domingo, 10 de abril de 2011

Nos deja Sidney Lumet, gran clásico del cine

1924-2011
Cuando hace tres años se estrenó en nuestro país ‘Antes de que el diablo sepa que has muerto’, aludí al trabajo de Sidney Lumet como un ejemplo de juventud impresionante. La que quedará como último y excelente trabajo del director de Philadelphia se describía en este espacio como si se tratara de “una apasionada ‘opera prima’ de un joven cineasta con un talento fuera de lo común. El entusiasmo y la fuerza que anida en esta prodigiosa muestra de talento destilan admirable clarividencia y la fertilidad del atrevimiento”. Dicho filme fue elegido como la cinta más destacada de 2008 en el anual decálogo de lo mejor del año. Son virtudes que han vertebrado una de las carreras, pese a su irregularidad, más admirables y lúcidas del cine. Lumet es necesario para entender la evolución del Séptimo Arte desde los años 50, tras el declive del ‘studio system’, hasta el día de hoy. Fue uno de los motores clave para aquella transformación narrativa y conceptual que ofrecería un cambio radical a la hora de hacer cine junto a gente como Arthur Penn, John Frankenheimer, George Roy Hill, Martin Ritt, Robert Mulligan, Ralph Nelson o Franklin J. Schaffner que conformaron un grupo de perspicaces cineastas agrupados en la llamada ‘Generación de la televisión’, medio en el que realizaría trabajos como ‘Omnibus’, ‘Best of Broadway’, ‘Alcoa Theater’, ‘Goodyear playhouse’, ‘The iceman cometh’ o ‘All the King's men’.
Lumet comenzó en el teatro, hijo del actor Baruch Lumet, se erigió como uno de los primeros artistas en fundar un taller ‘Off Broadway’ para montar revolucionarios espectáculos y obras de vanguardia. Sus piezas de Chéjov, Tennessee Williams, Arthur Miller, Eugene O'Neill o Peter Shaffer pronto le hicieron despuntar como director teatral. Pero pronto su inquietud como realizador y su talento narrativo le llevarían a debutar en televisión, vía en la que muy pronto se ganaría un nombre de prestigio. En televisión fue uno de los mejores y más activos directores en las adaptaciones teatrales al medio catódico. Sus aportaciones visuales relativizaron la ilusión y la transparencia por el dominio del texto teatral a través de las imágenes realistas con las que confluían el tiempo, el lugar y la acción. Fue lo que hizo que su primera película tuviera la esencia del teatro, en la traslación del texto ‘Doce hombres sin piedad’, de Reginald Rose, con la claustrofobia necesaria y ese sutil componente de amargura y cuestionamiento moral que siempre ha tenido la filmografía de este clásico que nos ha dejado. Ese enfoque reflexivo y ético por los sistemas de presión y la pugna por la justicia y la integridad han conformado el corpus de una filmografía que ha mirado de frente y durante seis décadas a las diversas situaciones sociales que ha vivido Estados Unidos, desde un posicionamiento ideológico amargo y cínico.
A Lumet se le podría vincular con ese contestatario que a través de su cine abordaba la desaprobación contra la arbitrariedad social, sabiendo elegir proyectos en el que personajes imperfectos se veían envueltos en situaciones de violencia tiránica, de racismo acuciante, de autocracia castrante e incluso de holocaustos nucleares. Películas como ‘Llamada para el muerto’, ‘The Hill’, ‘El prestamista’, ‘La ofensa’, ‘Network. Un mundo implacable’ o ‘Punto límite’ le pusieron como paradigma de cineasta recalcitrante e incómodo, a la vez que su estilo iba fraguándose sobre la denuncia en un mundo sin valores y carente de justicia en el que se lleva viviendo a lo largo de las décadas. La sociedad urbana, su fauna característica, en continuo conflicto bajo el yugo de la irracionalidad y la desigualdad, vinieron a significar la continua predisposición a un tipo de género de denuncia con el que Lumet identificaría su carera y su cine durante las décadas de los 70 y los 80 con películas policíacas, judiciales o sociales; ‘Supergolpe en Manhattan’, ‘Tarde de perros’, ‘Sérpico’, ‘El príncipe de la ciudad’, ‘La trampa de la muerte’, ‘Equus’ o ‘Veredicto final’ se intercalarían con otro tipo de cine más adecuado a las exigencias comerciales con fracasos como ‘Asesinato en el Orient Express’ y ‘El mago’ o alguna obra destacable como ‘Un lugar en ninguna parte’ o ‘Negocios de familia’. Durante los 90 la carrera de Lumet fue apagando su estela con obras olvidables como ‘Distrito 34: Corrupción total’, ‘Una extraña entre nosotros’, ‘La noche cae sobre Manhattan’ ‘En estado crítico’ o el ‘remake’ de ‘Gloria’.
Sin embargo, la resurrección llegó cuando el cineasta, ya octogenario, decidió abandonar de nuevo el ostracismo de la televisión (rodando varios capítulos de la serie ‘Los juzgados de Centre Street’ o alguna ‘TV-movie’) para su regreso al cine, adaptándose a los nuevos modelos de cine de Hollywood, sin perder ese céfiro de autor y artesano que nunca perdió. Sus dos últimas películas, ‘Declaradme culpable’ y la antes mencionada ‘Antes de que el diablo sepa que has muerto’ abarcan la autenticidad del director con dos obras que devolvieron al mejor Lumet, al más inspirado y al más comprometido, con aquélla mirada trágica y cínica que dibujaron con trazo de genialidad la asfixia moral y existencial de la sociedad americana. Con Lumet el cine pierde a un gran cineasta, de los mejores, pero a su vez gana un clásico, un icono al que volver a redescubrir una y otra vez.