martes, 26 de abril de 2011

'Kamikaze 1999 (Le dernier combat)', de Luc Besson; era post nuclear y deshumanización

Esa sensación de asfixia, de soledad, de no controlar el mundo, de sentirse en un universo extinguido donde la vida ya no es lo que era. Donde no existe rastro de mujer y la violencia se ha apoderado del hombre. Es cuando la necesidad de supervivencia es la única que promueve el instinto humano. Cuando la era post nuclear ha dejado al ser humano sin la capacidad de hablar, perdiendo la comunicación más allá de los gestos y las amenazas. Esto es, más o menos, lo que planteó Luc Besson a la hora de descontextualizar la ciencia ficción hacia un vértice despojado de ornamento con su intencionada visualidad ruda y esteticismo vehemente de ‘Kamikaze 1999 (Le dernier combat)’, transformada con gran pulso por Carlo Varini en un incómodo blanco y negro y donde la imperfecta música de Eric Serra y la ausencia de diálogo sostenían ese ímpetu radical que mezclaba el evento apocalíptico con cierta esencia europeizada de lo que supuso la saga de ‘Mad Max’, de George Miller o el cómic francés ‘Metal Hurlant’, donde la sombra de Moebius se intuía en la ópera prima del director de ‘El quinto elemento’.
Su ritmo pausado, lleno de acciones sin concreción, con la descripción de personalidad de sus personajes definida por el ungüento genérico se adecua a las exigencias de la historia; el héroe solitario, una mafia organizada que sobrevive en el desierto, un doctor que pasa el tiempo en un edificio fortificado y un enorme y embrutecido hombre que quiere asaltarlo. Entre sus tiempos muertos, Besson se las ingenia para deshumanizar el género, para llevarlo hasta el componente primitivo que parece querer transmitir dentro del filme y que rescate los planteamientos de Hobbes. De esta forma, la lógica de un mundo que debe volver a aprender a hablar, a salir de la alienación, a buscar un modo de sobrevivir, recurre a ése céfiro alternativo a la hora de reflejar un futuro donde la lluvia de peces es posible y la tecnología ha desaparecido junto a un rayo de esperanza que cierra la película y le otorga un desenlace circular que consuma el discurso central que inicia la primera imagen del filme. La de ese héroe fornicando apáticamente con una muñeca hinchable y que termina, como colofón a su trayecto vital, por descubrir a la única mujer sobre la tierra convertido en el nuevo capo de esa incomprensible horda de asesinos que buscan agua a través del sometimiento de un enano.