martes, 22 de marzo de 2011

Review 'I'm still here (I'm still here)', de Casey Affleck

Todo es mentira
El ‘mockumentary es esa especie de subgénero documental que falsea la realidad con un formato para a la narración ficticia de un cierto grado credibilidad y así distorsionarla hacia una perspectiva habitualmente sarcástica o crítica respecto a lo que se cuenta. Para bien o para mal, un producto como ‘I’m still here’, la polémica visión de Casey Affleck sobre la supuesta retirada del mundo del cine de su cuñado, Joaquin Phoenix, para dedicarse al mundo del ‘hip hop’, se introduce en esta encrucijada documental que divaga entre la broma pesada, la gilipollez sin límites entre dos amigos pasados de vueltas o un enorme viral sin sentido que pretende discernir sobre el mundo de Hollywood, el universo interno de soledad de la estrella y la filosofía existencial de saldo al servicio de un Phoenix que, por si no lo fuera ya, resulta de lo más desagradable al mostrarse como un ser encerrado en un autismo falseado, de intrínseca locura exhibida desde un histrionismo carente de realidad. Con estos mimbres el filme debut del hermano pequeño de Ben se sumerge con convencimiento en las latitudes cercanas a la tomadura de pelo.
‘I’m still here’ parece, de entrada, un espectáculo de feria donde el objetivo, a priori, es el de reírse de los medios al lanzar una noticia que vaya incrementando su efecto de bola de nieve y comprobar, siguiendo el juego desfigurado de un actor en alza renunciando a su posición de ‘star’ que deja todo por encontrarse a sí mismo. Podría verse sobre una reflexión a modo de tortuoso viaje a los infiernos con alguna paradoja que Affleck y Phoenix deben encontrar divertida. La ‘performance’ hubiera estado bien como un cortometraje ‘amiguetil’ o como un ejercicio de divertimento que resultara sarcástico en el infructuoso y anodino sondeo de la ficción desbordada de una realidad que toma un contexto real para dirimir una idea que se consume según avanza un desorientado desarrollo.
Phoenix se deja barba, se descuida higiénicamente, no se peina, saca barriga constantemente, se deja envolver por un personaje ficticio y pretende mostrarse como él mismo en cierta decadencia, rodeado de una prole confeccionada como tabla de salvación a su meditada locura y frustración. Hay momentos en que aparenta estar perdido, en los que grita o llora o llama a dos putas baratas y esnifa cocaína como vía de escape a la presión fagocitadora de un Hollywood al que parece recriminar su fingido estatus de hombre vacío. De este modo, el metalenguaje intencional queda representado en aquellos tramos en que Phoenix pierde “la cabeza”, llevado por su condición y etiqueta de artista torturado, en sus estúpidas reflexiones sobre la amistad, el cine, la música y la existencia atormentada de una autocompasión postiza sobre los efectos nocivos de la fama.
Se intenta salpicar de gotas humorísticas, cuando se convierte en centro de la diana en, siendo parodiado por un lado (la entrevista con David Letterman es ejecutada por la brillantez cómica del presentador del ‘late night’ o la caricatura de Ben Stiller en los Oscar de hace dos años) y, por otra parte, dejando ver el ensañamiento de los medios de comunicación y su sensacionalismo sobre la ilógica decisión. Ni siquiera los cómplices como P. Diddy, los propios Letterman, Stiller o Edward James Olmos ayudan a dar credibilidad a la estafa. Los artificios se dejan ver como aquel que se esconde tras una cortina y se le ven los pies. A Affleck y a Phoenix se les ve el plumero demasiado pronto. Sus mecanismos responden más al de un guión de borrador que a una intentona férrea por hacer algo sorprendente e innovador.
‘I’m still here’ se metaforiza como obra de arte en el instante en que, llevado por el sentimiento de venganza, uno de sus ayudantes, al que previamente Phoenix ha humillado y golpeado, defeca sobre su boca. Más o menos eso en lo que ofrece este falso documental a un espectador cuyo posicionamiento o mirada crítica poco le importa a sus responsables. Por supuesto, todo es mentira. Sin embargo, no hace falta recalcarlo y el bochorno acaba apoderándose con ese final catártico en el que el protagonista regresa a casa con su padre hippie para bautizarse de nuevo en aquel río de inocencia donde su infancia transcurrió feliz con su familia. Puro disparate.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
PRÓXIMA REVIEW: 'Nunca me abandones (Never let me go)', de Mark Romanek.