martes, 19 de abril de 2011

Los cines que murieron

Aquéllos sueños en forma de celuloide disueltos en el tiempo, sin espacio para el olvido. Las sensaciones perdidas desde una butaca que ahora se estremece desvencijada observando los restos de una pantalla que ya no existe. Las fantasías postergadas de las sesiones que concedieron cierto poder de imaginación surgido de un proyector y que hoy amontona polvo, descuartizado y víctima de la negligencia. El paso del tiempo hizo que la luz se apagara y sólo dejara la reminiscencia de tardes y noches de felicidad y entusiasmo, de intriga y pasión cinéfila por la sorpresa de la quimera del séptimo arte. Las largas colas y el gentío hace tiempo que dejaron de formar parte de la lógica naturaleza y funcional del gran teatro, que ha sido sustituido por el ahogo de la soledad y la decadencia que trae consigo el paso de los años. Un día, estos lugares sirvieron para alimentar la entelequia de los ojos que imaginaron historias como las que llenaban horas y horas con las diversas ficciones que se plasmaron en la enorme lona mágica con el continuo destello en la oscuridad. Lejos quedaron las olvidadas ‘matinées’, aquel estreno que avivó la llama de su propia leyenda, el primer beso, el sobresalto inquieto, el bostezo involuntario, la emoción irrefrenable, las lágrimas emotivas, la carcajada sincera, el debate exterior sobre el cúmulo de sensaciones interiores…
Aquellos recuerdos permanecerán al abrigo de las memorias individuales, confundiéndose y unificando el sentimiento de tribulación cuando alguien evoque lo que hace años fue un refulgente neón de novedades y estrenos, apagado en un nombre que forma parte del pasado. Un día imprevisto la taquilla dejó de funcionar y las puertas se cerraron para siempre, con toda la nostalgia destinada a extinguirse lentamente hasta el desierto del injusto abandono, llevándose consigo las pequeñas intrahistorias de los espectadores que dieron vida y esplendor a su existencia. Cuando un cine muere, miles de recuerdos e imágenes quedan encerrados entre sus paredes, durmiendo en las butacas sentenciadas a su progresiva extinción. Sin embargo, avivan su fuerza cuando alguien rememora la felicidad de aquellos días perdidos, en los que ningún centro comercial amenazaba aún con acabar con una tradición que hoy forma parte del pasado. El presente impone directrices y cambios que han terminado por destrozar entornos familiares y añorados. Son épocas de cambio arbitrarias contra las que se puede luchar únicamente con nuestros recuerdos. Que así sea.
Hasta después de Semana Santa, amig@s del Abismo.