martes, 1 de febrero de 2011

La dimisión de Álex de la Iglesia y el porvenir sin nariz de payaso

Desde diversos flancos se me ha preguntado acerca de mi opinión sobre la dimisión del Presidente de la Academia Álex de la Iglesia y se me ha reprochado la falta de valoración sobre el asunto. Ya expuse en el Abismo mi posición subjetiva sobre una ley muy peligrosa, la “Ley Sinde”, confeccionada desde el miedo y la más absoluta ignorancia sobre el funcionamiento del medio internauta. La misma que quiere eliminar la figura del juez, en definitiva, de la justicia, para poder censurar contenidos de páginas web, ya sean de descargas o no. La figura de Álex en todo este sarao viene dada por su capacidad para la oratoria desde un cariz popular, de cercanía y el buen rollo que despierta. Su actitud beligerante hizo ver que es un tío vehemente, tal vez demasiado, cuando expuso sus testimonios a favor de la ley en su famosa pataleta antes de Navidad, defendiendo los intereses que falsamente encubre lo que podríamos llamar “Despropósito Sinde”.
Sin embargo, la realidad se abre a De la Iglesia a raíz del consenso y el diálogo con los internautas, escuchando sus miedos y requerimientos, aportando un razonamiento al que se llegan a muchos puntos en común. La realidad es que el modelo de negocio se tiene que adaptar a los nuevos tiempos y no viceversa, que es lo que parece se fomenta con los movimientos antidemocráticos de esta polémica ley. Es entonces cuando el director de ‘Balada triste de trompeta’ se da cuenta de cómo y de qué manera funciona la movida, reconociendo su error y dándose cuenta de que igual ha sido sólo una marioneta inmersa en un conflicto de intereses y lo que es peor, que ha errado en su discurso. Su dimisión supone un ejemplo de honestidad y sensatez, sin medir sus consecuencias. El hecho de que después de un debate argumentado haya reconocido su error y modifique su postura reconociendo su equivocación es un ejemplo de honestidad. Su dimisión podría ser un patrón para la política. Hacer pública su alteración en el dictamen sobre el controvertido tema parece que no ha sido bien visto por un sistema endogámico e imperialista. Esta postura es poco menos que inconcebible.
Parece que en determinados círculos se acostumbra a no discurrir y a no escucharse más que a sí mismos. Es más, parece que desde el mundo del cine y de la música Internet es más un enemigo y no un aliado. Cuando un universo tan vasto como es la Red no se aprecia en ningún parámetro, bien sea de un modo técnico, jurídico o cultural, hay que disciplinarla por medio de la represión y de la sanción antes que por la comprensión y la utilización beneficiosa del medio como arma, consciente de una adaptación por la que, parece ser, no están dispuestos a trabajar. No es una novedad esta última apreciación. Esta “ley” impositiva y draconiana supone la alimentación de una aberración que ejerce de dictadura en la sombra, que elimina la democracia y atenta contra los derechos fundamentales del ciudadano a la información y a la expresión. La burguesía inmovilista anula su propia forma de subsistencia. Y es lo que le ha pasado al ‘lobby’ cinematográfico y musical, entre otros muchos ámbitos. Hay que renovarse y aceptar los hechos, el presente y el futuro. Y parece ser que los modelos que dictan el audiovisual siguen queriendo vivir en el pasado.
Da la sensación de que, desde los grupos de poder, se hace más férrea la idea de invalidar la opinión y el deseo del ciudadano por tener lo que se merece. El hecho de la falsa creencia de que con esta malformada ley se legislará adecuadamente contra la piratería en Internet evidencia una falta de acierto no tan peligrosa como el hecho de un acuerdo tácito entre partidos trata de poder manipular y adocenar a las masas. De la Iglesia afirmaba con toda esto que “dialogar con personas que te lleven la contraria es mucho más interesante”. El resultado ha sido la consciencia de un error hecho público. Los gobernantes y la oposición, por mucho antagonismo que hagan ver, por mucho paripé estúpido y cruces de declaraciones, patentizan que, en el fondo, todos persiguen lo mismo: fortificar el lema del despotismo ilustrado. Hay que callar al pueblo, modificando y gravando legislaciones para obtener su salvoconducto a la coacción.
Lo que ha hecho Álex de la Iglesia, desde un puesto significativo como Presidente de la Academia, ha sido exponer con argumentos una evidente voluntad de diálogo, escuchar para entender y buscar soluciones reales a un conflicto que, con la “Ley Sinde”, va a abrir un pozo al abismo, a la catástrofe de una posible marcha de las TIC de España, convirtiendo el modelo de negocio de las empresas digitales en algo insostenible debido a la inconstitucionalidad de esta ley pactada por los dos grandes partidos que rigen nuestro país. Vivimos ante un monstruo de dos cabezas destinado a comerse la esperanza del progreso. De seguir adelante la “Ley Sinde” habrá que darle la bienvenida a una nueva Inquisición que acojona. Y de qué manera. Que Álex de la Iglesia no quiera formar parte de ella, es suficiente argumento como para dignificar su salida del circo antes de transformarse en uno de los payasos de su última película. Todo lo contrario de aquéllos que se han colocado esa nariz roja que representa el apoyo al cineasta vasco. Hablamos de esa otra nociva estirpe que en este momento hablan de progreso, con promesas a una salida de la crisis, que ejecutan sus decisiones sin tener en cuenta a aquellos minúsculos instrumentos manipulados que miran desde abajo cómo el futuro se hace oscuro y tenebroso.