lunes, 31 de enero de 2011

Se apagó la música del gran John Barry

(1933–2011)
Puede que John Barry haya musicado no sólo algunas de las producciones más recodadas de las últimas cinco décadas, también lo ha hecho en algunas de las etapas o instantes más entrañables de mi vida. Supongo que no seré el único al que le habrá sucedido lo mismo. A través de su música las horas de estudio, la preparación de proyectos inútiles, la escritura de todo tipo de relatos, guiones, críticas y dossieres siempre eran más llevaderos. Su pérdida me recuerda lo deteriorada que dejé, como ejemplos de muchas, la cinta de cassette original de ‘Bailando con Lobos’ que tanto me acompañó durante mi adolescencia. Me ha entristecido en especial la muerte de Barry porque junto a él, entre otros muchos elegidos, aprendí a percibir la grandeza de una partitura dentro del cine y extrapolarla para que pusiera música a mi rutina. Primero con el descubrimiento de algunos de sus clásicos de aquellos añorados 80; ‘Frances’, ‘Cotton Club’, ‘Memorias de África’, ‘Peggy Sue se casó’, la mencionada película de Costner… o ya en los 90 el magnífico ‘score’ de ‘Chaplin’ o en menor medida ‘Una proposición indecente’. Sin embargo, conocerle a través de las legendarias y universales notas de once películas de James Bond suponen un legado majestuoso, de carisma sinfónico lleno de grandeza clásica desde aquel iniciático ‘Desde Rusia con amor’ que le abriría las puertas de Hollywood al olimpo y le haría ganar cinco Oscars, cuatro Grammys, un BAFTA y un Globo de Oro. Siempre con esos ‘leit motives’ sugerentes y pegadizos, de suave conexión con el gran público. A menudo me descubría tarareando fragmentos de las notas de Barry para el cine, al igual que pueda haberlo hecho en infinidad de ocasiones con Williams, Morricone, Shore, Goldsmith, Herrmann, Mancini, Newton Howard o Elfman, por citar a algunos a vuelapluma. Desde ‘El león en invierno’, ‘La mujer maldita’, ‘Boom’, ‘Nacida libre’, ‘Cowboy de medianoche’, ‘King Kong’… Un hombre que, de un modo invisible, forma parte de nuestras vidas.
Es cierto que igual no ‘suceptibilizaba’ en exceso los matices, porque siempre buscaba una devoción hacia el punto reconocible, de melodías insinuantes y homéricas, donde el estilo de sus composiciones orquestales sugiriera al espectador la filiación musical con las imágenes y la narrativa visual del filme. Comenzó con el jazz y una banda llamada ‘The John Barry Seven’ para seguir con su singladura en la Meca del Cine arreglando la música de Monty Norman para ‘Dr. No’, filme en el que nunca estuvo acreditado, pero que le valdría la apertura a la fama como el innovador músico al que se reconoce como pionero en el uso de sintetizadores dentro de la historia de la música incidental cinematográfica. El hombre que dejó para el recuerdo las bandas sonoras de ‘La Jauría humana’, ‘La semilla del tamarindo’, ‘Abismo’, ‘Fuego en el cuerpo’ y cuyo último trabajo fue ‘Enigma’, hace justo una década, deja un testamento lleno de excelencia musical. Se ha ido uno de los grandes genios de la composición cinematográfica.
D.E.P.