lunes, 14 de febrero de 2011

XXV Premios Goya: Un discurso inolvidable y una gala interminable

La noche de ayer era especial. Nunca unos Premios Goya habían despertado el morbo entre dos colectivos enfrentados; por una parte aquéllos que están de parte y personifican las estatistas pautas de Ángeles González Sinde y su polémica y controvertida Ley. Por otra, Álex de la Iglesia y su imprevisible actitud con aires de cambio e insubordinación abierto hacia el cambio que supone el modelo de mercado que simboliza Internet. En el exterior, el colectivo Anonymous clamaba contra la ley Sinde desde primera hora de la tarde en protestando contra la ministra de cultura. Obviamente, la retransmisión televisiva obvió en todo instante este movimiento. Las dudas se despejaron sobre el escenario, donde (en breve) el Ex Presidente de la Academia y director de ‘Balada triste de trompeta’ lanzó uno de los discursos más preclaros y categóricos sobre la realidad de una necesaria transformación de la industria audiovisual para adaptarse al presente que supone Internet. La sutilidad con la que lanzó su manifiesto no desmerece lo contundente de su fondo, la cabal reflexión sobre medidas reales, de adaptación y no de censura y temor convierten sus palabras en un ejemplo de elocuencia convencida y convincente.
El discurso de De la Iglesia dejaba en anecdótico esa amable fotografía a la entrada, con Sinde posando con su brazo aferrada al de su antagonista en la controvertida ley en un gesto de decoro por parte de ambos. El gesto adusto y destemplado de Álex en el momento de posar con todos los ministros hacía prever que su alocución podía ser incendiaria y rebelde. “Las reglas del juego han cambiado, Internet es la salvación de nuestro cine” expresaba con contundencia ante la mirada de falsa serenidad de una Sinde que se reconcomía por dentro. La realización de TVE estuvo ahí a la altura, dejando ver la acción y la reacción. Fue el momento más destacado de la gala, lo más destacado y reseñable.
Andreu Buenafuente también sacó partido de la polémica con otra hacha lanzada desde la platea. Descendido desde las alturas su primera frase fue “esto sí es una descarga legal”. Aparte de esta polémica, la XXV edición de los Goya pasará como una de las más largas e inacabables de los últimos años. El reparto de premios se alargó hasta las tres horas teniendo en cuenta que la publicidad no entra en el total del programa ¡Tres horas! No empezó mal la noche, que si un vídeo con ‘gags’ de Andreu Buenafuente integrado en películas españolas, algo extenso, pero eficaz… o… no. Eso sí, mejor que el monólogo de presentación carente de gracia, con humor nacarado por la corrección política, en las antípodas de cualquier intención por reverdecer algún ingenio que diera innovación al presentar a los supuestos protagonistas de la noche, aludiendo a sus trabajos e intentando hacer gracias que no cuajaron por su esencia descafeinada. Mal.
Karra Elejalde fue el primer premiado de la noche por su trabajo en ‘También la lluvia’. Fue el primer escollo hacia lo inesperadamente prolongado de la noche. Un discurso desorientado en el que el actor agradeció su Goya hasta al gato de su hija. El contrapunto de lo que simbolizó el evento el año pasado. Después llegaría un número musical en el que Luis Tosar arrancaría a cantar sobre la importancia de ganar un Goya, uniéndose Asier Etxeandía, Hugo Silva, Paco León y Fernando Guillén Cuervo, que hacía lo que podía para estar a la altura de las excelentes voces del resto de sus ‘partenaires’. Inma Cuesta y Laura Pamplona (¡qué piernas, por favor!) pusieron el toque femenino de un número sorprendente, divertido y bien llevado. El problema: que se dilató mucho. Lo siguiente fue el premio a la mejor canción original. Jorge Drexler ganó, le comió los morros a la Watling y subió al escenario a hacer el ridículo, como siempre que sube a recoger un premio. Cantando con su habitual tono ‘putapénico’ reprochó a los enemigos de Anonymous que tiraran huevos a la entrada del Palacio Real, desprovisto de humor, entrando de lleno en el patetismo y provocando uno de los muchos WTF’s de la noche. Alberto Iglesias volvió a ganar el Goya a la mejor partitura, como siempre que está nominado. Da igual que haya trabajos mejores que el suyo. Si el está entre los cinco candidatos tiene un 100% de posibilidades de ganar. Esto queda muy bien para las porras y apuestas, que es un acierto seguro, sin embargo ya cansa.
Este año se optó por hacer montajes distorsionados de las películas nominadas convirtiéndolas en trailers de otros géneros. El primero fue “Que pasaría si ‘También la lluvia’ fuera un dramón romántico”. De las cuatro nominadas ninguno estaría a la altura, como si el guión hubiera sido confeccionado entre birras, cigarros de la risa y paridas metidas con calzador y casi siempre sin gracia (“Con canciones de Elton John, Isabel Pantoja y Ricky Martin”). En fin. De esa guisa fueron los demás vídeos. Todo iba lento y, por momentos, sin mucho acierto. Lo siguiente no sería mejor. Por si fuera poco, se optó por copiar (por no decir otra cosa) modelos ajenos de otras galas más glamorosas y Buenafuente sacó un micrófono tuneado que distorsionaba la voz con el que jugó un largo rato. Tomó como cómplice a Antonio de la Torre e hizo un número con el perro Pancho, que acudió por segundo año consecutivo a la gran gala del cine español. Ladraba mucho, probablemente porque otra vez el ‘gag’ se prorrogó más de lo debido y la brillantez no fue excesiva.
Otro retazo grotesco fue la ‘sobre-emoción’ de la que hizo gala María Reyes Arias que protagoniza el momento “lo he perfao” de la noche. Jadeando hace que no puede hablar, sobrepasada por el momento. Lo dedicó a su madre, a su padre, a su abuelo… y acto seguido lanzó unos gorgoritos en plan canción terruñera que no entiende ni Cristo hasta que abandona el atril porque no puede contener la emoción. Van dos ridículos en lo que va de noche y se han dado pocos Goyas cuando el reloj sigue su curso. Iban llegando los momentos emotivos de la noche. Hay una gran ovación para Pacual Maragall y su mujer Diana Garrigosa al recoger el galardón al mejor filme documental ‘Bicicleta, cuchara, manzana’, de Carles Bosch. Sin embargo, también se convierte en un momento de cierta comedia, con el móvil del expresidente de la Generalitat sonando con los mensajes de apoyo.
El primer Goya a ‘Balada triste de trompeta’ va para mejor maquillaje y peluquería. Sería uno de los dos únicos que se llevaría. Más emotividad incapaz de emocionar. Marina Comas, de nueve años, agradece su Goya a la mejor actriz revelación entre lágrimas y balbuceando el nombre del Agustí, de la Nuria y del Walter. No se sabe si por la turbación o porque no está muy acostumbrada a hablar en castellano, casi no se le entiende.
Cuando salió a la palestra Álex de la Iglesia la cosa estaba tan fría que sus palabras reivindicativas, su respuesta a la Ley Sinde y su seriedad trufada de sinceridad convirtieron, por su forma como por su contenido, el discurso en el instante más memorable de la noche. “Internet no es el futuro sino el presente”, “Sólo ganaremos al futuro si somos nosotros los que cambiamos, los que innovamos, adelantándonos con propuestas imaginativas, creativas, aportando un nuevo modelo de mercado que tenga en cuenta a todos los implicados: autores, productores, distribuidores, exhibidores, páginas web, servidores y usuarios”. Álex de la Iglesia se retiró ante el rostro brillante y de villana de película infantil de una González Sinde que no recibió de buen agrado el discurso del presidente. Aunque no fue la única, la enorme papada de Leire Pajín y el gesto adusto de Gerardo Herrero e Icíar Bollaín también se dejó ver en la retransmisión televisiva.
Todavía quedada una eternidad para que acabase la gala. Un vídeo paupérrimo para hacerle un homenaje a Luis García Berlanga tampoco es digno de una pérdida tan importante en nuestro cine. Pero lo insertan como pueden, para no olvidar su pérdida en noviembre de 2010. Algo que tampoco ayudaría a agilizar y mejorar la noche fue un despliegue de luces de colores y estrellas con un dialogo sin gracias entre Buenafuente y Maribel Verdú que acaba aludiendo a Scarlett Johansson en una anacronía de humor que no consiguió ni una sonrisa real. El punto de belleza lo pusieron sobre el escenario María Valverde y Adriana Ugarte. Laia Marull se llevó su tercer Goya a casa, esta vez como secundaria. El Goya a la mejor dirección artística comienza a enfocar que ‘Pa negre’ va a ser la gran triunfadora de la noche sobre ‘Buried’, que se llevó el mejor guión original para el americano Chris Sparling ante las frías palabras de Cortés agradeciendo el premio por su guionista. La presentación de los guiones por parte de Loles León y Carlos Areces mejor no comentarla. David Pinillos por ‘Bon appétit’ se llevaría la dirección novel en otro momento entrañable pero cómico. La novia de éste desde el patio de butacas graba la concesión del premio a su chorbo con una cámara para ‘El País’. La emoción y los nervios hacen que su grabación tiemble y se mueva como si fuera una película de Greengrass.
La realización del vídeo del ‘In memorian’ en recuerdo de la gente del cine fallecida durante el pasado año es desastrosa. De hecho, no se ven la mitad de los nombres. Lo que le faltaba a la gala. Lo siguiente no es mejor. Si no habían tenido suficiente con plagiar en ‘gag’ de los Emmy, la presentación del Goya a mejor actor imita con descaro precisamente a uno de los errores más importantes de los últimos años en los Oscar. Seleccionar actrices que encomien el trabajo de los nominados, que incluye una pérdida de tiempo y algo de absurdo por impostura y afectación. Pilar López de Ayala, Mercedes Sampietro, Ariadna Gil y Lola Dueñas fueron las encargadas de linsojear a los nominados. Antes de que el ganador subiera a su premio, un imbécil habituado a joder todo tipo de saraos tuvo su minuto de gloria, sospechosamente ante la pasividad de todo el mundo. Javier Bardem agradeció con corrección el galardón que le empieza a colocar en número imposibles de Goyas, el quinto que recibe desde que recibiera el de ‘Días contados’. Un vídeo de animación a la española y Santiago Segura de blanco y promocionando ‘Torrente 4’ parecía que enfilaba la recta final de la noche. Ni de coña. Aún quedaba mucho más. Fernando Trueba dejó que Mariscal hiciera un rancio discurso sobre el cine en pantalla grande, con Dolby y palomitas en una sala, como alguien ajeno a la industria que ha sido teledirigido con un discurso absurdo. Por si fuera poco, Carmen Machi y Jose Corbacho hacen acto de presencia para dilatar aún más el sofocante retraso que se lleva sobre el tiempo previsto. Nada. La gracia tampoco se hizo la aliada en su vínculo de (no) humor con Buenafuente. Sin sentido, después de las aplastantes palabras de De la Iglesia.
Al Goya de Honor, Mario Camus, lo presentaron como Federico Luppi. Y el director de ‘Los Santos Inocentes’ hizo otro discurso memorable (aunque interminable), abogando por la cantera, por el cine joven, por la oportunidad de los que empiezan. González Sinde en vez de atender a las sabias palabras del maestro, lee un folleto y pasa con arrogancia de lo que sucede a su alrededor con una evidente falta de respeto. Después Federico Luppi, que no Mario Camus, habla sin venir a cuento de fútbol, de Leo Messi y su balón de oro y del Mundial de fútbol ante un Leonardo Sbaraglia con ese rictus de alucinado que muestra en muchas ocasiones. A partir de ese momento, el aburrimiento se había instalado definitivamente abanderado por las constantes miradas al reloj. Cuando se presenta el Goya a la mejor actriz, con Alberto San Juan, Juan Luis Galiardo, Eduard Fernández y Andrés Pajares, éste último deja otro instante caricaturesco. El de un fulano con la jeta de botox hasta las cejas diciéndole a Belén Rueda, otra operada pero no tanto: “Mírame a los ojos”. Nora Navas deja claro como mejor actriz por ‘Pa negre’ que la noche, además de larga y mortecina, ha dictado lo previsible de lo poco que queda, por mucho que Rodrigo Cortés ganara el Goya como mejor montaje por ‘Buried’. Rosa María Sardá y Juanjo Puigcorbe están un poco más acertados con su complicidad humorística al presentar al mejor director: Agustín Villaronga es el ganador de la noche cuya estela de éxito se extiende con el premio gordo para ‘Pa negre’, que se ha llevado nueve cabezones de los catorce a los que optaba.
Las grandes derrotadas han sido ‘Buried’ y, sobre todo, ‘Balada triste de trompeta’. Pero a nadie le importa. Después de tres horazas todo acaba como empezó, con Buenafuente subiendo a los cielos y dejando la que ha sido una de las galas más extensas que se recuerden que, si bien no ha sido de las peores, no logró el beneplácito de la audiencia por mucho que batiera récords de espectadores. Veremos qué sucede el año que viene, con la que está a punto de caer, con un presidente en funciones que ha dado un golpe encima de la mesa y el cine español, quieran o no, en una fase en la que tienen que asumir cambios si quieren salir de esta crisis eterna que lo envuelve. De momento, Almodóvar y Segura tienen película por estrenar. Siempre se puede poner de excusa que su abultada rentabilidad hará subir la cuota de pantalla que se ha conseguido este año.
LO MEJOR
- El discurso de Álex de la Iglesia.
- La tercera retransmisión On-Line de Chico Santamano en ‘Bloguionistas’. Imprescindible.
- El número musical y coreografías iniciales, que hacían prever algo diferente y bien llevado.
Pero no.
- Emma Suarez y Aitana Sánchez-Gijón que no desmerecen al lado de las jóvenes maría Valverde y Adriana Ugarte, los auténticos “pibones” de la noche.
- Mario Camus, pese a que se le fue la mano con el tiempo y la extensión de su discurso. Sus palabras deberían ser el acicate para pensar en profundidad sobre los problemas de nuestro cine.
- Que la realización de TVE dejara en primer plano la papada a lo Jabba the Hutt de Leire Pajín. Impresionante y terrorífica imagen de la noche.
- La escenografía y el Teatro Real, inmenso recinto que da vistosidad a la gala, aunque ésta no le correspondiera con la calidad que se esperaba.
- Que se acabara la gala.
LO PEOR
- El peinado loco y con tupé de Pilar López de Ayala.
- El guión de la gala con evidente falta de humor e ironía.
- La falta de inspiración de Buenafuente. Muy bien en el vídeo de prólogo, pero se fue apagando demasiado pronto. Una lástima.
- Como siempre, Ángeles González Sinde.
- Que no apareciera Jose Luis Garci, un reto que se le escapa a De la Iglesia.
- La falta de ‘glamour’ y emoción. Así como la carencia de anécdotas y algo de gracia en los agradecimientos y en el tono general de la velada.
- Jorge Drexler, el hombre sin gracia, el hombre que dormía profundamente a las cabras.
- Las abundantes operaciones de cirugía estética en nuestras estrellas de cine español no se corresponden con las de Hollywood. Desde Belén Rueda, a Lydia Bosh hasta llegar a Juan Luis Galiardo y Andrés Pajares. Spain is different.