miércoles, enero 19, 2011
Vale, ya está. Ya he visto la primera temporada completa de ‘The Walking Dead’, la adaptación televisiva (más bien cinematográfica) del cómic creado por Robert Kirkman. Ambos formatos muestran el pesimismo de una sociedad resquebrajada y mutilada por un evento global desconocido que ha provocado que la casi totalidad del mundo vague ahora por las calles convertida en desorientados zombies en busca de carne para satisfacer sus instintos básicos. Entre ellos, el sheriff sureño Rick Grimes, que después de ser tiroteado en cumplimiento del deber, despierta en un hospital que ha sido desvastado con esta plaga. Grimes, aturdido y desinformado, comienza a encajar las piezas del terrible puzzle que se le viene encima.
Los primeros compases, hasta la llegada del comisario a la ciudad de Atlanta, siguen escrupulosamente la guía del cómic, casi plano por plano. La utilización de un tiempo dilatado va componiendo el espíritu de la serie, que sigue a rajatabla las pautas de una serie televisiva que pronto empieza a variar respecto a su traslación del cómic original. La atmósfera, la acción y el taciturno brillo poético van envolviendo los movimientos de un episodio piloto que es la ejemplificación de todo el potencial que reside en el cómic y de la promisoria variabilidad de este nuevo formato, con un alejamiento que va a producirse dentro de unos parámetros de respeto muy adecuados de las páginas tebeísticas; en especial esa poderosa secuencia del tanque y su posterior desencadenante que promueve cierta inquietud en los fans de la creación de Kirkman.
Frank Darabont, retomando el pulso de la sensacional ‘La Niebla’ (amén de los directores que le suceden en esta primera toma de contacto) sabe transmitir ese sufrimiento y tortura en el que aguantan los supervivientes, tomándose su tiempo, dibujando con pequeñas pinceladas las torturadas personalidades de la fauna que subsiste ante el horror. Como ese hombre y su hijo que permanecen en el barrio suburbial esperando a poder olvidar la muerte de la madre de la familia, infectada por el virus de los zombies o los componentes de la avanzadilla de Atlanta, así como los que han compuesto una pequeña familia a las afueras de la gran ciudad. El panorama resulta descorazonador. Se presenta como una especie de ‘western’ postapocalíptico donde la ley del más fuerte dicta los movimientos de sus personajes. Darabont diseña con cuidado todo lo que rodea esa premisa absolutamente maravillosa, dejándose de sentimentalismos y dando libertad a los personajes para que protagonicen momentos en los que transmiten un sentido comprensivo de la devastación emocional que se traduce en lo que está pasando a su alrededor.
Ante todo, el paisaje de ‘The Walking Dead’ no aporta nada nuevo a la genealogía zombie. Los elementos estándar y reconocibles del género están todos aquí. No hace falta innovar en el modo de operar de los zombies para que éstos sigan siendo la amenaza referencial de un porvenir catastrófico e inquietante. Se destacan pequeños hallazgos soberbios, como ese cuerpo putrefacto con sus mandíbulas al aire, sin piernas, que se arrastra en una frustrada y constante búsqueda de comida imposible que desemboca en un acto de piedad inolvidable. Como sucedía en el cómic, una vez que intuimos el devenir de los acontecimientos, uno está preparado para engancharse a esta nueva propuesta de la cadena AMC y que La Sexta emite estos días con gran éxito de audiencia.
A la serie se le puede increpar, de entrada, la excesiva humanización de su protagonista, su voluntarioso empeño en ayudar a los demás, afrontando los riesgos innecesarios y los conflictos de un modo idealista, para que su integridad como persona componga el mejor valor de un rol que se superpone de inmediato a los demás. Algo que en el cómic se cuestiona desde su comienzo, haciéndole un héroe más ambiguo y menos cinematográfico. No tan homérico como el que aparece aquí. Existen otras diferencias respecto al cómic que vulneran demasiado la fuerza de la idea. Sin adelantarse a los acontecimientos, es mejor esperar a ver por qué senda se encauza la segunda temporada. ‘The Walking Dead’, por supuesto, es plausible dentro de una metáfora contextual presente en una época donde el caos y el desequilibrio diseccionan la sociedad en estratos muy diferenciados. Deja ver carencia en algún desequilibrio entre drama y acción, sin hacer pensar que se trata de un efecto premeditado.
En este terreno, el despido fulminante por parte de Darabont de todos los guionistas de estos primeros episodios abre la puerta a muchas incógnitas. El mejor ejemplo de ello, es el episodio final, que se toma a la ligera cualquier condicionamiento futuro, echando por tierra cualquier tipo de credibilidad y seriedad antes planteada. Da la impresión de que no saben cómo orientar muy bien lo que sucedía en el desenlace del primer tramo de la serie de cómics, que rompía inocencias y mentalidades para posteriores entregas de violencia bien racionalizada mucho más allá de los zombies. Sin embargo, aquí todo termina de una forma enloquecida logrando desubicar al espectador y extirpando cualquier tipo de ansía por recuperar las aventuras de estas víctimas del entorno devastado. Una variación que ocasiona dudas dentro respecto a ese fondo argumental a la hora de seguir traduciendo el universo ‘post-crisis’ de zombies y amenazas con un sentido de continuidad que, por lo menos en esta primera temporada, no han conseguido. Tal vez, porque necesitaban saber que el éxito debía ser multitudinario para afrontar con garantías un coste que reabra el camino de la serie televisiva a los cimientos narrativos y argumentales de un cómic que se transforma en un drama multigénero muy adictivo y coherente. De momento, el tiempo une como factor clave la viñeta y los designios de esta, de momento, prometedora serie de televisión. Esperemos a la segunda entrega para formular un veredicto.
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 18:23 |


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