lunes, 7 de marzo de 2011

'King of Kong', de Seth Gordon: magnífico duelo de 'geeks' anacrónicos

“Este es un universo en guerra. Una guerra continua. Puede que haya otros universos., pero el nuestro se nutre de guerras y juegos”. Es una frase de William S. Burroughs que abre el documental ‘King of Kong’, de Seth Gordon. En él asistimos a un épico enfrentamiento con tintes nostálgicos que evidencian que, por mucho que haya evolucionado la tecnología, el pasado es indeleble, aunque en un contexto que roza lo anacrónico y absurdo. Es la esencia de este magnífico documental, del núcleo que despierta la legendaria foto de Life Magazine de noviembre de 1982 que reunió a los mejores ‘videogamers’ del momento. Era la época dorada de los primeros juegos recreativos, de las recordadas ‘coin-ops’, en los albores del ocio binario que hoy vemos tan lejano y arcaico. La era de gente como aquel chaval de 16 años llamado Ben Gold, un hacha en el ‘Stargate’, Todd Talker, que logró ser el mejor en el ‘Joust’, Mike Lepkoski, el número uno del mítico ‘Pac Man’ o el Bill Mitchell, que por entonces había logrado la improbable cifra de los 25.000.000 de puntos en el ‘Centipide’. Éste último es uno de los protagonistas de este recorrido por otro de esos submundos competitivos de Estados Unidos, del fondo de la ‘América Profunda’ que genera ‘nerds’ e ídolos de barro, como todos y cada uno de los que protagonizan este impresionante documental.
Mitchell comparece como un titán autoconsciente de su grandeza, dinamitando sus frases con la sabiduría de un maestro, con aforismos donde él es poco menos que un Mesías. Su corte de pelo ‘mullet’ y sus corbatas de barras y estrellas le perfilan y peculiarizan su condición de yanqui ‘made himself’. Y todo, por ser considerado el mejor jugador de máquinas recreativas de la Historia. No es un perdedor. Todo lo contrario. La seguridad de Bill Mitchell en sí mismo le ha convertido en un empresario que ha triunfado gracias a su propia cadena de restaurantes y a ser el productor y ‘tycoon’ de las salsas calientes Rickey’s, una de las más prestigiosas de USA. Es un símbolo trasnochado, pero también un representante del sueño americano. Lo primero que hace Mitchell es aludir a una analogía aeronaval en la que recuerda que el mejor piloto norteamericano fue Eddie Rickenbacker, que logró derribar veintiséis aviones enemigos. Nadie le conoce. Sin embargo, todos conocen a Manfred von Richhofen, más conocido como el Barón Rojo, que logró abatir ochenta y siete aviones del bando rival. Con ello, está dejando claro su potestad ante cualquier rival. Es el punto de partida de ‘King of Kong’.
Hoy en día, Mitchell posee el cetro de ‘Rey del Videojuego’ o ‘Mejor jugador del Siglo XX’ en esta disciplina. Suyos son los imposibles récords de varios de los juegos más antológicos de aquélla época iniciática y revolucionaria; 3.333.360 puntos y “Partida Perfecta” en el ‘Pac Man’ (llegó a “quemar” la máquina), 957.300 puntos en el juego ‘Donkey Kong Jr.’ y durante más de dos décadas el poseedor del mayor registro de puntos aglutinado en el ‘Donkey Kong’. Sin embargo, entra en escena Steve Wiebe, un padre de familia ejemplar que trabaja como docente en un pequeño colegio de Kirkland, en Washington. Su mujer y sus amigos destacan el inagotable ímpetu entusiasta de un hombre que, pese a tener la familia perfecta, nunca ha visto reconocido su talento en ninguna disciplina donde haya puesto su esfuerzo y pasión; bien sea en el béisbol, en el dibujo o en la música. Su mujer, entre lágrimas, afirma que se merece algo de reconocimiento, aunque sea “por una vez en la vida”. Wiebe ha aprendido a jugar al ‘Donkey Kong’ en su garaje, en su tiempo libre, haciendo del juego de los 80 parte de su vida. Estudiando movimientos, practicando hasta la extenuación, consigue arrebatarle el récord al “intocable” Mitchell. Pero su récord no es considerado reglamentario, así que decide desafiar a jugar “cara a cara” a Mitchell para retarle en la que se sería la batalla más épica por ser el dómine del que se dice que es el juego más difícil de la Historia.
A lo largo de su documental, Gordon perfila su mirada maniquea a dos hombres antagónicos, dos Némesis que únicamente cruzan algunas palabras, pero que contienen el mismo espíritu competitivo por ser el Rey del Kong, más allá de sus incompatibles ambiciones en la vida, de sus contrarias formas de ser y de sus personalidades opuestas. ‘King of Kong’ es un viaje a las entrañas de un duelo que no se produce, pero que deja su impronta de heroicidad en la lucha del pequeño contra el grande, del bueno contra el “malo”. El éxtasis de la competitividad que se da en esta crónica del FunSpot de 2006 es sólo una excusa para sumergir al espectador en un submundo de prehistóricos ‘geeks’ y de jugadores que reclaman sus récords que revoltean por una sala de juegos de Weirs Beach, donde tiene lugar cada año el ‘Twin Galaxies International Classic Video and Pinball Tournament’, donde los mejores jugadores se retan a destrozar los récords insuperables establecidos con antelación bajo la atenta mirada de otro ‘freak’ dimensional como es el árbitro Walter Day.
Una fábula de superación, de pugna, de cómo el débil se enfrenta a sus fantasmas y el fuerte rehúye y elude su condición de master, dejando ver cierta decepción en aquellos adeptos que idolatran y que, como Steve Sanders, socio de Mitchell y fraudulento hombre récord del juego, termina por alabar la calidad humana de Wiebe frente a la arrogancia de su amigo de toda la vida. Es un desafío apasionante en el que la realidad se articula y define en un guión confeccionado con maestría para que todo, absolutamente todo, fluya como un ‘western’ de duelos a medio camino entre la modernidad y la añoranza. No importa que, hoy en día, ni Mitchell ni Wiebe sean el ‘recordman’ de este juego, ya que un cirujano neoyorquino llamado Hank Chien ostenta (de momento) el nuevo récord. La historia de miserias y logros que impone este documental quedará como una de las visiones más insólitas sobre la condición contendiente del ser humano por ser el mejor en un inolvidable particular desafío.