sábado, abril 16, 2011
Melodrama al gusto de Hollywood
Lo que empieza siendo una reflexión sobre las responsabilidades éticas dentro de un entorno de violencia sufre un cambio de dirección hacia el melodrama de propósitos de redención y tesis didáctica.
La danesa Susanne Bier se ha caracterizado a lo largo de su nutrida carrera por establecer siempre su mirada hacia tragedias humanas con un fondo de desestabilización al que se ve sometido el núcleo familiar para despedazar su rutina con la irrupción de un acontecimiento imprevisto donde la violencia, desde un punto de vista multifuncional, está presente dentro de la impronta intimista en la que no suelen faltar elementos humanistas como la culpa y el perdón. Por supuesto que ‘En un mundo mejor’ sigue esta tendencia al melodrama sobre ambivalencias, sobre conflictos internos, en esta ocasión centrada en los niños, los verdaderos sufridores de las carencias afectivas que se traslada a una doble drama; la de Anton, un padre, médico idealista, que trabaja en un campamento de refugiados donde asiste diariamente a la vejación y violencia con mujeres embarazas por parte del líder mafioso de la zona al que todos temen. En su regreso a casa se tendrá que enfrentar a la distancia que se ha establecido con su mujer, a la que le ha sido infiel y la relación con uno de sus hijos, un adolescente confuso y aturdido por la situación vivida en el hogar y en el colegio, donde es víctima de acoso escolar. Por otra parte, Claus es otro padre de familia acomodada que acaba de perder a su mujer debido a un largo cáncer y le ha dejado sólo junto a un hijo resentido que le inculpa como responsable de la pérdida.
Ambas tramas rotulan desde su inicio a dos hombres marcados por el dolor de asumir un hogar desestructurado. Sin embargo, para Bier y su guionista, el prestigioso Anders Thomas Jensen, la jerarquía del sufrimiento radica en la afectación de un escenario emocionalmente hostil que incumbe a los dos chavales afectados por sendas situaciones, Elías y Christian, que unen sus frentes en un mismo destino. ‘En un mundo mejor’ la alianza de los débiles se refuerza en una autoconfianza que, llevada por un mal camino, puede degenerar en un desmedido sentido de la venganza ante la imposibilidad familiar por ordenar su vida privada, por aclarar sus ideas, antes que frenar una actitud represora en ciernes. En ese sentido, la adolescencia incomprendida lleva a todos los personajes a asumir o reflexionar sobre las responsabilidades éticas que les vertebran. Con ello, se discurre acerca de la violencia, tema central del filme, desde puntos ópticas divergentes, analizada de forma implícita, que transita en la poco sutil denuncia de vulnerabilidad de los derechos humanos en países del tercer mundo confrontándolo con la privilegiada sociedad danesa o señalando las conciencias dispares sobre ésta en contradicciones que carcomen los prototipos de justicia y de la no violencia.
Se ejemplifica con uno de los giros más trascendentes de la trama, cuando el hermano pequeño de Elías provoca que su padre desafíe verbalmente a un rudo mecánico que le propina una bofetada que no es respondida ante el asombro de los niños. Ellos esperaban un enfrenamiento como respuesta a esa idealización paterna e infantil. Anton intenta hacer ver que la violencia sólo pertenece a los miserables y que el que agrede siempre es el que pierde. Es la misma actitud deontológica que mantiene en el campo de refugiados, cuando llega la hora de tomar responsabilidades como el tener curar al psicópata al que todos temen.
Es en esta esfera de lo reflexivo es donde ‘En un mundo mejor’ universaliza las fronteras del ímpetu violento que anida en las personas. Siempre distanciando entre lo que pasa en Kenia y ese sentimiento de frustración iniciático que envuelve a los dos pequeños con respecto a una situación que hace sacar la rabia que llevan dentro. En esa doble relación paterno-filial se esconde esa comunión de desconcierto infantil. Mientras Anton escucha y advierte a Elías, intenta ser un buen padre, Claus no tiene tiempo para comprender la actitud violenta de Christian, compartiendo ambos un complejo de culpa sobre sus vástagos.
Lo que hace que ‘En un mundo mejor’ no naufrague por la manipulación del espectador es que Bier y Jensen dejan una distancia idónea para que los personajes tengan su espacio, dejando que respiren con sus decisiones y sin posicionarse ni juzgar sus actos, sobre todo con las acciones deliberadas de los pequeños, silenciando los sentimientos de dolor y utilizar así a los pequeños como vasos comunicantes de toda la contención emotiva del filme. Bier envuelve el filme con paisajes coloristas, donde los cielos con nubes de postal son la representación de ese sosiego que los roles no alcanzan. Su narrativa, como siempre, transita por la corrección sin grandes hallazgos, muy funcional y metódica en esos sus planos que aluden a la soledad, a la inestabilidad y a la tristeza.
Sin embargo, a medida que avanzan los acontecimientos, se empieza a intuir un cambio de dirección hacia el melodrama, debido a la forma de tejer el patrón dramático del doble entramado familiar, mostrando a esa madre solitaria que echa de menos a su marido pero no puede perdonar la infidelidad, el conflicto moral que encierra el doctor en Kenia y que provoca la reacción encontrada de su hijo que se siente desatendido o la incapacidad de Claus y Christian para canalizar el dolor por la muerte de la madre… Se va diluyendo esa relación de necesidad y admiración que se establece entre el niño débil y su amigo sediento de sacar afuera toda la ira que lleva dentro. Llega un momento en que la cinta, tamizada en su mayor parte con cierta atmósfera acertada, cercana y reconocible, se va concretando en algo bien distinto, cercano al tremendismo con que el que, en su tercer acto, envuelve en un discurso complaciente y artero que acaba por imponer una parábola instructiva y ejemplarizante.
Para Bier y Jensen el bien moral se arremolina dentro de un contexto de terrorismo infantil que al estallar provoca que la lógica y el equilibrio salten por los aires con un propósito de redención y tesis didáctica. Su tramo final deja un afectado discurso en el que si la violencia se apodera del mundo hay que poner la otra mejilla, puesto que las consecuencias de tomar medidas drásticas envenenan la incertidumbre y destruyen al ser humano. La ética parece ser la única solución y el perdón su enriquecedora derivación. Por eso, a Bier le puede ese ‘happy end’ que descoloca todas las piezas dispuestas para un final edulcorado y clásico, donde el didactismo desdibuja la realidad que ha ido proponiendo a lo largo del filme. De ahí, que los padres de Elías acaben reconciliados y que tras el acto extremo provocado por Christian y que deja a su amigo al borde de la muerte sea aceptado como un pequeño error humano, absolviéndole y poco menos que convirtiéndole en un miembro más de la familia. Ése el “mundo mejor” que imaginan Bier y Jensen, el de un modelo Hollywoodiense afectado por lo positivo, de ahí que el Oscar tuviera en esta aspirante adecuada a los gustos de la Academia fuera a parar a esta cinta danesa. Es como si, poco después del largo y traumático tránsito vital, todos hubieran aprendido la lección y pudieran ir cogidos de la mano, riendo y dándose abrazos, a comerse una hamburguesa a un centro comercial. Porque en su final los personajes terminan representando el tópico de familia unida gracias a la catarsis aleccionadora que han vivido.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 10:14 |


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