viernes, 11 de febrero de 2011

Diez años sin "Adares"

Era parte del paraje cultural de Salamanca, un retazo humano que albergaba la sabiduría de la vida, con un porte nostálgico e ilustre, tan característico de su ciudad como podía serlo la misma Plaza Mayor, la Catedral o ese espacio del que él formaba parte; la plaza del Corrillo. Remigio González, conocido por todos como “Adares”, era un poeta callejero, popular y cercano, amigo de todo el que se paraba a charlar o a comprar sus libros de poesía. Guardó escrupulosa lealtad a su territorio, a su entorno, en los aledaños de la iglesia de San Martín, donde acudía cada día, religiosamente, a ofrecer su arte a cualquiera que se acercaba a su pequeño puesto de versos.
Un hombre contracorriente, cuyo talento progresó al margen del rumbo editorial al uso. Él era así, diferente. Acudía diariamente con su mesa plegable en la que extendía su vida poética en pequeños libros que escondían fragmentos de una vida singular, una perspectiva única. “Adares” fue un poeta del pueblo que necesitaba de él para nutrirse y volcar su visión en sus páginas. Utilizó los soportales de una vía transitada que le representa como aula urbana, para escapar de cualquier categorización literaria y huyendo, paradójicamente, de lo que hoy en día representa para su ciudad: una pequeña leyenda a la que se echa de menos, cuando han pasado diez años después de su fallecimiento.
Arraigado a su tierra, a las palabras terruñeras, la descripción de sus estrofas revelan el afecto que le tenía a Salamanca y a su entorno, así como a sus gentes y al espíritu cultural que él mismo, sin reconocerlo, simbolizaba. Palabras dotadas con un fondo telúrico y excepcional, propio e inconfundible, del mismo modo en que su efigie quedó grabada en la memoria colectiva de esta ciudad que pierde poco a poco las señas de identidad cultural que aquel hombre personificaba. Dejó más de cuarenta libros de asombrosos poemas. Hoy en día, su sombra sigue siendo alargada. Varios miembros destacados del mundo de la cultura salmantina siguen acordándose de la figura señorial de ese artista silencioso de barba cana, gorra visera y pañuelo al cuello. Unos lograron editar un libro recopilatorio con lo más granado de su obra poética, mientras otros, siguen clamando justicia e impotencia ante la no concesión por parte del Ayuntamiento de esta ciudad de una merecida estatua para honrar su memoria en el lugar donde él pasó su vida ofreciendo poesía al que pasaba.
Me apena decir que conseguí más de ocho mil personas para un grupo llamado “Una calle para Vicente del Bosque”. Hoy, el seleccionador no sólo tiene una avenida, también tiene premios de todo tipo, es consejero de Iberdrola y hasta le han concedido un título nobiliario. El grupo de Adares se queda demasiado mermado ante esta cifra. Y no es justo. Remigio González nunca ganó una Copa del Mundo, pero para nuestra ciudad era parte de su corazón, parte de su esencia. Y por eso merece este reconocimiento institucional. Para que todo el mundo, cuando pasen por el Corrillo, recuerde y descubra la figura de un hombre, gran poeta a la vez que humilde, que dejó una huella profunda en la memoria colectiva de una ciudad que añora su legendaria estampa.
Ilustración: Tomás Hijo.