viernes, 6 de mayo de 2011

La necesidad de 'Beautiful Girls' en nuestras vidas

Volví a acudir a ‘Beautiful Girls’, de Ted Demme, una de esas películas que uno necesita ver de vez en cuando, que considera como una posesión personal y que está ahí en momentos en los que necesitas pensar sobre determinados temas; hacia dónde va la vida, qué es lo que se quería y qué se hace en el presente o por qué nos acojona hacernos mayores. Es una película tan generacional que se ha hecho inmortal por méritos propios. No será una obra maestra, pero está sobrada de suficientes valores para tenerla como un pequeño fragmento de lo que todos tenemos dentro y que nos equipara a los demás ¿No es acaso esta pequeña joya un filme de los que une a todos los que la disfrutan? Yo creo que sí. Concebida como historia de personajes, se profundiza desde los diversos puntos de vista, inquietudes y pensamientos que rodean a una generación muy específica que hoy se encuentra perdida. Un filme en el que uno encuentra sensaciones muy cercanas, personajes con los que identificarse. Tanto es así, que ‘Beaufitul Girls’ podría verse como un análisis exhaustivo de una generación apalancada en la idea de no crecer, de evitar las responsabilidades que cercenan la libertad que confiere una juventud agotada paulatinamente por el paso de los años. Hay que tomar decisiones, moverse del letargo juvenil de diversión y el ‘carpe diem’ que tanto nos da y nos quita durante nuestras vidas. O acaso no. El espíritu del filme planea sobre esta duda con una hermosa oda a la enjundia de la madurez, a la relación entre hombres y mujeres, a los deseos inalcanzables, pero sobre todo a nuestros sueños frustrados.
En un momento del filme, Tommy "Birdman" Rowland, el personaje que interpreta Matt Dillon, está postrado en la cama del hospital después de ser objeto de una paliza por motivos de adulterio. Reflexiona sobre su propia vida lanzando una reflexión: “No me parezco al hombre que siempre soñé ser. Ni siquiera de lejos. No he conseguido nada de lo que me propuse”. Ése sentimiento de frustración es uno de los motivos que identifican a todos y cada uno de los que un día soñaron hacer algo importante. Pero la realidad es bien distinta y hay que empezar a asumirla, sacrificando con ello las ilusiones e ínfulas de toda la vida.
Todos recordamos, cómo es normal, a Willie Conway (Timothy Hutton), el pianista inseguro ante el compromiso que encuentra una razón para no crecer en Marty (Natalie Portman), una niña de 12 años de la que inevitablemente todo el mundo cae rendido, es otra imagen identificativa del llamado ‘Sindrome de Peter Pan’, que aquí recurre a otro clásico de la literatura yanqui como Winnie, the Pooh, de A. A. Milne. Un mágico momento ‘nabokoviano’ se da cuando Marty patina alrededor del confuso Conway y le reta a que la espere, que persista en el tiempo cinco años para recorrer el mundo juntos. Es cuando él se da cuenta de que no es más que la excusa perfecta (e irreal) de alargar su desorientación ante el matrimonio. Le recuerda que cuando Christopher Robin creció se olvidó de Pooh, como le pasará a ella si persistiera en la idea. Marty personifica a la mujer que pretendemos, con sólo doce años, la inocencia que imaginamos que aún tenemos, el amor infantil que echamos de menos. La primera vez que percibimos que la chica de nuestros sueños nos ha devuelto una mirada y el corazón nos da un vuelco. Eso es Marty. El sueño perdido.
En el lado contrario está otra musa real que suscita ésa química perfecta con una mujer fantástica, preciosa e inteligente pero que, lamentablemente, como dice Stanley "Stinky" Womack (Pruitt Taylor Vince), nacen con novio. Andera (Uma Thurman) es la representación de lo inalcanzable, de la rebeldía de la belleza, de la infidelidad ideal, del sueño imposible de todos los personajes de la película. En otro diálogo sublime entre Willie y Andera se percibe alguna de las claves vitales que inundan el fondo de coherencia y realidad que tiene esta historia. En él, ambos reflexionan sobre lo significativo de la vida, sobre la sensibilidad del amor, de lo valioso de la amistad y acerca de las pequeñas cosas como leer el periódico del domingo junto a esa persona a la que amas, que es lo que podemos llamar felicidad. Por eso Andera se marcha de regreso a Chicago. Por eso Willie acude con renovada ilusión a los brazos de su prometida Tracy (Annabeth Gish). Por eso, Paul Kirkwood (Michael Rapaport), un descerebrado amante de los iconos femeninos y las ‘top models’, desatasca la puerta del garaje de su amada Jan (Martha Plimpton), demostrando su intención de dejar de ser un inmaduro celoso y gilipollas. Por eso, Sharon Cassidy (Mira Sorvino) es la chica con la que todos hemos soñado, que lucha porque Tommy siente la cabeza ante la frustrada y calientapollas de Darrian (Lauren Holly), la otrora reina de la fiesta de fin de curso que le es infiel a su marido como efigie de su pesadumbre existencial.
Por su parte, el único del grupo casado, Mo (Noah Emmerich), procura que Willie no renuncie a su sueño por vivir una realidad tangente, una realidad que, en el caso de Mo se ha traducido en dos niños y un matrimonio cotidiano y aburrido. “¿Cómo vas a vender utensilios de oficina si no tienes ni idea del asunto?”, le pregunta. Willie le asevera “Tú tampoco tienes idea de niños y estás educando a dos tan panchamente”. ‘Beautiful Girls’, mágica y poderosa como pocas, es necesaria en nuestras vidas. Por muchas y tantas razones… Todos tenemos una propia visión de lo que se cuenta. Sé que me olvido de dos personajes secundarios e importantes que son Gina Barrisano (Rosie O'Donnell) y Kev (Max Perlich), la coherencia, la conciencia de todos ellos y ellas. Pero ya habrá tiempo de concretar. Ahora me quedo escuchando una y otra vez las dos canciones míticas que ponen música a esta fantástica cinta del malogrado Ted Demme; ‘Be for real’, de los Afghan Whigs y, por supuesto, el ‘Sweet Caroline’, de Neil Diamond.