; la calidad y el talento, la velocidad, el toque distinguido, el esfuerzo del dominio. Porque cuando el rival se vuelve infranqueable se tiene la seguridad suficiente para buscar el espacio, para crear en colectividad un fútbol lleno de magia. Y detrás de esa filosofía se encuentra un hombre tranquilo, una buena persona, un señor cauto, reflexivo y silencioso. Y de Salamanca.
Vicente del Bosque ha permanecido fiel a su estilo, sin dejarse intimidar por controversias ni críticas. El “mister” ha acertado en todo. Sus movimientos responden a un estratega que sabe más que nadie de esto, aunque por su humildad y modestia no pueda ni quiera reconocerlo. Ese estilo de sencillez, de respeto ante el contrario, de prudencia y de corrección es el que ha sabido inculcar a sus jugadores, a ese grupo de amigos que lo hacen tan bien dentro del campo, en el paradigma de la unión, de la complicidad y reciprocidad a la hora de crear un estilo. El mismo que se utiliza en las celebraciones, de aquel que rompe a llorar cuando se gana, del otro que hace una broma cuando procede, de todos los que han dedicado este triunfo a la familia del fútbol y a un país cuya fuerza e ímpetu en su apoyo es reconocido. Como darle un beso a una novia delante de millones de ojos que saben valorar la naturalidad espontánea que caracteriza a estos muchachos.
Podría dilatar más esta contracrónica abismal. La intención era hacer un repaso por el Mundial, por sus protagonistas, hablar del pulpo Paul, de Maradona, del Jabulani, del ridículo de potencias futbolísticas que han caído sorprendentemente a las primeras de cambio, de un balón de oro que no ha sabido reconocer la valía de una colectividad grandísima, del ambiente vivido estos días, de ganadores y vencidos, de goles… Pero hay que ceder el protagonismo a la selección española. A los Campeones del Mundo que han hecho posible ese deseo que ha unido a un país tocado en lo moral y en lo económico, que gracias a ellos ha podido olvidar por unos días los problemas y la crisis para abrazar la esperanza y la concordia. Este grupo es un símbolo, un ejemplo. “Si se cree, se puede”. Es la lectura que hay que hacer de esta importante victoria que recordaremos dentro de décadas, cuando rememoremos con nostalgia que una vez vimos como España ganaba un Mundial. Los nombres nunca los podremos olvidar; Casillas, Sergio Ramos, Capdevila, Piqué, Puyol, Xabi Alonso, Busquets, Xavi, Iniesta, Torres, Villa, Pedrito, Fábregas, Navas, Marchena, Llorente, Javi Martínez, Silva, Mata, Arbeloa y aunque no jugaran, no menos importantes, Reina, Víctor Valdés y Albiol. Un año después todavía vibramos con aquel gol, con aquella celebración y con aquella unidad colectiva con un grito de júbilo unifcado en las calles del país. Fue bonito. Y esperemos que no sea la última vez que vivamos este tipo de sensaciones deportivas.