viernes, 24 de junio de 2011

Review 'Hanna (Hanna)', de Joe Wright

Una máquina de matar inhibida
Joe Wright propone un juego de apariencias donde el ‘thriller’ no es más que un simbolismo más dentro de una trama con propensión a lo ostentoso que acaba por desfallecer.
En ‘Kick-ass’, la novela gráfica de Mark Millar y John Romita Jr. y adaptada al cine por Matthew Vaughn, un padre ex policía que intentaba acabar con los principales capos de una mafia de narcotraficantes que mataron a su esposa educaba a su hija pequeña en el arte de la guerra y para que le acompañara en su función superheroica en busca de venganza. Es imposible no acordarse leyendo la sinopsis de ‘Hanna’ de Big Daddy y Hit-Girl. Sin embargo, lo que allí suponía un ejemplo de anarquía cinematográfica en la deconstrucción del héroe de cómic, de espíritu irónico cercano al cinismo, poco tiene que ver con las bases sobre las que se erige la película de Joe Wright. Ambas comparten a esa dulce e inocente niña que es, en el fondo, una bestia adiestrada para matar.
Aquí la protagonista es una etérea y fría joven de rostro hierático y penetrantes ojos azul aciano que esconde bajo su pálido rostro años de aprendizaje de lucha extrema, manejo de las armas, caza, defensa bélica en todas sus variantes. En un reducto natural perdido en Finlandia, Hanna ha sido entrenada por su padre, Erik Heller (Eric Banna), un agente de la CIA que tiene escondida a la chica para evitar que su despiadada compañera del servicio de inteligencia Marissa Wiegler dé con ella para eliminarla. Pero Hanna, carente de habilidades sociales, ha decidido que quiere ver mundo. En su comienzo, el filme de Wright bosqueja los rudimentos narrativos de lo que vamos a ver en el trayecto vital del personaje, un un viaje iniciático desde la niñez al mundo adulto, donde la pérdida de la inocencia viene dada desde un punto de vista fabulesco en ese halo misterioso que esconde la naturaleza de la protagonista en su viaje a la civilización en busca de respuestas.
De entrada, resulta extraño que un director como Joe Wright, adecuado a películas de época y corsés con dramas como ‘Orgullo y prejuicio’ y ‘Expiación’, haya virado su trayectoria hacia el cine de acción pretendidamente expeditivo y sin freno. Tampoco ha modificado su ejecución, apoyada en todo momento por un punto de poética, donde prevalece la puesta en escena y la estética de un ejercicio de efectismo formal, de cierta grandilocuencia artística. Wright no abandona en su sondeo de esta primera aventura en el género algunos de sus rasgos estilísticos, como la propensión a lo ostentoso, a la frialdad sofisticada en la composición de sus imágenes o ese plano secuencia que nos recuerde que es un director virtuoso que sabe exponer este tipo de dificultades técnicas en la narración y salir victorioso.
‘Hanna’ está trazada con los rituales esquemáticos de un cuento de hadas, como si fuera una nueva versión de Caperucita y el Lobo, combinada con el espíritu de Christian Andersen en el que los ‘glocks’, los ‘smartphones’ y los seguimientos satélites de la CIA representan el acecho del villano de turno. También hay un manifiesto homenaje explícito a los hermanos Grimm (es el nombre del parque de atracciones oxidado y envejecido clave en la búsqueda de Hanna de su destino), pero desprovisto de la oscura temática y el humor de los escritores alemanes. Estamos ante un juego de apariencias, donde el ‘thriller’ no es más que un simbolismo más dentro de un entramado de envolturas con el fin de distraer la atención del espectador hacia un ritmo palpitante, pero sin pararse a reflexionar sobre preguntas evidentes que cuestionan el detonante y el desarrollo de toda la trama: ¿por qué si Heller ama como un padre a Hanna no abandona su proscripción y la devuelve a la civilización para enseñarle otro tipo de vida y dejar atrás el localizador y esa forma de sanguinaria vida salvaje?
En ese sentido, ‘Hanna’ abre muchos frentes metafóricos, que tienen sólo en un subtexto intangible su verdadera gracia. Podría haber sido un soterrado cuestionamiento de la deshumanización que sufre la infancia con tanta manipulación polifórmica o un brillante estudio sobre el desarrollo de esa niña que se hace mujer y que comienza tal periplo en el mismo instante en que aprieta un botón rojo (que bien podría representar la menstruación) para enfrentarse al universo adulto. Tal vez lo sean, pero las metáforas se limitan a lo fácil, a lo evidente, como ese persistente simbolismo de Cate Blanchett, villana de turno, limpiándose los dientes hasta el sangrado con todo tipo de utensilios odontológicos, mostrando así al lobo afilándose los dientes, como preparada para comerse a la niña en una suculenta cena.
Y es que ‘Hanna’ aspira a coagular un conjunto sólido, donde sus elementos y ‘set-pieces’ funcionen individualmente, más allá de confluir como una miscelánea coherente y sólida. Pero no es así. Desde esa desdibujada relación paternofilial, pasando por esa historia de amistad entre adolescentes donde dos chicas se humanizan respectivamente descubriendo sus carencias afectivas hasta llegar a la repulsiva delineación de los villanos que acechan a la joven, personajes estos que aparentan inteligencia pero que se comportan de manera inexplicable estúpida. Aquí los malos parecen sacados de un película infantil de serie Z, donde el perseguidor Isaacs (Tom Hollander) parece una bifurcación patética del Frank Booth de ‘Blue Velvet’ y el Harry Powell en ‘La noche del cazador’, vestido con un estrambótico chandal sacado de la británica serie ‘Little Britain’.
No se entiende cómo se trata a la chica durante el filme después de la brillante secuencia de la base marroquí, en la que evidencia la bestia que lleva dentro. A pesar de ello, la vemos perseguida por infames madames de la CIA y gregarios de puticlub. La comicidad involuntaria no le viene bien a un ‘thriller’ con ínfulas de oscura visceralidad, por lo que el suspense se estanca y se va debilitando su poder de sugestión desprovisto de ambigüedad moral hasta el punto de llegar a encuadrarse en la subclasificación de película de persecuciones, siempre vacía de ímpetu efusivo.
La violencia y la sangre también se muestran en todo momento inhibidas, la agresividad resulta desangelada, así como las emociones carecen de matices, de fondo dramático que las sustenten. Sólo la joven actriz Saorsie Ronan, estupenda y convincente, parece ser la única interesada en mantener algo de credibilidad en la vertiente emocional con un papel muy físico y complejo. Se encuadra en ese tipo de heroínas aparentemente frágiles capaces de destrozar a quien se le ponga por delante. Pero ni con esas, por mucho ritmo electrónico e hipnótico salido de la imaginería musical de los Chemical Brothers que acompañe a las imágenes.
El problema es que a Wright se le vuelve a ir la mano en el exceso de trascendencia con la que asume su cargo, tendente hacia un esforzado europeísmo que prevalece en toda la acción, con tramas de espionaje y manipulación genética soterrada que esconde un cuento demasiado artificial, que tiene que recurrir a la labor fotográfica de Alwin H. Kuchler para establecer un estado de ánimo y un aumento del nivel de tensión. Por lo demás ‘Hanna’ no propone nada nuevo. La reiterada historia de un pez fuera del agua, como hace poco hemos visto en ‘Sin identidad’, de Jaume Collet-Serra, que a su vez ejercía de vidriosa reminiscencia de la saga de Jason Bourne, sólo que aquí el personaje principal en vez de buscar la verdad sobre quién es, se preocupa por la búsqueda de lo que es, como un alegoría del monstruo de Frankenstein de Mary Shelly. ‘Hanna’, al final, queda como una fábula surrealista de sangre y arrepentimiento, más superficial que hiperactiva y audaz. Poco ortodoxa, sí, sin embargo acaba dejando un sinsabor que, afortunadamente, se olvida una vez se abandona la sala de cine.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
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