viernes, 18 de febrero de 2011

Review 'El Discurso del Rey (The King's Speech)', de Tom Hooper

El rey tartamudo y su logopeda
Tom Hooper compone una historia de amistad entre dos hombres antagónicos, haciendo del sentido del humor el contrapunto histórico y político de una fábula en la que Colin Firth alecciona con una de las mejores interpretaciones vistas en mucho tiempo.
‘El discurso del Rey’ responde a esa tipología de filmes que se erigen por y para la grandeza de un actor, en las posibilidades de empatía de ese tipo de personajes con algún tipo de estigma, anomalía o deficiencia a los que la heterogeneidad les arrincona, les acompleja o, sencillamente, les hace diferentes. A esta estirpe responden algunos de los premiados con un Oscar que hicieron de su interpretación el patrón de premio asegurado siguiendo los estrechos márgenes dentro la sensiblería y el dramatismo. A Hollywood le encantan este tipo de personajes; desde Peter Sellers en ‘Bienvenido Mr. Chance’, Marlee Matlin en ‘Hjos de un Dios menor’, Daniel Day Lewis en ‘Mi pie izquierdo’, Dustin Hoffmann en ‘Rain Man’, Al Pacino en ‘Ensencia de mujer’ o Tom Hanks en ‘Philadelphia’ y ‘Forrest Gump’, por poner algún ejemplo al azar.
Todos ellos responden a una categoría que se aleja del modelo tradicional de héroe. La problemática del hombre imperfecto, torpe y retraído, cuyo esfuerzo y sacrificio de superación personal logra sus objetivos es una golosina que acaba siendo recompensada de algún y otro modo. Funciona ese emblema de pertinaz supervivencia ante las adversidades, que pervive a su traba con la esperanza de automejora y la necesidad de ser constante y no dejarse vencer. El rol de Colin Firth corrobora este tipo de personajes que levantan una película con la insuficiencia y obstáculos que son superados paulatinamente con tenacidad y esfuerzo.
Su Duque de York mantiene los elementos necesarios para ubicarlo en esta categoría. Un noble aristocrático, sin dotes para la oración debido a un problema de tartamudeo que refleja la imagen de un sucesor al trono de segunda línea retraído, que no comulga con el aprecio popular por su falta de carisma y balbuceo en el discurso del magnífico prólogo de la cinta. Por supuesto, a lo largo de ‘El discurso del Rey’, el apocado príncipe irá despojándose de sus defectos para reinventarse como el héroe adventicio de una guerra mundial en ciernes. La película de Tom Hooper se sitúa dentro del mundo estirado y noble de la monarquía británica, concretamente a finales de la década de los 20 y principios de los 30. Jorge V está enfermo y se avecina un conflicto que requiere de un heredero que decida y salvaguarde el país en su ausencia. El hijo menor padece tartamudez desde una frustrante infancia y David, el heredero legítimo, no parece estar por la labor de asumir la función de monarca. Nombrado éste último Rey Eduardo VIII, precipita una crisis parlamentaria, al negarse a abandonar sus planes de casarse con una divorciada americana llamada Wallis Simpson. Se exhiben de forma sutil las debilidades y recovecos de la monarquía, de los conflictos con el legatario de la corona, que pasa a manos de David, reconvertido en Jorge VI de Inglaterra. Para superar su problema y para que el pueblo calme su incertidumbre con las palabras de un monarca seguro y apaciguador, entra en juego Lionel Logue, un heterodoxo logopeda australiano que aporta sus extravagantes métodos para lograr que la valentía del Rey se transforme en la capacidad de hablar.
‘El discurso del Rey’ se centra, como médula del entramado argumental, en la paulatina relación de Logue y el príncipe, en el proceso de amistad que va aproximando al futuro rey y a un plebeyo dispuesto a ofrecer su amistad y confianza para tratar solucionar de solucionar el problema de fondo; la comunicación y la elocución, dos elementos que colisionan con el carácter cerrado de “Bertie”, cariñoso apodo con el que se conoce al Duque de York. El desarrollo de la historia, la transformación de un encuentro en lección y acercamiento, regala instantes donde el filme alcanza sus mejores logros; como el instante de debilidad confesional en el que “Bertie” deja aflorar el verdadero secreto de su entorpecimiento verbal derivado de terrible infancia que avivó su defecto en el habla.
Hooper, en confabulación con el esmerado guión de David Seidler, no se deja llevar por la simplicidad o por el sentimentalismo, ni ahorra tiempo en la exhibición de otros instantes de frustración, miedo o la arrogancia. Un ejemplo de ello es ésa secuencia exterior en el que el rey en ciernes desprecia a su instructor. Todo sucede con una inmediatez irresistible, donde el dúo compuesto por el monarca inmerso en su lucha personal y el logopeda plebeyo que acierta con la psicopatología de su cliente y amigo emerge como alma en el que ambos se necesitan recíprocamente. El gran atributo que plantea Hooper no abdica en lo circunspecto, sino que juega con el sentido del humor para restarle magnitud y suntuosidad al drama. De ahí que Logue vaya instruyendo al Rey con ejercicios de lo más variopintos, como saltar mientras habla, decir tacos de cuatro sílabas, cantar lo que va a decir con la melodía del ‘Swanee River’ o rodar por el suelo. Y lo hace sin perder de vista su contrapunto histórico y político.
Resulta curiosa la metodología impuesta por el cineasta a la hora de llevar a cabo la opresión personal de su personaje protagonista, utilizando mucho de su mundo interior, respetando los espacios, pero estrechándolos. En los dramas de alta alcurnia, suele ser al contrario, ya que se suele procurar que todo luzca ostentoso y palaciego. Aquí los espacios se cierran equilibrando ese universo intrínseco con aposentos disminuidos, sólo para abrirlos una vez “Bertie” vaya perdiendo el miedo, dejando que los simbolismos vayan sacando a los personajes a un exterior más colorista. En el transcurso de esta transformación, el director inglés, pese a lo académico del tema, toma decisiones arriesgadas, con licencias de planos que escapan a la lógica de encuadre, como el aire que se superpone al plano y contraplano, con el uso de la peculiar lente de 18 mm. que hacen decrecer al Rey y dotar de profundidad cerrada las personalidades de los caracteres. Para Hooper si el verbo y el lenguaje, la sonoridad de las palabras, es muy importante, la estética y la imagen son cardinales para entender sus intenciones. La asimetría entre las personalidades y las distintas fases por las que circula la historia se beneficia de un material dramático distinguido que no debilita el tonelaje emocional.
En ‘El Discurso del Rey’ el curso de los acontecimientos lleva indefectiblemente a progresar con algo de previsibilidad en una línea recta a seguir hacia un instante concreto, que no es otro que el discurso final en el que Jorge VI anuncia el inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando Alemania invade Polonia en septiembre de 1939. La utilización inteligente de la música, en este caso Séptima Sinfonía de Beethoven, que irrumpe tras la acertada partitura de Alexandre Desplat, ayuda a que ése final suscite la emoción con la que Logue va marcando la pulida disertación culminante del filme. Sería injusto, por supuesto, no mencionar la tensión que mantiene un impresionante Colin Firth, que muestra su temor en cada gesto, pero a la vez Hooper deja ver los rostros no menos preocupados de sus compatriotas al escuchar el mensaje bélico y de esperanza lanzado por su nuevo monarca. Es entonces cuando Gran Bretaña descubre a ese líder virtuoso obligado a dirigir un país en pleno proceso de cambio.
Firth es, en suma, lo mejor de este silencioso trabajo. Resulta tan fascinante en el drama que no sólo se limita a eliminar todo tipo de muecas y tartamudeo exagerado, sino que el intérprete lo pule sin caer en el histrionismo, con una veracidad ponderativa, atado a un defecto que sabe reflejar de un modo brillantemente humano. Una lección de comedimiento imposible que confiere a su trabajo la genialidad de uno de los mejores papeles que ha dado el cine en este año. Tampoco hay que olvidar a un Geoffrey Rush que llena de vida y comprensión a ese terapeuta del lenguaje poco ortodoxo, que se revela a través de la tenacidad y el humor imperturbable. Ambos actores completamente cohabitan con sus papeles en un grado de absorción sublime convertido en fiesta interpretativa a la que se suma Helena Bonham-Carter, con su mejor papel en mucho tiempo. ‘El discurso del Rey’ enfrenta la búsqueda de autoridad y del carisma con la necesidad del deber, la amistad y la igualdad, donde la elocuencia surge desde lo imperceptible en el viaje a la frontera común de un hombre forzado a la grandeza de la Historia.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
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