jueves, 3 de febrero de 2011

El efecto boomerang del 'Holocausto Vigalondo'

Desde hace unos días la cosa está tensa entre varios sectores de Internet por un comentario un tanto desafortunado de Nacho Vigalondo en su Twitter. Se trata de un fenómeno que se ha extendido como la pólvora encendida. Me refiero a lo que se ha venido en llamar el ‘Holocausto Vigalondo’. Por alguna razón, el director de ‘Los Cronocrímenes’ se alzó con una notoriedad repentina al lanzar un golpe de humor negro con intencionalidad casi esperpéntica el pasado viernes: “Ahora que tengo más de cincuenta mil ‘followers’ y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El holocausto fue un montaje!”. También hizo otro sobre “la bala mágica que mató a Kennedy” que no ha trascendido y que complementaba la verdadera voluntad del chiste. Obviamente, a mucha gente no le sentó bien. A otros les hizo gracia. Muchos la consideramos un guiño intrascendente que no sorprende si uno ha seguido el ‘Twitter’ de Nacho, trufado de frases con ingenio, otras chorradas baladíes, muchas reflexiones desde el humor y juegos de palabras brillantes.
La hilaridad salvaje es uno de los condicionantes que provocan la atracción hacia la figura de un talento innato. Eso queda fuera de toda duda. Ahora bien ¿Debería haber medido Vigalondo las consecuencias de un acto que, en principio, es totalmente inocuo? Por supuesto ¿Todo el revuelo y la derivación a la que ha llevado esto eran previsibles? Obviamente. No voy a entrar a deliberar sobre las intenciones de fondo de estas palabras, ni del medidor de estupidez e hipocresía que ha demostrado con su inesperada trascendencia, ni del fondo real sarcástico de todo el asunto. Ya lo hace el propio Vigalondo y gente lúcida como Alejandro Pérez y Henrique Lage, entre otros, al comparar este hecho con ese tipo de humor incómodo que no es, por supuesto, ni tan nuevo ni tan polémico como parece.
El problema llega cuando una frase, un ‘twitteo’, se convierte en noticia, entrando en vigencia la manipulación informativa que se filtra a través de los códigos periodísticos y se utiliza como arma arrojadiza y de interés por parte de ciertos sectores mediáticos y que representa, a todas luces, un peligro. Me refiero al hecho de la manipulación falseada que se ha llevado a cabo en la tergiversación de un hecho puntual y desafortunado. De repente, frases en cadena, opiniones sinsentido y una profunda decepción acerca de la comunicación 2.0 se ha adueñado con locura sistémica y estupidez bizarra dentro del cada día más blandeado mundo periodístico. La tromba de titulares, de análisis de cuaderno de primaria y, lo peor, las derivaciones que han acarreado una frase en pleno énfasis noctívago y festivo definen mucho la insensatez del tono crítico que pone en duda la fiabilidad de los periodistas de hoy en día, que son capaces de hacer una noticia ya de por sí ridícula.
Los matices y la tonalidad se han perdido entre el efecto de la colectividad sobre un mensaje que ha regresado como un boomerang siendo otra cosa, con otra forma aterradora, como un señuelo sensacionalista. Era algo con lo que Vigalondo tenía que haber contado. Eso sí, no con el resultado final de la salida de tono. El País, medio en el que Vigalondo ha volcado algunos de los mejores análisis sobre cinematografía y comunicación leídos en mucho tiempo, ha decidido suprimir su blog, poner fin a una de las secciones más independientes y políticamente incorrectas que tenía. Ha censurado (insisto, censurado) una opinión y un personaje, cayendo en las provocaciones de otros medios, haciendo evidente que el efecto bola de nieve ha tenido un desarrollo bastante lamentable y dejando al aire su dudosa tendencia y línea editorial.
Así están las cosas. Vigalondo no debería haber tentado a la suerte sabiendo cómo está el patio. El tiro, en este caso, le ha salido por la culata. Ha sido un error, una metedura de pata. Nadie lo va a negar. Y menos él, un tipo inteligente y cabal. Sin embargo, ha demostrado, tristemente a su costa, en qué paupérrimo nivel se encuentra no sólo el sistema informativo español, sino cómo funciona la red 2.0 en este país, cómo vence la hipocresía y, lo que es peor, deja en paños menores a la decadente democracia intolerante en la que vivimos. Está claro que estamos destinados a matar la ucronía humorística, a entrar de lleno en un universo distópico donde alzar la voz sea suficiente para cortarte el cuello. Vamos hacia atrás, como los cangrejos. La involución está aquí. Orwell y Huxley no se equivocaron. Benditos visionarios ellos que supieron profetizar lo que nos espera ¿Qué será lo próximo? ¿Qué alguien pueda alterar el contexto internauta a su gusto? ¿Alguien duda que esto va a suceder? Como dice David Catalina en su Twitter: “cuando hagáis un chiste no olvidéis poner el emoticono”. A eso hemos llegado.