martes, 29 de junio de 2010

El absurdo calor

Ha llegado el verano, el sofocante calentamiento de cualquier resquicio físico y mental, sin modo de frenarlo. He descubierto una estúpida sensación de fruición ambiental, la que se siente ante las puertas automáticas de un centro comercial en el mismo instante en que se abren. En ese momento en se franquea el umbral y se nota el radical cambio de temperatura que provoca el paso de la canícula al intenso frío procedente del aire acondicionado. Ah… qué efímera felicidad transmite ése golpe de aire frío, qué deleite más pusilánime, qué pequeños momentos de la vida.
Tanto es así que he entrado y salido varias veces para comprobar este zafral efecto adictivo (y no sé yo si nocivo, por aquello de los catarros inoportunos), como una cobaya en busca de su hedonista recompensa. Estaba disfrutando como un crío, regocijándome de modo impulsivo, saliendo y entrando, abanicándome al son del sonido de las puertas automáticas. Hasta que me he dado cuenta de la amenazante presencia de un guarda de seguridad que ha lanzado su animadversión en forma de mirada reprendedora hacia mí. Inmediatamente, he disimulado con torpeza, fingiendo haber olvidado algo, rebuscando en mis bolsillos, sacando el móvil para hacer que hablaba con alguien y he salido del recinto con gesto adusto y amenazador, por si alguien había advertido mi infantil juego.

sábado, 26 de junio de 2010

Review 'El retrato de Dorian Gray (Dorian Gray)', de Oliver Parker

En las antípodas de la narrativa de Wilde
La reformulación del clásico llevada a cabo por Oliver Parker se ve enturbiada por la inserción de elementos fantásticos y de terror que acaban por perder el sentido literario de la obra.
‘El retrato de Dorian Gray’, de Oscar Wilde, fidelizó a grandes rasgos parte de la personalidad más reconocible del autor irlandés. Su obra más autobiográfica toma los personajes principales como representaciones arúspices de su carácter libertino y contestatario. Tanto Basil Hallward, como Lord Henri Wotton y el mismo Dorian Gray eran un reflejo de su visión de la época victoriana así como de su discernimiento sobre el arte, la vida y la literatura. El narcisismo, la vanidad, el deseo de perfección, el cinismo, la frivolidad y la crítica a la hipocresía del mundo burgués son referencias implícitas a ese espíritu íntimamente ligado a la materia que siempre exhibió Wilde.
El debate entre la ética y la estética, la fruición del placer e incluso la reflexión a la que conlleva ese desprecio por uno mismo y su indolencia hacia la propia existencia son temas relativos a la índole más representativa de Wilde y queda patente en una obra avanzada a su tiempo que desempolvó los fantasmas de una sociedad acostumbrada al egocentrismo. Los simbolismos de la novela y su personaje lóbrego, maquinal y egoísta fueron, de hecho, un factor importante para el encarcelamiento del escritor en la prisión de Reading para dejar su vida de placer y pasar a ser Sebastian Melmoth.
La nueva adaptación de su más admirada novela sigue los mismos cánones; el de un protagonista aislado en un mundo de perversión y sexo, de hedonismo dominado por el por el arte y el sortilegio de un enigma paranormal donde el culto a la belleza condena el paso del tiempo únicamente a un cuadro, mientras Dorian Gray permanece inalterable a la edad. Oliver Parker, que sigue en su pertinaz empeño de adaptar el espíritu irredento de Wilde es el encargado de llevar a la gran pantalla esta reformulación del clásico, acercándose a ese hombre mezquino que sentencia su alma al encierro de un retrato para someterse al desenfreno y al ilusorio placer de la belleza. En su empeño por testimoniar el manifiesto sobre las debilidades humanas de Wilde, Parker hace gala de su condición de cineasta austero y de recursos subordinados a un clasicismo bastante desvalido, sin pasión, que altera y desdibuja ese cosmos de complejidad de una sociedad apática y pútrida que concibe un sórdido personaje encubierto en la hermosura atemporal, llevándolo hacia unos límites de dramatismo inexistente, que dejan la sensación de un “no poder” constante.
En esta ocasión no parece afectarle que su acomodación al cine se mueva por el límite de la extravagancia y la obviedad. Su intención parece desprendida de cualquier propósito de fidelidad a la obra de Wilde, pese a que cuente con un patrón idóneo, que se ve entorpecido con la inocuidad con la que se desarrollan los evaporados estigmas de la obra de la que bebe. El resultado: se acaba por perder el sentido literario de la obra. Desde la ornamentación visual, al tempo de unas narraciones desligadas de cualquier sensación de desasosiego climático y enturbiado por la inserción (sin lógica) de elementos fantásticos y de terror totalmente injustificados y tópicos, ‘El retrato de Dorian Gray’ termina por convertirse en un filme de horror puro, pero no dentro los términos que a Parker le hubiese gustado. Se podría calificar incluso de despropósito. Se evidencia una falta vergonzante de sutilidad, por ejemplo, en la visualización de las tropelías sexuales de Gray, con esa falta de inteligencia a la hora de plasmar las orgías y el descarrío del personaje o en los insulsos ‘flashbacks’, así como en los efectismos sin recursos que terminan por consumir el inicial interés que despierta la película.
Tampoco hay olvidar la nula aportación sin carisma con la que un inexpresivo e incapaz actor como Ben Barnes dota a un personaje tan carismático como Gray, así como la imposibilidad de un esforzado (que resulta lo más sobresaliente del conjunto) Colin Flirth por hacer destacar a la piedra angular por la que se mueve la obra de Wilde, ese inmoral Lord Henry que aquí no alcanza la fuerza necesaria como personaje. Tampoco las sugestivas Rebecca Hall o Rachel Hurd-Wood contribuyen a dotar de veracidad las oscilaciones emocionales que envuelven a Gray y su descenso a los infiernos. Si a ello sumamos un improbable y torpe conclusión del filme, Parker deja claro que esta adaptación queda en las antípodas de la intelectual y metafísica narrativa de Wilde.
A este ‘El retrato de Dorian Gray’ le sobran muchas cosas para ser una digna adaptación; la falta de inventiva a la hora de recrear cualquier tipo de atmósfera, la abundante superficialidad y aportaciones algo insensatas que pervierten el argumento y lo dejan en una obra que carece de simetría y que luce con una vistosa estética decimonónica con una detallista y pormenorizada puesta en escena o su esbelta dirección artística, algo pretenciosa, pero que a la postre será uno de los elementos más valorables y plausibles de un filme harto fallido.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'The Blind Side (Un sueño posible), de John Lee Hancock.

jueves, 24 de junio de 2010

Octubre 2011, la peligrosa llegada de las dracónicas

Como si fuera alguna de las novelas de George H. White o Eric Sorenssen, el mundo se puede ver sacudido por la irrupción en nuestra atmósfera de una horda de meteoritos que amenacen el bienestar del mundo en el que vivimos. No se trata de ese asteroide Apophis que supone la mayor preocupación de los astrónomos del mundo y que testifica que en 2029 un asteroide de 320 metros de diámetro podría dar de lleno en la Tierra destruyendo el mundo tal y como lo conocemos. Palabras apocalípticas y convertidas gracias al subgénero catastrofista en tópicos del cine. Tampoco se refiere a ese tipo de gigantescos aerolititos que explotarán en la capa inferior de la atmósfera y provocarán una devastación forestal en áreas incalculables, llevándose con él la vida de todo aquel que esté por encima de la capa terrestre.
El año que viene, concretamente el 8 de octubre de 2011, un grupo indeterminado de dracónidas caerán sobre el planeta como un diluvio de coléricos proyectiles que surcarán el cielo para dejar una hermosa vista sobre la bóveda celeste. Puede suponer una oportunidad única de observar una lluvia de meteoritos de tal magnitud como las que se dieron en 1933 y 1946. (aunque en realidad cada año tengan lugar los mismos días de este mes otoñal). La belleza de este fenómeno será otro acontecimiento natural con el espacio exterior como protagonista. Lo que para el espectador será una bella estampa, no lo es tanto para uno de los núcleos que mueven nuestra tecnificada civilización.
Esta estampa de trazos luminosos entrando en la atmósfera terrestre es considerada de alto riesgo para los aparatos en órbita, para esa basura espacial de la que tanto depende el hombre moderno. 2011 puede marcar otro de esos años de taxativa importancia, puesto que el muy posible impacto de estos proyectiles interestelares sobre determinados satélites supone un trágico riesgo e inoportuno surtidor de contrariedades dentro del mundo moderno. Según la NASA su intensidad no será como la que se dio en 1985 y en 1998, mucho menores que las consecuencias que pueden alcanzar estas balas del espacio. Se cree que la solución para evitar el colapso es reorientar la Estación Espacial Internacional por miedo a que esta puede ser dañada irreparablemente. Satélites como el Hubble también podrían sucumbir antes este espectáculo demoníaco y tan nocivo para las nuevas tecnologías de comunicaciones, navegación vía satélite o transmisiones, que podrían quedar vacías de contenidos e información.
Los GPS pueden quedar anulados, los móviles sin cobertura y las televisiones con un apagón irreversible. El caos no alcanzará las proporciones naturales que aquel meteoro que impactó contra el suelo de Tunguska, Siberia, en 1908, pero bajo su estela de admirable belleza puede dejar una interesante anarquía dentro del mundo de la comunicación. Imaginemos por un momento regresar al pasado, sin móviles, sin tanta tecnología, con la calma de la libertad y sin el sometimiento a esos vicios tecnológicos… Interesante.

martes, 22 de junio de 2010

Un poco de música 'retro-freak' para el comienzo del verano

En esta confabulación de verano y aversión a la actividad, cuando las neuronas se reblandecen y la conducta disiente cuestionando la lógica en un deseo irrefrenable de tres únicos términos: “sofá” y “cerveza fría” podemos recuperar absurdas bandas sonoras que provienen de una memoria séptica y confusa, que dignifican la palabra absurdo con la que describir este estado de letargo y aturdimiento que se da cuando llega el calor.
A mediados de los 70, la Manhattan Bottling Company of Brooklyn, compañía que se dedica a embotellar su marca de refrescos de café (los ‘coffe soda’ tan poco popularizados en estos lares) lanzó una especie de ‘vanity’ o ‘promo’ del grupo The Fabulous Teardrops bajo el título ‘Manhattan special’. Con un llamativo exceso en la semicaricatura del filón italiano, algo paródico y muy extravagante, las letras y la música folk mediterránea son parte de un espectáculo de tonos dadaístas que juega con melodías alegres y baladas de pura fantasía ‘retro-freak’.

sábado, 19 de junio de 2010

Review 'Kick-Ass: Listo para machacar (Kick-ass)', de Matthew Vaughn

La deconstrucción del superhéroe
Con los cimientos del controvertido cómic de Millar y Romita Jr. el realizador Matthew Vaughn subvierte los módulos representativos del género de superhéroes conjugando referencias al mundo del cómic, con parodia, drama y ultraviolencia.
El mundo del cómic parece haber encontrado en el guionista escocés Mark Millar un digno heredero de los grandes nombres de la orden más selecta en la historia reciente del Noveno Arte. Su irrupción ha supuesto el afianzamiento de una pieza clave en la modernización de la todopoderosa Marvel, insuflando nuevos aires con una sorprendente capacidad de revolucionar el concepto de cómic moderno y poner patas arriba las pautas de tiralíneas seguidas hasta el momento por sus acólitos. Sus bazas son reconocibles; un sentido del espectáculo que respalda la ‘ultraviolencia’, una inteligencia genuina en la estructura de sus admirables diálogos, su innegable mano para crear ciclos de acción ‘hard-core’ que descubren erudición y cultura pop a partes iguales o una pericia para la colisión del arco y el giro argumental que basa su fuerza en la parodia, el humor y el hiperrealismo. Así es Mark Millar, un tipo capaz de mezclar en promiscua miscelánea el impacto visual y el dinamismo narrativo con total emancipación de referencias y planteamientos clasicistas.
‘Kick-ass’ es la adaptación cinematográfica del cómic creado por Millar junto al dibujante John Romita Jr. En estos tiempos de superhéroes postmodernos, de revisiones de clásicos angostos y actualizaciones reiterativas se ha ido perdiendo el concepto de esos personajes anónimos con poderes especiales que pugnan contra las fuerzas del mal. Y con ello, se llevan a cabo artimañas taquilleras que porfían, en muchos casos, su vacuidad disfrazada en efectos especiales de última generación y mucho de ardid comercial ataviado de entretenimiento sin pretensiones. La herencia de aquellos superhéroes supeditados a la realidad de su naturaleza dentro un ámbito exclusivamente alegórico ha ido perdiendo, en definitiva, mucha de su fuerza pretérita con la búsqueda de una trascendencia verosímil y prosopopeya narrativa. La cinta del británico Matthew Vaughn toma como raíz los cimientos de la controvertida historia de Millar para narrar la historia de un chico llamado Dave Aaron Johnson Lizewski, un adolescente algo ‘geek’, desgarbado e invisible para las chicas al que se le ocurre la feliz idea de embarcarse en una aventura imposible; ser un superhéroe llamado ‘Kick-ass’ dentro del mundo real, disfrazado con un traje de feria y armado con unos nunchakus.
Lo que en principio parece un juego peligroso pero emocionante, pronto le arrojará a un mundo sórdido. Por azar del destino se hace famoso. Sin embargo, este hecho no es el resultado de sus acciones heroicas, sino que la popularidad es producto de un vídeo colgado en la red que se reproduce millones de veces en ordenadores y televisiones. La trama girará por otros derroteros más comprometidos, cuando se vea inmerso en una historia de venganza y enredo criminal en el que el capo Frank D’Amico busca al responsable de la matanza de parte de su banda de gángsteres, que está siendo masacrada por un superhéroe. Ayudado por un padre y su hija, superhéroes en ciernes bajo el nombre de Big Daddy y Hit-Girl, Dave deberá enfrentarse a un imperio criminal que le supera.
El filme arranca presentando la rutina y la tangible circunstancia de los jóvenes dentro unos parámetros de identificación con un género que entra en los terrenos de las ‘teenager movies’. Para ello, introduce al espectador en el día a día de tres amigos que pasan desapercibidos, que observan sin esperanzas a las tías buenas del instituto y pasan las horas sumergidos en conversaciones sobre Intenet y cómics. ‘Kick-ass’ nunca pierde de vista ese reducto intracultural superheroico, que huele a Joss Whedon y que se formula en una época y en unas bases concretas marcadas, en gran medida, por la actualidad de las redes sociales, Youtube y demás alucinaciones colectivas, del impacto que provoca la cultura popular en los jóvenes que la consumen y que unifica el interés hacia un fin común descontrolado y desconocido.
Comienza acercándose a la realidad del submundo juvenil sin alardes ni estereotipos, pero pronto cambia de rumbo, en el mismo instante en que se convierte en un tratado sobre (anti)superhéroes; primero desde el prisma de un incierto justiciero como antítesis de las pautas adjudicadas a este tipo de filmes, para después abarcarlas con los módulos representativos del género (la chica del protagonista, el villano inclemente, el antagonista y los acompañantes), sólo que subvirtiéndolos a las exigencias de un fascinante manifiesto que conjuga referencias al mundo del cómic y parodia tomada en serio con el material con el que se elabora la trama.
Desde ese punto, ‘Kick-ass’ prolonga unos estratos diversificados en un agradable multigénero que, si bien fortalece su atributo más categórico en la demencial jerarquía del ritmo, a veces adolece de cierto desequilibrio entre sus muchos y apasionantes niveles dramáticos, cómicos o de acción sin freno. Vaughn es consciente de la dificultad de la empresa, por eso sabe controlar las convulsiones argumentales llevadas por esa voz en off que se burla del héroe clásico bajo la máscara y sus disquisiciones sobre el Bien y el Mal y su desubicación dentro del mundo que deja a una lado la liberación personal del mito para arrojarlo a una desigual conexión entre ficción y realidad con un trasfondo dramático llevado por la motivación de una venganza familiar.
Pese a que a muchos de los fans del cómic original no compartan esta idea, tanto Vaughn como su coguionista Jane Goldman no traicionan en ningún momento el espíritu del cómic y los cambios que difieren de éste en la versión cinematográfica obedecen a un sentido práctico, reinventando su esencia en su funcionalidad, como el hecho de abordar bastante del drama de Millar desde una representación mucho más lúdica y sarcástica, que se podría circunscribir a los modelos de la comedia. Además, el director de ‘Layer Cake’ lo consigue sin perder ese fondo de interacción de personajes y movimientos basados en la realidad reconocible, como esa actitud permisiva de Lizewski hacia la chica de sus sueños a la que deja pensar que es gay para estar cerca de ella, la vida paternofilial entre el despiadado Frank D’Amico y su insatisfecho hijo necesitado de amistad y atención o el extraño día a día que comparten Damon Macready y su hija Mindy. ‘Kick-ass’ vendría a ser, de este modo, una redefinición del superhéroe moderno, transmutando de heroico icono invencible a una figura humanizada con necesidades normales. No obstante, se echa de menos una secuencia que tiene lugar al final del cómic y de la que Vaughn ha prescindido; aquélla en el que Hit Girl le pide a Kick-ass que la abrace, algo que posponía la crueldad y daba el tono de tragedia interior de una inocencia cercenada por la venganza.
En la construcción de una de las películas más gratificantes del año, Vaughn cumple con las expectativas de empatar la realidad y rutina de ese adolescente soñador con un contexto superheroico en el que, lejos de reverenciar los clichés del género, los pervierte, abriendo una comedia al uso para ir, progresivamente, enturbiándola hasta una incómoda catástrofe que no desaprovecha un vistoso colorismo estético en su (aparentemente) solaz celebración de la violencia como vía de resarcimiento que recuerda a un episodio concreto de ‘Kill Bill’, de Quentin Tarantino, referente con el que Vaughn tiene alguna que otra deuda. Es aquí donde ‘Kick-ass’ se apunta su más meritorio tanto, en la provocación buscada con soterrada ambigüedad moral que se introduce en las acciones que se perpetúan a lo largo del filme, como en el salvaje aprendizaje de Hit-Girl a manos de su padre, que le dispara para probar un chaleco antibalas o la disciplinada educación que sigue ‘Bruma Roja’ por parte de su progenitor. Aquí sí se mantiene latente ese rescoldo de película con inspiración nihilista que no logró recoger el ‘Wanted’, de Timur Bekmambetov, otra de las adaptaciones de viñeta a la gran pantalla de Millar.
Lo más llamativo de la película es asistir a ese recital de naturalidad con la que una niña imparte con efusión violencia y sangre, sin ningún tipo de aprensión en su desinhibida praxis de ejecución de justicia. La clave de ‘Kick-ass’ es que sabe jugar perfectamente la carta sobre la que gira el hervor sangriento, apoyándolo sobre un eje determinante como es la banda sonora, convirtiendo cada ‘set-piece’ de matanza en pequeños y armónicos episodios de brutal comedia salpicada de hemoglobina y guiños a modo de ofrenda a otras producciones recientes o clásicas, con todo tipo de acrobacias y cabriolas de violencia estética referida al cine pop hongkonés y demás referentes del cine de acción.
No se puede olvidar la gran aportación de algunos de sus intérpretes, que cumplen con gran facilidad su cometido, haciendo que todo sea creíble y fluya hacia el esplendor. Ya no sólo porque los jóvenes Aaron Johnson o Christopher Mintz-Plasse establezcan una encantadora afinidad antagónica en pantalla o la enésima (y gran) recreación de uno de los villanos más eficaces del cine actual como es Mark Strong, si no de la recuperación de Nicolas Cage, que pone en juego las cualidades de intensidad y sentido del humor para dar vida con distinción a ese ex policía que ha visto su vida arruinada por un jefe de la mafia. Pero si alguien destaca por encima de todos, esa es Chloe Moretz en su papel de Hit-Girl, que roba descaradamente el protagonismo a cada uno de los ‘partenaires’ que comparten plano con ella.
Esplendorosa, inspiradora y totalmente anárquica, ‘Kick-ass’ es una de las películas más sorprendentes de la temporada, en la que Matthew Vaughn deja claro, a través de la inspiración de Mark Millar y Romita Jr., cómo redelinear los filmes de superhéroes, teniendo como designio aspirar (que no conseguir) a convertirse un punto de inflexión dentro del género. Estamos antes un filme parido con convicción y desenvoltura, lleno de guiños cinéfilos, además de un espíritu irónico que llega con facilidad al cinismo. Y aunque es menos revolucionaria de lo que intenta aparentar, su descaro y audacia hacen que prevalezca como una obra de delectación sin complejos. Una cinta de puro entretenimiento que, sí vale, no es la deconstrucción superheroica definitiva. Pero casi.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW:'El retrato de Dorian Gray (Dorian Gray)', de Oliver Parker.

viernes, 18 de junio de 2010

Los Angeles Lakers, campeones de la NBA 2010

Se acercaban las 6 de la madrugada (hora española) cuando Vujacic se colocaba en la línea de tiros libres para contrarrestar el triple encestado por Rondo a 17 segundos del final, que colocaba a los Celtics a sólo dos puntos de los Lakers. Había tiempo para una jugada de los de Boston. El partido estaba finiquitado si al escolta esloveno no le temblaba la muñeca. Y así fue. Metió los dos. Cuando los Celtics sacaron de medio campo para jugarse su última baza, casi a la desesperada, la única opción de un triple era, de nuevo, Rondo. Pero no entró. El balón botó en el suelo y allí apareció el que ha sido pieza clave para esta victoria: Pau Gasol. Los Lakers ganaban su decimosexto título, el segundo anillo para el pívot español, el quinto de Kobe Bryant (que se queda a uno de Michael Jordan) y el undécimo de Phil Jackson como entrenador. Que se forzara el séptimo partido y se viviera de la manera en que se ha vivido responde a que, posiblemente, se haya disfrutado de uno de los mejores partidos de unas Finales en la historia reciente de la NBA.
Los Lakers estuvieron por debajo, a remolque del bloque de los Celtics. Llegaron a palmar de trece puntos. Sin embargo, el tesón, la fuerza y la disposición al sufrimiento hasta la última exhalación son factores clave para que los campeones superen los obstáculos y obtengan el merecido cetro. Los Lakers no empezaron bien. Sus piezas soberanas no andaban finas. Bryant y Gasol parecían fuera del partido. Los Celtics, por el contrario, permanecían como un grupo granítico, sin apenas fallos. Nadie contaba con un elemento inesperado, Ron Artest, que se empezó a erigir como el motor de los Lakers, como el estímulo que empezó a despertar las expectativas de los angelinos. Logró frenar a Pierce y empezar a insuflar al equipo la creencia de una victoria que empezaba a ser una realidad, pese a que los Lakers fueran por debajo del marcador en unos primeros tres cuartos en los que Bryant parecía perdido. El aficionado (lo digo desde un punto subjetivo) empezaba a comerse la uñas, a gritar y animar, llevados por la afinidad por el de Son Boi, por el juego ‘in crescendo’ de unos Lakers que estaban dando un golpe de poder sobre el campeonato.
Ni Wallace, ni Allen, ni Pierce, ni Rondo, ni Garnett… nadie estaba llamado a quitarle el sueño a un equipo que empezó a tirar hacia arriba en el instante en que Gasol comenzó a brillar, no sólo con sus acciones, con un par de tapones estratosféricos, con entradas a canasta imposibles o con asistencias de lujo, sino por esos gritos descarriados de ánimo, de rabia ganadora. A eso, amigos del basket, se le llama liderazgo. Y cuando Bryant no sabe cómo llevar ese divino atributo al equipo (su serie de ayer fue desastrosa), ahí está Gasol para afianzarse como adalid. El último cuarto puede que haya sido el que más emoción haya suscitado dentro de una final de la NBA. Tanto Lakers como Celtics llevaban a sus espaldas 114 partidos y la emoción del momento y la incertidumbre con la que se han desarrollado los acontecimientos han hecho que los jugadores hayan estado al límite de sus posibilidades, sin desfallecer, dándolo todo. Los de “Doc” Rivers se plantaron con tres puntos sobre los de Jackson, con triples de Wallace y Allen. Pero Artest seguía imponiendo su ley. Sin dejar escapar ese preciado anillo. El último minuto ha sido de infarto, de una angustia insostenible, pura riqueza de este apasionante deporte.
Los casi 20.000 espectadores que llenaban el Staples Center permanecían de pie, en vilo por una situación de antología. Bryant apareció con esa fugaz racha mostrada durante la velada, Rondo le contestó y una falta sobre Vujacic desmontó los teoremas de los Celtics. Los Angeles Lakers habían logrado la gesta. La noche era amarilla y purpúrea. Artest y Gasol, los héroes de la noche. Y el culmen de un partido inolvidable se saldó con ese trofeo que acredita a este equipo como un exponente heroico de la Historia de la NBA. Con la consecución de este segundo anillo, Gasol, según señalaba el gran Trecet en su mítico blog “entrará en la élite del baloncesto mundial: será claro aspirante a la elección de miembro del Hall of Fame cuando se retire y lo será tambien a que su número 16 sea retirado por los Lakers y colgado para siempre en las paredes del Staples Center. Más histórico, imposible”.

martes, 15 de junio de 2010

Sudáfrica 2010: El Mundial de la esperanza

Desde hace unos cuantos días tenemos un tema de conversación que viene siendo habitual cada cuatro años. El Mundial de fútbol congrega la atención de los medios y del ocio durante el mes de junio y parte de julio. Con el ruido de fondo como si fuera una colmena furibunda gracias a las vuvuzelas de los huevos, los sudafricanos se dejan los pulmones, revientan tímpanos y levantan dolor de cabeza. Sin embargo, la fiesta, la alegría y la deportividad siguen siendo los valores a marcar. El polémico balón Jabulani rodaba inaugurando el pasado sábado el Mundial, recogiendo el testigo de otro esférico no menos maldito como fue el Teamgesit de Alemania en el Sudáfrica-México. Hasta el momento, pocos goles. Muy pocos. Y sin un juego que enamore. Sólo Alemania ha deslumbrado y esto no ha hecho más que empezar.
Será un mes con 32 selecciones compitiendo por un objetivo común: levantar la Copa del Mundo que acredita al ganador como la mejor selección del planeta los próximos cuatro años. 64 partidos que definirán lo mejor y lo peor del fútbol internacional. 30 árbitros que velarán por el ‘fair play’ y la siempre inalcanzable ecuanimidad, 10 sedes dispuestas a darlo todo por una imagen global positiva en un continente asolado por la pobreza y una cifra exorbitada que seguirá este Mundial: 26 mil millones de espectadores de todo el planeta (excepto los españoles y algún país con plataformas digitales en exclusiva) según afirmó el secretario general de la FIFA, Jerome Valcke. La XIX Copa Mundial de la FIFA ya ha comenzado y con ella el espectáculo del fútbol, del sentimiento de gloria que nunca había tenido una selección como la española. “La Roja” aspira a todo. Y todos tenemos esa sensación feérica de que los sueños colectivos, aquellos que sirven como vía de escape a los graves conflictos económicos de un país en crisis tienen altas probabilidades de materializarse.
Es una pena (por no decir una putada tremenda) que los emporios televisivos mantengan alejada a la casi totalidad de los seguidores en el ostracismo, al aficionado que gusta del deporte rey sumido en el ascetismo de un sólo encuentro diario y dictado por las cadenas, despojando a este deporte al aficionado del interés que suscita este tipo de acontecimientos universales, perdiendo la generalidad del Mundial en beneficio de unos cuantos. No sólo de la Selección Nacional vive el interés de este torneo.
En fin, mañana primer partido del combinado de Vicente del Bosque que deberá dejar claro su condición de favorito y poner el deseo y el propósito de España encaminado a las expectativas que un país entero alberga con una ilusión inusitada.

viernes, 11 de junio de 2010

'The Crazies (The Crazies)', de Breck Eisner

Un ‘remake’ ejemplar
Esta revisión del clásico de Romero no es tan ideológica como su precedente, pero sigue siendo una crítica hacia la violencia extrema de la América militarizada que supera a aquélla con un ritmo envidiable y un respeto con los dispositivos genéricos ricos en lecturas y camuflados en algo de sangre fácil.
A priori, cuando ‘The Crazies’ se aborda como ese ‘remake’ del filme de 1973 dirigido por George A. Romero, las expectativas se adecuan a otra de esas revisiones sin sustancia de clásicos del ‘gore’ que atienden a una idea bastante confusa de lo que es el cine moderno. Muchas veces, los preceptos del cine Romero se circunscribieron a una actitud crítica con el sistema, a la identificación de los símbolos terroríficos como una diatriba batalladora en la que la sangre derramada, por mucho ‘zombie’ que pululara por sus cintas, no era más que la procedente de quebradizos seres humanos indefensos ante las utilidades que representan como sociedad para otros estratos mayores, que hacen prescindible al individuo. ‘The Crazies’ reunía estos factores en un discurso metafórico sobre experimentos de estado y los peligros de los avances nucleares relativizando su esencia terrorífica con un subtexto de conservación ante un peligro masivo. En aquella época, durante la Guerra de Vietnam, el adversario era el gobierno de los EE.UU. Hoy, en su actualización, el ejército y el poder mundial también ciernen su sombra sobre virus encubiertos con oscuros propósitos.
La historia de fondo continúa siendo la misma; una crítica al desmedido poder de los altos mandos que provocan un estallido de violencia, que induce al caos y a la salvaguarda de la naturaleza humana devenida en autodefensa. En esta nueva ‘The Crazies’ la acción se sitúa en la pequeña y apacible localidad de Ogden Marsh, en Iowa. Un acontecimiento imprevisto como es el disparo del sheriff a un vecino que le apunta con un rifle en actitud catatónica desencadena una espiral de extraños casos que provienen de aquellos que han ingerido agua con toxinas biológicas procedente de un lago en el que ha caído un avión militar. Las autoridades parecen haber encubierto el accidente aéreo, mientras los habitantes de la zona comienzan a sufrir un descontrol imparable de casos en los que la disposición neuronal se rige por una aterradora sed de sangre. Lo primero que llama la atención del filme es lo bien que está planteada la disyuntiva de terror introducida en la realidad rural de un pueblo perdido en el centro-oeste de los Estados Unidos, mostrando esa evolución desde la tranquilidad inicial hasta la pesadilla con rasgos naturalistas, utilizando un terror austero que no prescinde de los sustos de catálogo, logrando anticipar la efervescente inquietud antes que salpicón de sangre.
Aquí, sin traicionar el vestigio e idiosincrasia de Romero, la zona no se anega de ‘zombies’ o de infectados en el sentido actual y genérico que se establecido en la última década. Se trata de un tipo de contaminación vertida a través del agua que convierte a los ciudadanos en algo así como maníacos homicidas sin voluntad. Con ello, el director Breck Eisner maneja con buen pulso dos vertientes genéricas como son la del cine de terror y sus fórmulas estéticas, salpicado con un poco de ‘gore’ y, por otra, ese ‘thriller’ apocalíptico que sigue hablando sobre los riesgos de un posible fin del mundo a manos del hombre moderno y sus fuerzas militares, desde un prisma que no traiciona la genealogía de la serie B. Se podría decir que este ‘The Crazies’ no es tan ideológica como su precedente, pero a los guionistas Scott Kosar y Ray Wright tampoco les hace mucha falta incidir en esta vertiente, ya que dejan muy claro en dos o tres trazos de violencia extrema una crítica a la América militarizada, con un ejército que lanza protocolos de contención totalmente deshumanizado en el que da igual si los autóctonos están infectados o no, puesto que lo importante es comenzar un salvaje exterminio si así se logra encubrir los errores gubernamentales.
‘The Crazies’ tiene un arranque ejemplar que no se anda por las ramas en la materialización de su progresivo delirio hacia los oscuros abismos de la locura y la aberración. Eisner mantiene el pulso otorgando una gratificante credibilidad de todo lo que acontece, sin necesidad de recurrir a efectismos ni elementos sanguinolentos. También es destacable el dibujo de sus personajes principales, que responden al rol que se les asigna, sin parodias de sí mismos, sin mucha prosopopeya ni información; tenemos un sheriff que, pese a ser la autoridad de un pequeño pueblo rural, es estoico y perspicaz, su mujer, la doctora de la zona, embarazada y con coraje y dos personajes complementarios como son el adjunto del sheriff, un hombre inseguro que va perdiendo el norte con las dudas y la violencia que rodean los acontecimientos y un factor casi ornamental como es la ayudante de la doctora, una joven que se ve metida en este desagradable fregado sin quererlo. Este ‘remake’ conserva así algunos detalles de la versión de Romero, pero asume su alejamiento de aquélla situando a los personajes en un escenario totalmente controlado por un satélite que advierte del riesgo de expansión del virus y que va dejando ver las debilidades de sus personajes. También afecta a los contagiados, que responden como lo haría un ‘redneck’ al que se le cruzan los cables en determinado momento de locura. Interesa, al fin y al cabo, ir desplegando la forma en que se aniquila la representación de la placidez rural, con una contundencia y un estilo muy directo y ameno, donde entra en juego el mejor valor aportado por el realizador: la perfecta conjunción entre tensión y elipsis.
Si por algo destaca esta cinta es por la facilidad con la que supera de un modo tan evidente a su precursora, legitimando la credibilidad de algunos ‘remakes’ del Hollywood actual, curiosamente los que proceden de un género concreto y unos argumentos muy definidos. En este sentido, la película de Eisner recuerda, inevitablemente y sin entrar en ningún tipo de comparación, a otro ‘remake’ de Romero como es el portentoso ‘Amanecer de los muertos’ de Zack Snyder, compartiendo con ésta su respeto con los dispositivos genéricos ricos en lecturas y camuflados en algo de sangre fácil donde prepondera con diferencia la acción de infrenable ritmo sobre todo lo demás. En ambos casos, la reformulación supera con creces a su referente, sin perder de vista el acatamiento de sus reglamentos argumentales, sin necesidad de reinventar el filme de Romero. Además de suscitar ese extraño halo de fascinación dentro de unos parámetros de cine de género sin pretensiones, ‘The Crazies’ no ahorra detalles en su pulcra arquitectura formal, de sutil dramatismo que no cae nunca en lo burlesco (aunque hacia el final del filme haya algunas decisiones imposibles de entender), haciendo que el equilibrio formal y la brillante puesta se completen con esa inquietante fotografía que va pasando de la placidez luminosa al puro ambiente claustrofóbico, muy bien trabajado por Maxime Alexandre. No obstante, es el fotógrafo habitual de Alexandre Aja. Y en este tipo de producciones específicas, eso se nota y se agradece. Así como la magnçifica e inquietante partitura creada por el maestro Mark Isham para la ocasión.
Tal vez el inconveniente de ‘The Crazies’ sea, en apariencia, la previsibilidad de todos y cada uno de sus movimientos argumentales, tantas veces reiterados, pero no por ello menos sugestivos debido al beneficio de una dirección bastante destacable y con muy buenos momentos de desasosiego sobre los que la cinta encuentra sus mejores argumentos de defensa. Las secuencias que van desde ese padre que quema su casa con su mujer y su hijo encerrados en un armario, como la excepcional y más sangrienta escabechina que transcurre en el laboratorio forense, los instantes de locura colectiva cuando el ejército pone en cuarentena al pueblo, así como esas dos protagonistas atadas a una camilla viendo como uno de los infectados se acerca con una horca de carga, hasta llegar a ese monumental ‘set-piece’ del tren de lavado de coche absolutamente genial hacen que ‘The Crazies’ se configure como una de las mejores películas de género vistas en bastante tiempo.
Cierto es que se echan de menos algunas inolvidables escenas del original, como esa anciana que se levantaba de la mecedora para clavarle las agujas de hacer punto a su pequeño nieto o, sobre todo, al padre que, llevado por el retroceso a los instintos primarios producidos por la infección, hacía el amor salvajemente a su hija. O también que, en ciertos instantes, se aprecie un tono excesivamente trascendental y abstracto, cuando hubiera estado bien algo de sentido del humor e ironía, componentes del género que siempre ayuda a validar su mérito. Más o menos, como cuando Lynn Lowry, que había participado en la versión del 73, hace un cameo como una mujer en bicicleta cantando una canción absurda.
Todo ello se compensa con un final en el que se adivina que, aunque hayamos sobrevivido con los protagonistas que atisban la gran ciudad como promesa de salvación, es difícil imaginar que la pandemia no haya alcanzado un síntoma global. Al fin y al cabo, las pequeñas imperfecciones están paliadas con esa mencionada y plausible astucia para la cadencia de Eisner, que se respalda (muy mucho) con la gran aportación de sus actores principales, ya que tanto el sobrio Timothy Olyphant, como la cada vez más habituada a estas películas Radha Mitchell, así como Joe Anderson transmiten autenticidad, haciendo que sus personajes sean más que simples estereotipos.
‘The Crazies’ puede tacharse de formulista y de tópica, pero el verdadero aficionado sabrá apreciar la franqueza puesta en imagen y con el material con el que se trabaja, haciendo de esta ‘survival horror’ una gratificante muestra de concisión, de hedor perturbador y acción amenazante que no pretende falsear los propósitos a los que está destinado, a un público muy concreto que disfrutará esta espléndida revisión. Por supuesto que no llega a subvertir el género a un estilo propio, pero sí acopia suficientes aciertos como para que se establezca, con todo el merecimiento, como una de las sorpresas más inesperadas y agradables del año.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Kick-ass: Listo para machacar (Kick-ass)', de Matthew Vaughn.

jueves, 10 de junio de 2010

Los Chicago Blackhawks ganan la Stanley Cup 2010

La prórroga decidió la Stanley Cup. Apoteosis del vencedor de ese deporte apenas conocido en España como es el hockey sobre hielo yanqui, la materia prima de esa liga de espectáculo y tensión, de fuerza y lucha que es la NHL. Los Chicago Blackhawks se llevaron la final por un solo tanto. Cuando el marcador señaló el 4-3 definitivo, la historia se acabó en beneficio de los de Chicago. El Wachovia Center se encendió con la victoria de su equipo, en un ambiente propicio para que el público llevara en volandas a su equipo, con el mismísimo Michael Jordan entre sus espectadores de lujo. Los Philadephia Flyers habían dado la sorpresa de la temporada al meterse en la gran final tras clasificarse para los ‘playoffs’ en la última jornada de la liga regular. Incluso nadie daba un dólar por ello cuando los Boston Bruins lideraban las semifinales de la Conferencia Este por 0-3. Es más, en esta final el equipo de Peter Laviolette ha logrado remontar un 0-2 inicial para empatarla y hacer soñar a sus seguidores. Pero Chicago ha sido mejor, más solvente cuando el juego necesitaba resolución y potencia, creencia en la victoria y en un juego más adelantado que el de su rival.
Cuando el partido estaba a punto de concluir, los Flyers tenían la opción del séptimo partido en su mano, con un dominio del juego y del marcador. Pero el inesperado gol de Scott Hartnell a menos de cuatro de minutos dejó abierta la puerta de la prórroga y de las opciones de los Blackhawks. En el tiempo de descuento, un tiro cruzado de Patrick Kane desde la izquierda dejó sentado a Michael Leighton que no pudo hacer nada por detener el puck. Ya era tarde para reacciones. La final había quedado sellada con un 4-2 en la serie. Jonathan Toews, que obtuvo el Trofeo Conn Smythe que le consagró como el MVP de las series finales, levantó la Stanley y los Flyers se quedaron sin milagro en el sexto partido. Acompañando a Toews; Kane, Keith Duncan, Seabrook Brent, Marian Hossa, el descomunal portero Niemi… y un equipo de profundidad y talento dirigido por Joel Quenneville que se ha llevado con justicia el título 49 años después de su última consecución.

martes, 8 de junio de 2010

Viviendo de cerca la pasión de un rodaje de "guerrilla"

Durante estos días ha tenido lugar en diversas localizaciones de Gijón y alrededores el rodaje del último trabajo cinematográfico de esa terna de talento formada por Iván Sáinz-Pardo, “Jim-Box” y Dirk Soldner. Hace algunos años sorprendieron de forma muy gratificante con ‘La marea’, producción totalmente independiente, de presupuesto más que limitado y con una conjunción que abarcaba con gran ambición este formato “guerrilla”, del cual el realizador “Jim-Box” es un dómine y peculiar adalid de esa forma de vida y rodaje consistente en filmar bajo mínimos con una inspirada emoción que da como resultados piezas y cortometrajes de ejemplar calidad. Para este nuevo trabajo, ‘La mirada circular’, estos tres artistas de la imagen han materializado algo que parecía imposible: llevar las trincheras un corto complejo, con multitud de localizaciones, un buen puñado de secuencias perfectamente definidas, gran astucia y con una producción trabajada desde el límite hasta el agotamiento físico y mental que queda muy lejos del espíritu de esos cortos hechos con “nada”.
Los tres han unido sus fuerzas y pasión por el cine para hacer realidad un sueño inverosímil a lo largo de diez días de duros esfuerzos, de jornadas maratonianas y un despliegue de equipo que se reduce a tres personas. Una locura. El dato curioso, lo que hace del cometido fílmico una gesta es que, en condiciones habituales, para la gestión de un proyecto de tal envergadura, se necesita, al menos, un equipo de quince o veinte personas. Por lo menos. A lo largo de las dos últimas semanas, Sáinz-Pardo, “Jim-Box” y el alemán Soldner han puesto la carne en el asador y han dejado un paradigma que acrecentará lo que ya exhibieron, con evidente destreza y delicadeza, en el sensacional y mencionado corto ‘La marea’; que el entusiasmo, sabiduría y esfuerzo pueden llevar a buen puerto cualquier proeza, por muy difícil que ésta pueda parecer.
Es una pena que mi incorporación al proyecto, que ha sido trastocada por un evento familiar ineludible, se haya producido tan a deshora, demasiado tarde, cuando todo estaba más que encarrilado. Ello ha provocado que me haya perdido lo más instructivo de todo el entramado, la tensión de un rodaje que todos recordarán como uno de los más asfixiantes y complejos de sus futuras y prometedoras carreras. Donde, sin embargo, el ánimo nunca ha flaqueado, por mucho que las condiciones se hayan vuelto adversas, por las múltiples trabas que han amenazado el plan de rodaje y que las contrariedades pronosticadas se hayan amplificado. La tempestad ha sido superada con el denuedo y el temple de aquellos que están destinados a escribir leyendas. Viéndoles trabajar, sufrir e incluso discutir, uno sabe ver en este trabajo conjunto que el cine es más que un modo de vida, es un alcaloide inoculado que describe a la perfección ese fervor por vivir rodando, que trasmite y contamina la exultación de rodar.
Aún así he tenido la oportunidad de aportar un pequeñísimo grano de arena durante dos jornadas imborrables junto a tres directores que, además de grandes amigos, despiertan con su trabajo una admiración que va más allá de la loa. ‘La mirada circular’ es fruto de la voluntad, del esfuerzo y del riesgo que supone hacer tanto con tan poco. Habrá que esperar algo de tiempo para ver en imagen esta historia de la no se puede avanzar mucho de su argumento por expreso deseo de sus creadores. Pero lo cierto es que, a buen seguro, valdrá mucho la pena. Y lo que es mejor, este corto ha logrado despertar viejas ínfulas y deseos creativos que han oscilado en los últimos años entre el más rotundo entusiasmo y el vencimiento de un sueño que, como el Ave Fénix, vuelve a resurgir gracias a esa ilusión transmitida por estos tres directores llamados a ser grandes.
Muchas gracias chicos por estos días históricos en nuestras vidas. Os quiero. Nos vemos en breve en las trincheras. O al menos, eso espero.

domingo, 6 de junio de 2010

Nueva y épica victoria en Roland Garros de Rafa Nadal

…cuando la épica no abandona a los emblemas incansables.
…cuando la necesidad de ser el mejor no es un requisito, si no una dadiva sobrehumana expuesta desde la humildad.
…cuando el talento y la fuerza se unen con un objetivo común.
…cuando todo un país volvió a ver al mejor regresar a su cetro, sin perder la confianza en él.
…cuando un tenista asombroso dejó claro quién es el soberano absoluto de un deporte en el que sigue siendo el mejor.

viernes, 4 de junio de 2010

'Prince of Persia: Las arenas del tiempo (Prince of Persia: The Sands of Time), de Mike Newell

El reciclaje de los nuevos modelos comerciales
Sin artificios ni engañifas, esta adaptación llevada a la pantalla por Mike Newell busca lo que todas las películas de Bruckheimer: la rentabilidad a toda costa y el entretenimiento como arma ¿Lo consigue? Sólo a ratos. Pero es suficiente.
Parece ser que los últimos ‘blockbusters’ veraniegos llegados de Hollywood deben reunir algunos requisitos comunes. De entrada, un presupuesto descomunal es casi un factor exigido para una exhibición de grandilocuencia visual. También debe tener alguna estrella reconocida, aunque tampoco necesariamente una superestrella del ‘star system’. Por supuesto, y de forma cardinal, unos efectos especiales que superen con creces el interés de lo que se narra. Es lo que hará que el público acuda a la sala. Y por último, un director versado en este tipo de saraos que conozca bien el medio y el alcance del cine de género para abdicar ante el mayor de sus mandamientos: el entretenimiento sobre todas las cosas. Como no podía ser de otro modo, ‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’ sigue este patrón. Hollywood no podía dejar escapar la oportunidad de llevar a la pantalla esta traslación cinematográfica de la célebre saga de videojuegos del género de plataformas iniciada en 1989 por Jordan Mechner. Desde entonces, el dinamismo ha ido ‘in crecendo’ a medida que la tecnología ha avanzado. Su adaptación al cine llega de la mano de la todopoderosa Disney, que ha rebajado sensiblemente el contenido violento para ofrecer una adaptación más ajustada a todos los públicos. Y detrás, Jerry Bruckheimer, empeñado en ser un “Cecil B. De Mille de la era digital”, como lo define el crítico David Debny en The New Yorker. Con todo esto, ya sabemos qué nos espera antes de embarcarnos en esta aventura. Es decir, un filme ostentoso en lo digital y rimbombante y desmedido en su ambición por la taquilla familiar. Lo mejor de la película es que no engaña, no hay artificios de dudosa transparencia. Con el nombre de Bruckheimer se pone de manifiesto que el producto busca, como una marca de fábrica, un sólo objetivo común: la rentabilidad a toda costa y el entretenimiento como arma.
‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’ gira en torno a un hipermusculado Jake Gyllenhaal, que pone rostro al príncipe Dastan, un intrépido joven que se une a una hermosa y enigmática princesa llamada Tamina (la sensual Gemma Arterton) para evitar que el insolente y vengativo villano Nizam (al que da vida un histriónico Ben Kingsley) consiga las Arenas del Tiempo, un regalo de los dioses que permite a su poseedor manipular el tiempo y adueñarse del mundo. Desde su comienzo, sigue los edictos del videojuego, con unos títulos que avanzan la leyenda sobre un mapa de la antigua Persia para dar forma al argumento y al destino de sus personajes. A partir de ahí, comienza el costoso espectáculo, que se va erigiendo con un empeño que aspira a ser una adaptación discordante (y a la vez frívola) de ‘Las mil y una noches’, tomando como referencia la adaptación de la temática argumental de los juegos de Ubisoft, donde la fantasía de la narrativa arcaica de la épica va forjándose en medidas cuotas de acción, persecuciones y desmedidas piruetas. Se decanta así por un rollo clásico, a la antigua, aunque luego lo que veamos no se encauce exactamente por esa vertiente.
Aquí el ‘macguffin’ es una daga que da rienda suelta a esas arenas que pueden invertir tiempo y que en las manos equivocadas podría provocar la destrucción de la Tierra y todo lo que rodea a la aventura de Sadan está contagiado por una previsibilidad de desarrollo argumental que no molesta en exceso, salpicando con accidentales alusiones al entorno político del pasado reciente, como el tema de Irak y las armas de destrucción masiva, pero veladas por su inocencia e incapacidad de acentuar su trascendencia, puesto que ni los guionistas Boaz Yakin, Doug Miro y Carlo Bernard, ni Bruckheimer o su director Mike Newell tampoco se quieren complicar mucho la vida mientras haya ese halo de cabriola digital que distraiga a ese espectador que atiende a la pantalla mientras come palomitas sin pensar mucho en qué es lo que está pasando.
Incluso viene bien la irrupción de Sheik Amar, rol al que da vida Alfred Molina, confabulado empresario que dirige carreras de avestruces y que suponen el alivio cómico a la cinta. También existe algún diálogo poco exprimido en la que se parlotea sobre la opresión de las “pequeñas empresas” por parte de los gobernantes. En este terreno, poco más que destacar de una película sin más pretensión que la de acentuar su montaje excesivo, no pararse demasiado en ningún tramo del filme y resultar formularia en sus empeños cinematográficos.
Llega un momento en el que lo único disfrutable de ‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’ son precisamente esas improbables piruetas en plan “Parkour Jump” del personaje del juego corriendo y haciendo virguerías acrobáticas sobre mercados, alféizares y ruinas. Algo que, para el ‘gamer’ de antaño, despertará cierta nostalgia, aunque sea inacabada. Lo que sucede con tanta digitalización, por esa afección tecnológica CGI es que la falsificación de los códigos de la épica y de la aventura lleva a un inoportuno reduccionismo del estrato imaginativo de los viejos clásicos de un género que, siendo coherentes, cada vez ofrece más superfluidad y poco material defendible. Mike Newell, consciente de las limitaciones del material y de las suyas propias (¿dónde quedó aquel artesano de ‘Donnie Brasco’?), sabe lo que le gusta al público adolescente y juvenil menos exigente, consciente de su experiencia en películas de atractivo infantil, puesto que es el responsable de ‘Harry Potter: El Cáliz de Fuego’.
Lo peor es que se limita a ejercer de asalariado, incapaz de aportar algo de genuina personalidad a cualquier plano. A la postre, este nuevo armatoste digital no hace más que reciclar los nuevos modelos de cine comercial y los vuelve a vender como novedad. Lo que deviene en impostada jugada de mercadotecnia que está fraguando una costumbre, la de conceder espectáculos mastodónticos perfectamente envueltos con superficie de lujo y, sin que sea un producto desdeñable, adulterar una y otra vez lo que ya se ha visto.
No obstante, la aventura de Dastan posee ciertas fortunas, como la de un sentido del ritmo bastante destacable (los 116 minutos que duran se suceden vertiginosamente) o la idea de plasmar con vivacidad e imaginación el hecho de derivar la estructura del juego basado de plataformas a la gran pantalla, siguiendo los pasos de un metrónomo que va indicando cuándo debe haber una pelea, una escena de acción o momentos más sosegados, hasta llegar a la explosión final en el que se da el enfrentamiento con el maligno Nizam. ‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’ vendría a ser como una hermana bastarda de ‘Piratas del Caribe’, con sus mismas voluntades, que no duda en lanzar infusas declamaciones heroicas, cuidadosamente escritas para dotar de cierta profundidad unos diálogos que, en ocasiones, rozan lo ridículo.
La nueva superproducción del verano destinada a acumular gran fortuna y público se define por su condición de montaña rusa que se entiende únicamente como entretenimiento irrigado de algo de fantasía oriental y exotismo actualizado con intención de complacer con funcionalidad. Algo que, por otra parte y en los tiempos de cine comercial que nos asolan, no quiere decir nada. Por lo menos, eso sí, se han ahorrado el 3D. Otro tanto a su favor.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'The Crazies (The Crazies)', de Breck Eisner

miércoles, 2 de junio de 2010

Freak Show

A lo largo de los años los circos han deambulado por todos y cada uno de los rincones del mundo con sus números de artistas, trapecistas, payasos, domadores de animales y sobre todo una de las atracciones más tremebundas de la orbe circense: los ‘freaks’, personas con todo tipo de malformaciones y peculiaridades, que instigaban al rictus a medio camino de asombro y repugnancia, en el fondo intriga, de los asistentes a este tipo de evento tan popularizados hace décadas.
He aquí una colección de afiches de este tipo de circos de variedades que transitaron por Europa allá por los años 20 y 30.