viernes, abril 30, 2010

Review 'Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland)', de Tim Burton

Discutible revisión del clásico
Tim Burton recrea el mundo de Carroll con expectativas de hipnotizar a través de su visión oscurantista y personal, pero a esta ‘Alicia’ le falta el simbolismo subversivo y encrespado de su origen literario.
Cuando en 1865 el controvertido autor Charles Lutwidge Dodgson escribió bajo el pseudónimo de Lewis Carroll ‘Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas’, nadie imaginó que aquella obra escrita bajo los efectos de drogas psicoactivas como el láudano y el opio iba a convertirse en uno de los libros más importantes de la historia de la literatura. La fábula de la pequeña Alicia en un mundo creado a través de juegos con la lógica representa un mundo onírico y surrealista que continúa siendo un símbolo inescrutable de libertad narrativa. En principio, Tim Burton hubiera sido una elección lógica para llevar a imagen ese universo de ficción enloquecida. Con su revisión de los cuentos de Carroll sobre el personaje, Alicia está destinada a convertirse en mujer mucho antes de lo que ella acepta. Ahora es una joven de 19 años, imaginativa e inquieta, fuera del entorno victoriano que la rodea. Con un par de retazos de su infancia en la que se alude al mágico mundo de las Maravillas, la historia arranca cuando Alicia huye de la ceremonia de petición de su mano por parte de un aristocrático ‘lord’ estirado.
Con ello, la adaptación por parte de Linda Woolverton se centra en la búsqueda del destino de una joven en contra del universo burgués en la que está sumida, en un viaje hacia la responsabilidad del mundo adulto a través del escapismo onírico escabulléndose de los convencionalismos y compromisos sociales. Por mucho que persista ese enfrenamiento con los sueños en un ilusorio entorno de antagonismo entre el bien y el mal representado en esa Reina de Corazones tiránica y déspota que tiene esclavizados a los habitantes del mundo subterráneo y la caracterización y digitalización de sus personajes sea modélica, a esta ‘Alicia en el País de las Maravillas’ se le ha perpetrado una cirugía estética muy del gusto de Hollywood que, no obstante, es bastante discutible.
La imaginería y universo cargado de barroquismo y sombras propio de Burton no ha desaparecido en su traslación de la ideología enloquecida de Carroll. Por desgracia, la adaptación se encuentra con un director más pendiente de evocar lo irreflexivo y la magia liberal del origen de la historia que de narrar o reformular su perspectiva al cine de los nuevos tiempos. La onírica y poética de Carroll está algo revuelta en el énfasis del director de ‘Bitelchús’ por hipnotizar a través de su visión oscurantista y personal, haciendo del espíritu de la novela del autor británico un simple pretexto para desplegar ese universo que va en decadencia visual y entelequia, sin aplomo por el pulso de oscurantismo operístico que mostró, sin ir más lejos, en su más acertada ‘Sweeny Todd’. Hay mucho de redundante en ‘Alicia en el país de las maravillas’; de todo el gótico de su cine, del impertérrito carácter psicodélico, de su impronta de existencialismo ojival. Se echa de menos esa huella de desacato ante las normas para cruzar el deformante espejo de la realidad y la intrusión en un mundo de excepcionales contradicciones de la imaginación desbordante.
A esta nueva revisión le falta el simbolismo subversivo y encrespado de la novela, sin que prospere cualquier conato que confunda la perversidad moral e imprecisa que fluye en su original literario. Al cineasta poco parecen interesarle los juegos de palabras, los sarcasmos, los acertijos o los ejercicios de lógica, rehusando con ello la multiperspectiva y haciendo de la evidencia por justificar cuanto desfila por la pantalla su peor enemigo. Por eso, no ha quedado nada de alegoría socio-política y allí donde Alicia era una niña intimidada por un bestiario de insólitos personajes, aquí responde a las exigencias de un heroísmo determinado en el sacrificio por los demás personajes más que por su inteligencia y perspicacia para avanzar en el relato. Burton escinde con su arrogancia y benevolencia la disociación entre sueño y realidad, sin acudir a la importancia que deberían causar las decisiones que van conformando la personalidad de su protagonista.
Si bien es cierto que la mayor excentricidad y encanto recaen en una digitalización de los personajes que, a la postre, desempeña un papel fundamental para dotar de credibilidad a personajes como la Reina Roja, Tweedledee y Tweedledum, el conejo, la oruga azul que fuma de narguile o el gato Cheshire, se vislumbra un exceso de CGI, de pixels a golpe de ordenador, que languidece ante aquella idea artesanal de un mercenario Tim Burton que ha dejado de ser un ‘enfat terrible’ para abrazar sin disimulo el ‘blockbuster’ acomodaticio. Lo triste es pensar que, no hace muchos años, Burton habría asumido el riesgo de adaptar una obra con la coherencia de aquel maestro de las pesadillas cinematográficas para todos los públicos.
La nostálgica índole de formas ‘feéries’ parecen no tener espacio en este Burton tecnificado y sometido por los edictos de Disney, como si se hubiera concebido pensando en recientes adaptaciones literarias como la saga de Narnia o ‘La brújula dorada’ antes que en el texto de Carroll. En ‘Alicia en el País de las Maravillas’ se descentraliza lo intrínseco y lo ideológicamente anfibológico del espíritu de la Alicia de Carroll para llevarla a un terreno de neurasténico y desestructurado, donde cada paso que acontece se antepone a sus propios movimientos.
Lo que Burton ha intentado es hacer creer que esta aventura era espectáculo visual mágico y sugestivo. Por el contrario, las imágenes se alejan de cualquier sensación de espectacularidad. Todo es plano, como en un escenario vacío de emoción. Algo que no se le puede perdonar a un creador de sombras y estética que rehúye el ‘horror vacui’ de cuidadas composiciones de dirección artística. Aquí, intenta entrar en los parámetros de Maxfield Parrish para su recreación de Underland, pero sin éxito, aunque haya guiños ornamentales de animales reales como pequeños monos, cerdos o ranas que sirven como lacayos de la malvada reina. La torpeza (o lo que es peor, la desgana) del director se deja entrever en muchos instantes donde algunos síntomas de brillantez aseguran a Burton el éxito indulgente. Pero pocos. Lo que queda es, entre otras cosas, esa batalla final despojada de dramatismo o épica, que bien poco tiene de espectacular en el encuentro entre el bien y el mal con la pugna de Alicia blandiendo la espada vorpal contra el Jabberwocky. Además, a la película le falta empaque iconográfico y contextual. Un desacierto que es disimulado con las notas del siempre genial Danny Elfman, de ese halo de noción trágica y entristecida, corriendo incluso el riesgo de depender en demasía de la partitura para que los fotogramas de claroscuros de Burton tengan la fuerza necesaria para fascinar.
Entre lo mejor de esta nueva cruzada de Burton con el cine fantástico está ése citado y virtual elenco inspirado en las ilustraciones de John Tenniel, donde destaca la composición de Helena Bonham-Carter, que se hace la dueña de la pantalla cuando tiene oportunidad. El peor parado es, sin lugar a dudas, un Johnny Depp (cuyo Sombro Loco es un remedo de Carrot Top) que rebosa de loco histrionismo al que se le va de la mano con un rol entrañable hasta la representación del insoportable gesto alucinado y maquillado que lleva tiempo reduciendo hasta el encasillamiento sus posibilidades interpretativas.
En ‘Alicia en el País de las Maravillas’, definitivamente, se echa de menos a aquel Burton más contracorriente, obsesivo e hiperbólico, al creador manierista y ‘outsider’ que era capaz de deconstruir sus creaciones con astucia, ingenio sarcástico y colorista crueldad. Ha quedado a medio camino en sus ínfulas convencer con este fallido juego que discurre acerca de las decepciones de esa niña que debe afrontar el mundo adulto en contraposición con el olvido de la fantasía infantil. En esta esfera, se podría asemejar al fallido ‘Hook’, de Steven Spielberg, en su intención de reinventar un icono literario fantástico de tan importante efigie. Y, como en aquélla, la jugada es bastante desfavorable.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Más allá del tiempo (The time traveler's wife)', de Robert Schwentke.

miércoles, abril 28, 2010

'E.T. El Extra-Terrestre': Localizaciones cinematográficas ayer y hoy

A través del director de fotografía y amigo Pol Turrents he llegado al imprescindible link ‘E.T. on the Set’, que hace aflorar los sentimientos más nostálgicos y evocadores a aquella infancia perdida de la que tanto se echa en falta en estos turbulentos días. El paso del tiempo, ese proceso absurdo que va huyendo progresivamente entre la nada y el todo de nuestras vidas, la sensación de lejanía de aquellos recuerdos que nos marcaron, pero que siguen vigentes por la presencia invisible y atenuada de lo que un día vimos como parte de nosotros, inextinguible ante lo efímero del paso de los años. Para una generación que creció bajo la magia de un cine que hoy es clásico, ‘E.T. El Extra-Terrestre’ sigue resucitando al infante que un día fuimos, a aquel pequeño que soñaba con narrar grandes historias. En la actualidad aquél niño de flequillo y rostro inocente ha quedado personificado en un cúmulo de propósitos desbaratados por el azar que, sin embargo, añora y se hace fuerte con aquel recuerdo. El filme de Steven Spielberg tuvo hace tiempo la declaración de amor más traslúcida y profunda hacia una obra cinematográfica que se ha podido leer en estas líneas abismales.
El ‘blogger’ Hervé Attia ha reavivado la llama del recuerdo con un impresionante y purificador documento que atiende a lo antes descrito. Ha viajado al 7121 de Lonzo Street, en Tujunga (Los Angeles) para mostrar cómo ha pasado el tiempo en aquel barrio, en aquella casa en cuya parte trasera Elliot encuentra a E.T. en un entrañable viaje por las calles, parques, bosques y demás localizaciones que dieron el espacio geográfico donde vivir un sueño de tal magnitud. Es como un hermoso retroceso a esa obsesión aflictiva que supera la temporalidad y nos devuelve a aquel 1982 en el que descubrimos que, como a Elliot, aquel alienígena feo de ojos saltones y cuello contráctil vino a nosotros en forma de fantasía hecha realidad.
Lo de reactualizar un vistazo a localizaciones en las que se rodaron películas no es nada nuevo. Hace tiempo, Ron Fugelseth y Patrick Radcliff, se fueron a aquel pequeño pueblo portuario de Portland donde se gestó ‘Los Goonies’. El mayor catálogo de localizaciones exhibe multitud de estos lugares mágicos en los que se rodaron películas más menos antológicas. Por último, desde el ‘blog’ Meridianos también se proponen algunos de estos apasionante viajes al “antes” y “después” de esos sitios que hicieron fantasear al público y que, con el tiempo, se ha transformado en santuarios de cinéfilos y apasionados.

lunes, abril 26, 2010

Gene Palma, el batería urbano de 'Taxi Driver'

En ‘Taxi Driver’ (filme de Martin Scorsese que será aludido en breve en este espacio abismal) hay un corte de secuencia que incluye una actuación de un hombre en los alrededores de la hoy ya inexistente Cafetería Belmore, tocando la batería con redobles en homenaje a otros grandes nombres del instrumento. Su aspecto es llamativo, es imposible no desubicarse en el recorrido que siguen Travis (Robert De Niro) y Betsy (Cybill Shepherd) en dirección al cine X, el mismo en el que el diálogo tiene como protagonista el disco ‘The Silver Tongued Devil And I’ de Kris Kristofferson. Viste traje, camisa de chorreras y pajarita, lleva la cara pintada de un color negro rojizo y lo que llama poderosamente la atención; la parte superior de su cabeza está teñida de negro, dándole una extraña apariencia brillante, como la cabellera de plástico de un muñeco antiguo. “¡Y ahora un redoble sincopado al estilo Gene Krupa!” grita al mismo tiempo en que voltea sus baquetas a una velocidad de vértigo.
Su nombre es Gene Palma. Durante los años 70 y principio de los 80 solía verse tocando su tambor cerca de la boca de metro en Sexta Avenida o en la 59th Street, girando sus palillos con un estilo inconfundible, recordando al inigualable Chick Webb. Tras su aparición en ‘Taxi Driver’, incluida por capricho del propio Scorsese, Palma participó, como un cameo 'freak', en el filme de 1980 ‘Hero at large’, de Martin Davidson con John Ritter y Anne Archer. Cuando llegaron los 90, pocos han sido los que han asistido a este peculiar artista callejero. Su extraño talento combinaba la esencia del ‘dowtown’ neoyorquino, con vagabundos reconocibles y la música perdida en las calles de la Gran Manzana. Palma era uno de esos personajes sinfónicos como lo fueron Flying Rabbi y su piano en Washington Square o Moondog, quien dejaría las calles y los ámbitos nocturnos de Nueva York para triunfar como compositor en Alemania. La red tampoco arroja muchos datos sobre el paradero de Gene Palma. Puede verse rara vez, por distintas esquinas de Nueva York. Apenas existe información respecto a este mítico integrante de la fauna de músicos urbanos de la capital del mundo. Sin embargo, a través de una fugaz aparición en una de las películas más memorables de la historia del cine, quedará en la memoria colectiva cuando uno revise ‘Taxi Driver’.

jueves, abril 22, 2010

Review 'Cinco minutos de gloria (Five minutes of Heaven)', de Oliver Hirschbiegel

Heridas sin cicatrizar
Oliver Hirschbiegel se apoya en sus personajes protagonistas para definir con pulso una irregular y compleja reflexión sobre la posibilidad de reconciliación y perdón en determinadas circunstancias.
En el conflicto de intereses irlandés, la Fuerza Voluntaria del Ulster (UVF) resurgió en los años 60 como un grupo paramilitar adepto a la Corona Británica dentro del territorio de Irlanda del Norte. Uno de los cachorros de aquella organización terrorista protestante fue Alistair Little. Con sólo 17 años, convertido en una pieza clave de los paramilitares del Ulster, asesinó a un joven católico llamado James Griffin para demostrar la fuerza de la agrupación y método de amedrentamiento de los católicos de Lurgan. Pasó los siguientes trece años en la cárcel para retractarse de su acto y mostrarse afín a la reconciliación entre las dos comunidades enfrentadas en Irlanda del Norte.
‘Cinco minutos de gloria’ va más allá. Recompone este acto verídico para imaginar un hipotético encuentro televisivo tres décadas después entre Alistair y Joe, el hermano pequeño de la víctima, marcado por la visión de aquel asesinato. La realidad y la ficción se fusionan dentro del argumento de la nueva película del alemán Oliver Hirschbiegel en una compleja reflexión sobre la posibilidad de reconciliación y perdón en determinadas circunstancias. Y en medio, una batalla con dos banderas, con dos identidades colectivas fragmentadas e irreconciliables.
La visión de Hirschbiegel, como cineasta foráneo al conflicto que se narra, aporta ese grado de neutralidad a la hora de acercarse cinematográficamente a la historia reciente de Irlanda, a la violencia aún latente y a la fragilidad del proceso de paz. Para ello se encomienda al guión de Guy Hibbert, especialista en meter el dedo en la llaga (fue, junto a Paul Greengrass, el guionista de ‘Omagh’, de Pete Travis) con una historia basada en conversaciones con los dos hombres que dieron sus nombres y recuerdos a este proyecto. ‘Cinco minutos de gloria’ se establece en dos segmentos. El pasado, donde se prepara y comete el atentado. Y el presente, con esos dos individuos encaminados con opuestos estados de ánimo a reunirse para saldar la deuda con el tiempo, el gran protagonista de la narración.
En este punto, es donde surge la traba del guión y de la película, ya que ambos están desproporcionados en estilo, ritmo, intenciones y, lo que es peor, en capacidad dramática, aunque en el prólogo haya escollos irracionales como esa madre acusadora a un niño por “no haber hecho nada” ante el atentado de su hermano. Mientras todo el inicio fluye con maestría, transfiriendo una puesta en escena maravillosa y un matiz de ‘thriller’ que hace levantar unas expectativas mucho mayores de las que están por acontecer, la segunda parte, por el contrario, se resiente en su exceso de frialdad, en su meticulosidad a la hora de poner en juego las emociones de los personajes y de dilatar el tono contingente de las tensiones entre personajes y sus fantasmas internos.
A ‘Cinco minutos de gloria’ le falla, y mucho, su abuso de teatralidad, su equilibrio dramático al que no ayudan sus espacios físicos, cerrados a partir de un instante clave, cuando lo anteriormente narrado ha rozado la exquisitez, la culminación de lo que es lo más brillante de la película. La geografía de territorios quiere simbolizar las esferas psicológicas de sus personajes. Mientras Griffin tiene una casa perfecta junto a su familia, pero martirizado por la muerte de su hermano, Alistair malvive en un cuchitril asumiendo su resignación ante los acontecimientos vividos e incapaz de curar su herida emocional, al igual que su antagonista. Es la forma de observar cómo la violencia ha infectado a ambos desde dos prismas diferentes. En ese sentido, la película funciona con obviedad, pero no plantea una perspectiva innovadora dentro de este cuento moral secular y desbarajusta sus designios diegéticos con ese final cargado de grandilocuencia que da al traste con buena parte de las virtudes del filme.
La clave sobre este acercamiento entre dos hombres que son enemigos y víctimas al mismo tiempo se va diluyendo lentamente olvidando la idea subyacente de ese imposible acercamiento con voluntad de reconciliación entre unionistas y republicanos y la nulidad de la venganza y el poder curativo del perdón. No obstante, lo hace sin renunciar a determinar sus aspectos psicológicos y políticos con firmeza, ya que es cierto que se subraya la idea de cerrar la herida para no infectar a las generaciones venideras. En este caso, las dos hijas de Griffin, las futuras víctimas de la obsesión, el odio y la sed de venganza.
Hirschbiegel hace que la cámara se mueva en torno a sus personajes, con atención y sigilo, en un gran trabajo de manipulación, de transparencia en su énfasis a la predisposición de la voluntad en las decisiones de los personajes, evitando, primero, obtener una perspectiva sensacionalista del entramado periodístico del encuentro. Y, segundo, la solidez ante el histrionismo, por mucho que James Nesbitt, se empeñe en dotar a su rol de un ademán enloquecido en su afectación de venganza. Es su parte interpretativa contrarrestada con un estupendo Liam Neeson, ese actor con un talento especial para dar vida a seres envenenados por la seriedad y la compostura entre la falsedad y la ingenuidad. En ellos recae el peso de la trama, en la construcción de los diferentes matices de sus personajes. ‘Cinco minutos de gloria’ es una película defectiva, irregular, pero intensamente humana en su reflexión sobre la réplica de la violencia, que aborda cuestiones sobre la ingenuidad ante la reconciliación, explotando un designio ideológico que aboga por olvidar el pasado y mirar al futuro con optimismo.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland), de Tim Burton.

miércoles, abril 21, 2010

T-mo-T, el nuevo 'spot' de Campofrío

El pasado lunes asistí a uno de los pases en 3D de ‘Alicia en el País de las Maravillas’, de Tim Burton, de la cual estoy escribiendo su crítica. Antes de la película, se produjeron dos momentos en los que la compatibilidad entre el público de la abarrotada sala se saldó con sendos aplausos y carcajadas varias.
Uno fue el maravilloso trailer de ‘Toy STory 3’, que se vislumbra, de nuevo, como la película de animación del año y el enésimo acierto de Pixar. El otro, llegó con este absurdo ‘spot’ publicitario de las Finíssimas de Campofrío. Puro delirio y creatividad enloquecida volcada en un imaginativo cuento de venganza ‘anti-tecnología’.

viernes, abril 16, 2010

Review 'Furia de Titantes (Clash of Titans)', de Louis Leterrier

El timo de la estampita
Este ‘remake’ es un anárquico sinsentido que reposa sus objetivos argumentales en la banalización de la mitología y en la ponderación de efectos especiales esgrimidos para las batallas entre hombres y bestias.
La primera versión de ‘Furia de titanes’, dirigida por Desmond Davis en 1981, supuso un intento trasnochado de ‘retro-camp’ del peplum intempestivo que en aquellos años no tuvo más que un discreto reconocimiento y la posterior etiqueta, algo sobrevalorada, de “película de culto”. Gracias a su inocencia y a la tosquedad de su factura visual hoy en día se deja ver con nostalgia. La historia, inspirada en la tradición de la mitología griega sigue siendo la misma, la de Perseo, hijo de Zeus y Danae, y su aventura para liderar una peligrosa misión cuyo objetivo es derrotar a Hades, el dios del inframundo, el cual quiere hacerse con el poder de Zeus y así desatar el infierno en la tierra y, de paso, salvar a la princesa Andrómeda. Los que conocen la versión de Davis no echarán de menos, por tanto, módulos narrativos como el descomunal Kraken, aquel mítico personaje, Medusa la Gorgona o muchos otros, como Pegaso, los escorpiones y Calibos.
La nueva versión sigue paseando por el peligroso filo de la serie B, en su inocuidad delimitada a la cautelosa búsqueda que dictan las directrices del estereotipo, zarandeando la épica en un juego de ‘revival’ algo tosco y redundante. Hasta que Louis Leterrier acepta que su disposición hacia la historia es la de el aspaviento visual concebido desde la aventura como una feria computerizada, ‘Furia de titanes’ es un anárquico sinsentido que reposa sus objetivos argumentales en la banalización de la mitología y su trasfondo de codicia y poder de esos hombres y dioses gobernados por un guión funcional y sin atisbos de ver más allá de la eficacia comercial fácil y solapada. En definitiva, cine de palomitas sin rubor y encaminado a la taquilla.
‘Furia de titanes’ no esconde su ambición ruidosa por contribuir a que lo mejor de su tarjeta de visita sea la ponderación de ese mundo batallas entre hombres y bestias. Leterrier es consciente de sus (muchas) limitaciones, por lo que no extraño que aquí llene la pantalla con un mosaico de acción desenfrenada, pero no evita caer en el pleonasmo visual, en la reiteración de luchas en las que el argumento se torna enmarañado hasta que es imposible vincular los monstruos que desfilan por la pantalla con los personajes. Hay dos estratos no vinculantes; aquellos en los que no sucede nada. Y otros, muy diferentes, donde se articula la acción en las mastodónticas batallas recreadas por ordenador a mayor gloria de esos fieros monstruos que parecen sacados de un juego épico de PS3. La exposición de los personajes y su interrelación no existe. Ni falta que hace.
Afortunadamente, y contraviniendo algunas conjeturas iniciales, la acción va creciendo y tomando forma por ese absurdo vacío que da pie a una nueva muestra de espectacularidad de ordenador. Si uno se mete en el inconsecuente esparcimiento, no hay problema, pues esta nueva versión es tan deudora de su tiempo como su predecesora. Es decir, que todo se sustenta en el artificio tecnológico. Sin embargo, por mucho que se hayan cuidado las texturas de las bestias y el despliegue tecnológico de los movimientos y luchas, esta nueva transcripción es mucho más insuficiente que aquella primigenia que trazó sus elementos más nostálgicos con el ‘stop-motion’ de Ray Harryhausen y que marcara una era que, hoy en día, se ve caduca y antediluviana.
Lo peor de aquella versión de 1981 es aquí equiparado con desacierto, siguiendo una línea endeble que va avanzando con desigual digresión por sus pasajes de contiendas infructuosas. El oportunismo de aquella, que aprovechó algunos de los títulos enseña del ‘exploit’ comercial del cine de los 80 es también un vestigio que esta nueva versión no se puede quitar de encima. Y es en este terreno, donde el ‘Furia de titanes’ 2010 encuentra su elemento más degradante. No se trata del hecho de su innecesaria revisión del clásico filme de aventuras, sino la utilización oportunista de la estela de moda de rodar en 3D para alcanzar algunos ingresos extra en la taquilla. Lo cierto es que Warner ha incurrido en una soterrada estafa al incluir esta nueva tendencia con un desdoblamiento estereoscópico en postproducción, por lo que los efectos que provienen de la modificación para explotar ese suplemento de espectáculo con gafas no son más que un burdo timo que, por si fuera poco, oscurece su visionado hasta el insulto de la negligencia. Así que si uno tiene pensado ir a ver este inapetente éxito, que lo haga. Pero sabiendo que está pagando una cantidad desorbitada por nada.
Por lo demás, poca cosa. Pese a ser el actor de moda gracias a ‘Terminator Salvation’ o ‘Avatar’, Sam Worthington reitera su insipidez interpretativa al servicio de la acción, donde su flema frívola únicamente explota cuando lo físico se antepone en pantalla a todo lo demás. Como actor, Worthington es muy limitado. Tampoco contribuyen a la gloria del filme los nombres de Ralph Fiennes o Liam Nesson, pues ambos no dejan de ejercer de meros comparsas que rozan el ridículo con sus caracterizaciones. Al menos hay dos actrices búcaros que alegren la vista, como son Gemma Arterton y Alexa Davalos. Podría haber sido peor de lo que es. Lo más satisfactorio es que su duración, al contrario de sucedáneos de esta tipología revisionista, no supera el centenar de minutos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Cinco minutos de gloria (Five minutes of Heaven)', de Oliver Hirschbiegel

miércoles, abril 14, 2010

Kevin Smith Toy

Está confirmado. Tras ser obligado hace un par de meses a abandonar un avión de Southwest Airlines y airearlo, como es lógico, con gran cabreo, en su Twitter, Kevin Smith deja claro, con esta instantánea, que se ha convertido en un muñeco de sí mismo, en una figura de ‘merchandasing’ andante. El cineasta, que vive en tiempos de crisis creativa, sigue siendo, ante todo, un divertido y locuaz ‘speaker’ lleno de ingenio y talento. Una pena que haga más de una década que no demuestra su valía. Lo próximo: ‘Vaya par de polis (Cop Out)’, que se estrena en mayo. Se trata de una divertida comedia policial al viejo estilo 'buddy movie' protagonizada por Bruce Willis, Tracy Morgan y Seann William Scott de la que, por primera vez en su carrera, él no es guionista.
¿Una nueva oportunidad perdida? Veremos.

lunes, abril 12, 2010

Steven Spielberg: La paranoia de los genios

A estas alturas todos han oído hablar de la obsesiva predilección de Stanley Kubrick por la perfección y la meticulosidad, por la enfermiza tendencia a considerar todo aquello que emprendía como algo mejorable. También en su intimidad, viviendo gran parte de su vida en la reclusión de un hogar infranqueable. Kubrick desató así, con ese carácter huraño y maniático, una serie de anécdotas convertidas con el tiempo en leyendas urbanas (o no); como que tenía miedo patológico a volar, no permitía que el coche en el que viajaba superara una velocidad ridícula siempre con un casco puesto, su afán ‘acumulaticio’ de papeles y recortes de periódicos, su creencia en la verosimilitud del atrezzo de los rodajes, su instinto de demiurgo tocacojones, de obseso de repetir tomas y tomas en los rodajes…
Steven Spielberg siempre ha sido y fue un fanático de la figura del gran maestro. Cuenta John Baxter que circula una anécdota a modo de chiste que narraba cómo al morir Spielberg subía al cielo, sin embargo una vez allí, era retenido para negarle la entrada. A Dios no le gustaban los directores de cine. Por allí pululaba un hombre con figura desastrada, con barba, que vestía pantalones de pana manchados y zapatillas de deporte viejas. “¿No es ese Stanley Kubrick?”, pregunta Spielberg. San Pedro echa un vistazo al tipo. “No, es Dios. Pero se cree que es Stanley Kubrick”.
Hoy en día esa figura mágica, inspirador de talentos e ilusiones infantiles de una generación concreta, es el mismo cineasta que rodó ‘Tiburón’ ‘E.T.’ o la saga de ‘Indiana Jones’. Por lo visto, según ha contado recientemente el New York Post, Spielberg estaría siguiendo los pasos de su adorado Kubrick con una actitud obsesiva por la seguridad de los proyectos que se trae entre manos. Tal es así, que en cada rodaje tendría una moto de gran potencia en caso de tener que escapar repentinamente, así como una estrategia de seguridad ideada por la mismísima CIA. La obstinación por la salvaguardia y tutela de su oficina y lo que sucede o se habla en ella también es de vital importanacia para él. Se cuenta que su escritorio está protegido por una luna de vidrio orgánico que emite una inaudible reverberación para que sus conversaciones telefónicas sean ultraconfidenciales. Es lo que Spielberg llamaría “la cúpula del silencio”.
Cada documento que entra o sale de su oficina está codificado, de tal modo que en una filtración en manos equivocadas, el sujeto podría ser identificado. Por último el diario neoyorquino señala que cuando Spielberg no se encuentra en su lugar de trabajo, tiene acceso con un cámara a todo lo que pasa en la oficina… y lo más inaudito, si hubiera un terremoto o un ataque de cualquier índole, los empleados están provistos de ‘kits’ de supervivencia que incluye cámaras antigas.
Si la grandeza de un genio se mide por rumores de absurda obsesión o paranoia, Steven Spielberg ya ha empezado a rubricar la suya con estos chismes de prensa.

viernes, abril 09, 2010

Review 'Corazón Rebelde (Crazy Heart)', de Scott Cooper

La grandeza de un actor
Scott Cooper narra una historia de tipos cansados en la derrota autoinfligida, que asumen su naturaleza para describir a ese viejo ‘cowboy’ al que Jeff Bridges interpreta de forma magistral, la auténtica vida y espíritu de esta cinta.
Jeff Bridges lleva décadas personificando con acierto y audacia al eterno perdedor, al ‘loser’ hastiado, a ese hombre cansado, sin ganas de seguir luchando y que ha perdido sus sueños refugiado en una botella de alcohol, fumando compulsivamente o en la desidia con la que ve pasar el mundo. Bridges ha dado vida, a lo largo de su extensa filmografía, a ese boxeador llamado Ernie que aprende a desaprovechar su oportunidad como su acabado preceptor, al gran pianista prematuramente derrotado Jack Baker, al locutor que provoca suicidios Jack Lucas, al ex presidiario y mal padre Jack Kelson, al superviviente de un trágico vuelo Max Klein, al fumado entrañable adicto a los bolos Jeffrey “El Nota” Lebowski, al padre negligente y cadáver Noah o a ese esperpéntico alto mando del ejército creador de un equipo capaz de matar cabras con sólo mirarlas Bill Django.
Toda esta incuestionable raigambre de personajes fracasados tiene el sugerente rostro de uno de los actores más estupendos del cine contemporáneo. Bridges hace suyo un rol extremo, otro de estos perdedores irredentos, víctima de sí mismo, perdulario de carreteras que vive al límite de su salud y su estigma de mártir. “Bad” Blake, cantante de country alcohólico en declive, tiene una oportunidad para la redención cuando conoce a una joven madre que le admira y se siente atraída por él. ‘Crazy Heart’ es la enésima muestra del gran talento de Bridges, un currante de la interpretación cuyo tonelaje atesora una versatilidad y grosor actoral que no restan a su potencial como tipo duro, golpeado por el drama escondido bajo esa voz ronca y expresiva.
En su época dorada, Blake hubiera venido a ser una evocación musical de figuras del género como Lefty Frizzell o Hank Williams. O más característicamente, a David Allan Coe o Merle Haggard. Evoca con ello a la figura de un resignado que vive inadaptado a los nuevos tiempos, anclado en su propio mito. Y a la vez asumiendo su evidente decadencia bajo el abrigo de una botella de whisky o de su adicción compulsiva al tabaco, por mucho daño que éstos vicios puedan hacerle. Es su estilo de vida, sin marcha atrás. Y lo más gratificante, en la película de Scott Cooper en ningún momento se juega con el sentimentalismo o la tristeza, tampoco con la compasión respecto al personaje. El actor es la auténtica vida y espíritu de esta obra. Sin él, no pasaría de ser un drama con innegables aciertos destinada a perderse en el olvido.
Bridges se transforma, una vez más, en ese desdichado con alma de castigado, perfilando la que es una de las mejores interpretaciones de su loable carrera; despojado de artificios emocionales, dejándose la piel en su personificación del cantante country olvidado, jugando con su carisma e inteligencia para lograr el milagro de esconder, en su portentosa recreación, todos y cada uno de los defectos estereotípicos del filme. Palidecen así las convincentes interpretaciones de aquellos que le rodean; desde una improbable amante con el bello rostro de Maggie Gyllenhaal, al aprendiz incondicional que triunfa en los escenarios Colin Farrell o el gran Robert Duvall, que apoya y alecciona a Blake en un rol que recuerda al personaje de Duvall en ‘Gracias y favores’, de Bruce Beresford, película con la que ‘Crazy Heart’ tiene tantos puntos en común.
Esa arcaica fábula moral de estrella y maestro del ‘country’ que vive su ocaso en la recóndita celebridad mínima para parejas maduras que son los únicos que recuerdan sus canciones no es nada nuevo. Pero hay un par de secuencias, casi consecutivas, que reflejan la degradación del personaje de Blake; primero, aquella en que vacía un bidón lleno de orina al salir de su todoterreno Silverado. Y otra, la que le sitúa totalmente alcoholizado delante de un grupo de seguidores en Pueblo, Colorado, para, en el momento de cantar uno de sus ‘hits’ más conocidos y dedicado al matrimonio del hombre que le ha regalado una botella de ‘bourbon’, salir a vomitarlo todo y volver dando tumbos para corear el final de su canción. Al día siguiente, Blake se despierta con esa ‘groupie’ añeja a la que dejar en la cuneta.
Scott Cooper sabe evadir con agudeza la previsibilidad en el naturalismo de sus personajes, que se mueven con lógica y vitalidad, llevados por su forma de ser, por sus impulsos e instintos. Es un filme funcional, con una evolución mucho más volátil y antojadiza que sólida. No obstante, no rehúsa el aliento de clasicismo melodramático que envuelve una historia, que agradece la fotografía simple y cruda de Barry Markowitz. Lo que más predomina en ‘Crazy Heart’ es la honestidad con la que ‘anti-épica’ de claroscuros, de tonalidad agridulce que va desgranando sus piezas en este viaje de autenticidad traslúcida hacia esa falsa catarsis de un personaje ahogado por la sombra de su pasado.
‘Crazy Heart’ nunca sucumbe al cliché de los que, cansados en la derrota autoinfligida, asumen su naturaleza. Describe como ese viejo ‘cowboy’ en busca de su destino tiene que afrontar un par de cosas antes de volver a escupir sangre. A pesar de lo que parezca, no es otro drama de segundas oportunidades y epifanías de última hora, sino que se centra más en la dignidad de una forma de vida, de no traicionarse a sí mismo cuando ha elegido su camino por mucho que se humanicen los sentimientos. Si bien es cierto que es una poderosa historia de redención, también lo es que se trata de una historia que no se aventura a describir aquello de lo que su protagonista necesita ser redimido Y esto, dentro de una cinta de bajo presupuesto que gira en torno del imprevisible perdedor de todas las batallas, ya es un logro a destacar.
El ‘country’ sigue siendo uno de los vestigios que representan lo más profundo de Estados Unidos y las historias de viejas glorias en decadencia una de sus grandes alegorías, por mucho que haya hermosas mujeres que reembolsen la iluminación para escribir nuevas canciones que suenan con la contundencia de las notas de Townes Van Zandt y Stephen Bruton.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Furia de titanes', de Louis Leterrier.

miércoles, abril 07, 2010

El mundo del fútbol a sus pies

Lo fácil sería llenar este post de adjetivos a la figura de ese jugador llamado Leo Messi, del estratega ejercitado en la genialidad de su disciplina, de esa joya consagrada a ofrecer el sortilegio perdido de un deporte en progresivo declive. De ese astro que rompe desde cualquier zona, que anuda el balón al pie con instinto goleador, anteponiendo, desde la inteligencia y la intuición, su visión de juego ante el rival. Su habilidad, su aceleración, su capacidad de entusiasmo colectivo y hacer posible que la amenaza se convierta, con aparente facilidad y magia, en contundente eficiencia, en divinidad técnica de hechizo imparable. Está destinado a ser un clásico entre los clásicos. Sería fácil llenar este post de adjetivos a la figura del jugador. Pero es mejor y más reconfortante disfrutar con el juego del que es, a día de hoy, el mejor jugador de fútbol del planeta.

martes, abril 06, 2010

Una secuencia al azar (X): La insalubridad de la América Profunda en Texas

Recuperar ‘La matanza de Texas’, uno de los pilares del cine ‘gore’ y del cine contemporáneo, siempre es una satisfacción. La historia de la familia liderada por Leatherface (Gunnar Hansen) con su sierra mecánica y los asesinatos de los cinco jóvenes en el matadero Menfield merecen una digna mención en los anales del Séptimo Arte. Esta obra maestra refleja (de modo implícito) no sólo la ambición de un joven y aguerrido cineasta, Tobe Hooper, por ver su filme en una pantalla grande, sino también por ser el ‘gore’ más expurgo de la Historia. Sigue llamando la atención cómo y de qué forma, siendo una de las cintas más violentas y llenas de mugre a lo largo de tantas décadas, sin que aparezca en pantalla ni una maldita gota de sangre ¿Dónde reside pues el terror? Hay que destacar algunos aspectos como el granulado de la imagen, la banda sonora chirriante, su brutal contundencia, la insalubridad presente en la puesta en escena y, sobre todo, los personajes creados de la enferma mentalidad de Hooper.
Si por algo destaca ‘La Matanza...’ es por la aversión y la antipatía que despiertan en el espectador los cinco protagonistas. Jóvenes rebeldes, deseosos de sexo y drogas, resabidos vitales, imbéciles de ciudad... Algo que sigue sin cambiar pasen los años que pasen. En especial Franklin (Paul A. Partain), ése gordo bastardo en silla de ruedas con la salchicha a modo de puro. Con la envidia corroyendo sus entrañas. El espectador siente el deseo de que el retrasado ‘Cara de cuero’ acabe con ellos. Absolutamente todo lo que aflora dentro del celuloide está enfermo. Y lo que es mejor, hace delicioso el cine de género. Secuencias memorables como la cena familiar con una Sally llena de sangre y plumas de pollo, el martillazo con el que muere uno de los protagonistas. O la secuencia al azar que nos ocupa, la de Sally (Marilyn Burns) logrando escapar berreando mientras corre delante del perturbado hermano del temible Nubbins (Edwin Neal), que va acuchillando a la joven mientras Leatherface amenaza con su motosierra unos pasos más atrás.
Cuando está a punto de conseguir su propósito, un camión atropella estrepitosamente a Nubbins. Un gordo afroamericano baja para comprobar qué ha pasado. Al observar a Leatherface en plena acción, tanto Sally como el gordo logran subir al camión. Están listos para huir, pero inesperadamente deciden bajarse, a pesar de que ‘Leatherface’ no puede atravesar la puerta. Nuestro asesino, en un aspaviento enardecido cae al suelo y se corta accidentalmente la pierna mientras el gordo le mira. Por si no fuera todo lo suficientemente surreal, una furgoneta aparece en escena y en primera estancia parece no tener intención de socorrer a nadie. Tras un volantazo, el gordo sale corriendo en dirección contrario al vehículo (sic) y Sally logra subirse a la parte trasera para escapar definitivamente del siniestro homicida. Todo sin mucho sentido, esperpéntico, como una insuperable muestra de la iconografía gótica y enloquecida de la América más profunda. De la suciedad que empaña las carreteras rurales, trufada de una subversividad enfermiza, con múltiples lecturas, rica en simbología.
‘La Matanza de Texas’ debe permanecer en nuestra memoria como lo que es: una rotunda y magistral obra de culto que permanecerá imborrable por siempre jamás.

viernes, abril 02, 2010

Review 'Green zone: Distrito protegido (Green Zone)', de Paul Greengrass

Las mentiras de una guerra ilegal
Nueva visión sobre el conflicto de Irak, la cinta de Greengrass utiliza el campo de batalla como contexto muy adecuado a su visceralidad como cineasta en una oportunista crítica progresista que ha llegado muy tarde en su distancia respecto a los acontecimientos.
En 2002 la crisis del desarme iraquí sirvió como pretexto para la invasión de Irak que se llevó a cabo marzo de 2003. Encabezada por George W. Bush y una coalición de países en la que ejercieron de prosélitos, entre otros, el primer ministro británico Tony Blair y de ‘perrito faldero’ José María Aznar, por aquel entonces presidente de España, se inició una guerra preventiva para desarmar a Irak con la excusa de que en el país se escondían armas de destrucción masiva, conocidas con las siglas ADM. La idea era acabar con Saddam Hussein y su respaldo al terrorismo internacional y con ello lograr la libertad al pueblo iraquí. Actualmente, la guerra prosigue y desde una perspectiva objetiva, aquel ataque llevado a cabo por la Administración Bush y las medidas adoptadas para justificar la guerra ensombrecieron las distinciones morales, legales y políticas dentro de las leyes universales contra la agresión.
La guerra de Irak ha sido, por tanto, un conflicto basado en imperdonables mentiras y conducida con unos intereses destructivos y económicos que violaron el tradicional ‘jus ad bellum’, poniendo en evidencia al ejército marine cuando los culpables señalaban a los que dirigieron las operaciones desde los despachos en un conflicto donde los yanquis ocuparon el país, intentaron infructuosamente instaurar un nuevo gobierno de transición y tener así el control, pero que todavía no ha terminado. Y no da indicios que así sea.
‘Green Zone’ arranca con el ejército americano siguiendo minuciosamente los preceptos de vulneración de la resolución 1441 aprobada para llevar a cabo las inspecciones ordenadas referidas a la existencia de armas de destrucción masiva. Obviamente, los marines no encuentran tales armas. El nuevo filme de Paul Greengrass se centra en el subteniente del ejército marine Roy Miller y su equipo, que busca las inexistentes armas en una espiral de falsedades llevadas a cabo por su gobierno y el servicio secreto. En un terreno desconocido, a este heroico soldado inmerso en una conspiración que amenaza a todo un país lo único que empieza a importarle es descubrir la verdad. Basada en el libro ‘Imperial Life in the Emerald City: Inside Iraq’s Green Zone’, de Rajiv Chandrasekaran, ex corresponal del Washington Post en Bagdad cuyo guión ha llevado a cabo Brian Helgeland, ‘Green Zone’ aporta una mirada mucho más crítica al conflicto y las decisiones que lo provocaron que la acción sobre la que se sustenta el relato cinematográfico.
A Helgeland, sin embargo, se le puede recriminar la linealidad, reduccionismo y previsibilidad con la que sus personajes transitan por las situaciones y disyuntivas, con un puñado de diálogos de cabecera que se sostienen en la cámara de Greengrass, que sabe disimular sus evidencias, por mucho que el laberinto de intereses esté bien entramado. Una denuncia crítica, por el contrario, que palidece ante el documental ‘No End in Sight’, de Charles Ferguson, que inculpaba a los mismos causantes de las negligentes decisiones que provocaron la guerra de Irak con mucho mejor acierto y capacidad argumentativa. Lo más interesante, tal vez, sea el enfoque de las rivalidades que se van sucediendo entre departamentos dentro de la rama ejecutiva, de las tensiones recíprocas que surgen entre una bipolaridad en el seno de los servicios de inteligencia y su relación de ardid con Miller, de traductores patrióticos en una patria sin futuro o periodistas que, lejos de la caracterización de manipuladores, quieren llegar a la verdad porque no asumen las infamias unilaterales del jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición Paul Bremer ni de un gobierno que adultera la verdad por oscuros intereses antidemocráticos. Y destacan, haciendo creíbles sus aportaciones esos Matt Damon, Khalid Abdalla, Greg Kennear, Brendan Gleeson o Amy Ryan que conforman su reparto.
En el apartado visual, todo el mundo sabe cómo se las gasta Greengrass, por lo que no debe sorprender si el espectador, aturdido con su famosa cámara en mano, se pierde entre las imágenes con tanto movimiento incesante, con una narración sustentada en la búsqueda de esa pretendida hiperrealidad nerviosa (que no documental) de extrema rapidez y movilidad acalorada. Es el sello enardecido del cineasta inglés. Y si bien, en los primeros compases de aturdidor montaje en ‘staccato’, con pulso de Parkinson, se puede hacer insoportable, la acción utiliza la imagen como herramienta para ejercer un cúmulo de sensaciones que pasan por la retina a una velocidad de vértigo ¿Que marea? Pues sí ¿Qué hay veces en que parece un videojuego bélico de visión subjetiva? Muchas. Sin embargo, Greengrass es así. Muy inmediato en su forma de filmar, muy acelerado y, por tanto, tenemos que asumir que, de esta manera, no desnaturaliza su condición de cineasta con estilo propio.
Por otra parte, hay algo que llama la atención dentro de ‘Green Zone’. Por mucho que siga fiel a su histérica cámara movediza que auspicia un realismo sensacionalista, el público tiene la sensación en todo momento de que está ante una aparatosa función en la que parece que hubieran sacado a Jason Bourne de su saga y lo hubieran metido de lleno en Irak, porque los movimientos, razonamientos, dudas e incluso tácticas para llegar hacia un final concreto y una verdad fiable responden totalmente a la temática de intriga y conspiración del citado personaje. A Greengrass eso le da lo mismo, en esos terrenos políticos y militares, de idas y venidas, de trampas y escapes, de tiros que rozan de soslayo, le vienen muy bien para convulsionar la imagen al son de los ataques, haciendo del campo de batalla un contexto muy adecuado a su visceralidad como cineasta.
‘Green Zone’ es un ‘thriller’ bélico que utiliza el género como excusa. Por mucha acción ajetreada que haya, mucha carrera o mucha persecución redundante sale a la superficie un tufo a fondo político que no se puede disimular. Bajo esa cuidadísima atmósfera de impecable credibilidad y la ambientación de los peligrosos submundos de Irak, en el filme subyace un mensaje querellante, crítico y acusador. Está muy bien que no se desatienda la cultura militar, aquella que apunta a los combatientes a seguir cualquier directriz. Greengrass sabe operar con funcionalidad y ‘cinema veritè’ a la hora de mostrar esos vehículos militares entorpecidos por una multitud de iraquíes que piden agua desconsoladamente. Lo que importa de verdad es mostrar a Miller como un soldado íntegro que sigue las órdenes a rajatabla, llevando su misión a cabo hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, es también humano y reflexivo y en el instante en que nada concuerda se impone su condición de guerrero, valorará las circunstancias y seguirá su propio código de honor, aquel que deberían seguir los grandes combatientes del ejército marine.
Más allá de la crítica, aquí trasciende la limpieza de imagen del soldado marine, desacreditado últimamente por sus negligentes actuaciones dentro del campo de batalla, señalando con el dedo a aquellos que quieren hacer olvidar a los verdaderos responsables de la guerra, que son demonizados sin ningún tipo de disimulo argumental, dando de lleno en aquellos que, manipulando la opinión pública, hicieron lo que les dio la gana y llevaron a cabo una sistemática estratagema de engaños siguiendo las motivaciones de venganza y la mitología sanguinarias de un alcohólico, inepto y torpe George Bush.
La pena y el gran error de ‘Green Zone’ es que este filme denuncia encubierto en su género de acción sin freno, en su intención oportunista de bordarse un distintivo progresista, es que ha llegado muy tarde en su distancia respecto a los acontecimientos, cuando éstos han sido revelados y demostrados hace ya tiempo. Y su estreno, con tan poco tiempo sobre ‘The Hurt locker’, la gran ganadora de los Oscar, tampoco aguanta muchas comparaciones. Y más, cuando el mayor responsable de la estética final del filme, y la postre, su mejor virtud, precisamente recaiga en Barry Ackroyd, el mismo responsable que ha dirigido la fotografía de la película de Kathryn Bigelow.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Crazy Heart', de Scott Cooper