domingo, 2 de enero de 2011

Ley 42/2010: el fumar se va a acabar. Claves y consejos.

A partir de hoy la controvertida Ley 42/2010 entra en vigor, lo que significa que está prohibido fumar en todos los espacios públicos cerrados. Una medida aplaudida por muchos y maldecida por otros tantos. El caso es que, como hicieron anteriormente otros Estados comunitarios en los que también se obstaculiza el consumo de cigarros para beneficiar la salud pública, ya no hay marcha atrás. Por mucho que aquellos que le dan al pitillo sin reparos ni miramientos hacia el prójimo lo discutan, es un hecho intangible que si quieren fumar deberán hacerlo al aire libre, disfrutando del viento, del ambiente exterior, de la vía pública… Pero hay excepciones. El uso del tabaco en interior se circunscribe a habitaciones de hotel habilitadas para ello, prisiones y hospitales psiquiátricos. Así que los que fumen, si quieren seguir optando a esta regalía, podrán alquilar una habitación de hotel de paredes amarillentas corrompida por el humo, delinquir con penas mayores o volverse definitivamente locos para poder disfrutar de este peculiar libertinaje con total impunidad. Parece que es un tema significación trascendente, que ofrece una oportunidad perfecta para tener tema de conversación de tintes poco menos que ecuménicos. Sin embargo, la cosa es más importante de lo que parece. Se llevaba tiempo persiguiendo este ajuste. En Irlanda se decretó en 2004, en el Reino Unido entre marzo de 2006 y julio de 2007, en Alemania desde 2008, Turquía en 2009, el año pasado año en Chipre e Italia y Francia entran con nuestro país en el modelo de cuidado de los espacios cerrados sin humo.
Hace seis años emergió la Ley 28/05, una medida sanitaria frente al tabaquismo que regulaba la venta, el suministro, el consumo y la publicidad del tabaco. Los propietarios de bares, restaurantes y otros locales de ocio elegían si sus clientes podían fumar o no. Los establecimientos con una superficie de más de cien metros cuadrados deberían indicar también la opción elegida ¿Cuál fue el resultado? Que ambas modalidades decidieron saltarse la ley y dejar que sus negocios siguieran siendo fumaderos con olor y sabor a ceniza. La pregunta era ¿un bar iba a cerrarle las puertas a los que fuman decretando que en su establecimiento no se podía fumar? Evidentemente, no. Nadie quería perder clientes, por lo que no había diatriba posible ¿Para qué seguirla? Generalmente, a los que fuman les zumba el pepino si al individuo que está al lado le molesta su humo o les afecta a su salud como fumadores pasivos.
Es una medida polémica que, a buen seguro, será tildada de totalitarista y prohibicionista. Aunque también, siguiendo ese razonamiento, es totalitarista el uso del cinturón de seguridad en las normas automovilísticas. El 14,7% de las muertes que se producen en España apuntan al tabaco como principal factor. De forma directa o indirecta (los fumadores pasivos también encuentran el fatal destino gracias al daño colateral) el humo supone un riesgo que se comparte entre todos de una manera unilateral, impuesta y arbitraria por parte del que fuma. El fracaso de aquella ley Ley 28/05 establecía su principal traba en que era demasiado permisiva. En esta nueva Ley 42/2010 nadie está prohibiendo el uso del tabaco, su adicción, su consumo o la elección de esta paulatina muerte deseada. Se coartan una serie de privilegios “no escritos” que beneficien al resto. No se prohíbe fumar en la calle, ni espacios reservados únicamente al nocivo vicio cancerígeno. Durante la historia del tabaco, el civismo de este acto de fumar ha brillado por su ausencia. Los fumadores (no todos, pero casi) no han respetado en absoluto a los no fumadores, que no han tenido más remedio que tolerar y sobrellevar los malos humos con mayor o menor resignación. Son dos posiciones enfrentadas, irreconciliables. Ahora, la tortilla se ha dado la vuelta y es de recibo, casi de justicia poética, que las tornas se cambien. Los fumadores ya han jugado su parte del juego. Siempre han ganado. Ahora les corresponde perder un poco. En este momento, les toca el turno a los que se han tragado el humo en silencio y van a disfrutar de los mismos espacios libres de humo.
¿Alguno cree que esta prohibición se llevara a cabo y tendrá éxito? Muchos creen que será una moda pasajera y que con el paso de los días, los que fuman podrán seguir haciéndolo pese a quien le pese. El caso es seguir con el vicio egoísta y seguir pensando esa recurrente frase de fumador “si el humo les molesta, que se jodan”. Muy bien. Pues esto no tiene porqué ser así. Ahora el fumador pasivo es el que tiene el deber de hacer valer su privilegio y derecho, su diligencia para ver que la libertad de vivir sin humo en los lugares públicos sea un hecho. Nuestro deber, si es cierto que nos molesta el humo y no lo soportamos, es evitar que el fumador vulnere la salud pública y se incumpla la ley. Hay que evitar que el que fuma se ría de la sociedad y del conciudadano con impunidad. Eso se acabó si uno quiere.
El no fumador DEBE utilizar sus derechos (en este caso el RD 192/1988) y la correspondiente ley autonómica para impedir que esta oportunidad de vivir con salud caiga en el olvido. Es muy fácil. Cuando veamos a alguien perpetúa su insidioso hábito lanzando el humo a nuestra cara o simplemente con observar el gesto de ese mechero encendiendo el cigarrillo en un local cerrado:
A) Hay que pedirle amablemente al fumador que apague el cigarrillo.
B) En caso de éste siga con su actitud ilegal, hay que comunicárselo al responsable del lugar.
C) Si a su vez, éste no insta al sujeto a apagar el cigarro, es cuando tomamos medidas.
- Tendremos que pedir una hoja de reclamaciones para hacer un llamamiento formal sobre la vulneración de la ley y protegiendo la defensa de los derechos de los consumidores. Con esto, el establecimiento está obligado a darte un formulario con tres páginas autocalcantes. Una vez completada y rellenada la hoja de reclamaciones, una de éstas tres copias debe quedársela el responsable del local, las otras dos son para el cliente. Un es para ti. La otra se llevará o enviará a las Oficinas Municipales de Información al Consumidor o bien a las Delegaciones Provinciales de Consumo. Es muy importante saber que si el encargado se niega a suministrar este impreso, tenemos la potestad y la obligación de llamar a la policía para que se cumpla la ley.
- Con el anterior punto, el amigo del bar debería acceder a las exigencias y haría apagar todos los cigarros que hubiera encendidos, puesto que entonces el establecimiento se enfrenta, sí o sí, a la multa establecida por quebrantar la ley.
- Si queremos hacerlo más fácil, la página nofumadores.org se ofrece un MODELO de DENUNCIA On-line para hacer más fácil el trámite a cualquier ciudadano que se vea en la necesidad de hacerlo.
Con ello, aquel que tenga la tentación de no cumplir la ley tendrá que enfrentarse a multas que van desde los 30 euros por cigarrillo hasta 600.000 euros según la gravedad y la reincidencia.
Que la gente fume o no en los establecimientos públicos depende de los que no fumen. Yo, por mi parte, pienso ejercer mi derecho y llevar mi derecho, que para eso es mío, hasta las últimas consecuencias. No por fastidiar al que fuma. Si no por el bien común. Mi salud bien vale unos cuantos minutos rellanando una hoja de reclamaciones para evitar que no se repita la negligencia. La salud pública tiene que prevalecer por encima de otras consideraciones. Esto es lo que hay. Se quiera o no.