martes, 12 de abril de 2011

Tribuna de Salamanca dice adiós para siempre

Ésta es la última portada de Tribuna de Salamanca. Hoy es uno de los días más tristes en mi carrera periodística. La rutina, la fidelidad y el tiempo hacen que la adhesión solidifique la idea de pertenencia. Y ha así ha sido durante más de catorce años en los que he trabajado y colaborado en este medio que hoy desaparece. Recuerdo todavía aquel mayo de 1997, cuando Juanjo Quiñones y Jesús Inés nos cedieron su puesto de colaboración a José Luis Ramos y a mí como lozanos ‘currelas’ de la sección local de ‘Barrios’. Entramos con ilusión. No había otra. Se trataba de nuestro primer trabajo como periodistas remunerados en un medio local escrito. Tribuna de Salamanca nos brindaba la oportunidad. El hecho de estar todo el día de aquí y allá, en asociaciones de vecinos, en entrevistas callejeras, en las largas esperas en el Ayuntamiento mientras los concejales se tomaban su dilatado café mañanero y después de un largo día, de nuevo en la redacción, no era muy atractivo para un principiante. Esperábamos algo más de glamour. Sin embargo, paulatinamente, empezó la verdadera esencia del periodismo local a ser satisfactoria dentro del ‘colegueo’ con los compañeros de nuestro entorno, de otros medios y, sobre todo, siempre recordaremos los privilegios en las fiestas y verbenas patronales de los barrios y sus barbacoas con aquel ambiente jaranero de las ruedas de prensa. Era el contexto ideal para que un neófito se curta en la profesión. Mis prácticas se desarrollaron allí. Y nunca he estado más contento de que aquello fuera de aquél modo.
Aún recuerdo aquella fiesta multitudinaria de celebración de nuevas instalaciones, tres años después del nacimiento del periódico de Mariano Rodríguez. Llegué en el momento justo. Después de sus primeros pasos dentro de los medios locales, Tribuna había crecido lo suficiente como para mudarse a un dominio más espacioso. Recibí una invitación personalizada. Y allí me planté con mi amigo José A. González “Jimbo”. Mi satisfacción era doble; estaba invitado a una de las fiestas más épicas que recuerde y una semana antes, el ínclito Antonio Marcos, a través de mi jefe de sección, otro José Alberto González, el gran “Coqui”, había logrado ubicarme en mi soñada sección de cine dentro del periódico. Tan sólo tres semanas después de entrar en él. Estaba de celebración. No era para menos. Nos emborrachamos, le robamos nutridos platos de jamón ibérico al mismísimo alcalde delante de sus narices, bebimos vino de selectas bodegas, escuchamos de fondo el concierto de Niña Pastori y nos ligamos a unas azafatas. La profesión parecía la correcta. La indicada. Entonces sí.
Mi primer reportaje cinematográfico fue un reportaje sobre Abel Ferrara, que por entonces estrenaba ‘The Blackout’. Recuerdo haber leído mi nombre varias veces en el encabezamiento cuando salió publicado en el suplemento ‘Batuecas’ aquélla mañana de sábado. Una sensación comparable a la de un niño que abre sus regalos de Reyes. La inexperiencia juvenil es lo que tiene. Aquella ilusión inaugural, con el deterioro de los años, sigue siendo complaciente e inolvidable. Después llegarían los trabajos como enviado especial a los festivales de San Sebastián, Sitges o Valladolid o la etapa de ‘Guía de Salamanca’, sin duda alguna la más satisfactoria y divertida de todas. Y después, múltiples secciones en cultura, en suplementos más o menos reconocidos, hasta solidificar mis páginas que aguantaron la variedad de gerentes, directores y jefes de sección que han ido desfilando por los últimos tiempos. Desde hace catorce años he vivido mis mejores instantes periodísticos en este medio. Es así. He conocido a algunos de mis mejores amigos, algunos instructores del medio (pocos, he de decir) y a gente con la que no hubiera tomado ni una caña, pero siempre he tenido el cariño y la libertad necesaria para sentirme a gusto. Nadie me ha recriminado ni impuesto nada. Y siempre he sido autónomo en mi opinión cinematográfica, cultural o política sin exponerme a una línea editorial en absoluto restrictiva. Ser libre es uno de los pocos privilegios que quedan en la profesión. Y aquí, al menos en mi caso, lo han respetado.
Hoy, en el día de la muerte de este medio que tanto significa para mí, recuerdo a todos los que me enseñaron con su saber y su magnitud profesional que Tribuna siempre fue mi casa y sus inquietudes la mías. Desde los mencionados “Coqui” y Antonio, pasando por Ana Castellanos, Puri Contreras, Nunchi Prieto, el mítico Zamorano, Lucía Petisco, la entrañable Cristina Valladares, Luis J. Palomero, Álvaro Ortiz, Teresa Sánchez, Félix Corchado, Carmen Armijo, Carlos González, Óscar Rodríguez, Daniel C. Borrás hasta la jefatura en la redacción ejemplar de Félix Oliva o de Luis Barreda o la atención de estos últimos meses por parte de Luis Cadenas en redacción y de Miguel Ángel y Cristina en administración… así como tantos y tantos amigos y profesionales que se quedan el recuerdo. No obstante, quiero destacar a Fernando Bernal como ése cómplice de batallas, ése hermano de amor eterno, al que este periódico me entregó en inicio como adversario y quedó como uno de mis mejores amigos de siempre. Hoy aquél largo sueño, nunca ideal, se acaba para siempre y deja a tantos profesionales que hemos pasado por allí dejando nuestra pequeña impronta en su historia. En mi caso, finaliza otro de esos resquicios de actividad profesional, de vida periodística, añadiendo años a la experiencia. Es difícil decir adiós. Y aunque todos supiéramos que este desenlace era inminente, sigue siendo triste. Tribuna de Salamanca finiquita tu periplo y las críticas de ‘Un Mundo desde el Abismo’ se resentirán por ello. Fundamentalmente porque era este medio salmantino el responsable del discurrir semanal con la ‘review’ de siempre, que se dilataba desde las páginas del periódico al abismal blog.
Llegan tiempos procelosos con esta pérdida. Ahora ya no ejerzo de modo profesional. Ya no tengo el privilegio de la voz en prensa escrita. Aunque eso, da igual en este momento. Salamanca se ha quedado sin uno de sus más objetivos periódicos y el final del camino deja siempre el sabor amargo de los que han luchado hasta el final por su ideal deontológico contra viento y marea, incluso contra el frente interno que ha hecho que la utopía de continuidad se haya venido abajo. A pesar de su desaparición, Tribuna de Salamanca vivirá en el recuerdo de todos sus habitantes, quién sabe si con una resurrección futura (algo que parece inviable), pero que evocará el gran trabajo de todos los miembros que hicieron de él un medio honesto e íntegro con su opinión y legítimo como alternativa a lo conocido, a lo de siempre, a lo que queda. Mañana el panorama periodístico charro no será lo mismo. De eso, estamos seguros. Salamanca se queda un poco más huérfana en su amplitud de opiniones, de alternativas, de multiplicidad… Tribuna de Salamanca queda como una parte elemental en mi formación y en mi recuerdo. Como en el de tantos otros amigos y compañeros. Se cierra así una etapa básica para entender lo poco que soy como profesional. Desde aquí quiero agradecer a todos los que cruzaron su camino con el mío, los profesionales que hicieron posible este periódico, a todo de esfuerzo y a su talento por lograr que Salamanca tuviera otra disyuntiva informativa de calidad. Desde lo más profundo de mi corazón, echaré de menos seguir cada semana junto a un equipo de personas admirables.
Hasta siempre Tribuna, gracias por el viaje.