miércoles, 31 de marzo de 2010

Paganía alcoholizada: 80 anversario del Entierro de Genarín

Mañana es Jueves Santo, el primer día del Triduo Pascual, jornada en la que la Iglesia Católica conmemora la institución de la Eucaristía en la Última Cena de Jesús dentro de una semana donde la tradición católica celebra la muerte de Cristo, la pasión como bien dejó para la posteridad fílmica el ínclito rumí cristiano Mel Gibson. Pero hay otras conmemoraciones, en este caso paganas y heterodoxas, que avivan una afinidad para aquellos a los que la zambra y el embriaguez les motiva para profesar su dogma hacia la baraúnda tumultuosa. O lo que es lo mismo, la fiesta jaranera sin freno donde el alcohol es la deidad a venerar.
Esto es lo que sucede en la Semana Santa Leonesa, en esta noche de Jueves Santo, donde miles de leoneses y potenciales odres llegados de toda España invaden el casco antiguo de la ciudad, el popular Barrio Húmedo, para celebrar el Entierro de Genarín, una romería que se determina por ser estridente, picaresca y de carácter beodo en todas sus dimensiones. Una procesión desplegada a la gloria de Genaro Blanco, más conocido como Genarín, un personaje de principios de siglo que ejercía de pellejero y que vivió en León. Era conocido por ser bajito, caricaturescamente feo, tunante artero, diletante de los lupanares (es decir, un putero en toda regla), pero sobre todo ha pasado a la historia como un gran borracho. Así de fácil. y sencillo Un buen día, mientras se acercaba dando tumbos hasta la Avda. de los Cubos (una de las calles más populares de la ciudad), el primer camión de la basura de la ciudad de León le atropelló y acabó con su bulliciosa vida en marzo de 1929.
Cada año, como manda el ceremonial, la comitiva se desplaza desde la Calle de la Sal (siguiendo la liturgia de los 30 pasos, oratorias de romances e ingestión de grandes cantidades de orujo de la tierra) portando en las espaldas de los cofrades (ya mamados) un paso que acarrea un barril de orujo con una corona de laurel y velas hasta la Plaza del Grano, donde se prosigue con los romances y los desmedidas degluciones de orujo hasta que el hermano colgador de la cofradía de Genarín se encarga de escalar la muralla y colocar en lo alto una botella de orujo, queso, pan de hogaza y dos naranjas, que simbolizan el alimento para el espíritu de Jenaro, el Genarín.
Entonces entona los siguientes versos:
Y antes de ser declamadas para gloria de este mundo,
siguiéndote en tus costumbres, pues nunca ganasteis lujos,
bebamos a tu memoria una copina de orujo,
que fue lo que más chupaste antes de ser difunto.
Y así termina esta vía-crucis, con todo el mundo ebrio, brindando con orujo.
Una entrañable fiesta, sin duda alguna, que muchos tachan de sacrílega e irreverente. Pero a los fieles de esta tradición “que les quiten lo bailao”. Este año se cumple el 80 aniversario de este ritual de laurel, queso, una hogaza de pan, naranjas y una botella de orujo en honor a este santo no reconocido por la Iglesia. Si, hace años, María Jiménez hubiera sabido de la existencia de esta romería, seguramente que no hubiese vuelto a arrastrar el culo en el Rocío.

viernes, 26 de marzo de 2010

Review 'Los hombres que miraban fijamente a las cabras (Men who stare at Goats)', de Grant Heslov

La esperpéntica locura de los marines
Grant Heslov y George Clooney optan por la comedia y desenfreno gamberro para satirizar la guerra y el ejército en un filme extravagante que, sin embargo, no alcanza un nivel estable en su surrealismo pintoresco.
A lo largo de su carrera el actor George Clooney ha dejado ver dos perspectivas intencionales en su filmografía como director, productor y actor; la de un hombre comprometido con la reivindicación política y la de un gamberro con ganas de divertirse en cuanto tiene la más mínima ocasión. Cintas como ‘Buenas noches y buena suerte’, ‘Oh. Brother!’, ‘Michael Clayton’, ‘El soplón’, ‘Syriana’, la saga de ‘Ocean’s’ o ‘Up in the air’ son clara muestra de ello. Parece como si Clooney tuviera un apego especial por destapar las bagatelas de los discursos políticos llenos de mentiras, de denunciar el abuso de los intereses geopolíticos norteamericanos e internacionales y por la ridiculización de un sistema en constante decadencia.
Ese cinismo comprometido con la causa y con su vena más cínica se alían en la que, posiblemente, sea su película más excéntrica. ‘Los hombres que miraban fijamente a las cabras’ está dirigida por su socio y amigo Grant Heslov. Se trata de una sátira política que gira en torno al hallazgo, por parte de un periodista que viaja a Irak en busca de reconocimiento, de un grupo de ‘supersoldados’ del ejército americano con poderes psíquicos que encabeza Bill Django, creador de un equipo capaz de matar cabras con sólo mirarlas, manipular las mentes del enemigo, experimentar sobre la invisibilidad y la capacidad de atravesar muros.
Lo que llama la atención de una idea tan enloquecida es que lo que se narra dentro de ‘Los hombres que miraban fijamente a las cabras’ esté basado en hechos reales. La acción tiene su germen en el libro homónimo de Jon Ronson y se centra el jefe del servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos durante los años 80, cuando contraespionaje y sus unidades secretas se sirvieron del servicio de inteligencia de Estados Unidos para asumir un estudio de la parapsicología como modo de experimento militar en el que cabras eran utilizadas como conejillos de indias para esa abducción mental que permitiría a los marines manejar al enemigo en interrogatorios a sus prisioneros de guerra con el propósito de victoria en futuras guerras. El guión de Peter Straughan traza una excéntrica visión sobre unos personajes demenciales que se van dejando llevar por una utopía absurda colocada en un trasfondo (anti)bélico de guerreros invencibles de un ejército denominado ‘Tierra Nueva’, una secta de chiflados anclados en la ideología hedonista y trastornada de los 70.
Es en esos parámetros donde el filme de Heslov ancla sus atributos cómicos, en la descripción a modo de ‘flashbacks’ de ese misterioso líder que viene de colocarse y vivir el ‘hippismo’ post-Vietnam y asume el liderazgo de un grupo de hombres que creen sus habilidades mentalistas y poderes paranormales aplicadas a las fuerzas militares. Su constante juego de ‘gags’, de extraño desnivel narrativo, de recurrentes alusiones a la saga de ‘Star Wars’ y un constante desenfreno gamberro y disoluto la convierten en un filme extraño que pretende reírse de la guerra como lo hicieran Stanley Kubrick, Terry Southern y Peter George en ‘Teléfono Rojo ¿volamos hacia Moscú?’.
Obviamente, el juego satírico se queda a medias si entramos en ilógicas comparaciones con aquélla. El personaje de Clooney, Lyn Cassady, parece salido del ‘Steve Canyon’ de Milton Caniff, siendo el motor que impulsa la acción y el rol en el que mejor funciona la comicidad por encima de la recreación de Bridges, que está sujeto a un taxativo humor intrínseco que recuerda en exceso a “El Nota” Lebowski y demasiado estricto a su extravagancia. El humor físico y la parodia de matiz y espíritu ‘new age’ convocan esa confrontación entre un grupo de pirados que perfeccionan técnicas de manipulación y control mental por medio de drogas e hipnosis y ese ‘reverso tenebroso’ dentro del ejército en el que cohabitan soldados del ‘lado oscuro’, como el personaje de Kevin Spacey, Larry Hooper, llevado por al envidia y el miedo a una causa del mal, el refractario cuestiona y envidian a los que tiene ese ‘poder’.
Es una pena, empero, que Heslov no sepa mantener el ritmo y todo el entramado se diluya un poco en la reiteración de su comicidad, del desequilibrio irregular y la anarquía que termina por licuar sus intenciones. ‘Los hombres que miraban fijamente a las cabras’ deja cierto sabor a decepción ya que, como sátira antibelicista es poco crítica, aunque es cierto que en poco menos de hora y media se desmontan con sarcasmo la historia reciente militar de Estados Unidos y sus patrióticos soldados, desde la era Reagan hasta las arbitrariedades transformadas en desvergüenza como las de Abu Ghraib y Guantánamo. El fragor conspiratorio es tomado a cachondeo y ciertos estratos del ejército marines expuestos como auténticos desequilibrados de cerebro empañado por la locura psicotrópica, pero queda la sensación de cierta autocomplacencia, de distanciamiento del discurso crítico sobre la sociedad americana a la hora de exhibir a ese grupo de hombres trastornados por su propia paranoia que son capaces de torturar a sus prisioneros con canciones y vídeos infantiles americanos de Barney el Dinosaurio.
Si bien los dos niveles del relato, la de ese periodista americano que quiere recuperar a su mujer, cuyo amante es su propio editor con un brazo protésico de metal y que se va a Kuwait como enviado especial, pasando los días en un hotel a cientos de kilómetros del territorio expuesto al peligro bélico y el momento en el que conoce a Cassady, cruzando la zona de guerra y descubriendo al fundador y gurú del Ejército de la Nueva Tierra, funcionan con cierta fluidez, la película acaba por no enderezar todos sus planteamientos, dejando que su discurso sobre el conflicto de Irak, al igual que el de Vietnam, sustentados en la tergiversación del vislumbre alcaloide, no acierte en su perspectiva despojada de divinidad de cualquier conflicto bélico.
‘Los hombres que miraban fijamente a las cabras’ es una película excéntrica donde las haya. Y si bien no encuentra un nivel estable en su surrealismo pintoresco, nunca se avergüenza de su condición de ‘outsider’ ni de seguir con honestidad su ‘tour de force’ con su contenido sintético sobre lo ‘zumbado’ de la condición humana. Habría estado bien que tanto Heslov como Straughan hubieran pulido un poco más ese gamberrismo desde una perspectiva más satírica a la hora de apunta a la imbecilidad propia de los gobernantes del mundo y sus instrumentos para paliar las contrariedades sociales y mundiales en constante desarrollo. Lo importante es que en Hollywood, engreído erial donde existe una estricta disposición a producir exclusivamente películas con potencial taquillero, sigan viendo la luz películas de esta calaña. El hecho de que George Clooney, Jeff Bridges, Ewan McGregor y Kevin Space estén dentro de esta locura asegura que la Gran Industria siga teniendo la libertad de dejar piezas como esta ‘locure’ tan absurda.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW:'Green Zone: Distrito protegido', de Paul Greengrass

martes, 23 de marzo de 2010

Los diez mandamientos del Cowboy

La icónica figura del ‘cowboy’ siempre ha estado ligada, según la cultura popular, al universo del ‘western’, a su simbología de ese hombre solitario, desarraigado, inmerso en largas travesías de ‘Longhorns’ que ha pasado a la grafía general como un emblema arquetípico del individualismo norteamericano, más allá del ‘branding’, de los ranchos o de todo la cultura real a la que conlleva esta mítica figura. Alejándose en la memoria del ‘Far-West’, el ‘cowboy’ permanece atento a su revolver y a su ganado, en busca de recompensas, incluso manchando su reputación con rapacerías o estraperlos, sin quitar ojo al furtivo ataque de los indios, tomando un trago después de una dura jornada en el ‘saloon’ de cualquier ciudad sin ley en las que los bandidos amenazan con su violencia sin límites. La efigie de uno de los géneros cinematográficos por excelencia dibuja un atractivo mito que bien supieron ver maestros de la talla John Ford, Henry Hathaway, Anthony Mann, Gordon Douglas, Thomas Harper Ince, John Sturges, Delmer Daves, Budd Boetticher, Sergio Leone o Sam Peckinpah dibujando un mundo de traiciones, asolamientos, soledades y de afecciones varias.
Como es lógico, hoy en día, el cowboy desempeña su trabajo como un vaquero al uso, adoptando el término etimológico de su ocupación. Es decir, que un cowboy se dedica a cuidar al ganado cuando pasta en el ‘open range’, procurando no perder de vista ninguna res o marcándolas para delimitar la propiedad de cada rancho, así como en cada primavera (el llamado ‘spring roundup’) atrapar a los nuevos becerros con el lazo para determinar su feudo y evitar así robos innecesarios. También perpetúan su leyenda dentro de los rodeos para los llamados ‘rhinestone’ cowboys, celebraciones rurales donde se siguen manteniendo las exhibiciones de jinetes, el típico lazo para atrapar indomables terneras o el más clásico y reconocible rodeo donde los jinetes procuran no caer del lomo de broncos salvajes y toros de dimensiones descomunales. Eso sí, no puede faltar el baile típico de estas celebraciones al son de la música ‘blue country grass’ ni una buena barbacoa y tampoco, por supuesto, una rica zarzaparrilla.
Hace unas de semanas, el gobernador de Wyoming, Dave Freudenthal, firmó la llamada ‘Ética del Cowboy’, dispuesta en diez mandamientos y presentada como un código legislativo aprobado por el citado estado. Se trata de una serie de normas derivadas del libro ‘Code of the West’, del ex inversor de Wall Street James Owen. Estas directrices no son vinculantes ni conllevan sanciones penales y no pretenden sustituir a ninguna pauta del código civil. Simplemente procura rescatar el espíritu tradicional y épico del cowboy dentro de la cultura americana actual.
Los diez mandamientos son los siguientes…
1. Vivir con valentía.
2. Ejercer con orgullo el trabajo.
3. Terminar lo que uno empieza.
4. Hacer lo que sea necesario.
5. Ser duro, pero justo.
6. Cumplir las promesas.
7. Cabalgar para echar el lazo.
8. Hablar menos y decir más.
9. Recordar que algunas cosas no están en venta.
10. Saber dónde establecer los límites.
A Freudenthal se le ha olvidado uno de los más importantes: “No escupir contra el viento”.

jueves, 18 de marzo de 2010

Review 'The lovely bones (The lovely bones)', de Peter Jackson

Lo onírico ante todo
Peter Jackson adapta la novela de Alice Sebold mucho más interesado en exhibir un universo de color y efectos especiales que en desarrollar a sus personajes y sus necesidades narrativas.
En Estados Unidos, la novela de Alice Sebold ‘The lovely bones’ es, desde su publicación, una lectura casi imperativa. Uno de esos fenómenos producidos gracias a las ventas multitudinarias llevadas a cabo por la enorme maquinaria promocional de un solo programa que la aconsejó encarecidamente. Fue Oprah Winfrey la que contribuyó a difundir y multiplicar las ventas de ese libro publicado en España como ‘Desde mi cielo’, otorgando el efímero milagro del superventas que llegó a manos de Peter Jackson para convertirla en película. Jackson ha optado por esta historia intimista para su regreso a la gran pantalla después de haber conquistado el estrellato definitivo con la trilogía de ‘El Señor de los Anillos’ y haber cumplido un costoso y erróneo sueño del calibre de ‘King Kong’. Además, los paralelismos sobre el papel entre esta nueva película y uno de sus más notables títulos, ‘Criaturas Celestiales’, apuntaban a que el director neozelandés reanudaría su cine más alejado de los grandes estudios y más delimitados a historias modestas. No es así.
‘The lovely bones’ se centra en la vida (o la muerte, en este caso) de Susie Salmon, una inteligente adolescente de 14 años que sueña con ser fotógrafa de la naturaleza y que, en la flor de la vida, es asesinada por el señor Harvey, un huraño vecino con tendencias psicopáticas. Susie quedará confinada a un páramo a modo de limbo ‘tuneado’ por la imaginación y los estados de ánimo de la niña, que observa desde el cielo cómo su familia encaja la pérdida, las reacciones que suscita su muerte entre el vecindario y la evolución solitaria de su asesino. El espectador se embarca así en un desdibujado viaje hacia la comprensión y asimilación por parte de la niña de su propia muerte, así como de las determinaciones vitales de aquellos que la quisieron.
En principio, ‘The lovely bones’ promueve una descripción que se demarca a la rutina de la niña, a su día a día, a sus ganas de vivir su primer amor, a su pasión por la fotografía, a su relación con su padre, a sus pequeñas disputas con su hermana o el heroísmo con el que salva a su hermano de morir ahogado. Jackson sabe convenir esa normalidad algo dilatada para dar un particular golpe de efecto que, a la postre, es donde mejor funciona el filme. Se trata de la tensión creciente que va marcando el juego psicológico de Harvey y la niña que desemboca cuando la frágil e inquieta de Susie se mete de lleno en la boca del lobo. Es cuando el suspense se apodera de la pantalla y trasmite su enfermiza atmósfera a los terribles acontecimientos que se suceden. Pero existe una pequeña traba en todo esto. El hecho de que la historia sea narrada en primera persona por la protagonista muerta, uno de los vértices narrativos más favorables de la novela de Sebold, es, paradójicamente, un menoscabo en la adaptación de Jackson, ya que perjudica su eficacia argumental por lo pormenorizado en las descripciones que interrumpen o anticipan la acción, anunciando cada movimiento de la historia al espectador mediante una obstinada y plañidera voz en off. Imaginando ‘The lovely bones’ sin tanto subrayado cabría pensar que la adaptación de Jackson, junto a Fran Walsh y Philippa Boyens, podría haber ofrecido una visión mejorada olvidándose de esta puntual adhesión a su fuente literaria.
Sin embargo, no es sólo eso. En la película de Jackson se obvia, por ejemplo, que la joven Salmon es salvajemente violada y torturada antes de morir. Obviamente, se puede pensar que se trata de un tenue acomodo que es innecesario para la trama. La sutileza no es el problema. El problema es que con esta supresión se resta una terrible fuerza a la ambigüedad con la que se maneja el relato, que no hace más que mitigar la violencia que desprende un hecho tan cruel, perdiendo el equilibrio entre la crudeza del asesinato y el desarrollo de la posterior reflexión de la niña respecto al tema. Se desvirtúa así toda la estimulación espiritual que convoca en la joven para su dictamen sobre la propia fatalidad y su superación. El guión de Jackson tampoco sabe transferir en imágenes la desintegración del núcleo familiar, el deterioro que va haciendo mella en la relación de los padres o en las preguntas que genera la muerte de su hermana en los otros hijos de la familia. En todo caso, se hace de forma atropellada, sin ningún tipo de búsqueda psicológica que la provoque más que un pequeño acercamiento a la impotencia y obsesión del padre por encontrar al asesino de su hija descrita en un par de secuencias.
La materia prima que podría haber generado esa lenta recuperación del entorno familiar, el esfuerzo de superación de la trágica y violenta pérdida de una hija, queda diluida en algún elemento adjunto a la línea argumental. Y se acabó. Esto queda patente en la forma en la prácticamente se anula al hermano pequeño o la inhabilitación dramática de Abigail (posiblemente la peor interpretación de Rachel Weisz), que es descrita en su crecimiento como persona por los libros que va acumulando, pero en absoluto en su desmoronamiento como esposa y madre ante los hechos. Eso sí, la poca funcionalidad de la abuela Lynn (aunque en su arranque tenga las mejores frases en boca de Susan Sarandon) le sirve a Jackson para crear una ruptura de ritmo y meter con calzador un poco de comedia, de refresco dentro del oscilación de géneros, como guiño contracorriente a esa esmerada grandilocuencia del propio cineasta.
El gran inconveniente que merma la categoría de una película tan prometedora como ‘The lovely bones’ es el propio Peter Jackson, al cual se le percibe más interesado en exhibir ese universo de color y efectos especiales que rodea a la joven interfecta mucho más que cualquier otra cosa. Pero su dilema no deviene en acopio de énfasis tecnológico. Todo ese exceso de imágenes saturadas se apoya en la argumentada subjetividad de ese “edén” que cada persona experimenta de una forma diferente. De ahí que la elección de Susie sea un universo edulcorado y colorista en relación a su edad, justificando los estados emocionales de una niña adolescente. El desaguisado llega cuando Jackson se eterniza en la constante pretensión de deslumbrar con tanta estética embellecida, imponiendo el seguimiento de ese limbo mostrado como nirvana ‘new age’ ataviado de música empalagosamente quejumbrosa que hace perder el equilibrio entre los mundos antagónicos (la frontera del mundo real y el mundo intermedio de Susie), olvidándose de los personajes y de sus ne¬cesidades narrativas. Al contrario que Sebold en su libro, esta adaptación cinematográfica del espacio imaginativo de la niña se potencia como el gran atractivo del filme, con sus oníricas imágenes, antes que conceptuarlo y concentrarse en la tragedia y las consecuencias en las relaciones humanas de aquellos afectados por el trágico acontecimiento. Ahí está su principal error. Precisamente, la película alcanza sus ansiados valores cuando muestra los aspectos más apegados a la realidad, cuando la emoción y la sensibilidad encuentran su cumbre dramática en las posteriores reacciones de la familia ante el descubrimiento por parte de la policía del gorro de la niña y la presunción de un cruel asesinato. Sin olvidar la evolución rutinaria de ese vecino aparentemente normal que esconde una bestia con ganas de sangre y su creciente deseo de volver a sacrificar otra víctima que satisfaga sus perturbados deseos.
‘The lovely bones’ es una oportunidad truncada a la hora de mostrar esa pérdida de la infancia y de la inocencia en un cruento viaje iniciático a través de una inesperada muerte. Es una pena que Jackson no haya sabido (ni querido) aprovechar todos sus recursos y su potencial para relatar con pulso esta triste fábula. Y más cuando destacan multitud imágenes de poderosa fuerza y de una tensión insostenible que dejan ver el talento de su realizador y muchas de las intenciones retóricas que no alcanzan el tratamiento esperado, como ese punto en común del padre y el asesino que tienen como ‘hobbie’ obsesivo la reconstrucción de maquetas y que daría para un sesudo análisis psicológico. Algo extensible a las imborrables botellas de cristal con las réplicas de barcos en su interior chocando contra los rompientes, el juego de miradas entre el agente Len Fenerman (Michael Imperioli) y el asesino a través de la casa de muñecas, la flor marchita en manos del padre que florece como alegoría de acusación hacia el hombre que le arrancó la vida a su hija, la estructura del templete resquebrajándose en el instante en que Suise ayuda a su progenitor a desplegar su odio o la determinación de ésta a encaminar sus pasos hacia la “verdad” que no quiere conocer para no abandonar ese mundo de observación terrenal para encerrarse definitivamente en una caja fuerte llena de poderoso simbolismo.
‘The lovely bones’ tiene momentos de muy buen cine, de conceptos avasalladores. Lamentablemente queda la sensación de lo que podría ser y no ha sido, con ese desperdicio final de estertor romántico y justicia poética que le pone la guinda al descalabro con un doble desenlace a cada cual más estrepitoso, que traduce sus paralelismos con aquel ‘Ghost’, de Jerry Zucker o el ‘Más allá de los sueños’, de Vincet Ward y que olvida, por desgracia, los mismos tejidos, aunque explorara otros territorios genéricos, de una obra suya como ‘Agárrame esos fantasmas’, en su visualización entre el mundo real y el tránsito de interludio hacia la muerte.
Peter Jackson, en este caso, ha preferido optar por la fantasía lacrimógena donde desplegar su imaginería más ostentosa y romper la continuidad narrativa para dejarla al antojo de sus imágenes más sorprendentes antes que mostrar algo de interés por extraer la condición dramática de una historia que versa sobre cicatrizar las heridas de una pérdida, sobre oportunidades perdidas y vidas arrebatadas, dejando a un lado cualquier aspecto psicológico, ético y social dentro del relato y su metafísica disertación del sufrimiento como terapia de restitución. Eso sí, nadie puede reprochar la interpretación de los dos pilares fundamentales del filme; por un lado, la caracterización de Stanley Tucci como depredador lleno de traumas escondido como vecino amable y sigiloso. Y por otro, la capacidad dramática de un rostro de gran futuro como el de Saoirse Ronan, que sale más que airosa y hace lo que puede en su mundo de fondos cromáticos barrocos con lo poco inspirador de alguna canción irrisoria de Cocteau Twins, This Mortal Coil o Brian Eno dentro del cómputo final de un filme fallido, pero no desdeñable.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Los hombres que miraban fijamente a las cabras', de Grant Heslov.

Me gusta(ba) el fútbol

Qué decir.
Fuente: MARCA.

martes, 16 de marzo de 2010

Mi experiencia (de ida y vuelta) con Windows 7

Ayer tuve la feliz idea de cambiar de aires, de darle un nuevo rumbo a esa rutina binaria que va consumiendo dioptrías y horas sin interrupción. Es la vida moderna. O así lo llaman. El espacio al que estamos esclavizados y del que dependemos absolutamente. Nos hemos convertidos en las cobayas de la tecnología. En los siervos invisibles de Skynet. En fin… que me habían hablado muy bien del Windows 7, así que decidí probar fortuna. La innovación iba a dar ese soplo de vivacidad a mi CPU; que si las ventanas inteligentes, que si la rapidez en los inicios, que si funcionalidad eficiente, que librerías para desenvolver con más fiabilidad, mayor sincronización entre el usuario y el ordenado e incluso la posibilidad de una herramienta de reconocimiento de voz. Un erial.
Pues bien. Todo está muy bonito, pero el hecho de que un problema con el ClearType y con la definición de la fuente (algo que también ha pasado con el Vista) ha hecho que me vuelva al costumbrismo del Windows XP, que es el que me permite disfrutar de una escritura sin tener que dejarme los ojos en cada texto. El resultado: día y medio de pruebas, amagos de sustos y finalmente el regreso a ese contexto conocido por todos y que, hasta el momento, sigue siendo el más fiable. Lo peor: el tiempo que se ha ido, como hojas que lleva una ventisca. Mucho más de lo deseado. Es un coñazo tener que reinstalar todo otra vez de nuevo. Lo mejor: el formateo del disco principal y una velocidad recuperada que siempre viene bien.

viernes, 12 de marzo de 2010

Muere Miguel Delibes: La lengua castellana pierde a su gran maestro

1920-2010
Hoy es un día gris, colmado de pesimismo en el horizonte de un vasto territorio como es la literatura española. Ha muerto el gran demiurgo de la gramática. Nuestro idioma ha perdido su voz más carismática, su pluma más insigne. Sin embargo, pese a la orfandad en la que el maestro Miguel Delibes ha dejado a la lengua castellana, su impronta quedará por los siglos como una de las más definitorias que ha existido jamás. Delibes inspiró a varias generaciones con sus obras maestras. Él, a través de esa fantástica actividad de espiritualidad creativa tan subjetiva y personal, irregular e impostora que es la escritura, urdió muchas de las mejores novelas que se han escrito nunca en cualquier lengua. La genealogía de la sencillez selló su inconfundible estilo, de virtuosa honestidad, alcanzado mediante su riqueza de expresión la excelencia.
El humanista diseccionador de la naturaleza humana y rural, el defensor de la libertad, el amante de la caza y de la pesca, hizo de la literatura su vida, un juego variable, inventando distintas reglas, como el descubridor que conquista un continente. No recurrió a falsificar los códigos de la realidad y transformarlos en algo imaginativo para adquirir una disposición hacia lo real, pues en su transparencia se ubicaba la exactitud de lo cotidiano, la franqueza de la realidad. Y lo hizo respetando la intrahistoria que escondía el sentimiento de credibilidad y autenticidad que tiene su germen en el campo, en el lenguaje del pueblo, cercano al costumbrismo, pero al mismo tiempo sin dejar de amar al corazón de su tierra en la narración de la soledad o la tragedia dentro de sus paisajes cercanos, llenos de vida y pasión.
Hoy Castilla y el mundo de las letras está de luto por perder a uno de sus hijos más amados, aquel que encontró el esplendor literario en la libertad de las palabras, en la destreza de las frases y en la agilidad de las ideas de un pensador y un sabio. Sus obras han pasado a la Historia como clásicos inmortales, como vivencias irrepetibles dentro de unas circunstancias históricas descritas con pulcritud, llevado en varias ocasiones por su pasión por la cinegética. Su entrañable figura deja un vacío en estos anchos campos castellanos. Mencionar todo lo que ha dado Delibes a la literatura española sería imposible de describir. Posiblemente, este blog y todo el texto volcado en él no existirían si aquel día, ya perdido en la memoria de la infancia, un avispado profesor de lengua no me hubiera obligado a leer ‘El Camino’, como una simple anécdota compartida por varias generaciones que, hoy, han quedado un poco más desamparados con la pérdida de ese genio que nunca ganó el Nobel. Tampoco le hizo falta para ser el más grande entre los grandes.

jueves, 11 de marzo de 2010

Review 'En tierra hostil (The Hurt Locker)', de Kathryn Bigelow

La explosiva adicción a la guerra
Kathryn Bigelow ha creado una rotunda obra despojada de antibelicismo y patriotismo, apuntalada con un espectacular sentido de la acción y de la intriga, sin caer en grafías artificiosas ni evitar compromisos con la historia que se narra.
En el documental del siempre controvertido Michael Moore ‘Fahrenheit 9/11’, aparecía un marine del ejército norteamericano afirmando que le gustaba salir a matar iraquíes mientras escuchaba la canción ‘Fire Water Burn’, del grupo Bloodhound Gang. Un espeluznante descarrío de corte hemostático, como remedio a la necesidad de adrenalina y emociones fuertes. Esta visión repulsiva y descorazonadora de esos soldados con serias dudas sobre su propio heroísmo bélico se envenenaba aún más con ‘Redacted’, de Brian de Palma, donde, basándose en hechos reales, se narraba cómo un grupo de esta incontrolable hueste violaba y asesinaba en Mahmudiya, sur de Bagdad, a Abeer Qasim Hamza, una niña de 14 años. Tampoco ayudaron mucho las comprometedoras imágenes de algunos encargados de la seguridad de la Embajada de los Estados Unidos en Kabul, Afganistán, profanando la integridad de las tropas estadounidenses y las mentiras de sus gobierno, que bien refleja ese documental ‘Al descubierto: Guerra en Irak’, de Robert Greenwald. El conflicto bélico iraquí es, hasta el momento, fiel reflejo de la transigencia mundial dentro de una guerra manipulada por el control absoluto de sus recursos energéticos. Kathryn Bigelow, sin embargo, no se ha dejado llevar en ‘En tierra hostil’ por los tópicos consabidos que desglosaran un nuevo manifiesto de denuncia o de delirio provocado por la guerra. La película se acerca más al documento de Deborah Scranton ‘The War Tapes’ que a las películas que asumen su discurso como una denuncia a la falta de respeto por los Convenios de Ginebra como las antes citadas.
La realidad verídica sobre los acontecimientos son puestos en un segundo plano. Tanto su guionista, Mark Boal, como a la propia Bigelow, les interesa otra cosa bien diferente. Por eso, saben sortear con inteligencia ese residuo crítico del concepto de patriotismo o negligencias varias, así como de sus vínculos geopolíticos, de una confrontación que se prevé larga y agónica. Boal ya expuso una mirada más subjetiva sobre los marines y sus conflictos en la guerra a través de los ojos de un padre que inicia una investigación para conocer los motivos de la muerte de su hijo en ‘En el valle de Elah’, la película más destacada de Paul Haggis. Aquí, deja la historia en manos de la cineasta, porque la fuerza reside en trazar con pulso un guión que arrasa en astucia y libertad a la hora de profundizar en sus personajes a través del peligro que les rodea. Fue Chris Hedges, un corresponsal de guerra para el New York Times, quien acuñó la frase que abre la película: “el ímpetu de la batalla es una potente y muy a menudo letal adicción, pues la guerra es una droga”.
De este modo, se aleja del escalofriante hecho que revele una tipología de marines enloquecidos y palurdos deseosos de matar al enemigo sin causa alguna. Tampoco se valora un contexto histórico o geográfico que apunte a que el fracaso de Vietnam se va a repetir. No hay instigación a un discurso concreto, lo que revaloriza sus finalidades como película bélica. Los marines no basan sus acciones en discursos complejos, sino que avocan su estado en la proyección visceral de quiénes son y cómo sienten la guerra en su vida diaria. Si un soldado está acojonado, lo hace ver, como en el caso de Eldridge (Brian Geraghty). O cuando un marine como Sanborn (Anthony Mackie) es disciplinado y responsable, también. No hay razones patrióticas para definir sus actos. Simplemente hacen lo que se les exige, por mucho que haya algunos, como el sargento William James (Jeremy Renner) que, por un incomprensible afán de temeridad y profesionalidad enfermiza, pone en peligro al pelotón por esa actitud compulsivamente detallista de su “trabajo” desactivando bombas. Más allá de la desconfianza recíproca entre los asaltantes americanos y los ciudadanos iraquíes, existe una certera mirada a la confrontación existencial del hombre y la amenaza que le rodea, aquello que motiva su instinto de supervivencia, sin evitar poder caer en la feroz presión a la que son sometidos un puñado de infelices inmersos en una guerra inverosímil como es la de Irak.
Es cierto que Bigelow inclina el pulso hacia un enfoque de humanización de los soldados marines. Sin embargo, lo hace sin heroísmo, otorgándole a su mejor obra hasta el momento el auténtico significado bélico de Irak. Cualquier tipo de heroicidad queda neutralizada por las consecuentes reacciones de ese hombre torturado al que interpreta (de forma espléndida) Renner. No hay ápice de profundización existencial o reflexiva sobre sus movimientos, sino que se deja llevar por las imágenes y los hechos que consisten en sobrevivir día a día. Dentro de un entorno de personajes, ‘En tierra hostil’ sabe delinear un estudio sobre la obsesión de un soldado por un peligroso ‘hobbie’ que ha convertido en su única vida. Nadie desactiva mejor las bombas que él, autoasumiendo que es mucho mejor que un robot controlado a distancia. En sus manos, en su esmero y su desazón a la hora de manipular un detonador, se encuentra una satisfacción indescriptible.
James es un autómata del peligro que opera como un cirujano metódico, capaz de poner la vida en juego sólo por sentir que está vivo, pero también de ofrecer una hipotética ternura y generosidad humana al extraer un cargador explosivo del cuerpo sin vida del chaval con el que negocia DVD’s piratas en un pequeño mercadillo callejero cercano a la base militar. En contraposición, se encuentra Sanborn, rol que, pese a que admira la capacidad de riesgo de James, se rige a las normas de un profesional comprometido con el bienestar de sus hombres. James es un inadaptado que se ha alineado en su propia obstinación por estar muy cerca de la contingencia. Tanto es así que para él, el contexto pernicioso y agresivo no es el campo de batalla, si no la vuelta a casa, la normalidad absurda que supone comprar unos cereales en un supermercado, desatascar un canalón lleno de hojas o cortar unos champiñones. Es en esta esfera donde resulta inoperante y vacío. La rutina es lo que destruye a este hombre, como le confiesa a su pequeño hijo en un discurso tan crudo como categórico.
‘En tierra hostil’ ofrece un análisis sobre la psicología de un soldado como pocas veces antes se haya visto, sin eludir sus miserias, pero tampoco el lado humano que exige la adrenalina tóxica de la guerra para subsistir en el mundo. En ese sentido, el filme de Bigelow responde aquellos personajes que consideraban el entorno bélico y armado como su casa de los filmes bélicos olvidados de Aldo Ray y el sentido grupal de Howard Hawks. Y no es casual que sea Jeremy Renner el que borde esta personalidad enfermiza de un guerrero antihéroe, ya que el actor californiano tiene un extraño carisma que reside, precisamente, en no tener carisma. Con ello, puede ir mostrando su fondo dramático con los actos, con un físico poco llamativo, no con la gestualidad o el atractivo.
Pero si hay algo que hace que ‘En tierra hostil’ vaya a ser una futura obra maestra (si no lo es ya) es la dirección de Kathryn Bigelow detrás de las cámaras, con una capacidad de obtener de cada imagen el espíritu necesario para convertirla en frenética acción con una radiografía de ese entorno hostil y amenazante. La directora asume el control dramático de todos y cada uno de los movimientos para dotar a su producto con un admirable sentido físico del espectáculo audiovisual en uno de los montajes más asombrosos vistos en mucho tiempo. Su juego de planos es prodigioso, ya sea cuando se trata de aportar ‘multiperspectiva’ de visiones; la gente que observa desde los balcones, los insurgentes que apuntan desde un refugio o la dinámica de los protagonistas que se mueven por hangares o calles amenazados en todo momento por enemigos camuflados, como de utilizar el ralentí para dotar de intensidad los momentos más vehementes de la historia. Es como estar pisando continuamente un campo de minas a punto de estallar, metiendo de lleno al público en el suspense de la contienda, acercándoles a esa temible realidad, a veces insoportable, con una pulcritud y una precisión imponderables. Y lo que es más digno de alabar, sin mostrar un infierno bélico con falsos mecanismos.
Bigelow combina la espectacularidad de sus secuencias de guerra con la desviación hacia el perímetro del individuo que salpica el filme, de sus retazos de abnegación ante el desastre, del recelo, de la desconfianza, ya que una película como ‘En tierra hostil’ no se justifica únicamente con la acción, los disparos y las explosiones. Bigelow es muy perspicaz. Y ha creado así una película de género que puede ser disfrutada sin ambivalencias o culpas, despojada de antibelicismo, simplemente apuntalada con el puro sentido de la acción, de la intriga de sus impecables ‘set pieces’, sin caer en grafías artificiosas ni evitar compromisos con la historia que se narra. Ya en sus anteriores trabajos, había demostrado gran pericia en cuanto a mostrar la puesta en escena de la violencia con una franqueza y una elegancia digna de los grandes maestros. En esta ocasión alcanza un equilibrio certero entre la ‘hiperrealidad’ como objetivo y la moderación en su consecución de la conmoción y el desconcierto más allá de la imprecisión e incertidumbre que habitualmente desempeña esta técnica formal. Fundamentalmente, porque Bigelow sabe respetar los espacios, los mismos que separan a James de las bombas, del equipo de asalto de ese área desconocida. Eso lo tiene muy claro la directora, la integridad del espacio es respetada con una lógica fulminante. Por eso, sería muy injusto olvidar la inquieta fotografía de Barry Ackroyd, que eleva la narrativa con la se ha desplegado impetuosamente la acción hacia una magnitud cinematográfica de alto calado en sus sacudidas de planos, en su infinidad de recursos visuales en conjunción con un manejo del sonido lapidario.
‘En tierra hostil’ es, en definitiva, toda una hazaña que equilibra sus objetivos en este período de fragmentación que vive el cine de acción, donde la veracidad abrupta, áspera y visceral se crea alrededor de una atmósfera opresiva. Un cosmos con olor a pólvora y sangre reflejado con el empeño de sencillez en su ausencia de estilización, de depuración cinematográfica al servicio de lo que se narra. Bigelow ha sabido conferir un grado de honestidad que no abdica en ciertos efectismos para parir la más hábil y conseguida visión sobre el conflicto bélico de Irak, en la que no hay ofuscaciones políticas ni ideológicas. Sólo un campo de batalla y un grupo de hombres que hacen lo posible por sobrevivir en esa tierra hostil a la que refiere el título de la que será, sin ninguna duda, una de las mejores y más contundentes películas de este 2010.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'The Lovely Bones', de Peter Jackson.

miércoles, 10 de marzo de 2010

"Los Coreys" pierden a Haim

Los mitos de los 80 mueren cada día. Dejados en el olvido de una estantería en forma de película de culto, de omisión o superación de una edad que ya nunca se volverá a vivir o, en este caso, trágicamente, como es el repentino fallecimiento de Corey Haim, el más rebelde de los “Coreys”. Junto a Corey Feldman fue considerado el icono juvenil de una época a la que puso rostro. Es curioso que su primera película fuera ‘First Born’ y que coincidiera con el que ha sido otro de esos rebeldes que estuvo a punto de caer en las garras de la adicción sin retorno, Robert Downey Jr.. Éste pudo recuperarse y emerger como la estrella que es. Haim, hundido desde hace años en su propia miseria de niño prodigio transmutado por los años en otro juguete roto, nunca superó sus propios fantasmas y su fracaso como estrella de Hollywood.
Atrás quedaron aquellos títulos que se instauraron como ‘cult movies’; ‘Miedo azul’, la serie ‘The Edison Twins’, ‘Jóvenes Ocultos’, ‘Lucas’, ‘Papá Cadillac’… El joven que tenía el mundo en sus manos, pronto empezaría, como muchos otros prematuros ídolos de barro, a caer en los insondables abismos de la droga y de los excesos. Durante casi toda su juventud, Corey Haim se mantenido como un espectro de lo que fue. El documental ‘My myself and I: The Corey Haim video diary’ ya dejaba claro que poco o nada tenía que hacer en el mundo del espectáculo. Sin embargo, su nombre seguía en la memoria de los aficionados a aquellas películas que marcaron a una generación. Y no abandonó del todo la industria cinematográfica. Aunque, es cierto, que su apagada estrella nunca volvió a brillar. Un puñado de títulos innombrables directamente estrenados en el mercado videográfico bajo la etiqueta de la más cochambrosa serie Z es su más representativo legado.
Ni siquiera aquel reencuentro con Feldman en ‘National Lampoon's Last Resort’ reverdeció sus laureles quemados. Saltar de nuevo a la rumorología de los narcóticos más excesivos, de promover una estrambótica personalidad de estrella acabada vendiendo vello corporal y dientes a través de Internet no ayudó a su reinserción ni a su salvación. Tampoco sirvió el enésimo cruce de caminos con su tocayo Feldman en ‘Los dos Coreys’, emitida entre 2007 y 2008. Ni mucho menos el vacuo intentó de rescatar a los míticos ‘Jóvenes ocultos’ repitiendo el papel de Sam Emerson en una secuela trasnochada. Corey Feldman, que siguió una tortuosa adolescencia y juventud similar a la de Haim, logró encarrilar su vida, asumiendo su papel dentro del mundo. Corey Haim, no. Y ha representado hasta el final de su prematura muerte las consecuencias de lo que él mismo personificó con su alocada juventud. Por eso, no sorprende la noticia de su sobredosis y fallecimiento con 38 años. Sin embargo, sí entristece por aquellos recuerdos que su nombre siempre ha traído a nuestra memoria de cinéfilos ‘ochenteros’.

lunes, 8 de marzo de 2010

82ª Edición de los Oscar

La gesta de Bigelow y una gala para olvidar
No corren buenos tiempos para la gala de los Oscar. Uno de los eventos más multitudinarios de la televisión mundial lleva unos años sumida en la apatía y el declive. Durante la pasada madrugada se confirmó la indolencia de un espectáculo que ha tocado su fondo más abisal, que no puede evitar el descalabro que produce el bostezo, la parquedad de magia o la absoluta falta de esparcimiento. El desinterés se ha transformado en un incómodo aliado de uno de esos acontecimientos en los que se espera algo de diversión. La gala de la 82ª edición de estos premios pasará a la historia porque es la primera vez que una mujer, Kathryn Bigelow, obtiene una estatuilla en la categoría de mejor dirección, pero también pasará como una de las más nefastas que se recuerden en la memoria reciente.
Ni siquiera la correspondiente a la del año 2008, también una de las más infumables que se evoquen, se puede comparar. Es más, incluso la del año pasado, que arrancó de forma ejemplar para ir apagándose hasta el vacío del ostracismo poco tiene que ver con el bochorno vivido ante la pantalla por parte del indolente teleespectador que ha sufrido un varapalo contra las ganas de pasarlo bien. El caso es que por mucho que las expectativas tuvieran un nivel medio o bajo, sin muchas esperanzas de alcanzar un ‘show’ por encima de la media, lo cierto es que estos Oscar pueden ser considerados como los más plomizos y con el peor guión y desarrollo de la Historia. Y eso, si tenemos en cuenta el condicionante de que han sido, a su vez, unos de los más sucintos y breves de los que se recuerde. En definitiva, un horror huérfano de ‘entertaiment’.
La batalla entre ‘The Hurt Locker’ y ‘Avatar’, que enfrentaba a una de las ex parejas más célebres de Hollywood, Kathryn Bigelow y James Cameron, ni siquiera estuvo disputada. La cinta de la directora de ‘Le llaman Bodhi’ arrasó al pueblo Na’vi de Cameron que partía como favorita, sabiendo que, en el fondo, el cine de calidad lo ponía esa cinta bélica sobre la Guerra de Irak que el idealista universo embellecido por las nuevas técnicas digitales servida por el autodenominado “rey del mundo”. Hoy, ya no lo es. La pugna no existió desde los primeros compases y Bigelow aplastó las posibilidades de su ex marido demasiado pronto. Que Steve Martin y Alec Baldwin fueran encomendados para presentar el cotarro proponía la oferta cómica desde un principio con ciertas garantías. Su empatía y su buen momento profesional eran un seguro de éxito. Todo lo contrario. La gala se abrió con todos los actores nominados saliendo a saludar y darse un baño de masas. Algo que descolocó un poco la logística de este tipo de saraos tan ‘bigger than life’ que les gusta a los yanquis. El hecho de que sobre el siempre impresionante Kodak Theather, que este año estaba más limitado en su escenografía y juegos de artificio y visualidad, apareciera el genial Neil Patrick Harris con un número musical al estilo Broadway recordó por momentos a los brillantes primeros instantes que tuvo Hugh Jackman el pasado año.
La aparición de Baldwin y Martin sobre el escenario iba a marcar la pauta de lo que vendría a lo largo de la noche. Sus ‘speechs’ y ‘gags’ sobre los nominados de la noche levantaron las primeras risas y aplausos del personal, pero es cierto que ya se intuía un cierto convencionalismo en los toques de humor de ambos presentadores, con chistes fáciles y demasiado obvios, empezando por sus alusiones a Meryl Streep, ponerse unas gafas 3D para buscar a Cameron entre el público y fumigar ‘lonatayas’ del planeta Pandora. Lo único relevante fue la complicidad de George Clooney que participó como él sabe en estos guiños paródicos mostrándose adorablemente “mosqueado” con los comentarios de los anfitriones. El cambio de estructura dentro del guión que rompió con la tradición en 2009 se redundó la pasada madrugada y en seguida comenzaría el reparto de muñecos dorados. Penélope Cruz aparecería para presentar el Oscar al mejor actor de reparto, que fue a parar a Christoph Waltz por su inolvidable papel del oficial nazi Hans Landa de ‘Malditos Bastardos’. Una de las cosas a destacar fue que la frase “the Oscar goes to…” que se popularizó allá por 1988 ha sido sustituida otra vez por el mítico y más popular “and te winner is…”. Pura anécdota para la posteridad.
El tema de las diez películas nominadas, de las que, siendo benévolos, sobra la mitad de ellas (si no más), se presenta con un actor o actriz que tenga relación con el director o la película nominada. Ryan Reynolds es el encargado de decir unas palabras de ‘The Blind Side’, ya que ha compartido cartel con Sandra Bullock, una de las estrellas de la noche, en ‘The Proposal (La Propuesta)’, otra de esas comedias románticas en las que la actriz está especializada y que suelen ser sonados fracasos. Algunos de estos clips en relación a sus presentadores sí tenían más sentido, como que Jeff Bridges presentara el de ‘Un tipo serio’ (cómo olvidar su Jeff Lebowski junto a los Coen), el actor fetiche de Jason Reitman, Jason Bateman, presentara el de ‘Up in the air’ o que John Travolta lo hiciera con ‘Malditos Bastardos’, de Quentin Tarantino. Ya en el momento en que Steve Carell salió con Cameron Díaz a presentar los candidatos del premio a la película de animación se empezó a intuir que algo no iba bien. El actor de ‘The Office’ salió desubicado, sin frases ingeniosas o algo de improvisación que arrancara una mísera sonrisa. Y eso, con Carell es mala señal. ‘Up’, de Pete Docter, que exhibió unos pabellones auditivos exageradamente llamativos, estaba destinada a ser la película animada de este 2009 pasado. Y no hubo sorpresas.
Steve Martin y Alec Baldwin apenas tenían frases para presentar a los presentadores. Como esas muñequitas ‘barbies’ que responden al nombre de Miley Cyrus y Amanda Seyfried que le dieron el Oscar a la mejor canción a ‘The weary kind’, de la película ‘Crazy heart’. Otra cosa. No hubo posibilidad de escuchar las canciones nominadas porque los responsables de la gala han vetado este tradicional hábito. El arranque no podía ser peor; ni clips de video con esos montajes tan fascinantes que suelen ofrecer, ni chispa a la hora de presentar, nada de fanfarrias de ningún tipo, con más publicidad… Todo hacía presagiar que estos premios, por muy expeditivos que fueran, no iban a deparar nada bueno. De hecho, al igual que el año pasado, el anuncio del Show de Jimmy Kimmel, tumbado en la cama con Ben Affleck y con aparición estelar de Jennifer Garner para promocionar su programa fue más efectivo que cualquiera de los minutos cómicos (si es que se puede aludir a este término) de la gala. ‘The Hurt Locker’ conseguía su primer Oscar con Mark Boal en la categoría de guión original. Se habló de Tarantino como favorito, pero el filme de Bigelow comenzaba a labrar su palmarés con una Tina Fey acompañada de Robert Downey Jr. dejando el tipo de presentación brillante para darle dinamismo al tema. Sin embargo, fue un espejismo.
De repente, un WTF sorprendente y gratificante, pero no por ello desubicado. En el escenario aparecen Matthew Broderick y Molly Ringwald dando paso a un emotivo homenaje a John Hughes, mítico exponente de un cine extinto que supo exponer factores y problemáticas comunes a la juventud de la década de los 80. Seguido de un vídeo por su aportación al mundo del celuloide, se unen al recordatorio Anthony Michael Hall, Macaulay Culkin, Jon Cryer, Ally Sheedy y Judd Nelson y tienen un gesto emotivo para con la familia del fallecido Hughes. Lo más irónico o chocante de esto es observar los rostros de estupefacción de Kristen Stewart y Taylor Lautner, ídolos de una generación que ni siquiera sabe quienes son los actores que acaban de desfilar en escena y la importancia que ha tenido en una generación perdida. Para el Oscar al mejor cortometraje se elige, no se sabe aplicando qué baremo, ganadores en esta disciplina que llegaron a hacer películas. Taylor Hackford que ganó en 1979 por ‘Teenage Father’, David Frankel que haría lo mismo en 1996 con ‘Dear Diary’ o el gran John Lasseter, que ganara con su corto de animación ‘Tin toy’ en 1988 son los encargados explican sus sensaciones cuando recogieron el Oscar y su posterior consecuencia que les llevaría a saltar al largometraje. Entonces empieza a cuajarse el desastre que todos sospechaban. Este año, la prioridad de la Academia no ha sido, visto lo visto, ni el guión, ni el humor, ni el espectáculo, ni la calidad del acontecimiento. Lo realmente importante era establecer unos tiempos delimitados para que la gala durase un tiempo estipulado. La movida debía tener un estricto absolutismo en cuanto a agradecimientos y duraciones se refiere. Se había publicado que estaba prohibido llorar para evitar pérdidas de tiempo.
Así, con los cortometrajes se han dado situaciones esperpénticas. Es decir, que ‘Music by prudence’, gana al mejor corto documental y Roger Ross Williams empieza a hablar pero es interrumpido por su codirectora Elinor Burkett que le deja a cuadros y encima son cortados por la organización en su extravagante discurso de agradecimientos. Es lo mismo que sucede con ‘Logorama’, del cual habla uno de sus directores y el otro se queda con las ganas. Y eso fue algo que se vería una y otra vez cuando los ganadores eran más de… ¡uno! Por supuesto con la obligación de no hablar más de 20 segundos, porque si no, la organización hace sonar la música y te cierran el micro. Y no sale un gorila de seguridad a darte una patada porque se emite para todo el mundo, que si no… El que siempre pone el listón muy alto es Ben Stiller. Da igual que todo esté muy anodino y sin chispa. Él sabe arrancar las carcajadas de la noche y convertirse en uno de los factores más positivos de toda la fiesta. En esta ocasión apareció maquillado como un Na’vi y se luce como cómico al presentar el premio de mejor maquillaje por la que ‘Avatar’ no está nominada. Curioso. Barney Burman, Mindy Hall y Joel Harlow, ganadores por ‘Star Trek’, tardan más en llegar al escenario que en agradecer. Y, cómo no, también son casi echados a patadas del escenario. A estas alturas de la noche ni las sorpresas sorprenden. Jason Reitman era el favorito para llevarse el guión adaptado, pero fue Geoffrey Fletcher por ‘Precious’ en alzarse con el Oscar. Tuvo una emotiva proclama de agradecimiento al borde de las lágrimas. Pero como habían prohibido llorar, el pobre hizo de tripas corazón y pudo terminar de hablar antes de que sonara la música de expulsión. Uno de estos años colocarán debajo del premiado una trampilla para que al pasarse del tiempo caiga en un foso y se ahorre tiempo. Por si fuera poco, la realización enfoca a todos los miembros del equipo de la película de Lee Daniels. Y a Morgan Freeman, como estipendio, por eso de que también es negro y no tiene nada que ver con ‘Precious’.
Si ya es triste que hayan destrozado tradiciones y hayan querido renovar el espectáculo mirando más los intereses comerciales que la índole primigenia de estos galardones, más lo es que los Oscar honoríficos se den meses atrás y, tras unas imágenes fugaces, hacer saludar a los homenajeados y… se acabó. Otro apartado más, arruinado. Dos figuras memorables como Roger Corman y Lauren Bacall no merecen este trato. Por mucho Oscar que se le otorgue. Robin Williams siguió los pasos de Carell. Un cómico con sobradas aptitudes para el humor que parece que viene de funeral. Le entrega el Oscar a la preferida por las quinielas. Mo’Nique se llevó, con todas las de la ley, el distintivo a la mejor actriz secundaria por su despreciable personaje de ‘Precious’. Me hace mucha gracia como los medios españoles han enfatizado en titular su cabecera con que la actriz afroamericana “le ha robado el premio a Penélope Cruz”. Ridículo.
La palabra “coñazo infumable” empezaba a propagarse por los círculos de cinéfilos que han seguido durante esta noche la gala más importante de Hollywood. Menos mal que Charlize Theron sale a continuación de Sarah Jessica Parker para subsanar la esperpéntica efigie que se ha labrado la protagonista de ‘Sexo en Nueva York’. De repente, sin mucha coherencia en su planteamiento, aparecen los jóvenes efebos de la saga ‘Crepúsculo’ Kristen Stewart y Taylor Lautner y presentan un vídeo de grandes clásicos del cine de terror que repasa en imágenes algunos de los títulos más representativos del género. Con esto se deja claro que cualquier propósito de hacer algo bien no tiene cabida en esta noche, por mucho que a Quentin Tarantino le haya gustado el ‘clip’. Es cuando ‘The Hurt Locker’ se lleva los premios de sonido y comienza a tomar ventaja sobre su rival directa ‘Avatar’ ¿Y Steve Martin y Alec Baldwin? Tampoco importa mucho porque apenas aparecen en escena y cuando lo hacen, pasan desapercibidos. Aunque sería injusto no reconocer que su parodia de ‘Paronormal Activity’ fue de lo poco bueno que concedieron en sus aportaciones como conductores de la gala.
Es importante no perder tiempo, por lo que Sandra Bullock presenta la categoría de fotografía sin que al menos nos dejen ver algo del trabajo de los magos de la luz. Gana Mauro Fiore por ‘Avatar’. Y llegó otro instante para el olvido. Demi Moore, espectacular, se desliza con la música de ‘Ghost’ para presentar a James Taylor, que canta ‘In My Life’ mientras tiene lugar el vídeo que repasa la gente del cine que ha fallecido a lo largo de 2009. Comienzan por Patrick Swayze y acaban por Karl Malden, pero parece ser que Farrah Fawcett no contaba para la Academia porque han pasado de recordar que ella también murió tras una larga enfermedad. De hecho, para el poco sentimiento y la falta de emotividad que dejó esta revisión, casi mejor. Sam Worthington (que presentaba con Jennifer Lopez) se puso unas gafas enormes para presentar los candidatos de banda sonora. Sobre el escenario, había preparada una coreografía para acompañar los ‘scores’ nominados. Lo que podría haber recordado a otras galas de hace tiempo, en la que también se siguió este sistema de combinar música y danza, aquí roza lo grotesco. Mientras sonaban las partituras de los nominados, los bailarines serpentean, hacen el robot, bailan en plan ‘break’ con estertores de singular actividad física. Y es espectacular, cierto es. Pero que no pegan ni con cola. Y la idea del número musical luce como una descoordinación que acaricia lo estrambótico. El gesto de George Clooney a cámara después de la coreografía lo dice todo. Eso sí, por lo menos gana Michael Giacchino por ‘Up’. ‘Avatar’ gana los efectos especiales, por supuesto. Los de ‘The cove’, el largo documental ganador, se quedan con el papel de agradecimiento en la mano porque son muchos y sólo agradece a toda hostia el primero de ellos. El montaje es para ‘The Hurt Locker’, que sigue con ventaja respecto a ‘Avatar’.
Otro momento extraño llega con la concesión del Oscar a la mejor película extranjera. Ver a Pedro Almodóvar y a Quentin Tarantino unidos para presentar es, por lo menos, chocante. Cuando no raro. El destino no quiere que a ellos se una Michael Haneke (hubiera sido todavía más extraño) y se lleva el premio ‘El secreto de sus ojos’, de Juan José Campanella, que está a punto de que le corten el discurso debido a que se prolonga en sus palabras. Lo mejor de la noche, hasta ese momento, era saber que sólo restaban los premios gordos y que todo iba a acabar. Reducen tiempos y cercenan todo el lujoso dispositivo audiovisual visto hace años. No hay casi frases ingeniosas. La catástrofe es un hecho. Lo que no puede faltar es la poco brillante y extensa idea (inaugurada el año pasado) de sacar cinco intérpretes que piropeen con una arenga de adjetivos ponderativos inacabable a los nominados en las categorías interpretativas. Curiosamente, en esta chorrada anidó el instante más conmovedor y especial de toda la noche. Michelle Pfeiffer, que había compartido pantalla con Jeff Bridges en 1988 en esa obra maestra que es ‘Los fabulosos Baker Boys’, recordó aquella experiencia antes de que al protagonista de ‘Crazy Heart’ le concedieran ese Oscar tan merecido. Bridges fue lo mejor de la velada, con su sincera alegría, con su felicidad desatada mientras la totalidad de la platea en pie aplaudía sin cesar. Su interpretación como Bad Blake es merecedora de este reconocimiento que sirve como homenaje a una carrera llena de actuaciones memorables y a un actor con un talento maravilloso. El mismo sistema de actores o actrices adulando al candidato correspondiente también se sigue en la actriz. Aquí es Oprah Winfrey la que tiene su minuto de gloria y hace llorar a su protegida, la actriz de ‘Precious’ Gaboury Sidibe, con un discurso lleno de sentimiento y ternura. Hubiera sido una sorpresa muy agradable que la oronda actriz hubiese recogido el galardón a la mejor actriz. Como dijo Oprah minutos antes, “todo es posible”. Pero no fue así. Sean Penn, acaparador de injusticias en este tipo de saraos, entregó el Oscar a Sandra Bullock por ‘The Blind Side’ horas después de que fuera reconocida como la peor actriz del año con un Razzie. Hollywood es así. Un mundo de extremos. La actriz estuvo muy bien en su agradecimiento en homenaje a las madres de todo el mundo.
Quedaban los dos últimos premios de la noche que desvelarían quién sería la vencedora de la noche. Cuando Barbra Streisand apareció para adjudicar el premio al mejor director las pistas se destaparon como evidentes y previsibles. Y así fue. Las palabras de Streisand al abrir el sobre eran significativas “the time has come (el momento ha llegado)”: Kathryn Bigelow se convertía en la primera mujer de la historia de los premios en recibir un Oscar en el apartado de mejor director. Por supuesto, no faltó en su discurso gratitud aludir al ejército de marines con claras connotaciones patrióticas. Lo último, lo que faltaba por ver para redondear el desbarajuste. Bigelow aún no había abandonado el escenario cuando ha salido Tom Hanks a gran velocidad. El momento emocionante de saber cuál era la mejor película de 2009 para la Academia no podía incluir vídeos, ni siquiera de recordar cuáles eran las nominadas. Hanks ha abierto el sobre con cierta prisa y ha dado a conocer, de forma vertiginosa, a ‘The Hurt Locker’ como la gran ganadora del año ¿Para qué darle un poco de emoción? Un poco más y grita el nombre de la ganadora desde el ‘backstage’.
Han agradecido los productores de la cinta (entre las que se encuentra la propia Bigelow) y seguidamente han salido a matacaballo Martin y Baldwin a despedir y la función ha finalizado. Así, a todo trapo, con precipitación. Lo peor de esta gala es que deja la sensación de que el futuro de los Oscar no vislumbra un cambio positivo. La de esta madrugada ha sido una velada para el olvido, donde no existió el ‘sketch’, ni el humor, ni el espectáculo, que careció de cualquier atisbo de diversión. Por no haber, no hubo ni anécdotas para recordar durante la gala. Ya pueden cambiar mucho la concepción de este espectáculo cinematográfico porque la de este año ha sido horrorosa, plagada de despropósitos y sin ápice de esa lucidez que se le exige a uno de los programas televisivos más seguidos del año. En resumen, cuatro horas para decir que ‘The hurt locker’ se alzaba con seis estatuillas y dejaba a ‘Avatar’ como la gran derrotada de la noche. Poco más. Un consejo: en la próxima ocasión que le den un cheque en blanco a Billy Cristal, por favor. Él es el único que ha demostrado que puede dirigir la ceremonia con ese talento cómico que se echa en falta estos últimos años.
LO MEJOR
- El regreso de Michelle Pfeiffer a los Oscar después de muchos años. Vestida de rojo, en homenaje a su personaje de ‘Los Fabulosos Baker Boys’ Suzie Diamond, para alabar la carrera del otro figura de la noche: Jeff Bridges.
- Que ha durado ¿poco?
- Ben Stiller, que suma otro éxito como cómico en unos Oscar. Se ha convertido en una garantía de humor asegurado. Podían aprender de él. Es más, podría ser él el próximo presentador de los Oscar.
- Charlize Theron, siempre. Y George Clooney, por lo mismo.
- En el apartado de estilismos, vestidos y elegancia destacaron Penélope Cruz, la radiante Kate Winslet (posiblemente la más guapa de la ceremonia), Sandra Bullock, Demi Moore, Tina Fey, Helen Mirren, Anna Kendrick, Elizabeth Banks y la gran protagonista de la noche Kathryn Bigelow, que dice que tiene 58 años y parece que tiene 45.
- No ha habido discurso del presidente de la Academia.
- El homenaje a John Hughes que ha permitido ver lo mal que han envejecido la generación que se hizo famosa al amparo de este cineasta, incluido el ‘Joselito de Hollywood’ Macauley Culkin.
- Como cada año, la Academy Press Photo Area, por suministrarme las imágenes de la noche.
- Que acabara la gala.
LO PEOR
- La falta de anécdotas antes y durante la gala.
- La realización. Otros años, por muy mala que sea la gala, en este apartado suele funcionar todo a la perfección. Este año, ha dejado que desear bastante ¿La crisis ha afectado también a los Oscar?
- No saber si Mo’Nique al final se ha depilado los pelarros de las piernas que lució orgullosa en los Globos de Oro.
- La ausencia de sentido del humor y lo desordenado y caótico de todo. Una organización penosa y un guión que ha brillado por su ausencia.
- Steve Martin y Alec Baldwin. Muy mal. Bill Mechanic, productor de los Oscar, había prometido risas. Y estos dos cómicos no han estado a la altura.
- Sarah Jessica Parker, que además de dar una grima (por no decir repulsa) llevaba un vestido horrible y masticaba chicle en el patio de butacas. Con lo pija que es ella.
- Que no estuviera Jack Nicholson.
- Ese aire de superioridad y aires de grandeza que dejaron ver Kristen Stewart y Taylor Lautner en cada instante en que han aparecido.

domingo, 7 de marzo de 2010

Sandra Bullock se presenta a recoger su Razzie

El vídeo del día es este. Como ya hiciera Halle Berry en 2005, la actriz Sandra Bullock ha pasado a ser la última figura de Hollywood que ha asistido a recoger su Razzie a la peor actriz del año por su película ‘Loca obsesión (All About Steve)’. La intérprete se ha presentado con un palet lleno de dvd’s de la película en cuestión agradeciendo el premio, pero asegurando que si se ve la película no está tan mal. Buena estrategia comercial y ejemplo de buen humor, Bullock también está nominada al Oscar como mejor actriz por ‘The Blind Slide’ y tiene posibilidades reales de llevarse esta noche la estatuilla por su papel de buena samaritana que acoge en su familia adinerada a un introvertido chico de color que se convertirá en una estrella de fútbol americano. Así que podría hacer el extraño doblete en un mismo año que, hasta el momento, sólo tiene el guionista Brian Helgeland, la única personalidad de Hollywood que ostenta este privilegio. Obtuvo el Golden Raspberry por ‘Mensajero del futuro’ y horas después ganaba el Oscar por ‘L.A. Confidential’. El hecho de que Sandra Bullock haya ido a recoger su premio no le dará más posibilidades de obtener el Oscar, pero sí le ha granjeado las simpatías de buena parte del público y del mundo del cine. Su interpretación en el filme de John Lee Hancock es francamente agradecida a un personaje bondadoso y que estereotipa el sentimentalismo dulzón que tanto gusta a los norteamericanos. Esta noche, Bullock podría completar un año especialmente acertado de esta actriz tan criticada a lo largo de su errática carrera. Por mucho que haya ganado un Razzie.
Por lo demás, los Razzies han dejado un poco más de lo mismo que todos los años: Premios insustanciales para películas sin sustancia.
PEOR PELÍCULA: ‘Transformers: Revenge of the Fallen’.
PEOR(ES) ACTOR(ES): Los tres Jonas Brothers, ‘Jonas Brothers: The 3-D Concert Experience’.
PEOR ACTRIZ: Sandra Bullock, ‘All About Steve’.
PEOR PAREJA: Sandra Bullock & Bradley Cooper, ‘All About Steve’.
PEOR ACTOR SECUNDARIO: Billy Ray Cyrus, ‘Hannah Montana: The Movie’.
PEOR ACTRIZ SECUNDARIA: Sienna Miller, ‘G.I. Joe: The Rise of Cobra’.
PEOR PRECUELA, REMAKE, RIP-OFF O SECUELA: ‘Land of the Lost’.
PEOR DIRECTOR: Michael Bay, ‘Transformers: Revenge of the Fallen’.
PEOR GUIÓN: ‘Transformers: Revenge of the Fallen’ escrita por Ehren Kruger & Roberto Orci & Alex Kurtzman.
PREMIOS RAZZIES ESPECIAL 30º ANIVERSARIO
PEOR PELÍCULA DE LA DÉCADA: ‘Battlefield Earth’ (ganadora de ocho Razzies, incluida peor película de los últimos 25 años).
PEOR ACTOR DE LA DÉCADA: Eddie Murphy, ‘Adventures of Pluto Nash,’ ‘I Spy,’ ‘Imagine That,’ ‘Meet Dave,’ ‘Norbit,’ ‘Showtime’.
PEOR ACTRIZ DE LA DÉCADA: Paris Hilton, ‘The Hottie and the Nottie,’ ‘House of Wax,’ ‘Repo: The Genetic Opera’.

jueves, 4 de marzo de 2010

Review 'Shutter Island (Shutter Island)', de Martin Scorsese

Los insondables abismos de la locura
Scorsese consigue la obra moderna más clásica de cuantas han intentado recuperar esa esencia perdida basando sus virtudes en la ambigüedad que despierta su insondable índole, que prevalece en lo farragoso por encima de su enmascarada linealidad.
Sólo leyendo la sinopsis ‘Shutter Island’ podría parecer una película que no encaja en la filmografía del gran maestro del cine contemporáneo Martin Scorsese: "El agente federal Teddy Daniels se dirige junto a su nuevo compañero hacia Ashecliffe a un psiquiátrico ubicado en Shutter Island para investigar la desaparición de una paciente que ha matado a sus tres hijos. Allí tratarán de descubrir que ha pasado con esa mujer. Además, Daniels buscará a Andrew Laeddis, el hombre que mató a su mujer y que se encuentra recluido en el sector más peligroso de la isla". Se trata de una cinta inscrita en un género entre el ‘thriller’ psicológico con ciertos componentes del cine de terror. Sin embargo, cuando se trata de acercarse a la locura desde una perspectiva de misterio, casi de fascinación, de siniestra independencia por encima de cualquier límite moral, ‘Shutter Island’ compone un vademécum de los vínculos argumentales más arraigados al mejor cine de su creador.
Este viaje a la autodestrucción o, mejor aún, a la construcción de una alineación conformada como una aventura terrorífica de tortura interior y exterior vendría a identificarse, sin mucho esfuerzo, a esa escisión de culpa expiatoria de personajes surgidos del universo del cineasta italoamericano como Travis Blickle, Henry Hill, Rupert Pupkin, Jake La Motta, Jack Pierce o Howard Hughes, sumidos todos ellos en un proceso de confusión gradual entre la paranoia y la lucidez. De esta manera, se analizan los caudalosos latifundios de la psicología desordenada que dan como consecuencia el desarreglo entre realidad y ficción, con juegos de espejos que enfrentan a los personajes contra sí mismos, aumentando la autoconservación contra la desnaturalizada realidad.
‘Shutter Island’ es un ‘thriller’ debido a sus mecanismos narrativos, que mezclan con arrojo otros constituyentes sobre el lado oscuro de la existencia humana; desde el relato gótico imbuido de cine clásico, pasando por el bélico, el suspense y atribuyéndose ese fondo de ‘mad doctors’ que practican sus radicales terapias psicofarmacológicas en pacientes. Este dispositivo suscita parte del interés del público a través de la investigación de los dos agentes referida a los inhumanos instrumentos que rebasan los límites curativos y científicos a favor de aterradores experimentos con la mente humana, al igual que hicieron los nazis con los judíos. La intrusión en un orbe tan tentador como las instituciones psiquiátricas recuerda al ‘Corredor sin retorno’ de Samuel Fuller, en la sugestión que despierta la enajenación que rodea la isla, pero también en la visualización de los ‘flashbacks’ de la II Guerra Mundial en relación al director de ‘Uno Rojo: División de choque’, con imágenes llenas de dolor y pesadillas del campo de concentración alemán de Dachau que ocasiona esa mácula de terror incrustada en la mentalidad torturada del protagonista.
Bajo las pautas de la ‘scorsesiana’ narración subjetiva, construida desde el punto de vista del protagonista, ‘Shutter Island’ supone una demostración fastuosa de la imaginería de Scorsese y su eterna voluntad de estilo clásico, que respira con un magnífico estrato gótico, recargado de detalles visuales, siempre ampuloso en su excelso manejo de cámara, partiendo de una historia aparentemente de género que se impregna en seguida de un éter tan enfermizo como malsano y expresionista. Su nueva obra es una jugada lanzada con mucho riesgo, que acumula tantas virtudes sobre sus defectos que hace de ‘Shutter Island’ se convierta en la obra moderna más clásica de cuantas han intentado recuperar esa esencia perdida, poblada de una entusiasta cinefilia que va de Val Lewton a Jaques Tourneur, de Edward Dmytryk a Otto Preminger e incluso se podría aludir a Alfred Hitchcok o a obras modernas como ‘El corazón del ángel’, de Alan Parker o el epigrama argumental del videojuego da Sam Lake ‘Max Payne’. Asimismo, no deja de tener ciertos recursos del cine de Brian De Palma.
De esta manera, los acontecimientos no se subrayan en arreglo a ningún subtexto o acentuación impositiva de la investigación, sino que van encaminados a un giro final que explique el proceso de aislamiento del agente Daniels en su propia locura por descubrir una verdad que, en apariencia, no es existe. De ahí que vaya señalándose a lo largo del metraje por medio de apariciones espectrales de su mujer fallecida, de una niña muerta en trágicas circunstancias y de algún fantasma de un pasado traumático que no consigue cicatrizar. ‘Shutter Island’ es un juego de apariencias, de astutos artificios que van componiendo mediante sus piezas un puzzle en el que no importa un desenlace que, en mayor o menor medida, el público intuye fácilmente, sino que radica en la contextura y desarrollo de todo el entramado, en los porqués, en la sutileza abrumante con la que Daniels llega a la clave del delirio y consuma sus pesquisas en el diálogo con una nueva personificación de un personaje clave como Rachel Solando (Patricia Clarkson) en su propia fantasía.
Scorsese concentra sus esfuerzos en visualizar el guión de Laeta Kalogridis, que procede de la novela original de Dennis Lehane, desmantelando la expoliación de los elementos narrativos sustancialmente manipulados para acabar describiendo las evidencias de una realidad paralela a la historia que se está contando. Un universo desasosegante contextuado en un sostenido éter narrativo donde los paisajes y ambientes opresivos están cargados de significado a través de esas tres fases figuradas; dos de ellas, en sendos centros de reclusión psiquiátrica y la otra, en un faro de experimentación cerebral. Los espacios laberínticos y la contextura gótica crean una atmósfera de complejidad, confusión e hipnotismo que marcan la pauta de los objetivos a escrutar para llegar al fondo de la cuestión, que no es otra que el viaje hacia sí mismo de Teddy Daniels, que supera tormentas reales y metafóricas desatadas como producto de un acercamiento a una dolorosa verdad dentro una isla que no es más que un simbolismo más dentro de un laberinto de insania y desconcierto. No faltan así términos e imágenes que acentúan ese goticismo y asemejan su funcionalidad a la psiquiatría y sus problemas; una tempestad, la huida y el escape, descubrimientos fantasmagóricos en un acantilado, un inquietante faro con un terrible secreto y una negación de escabrosas consecuencias.
El filme de Scorsese puede parecer dilatado tanto en su evolución como en su metraje (140 minutos), buscando por todos los medios describir una metamorfosis, pero en un trance velado e incorpóreo, con una conclusión que había prevenido con cierto enfoque previsible hacia un desdoblamiento (en varios sentidos) convenido con los convencionalismos más descarados del género, deja una puerta a la reflexión. A ‘Shutter Island’ se le puede reprochar que no alcance toda la emotividad que hubiera sido necesaria ante la tragedia desvelada, sobre todo en las apariciones de Dolores Chanal (parte de culpa la tiene Michelle Williams), que deberían ser, como en el libro de Lehane, el segmento más emocional. Uno tiene la sensación de estar ante un abusivo ejercicio basado en una materia excesivamente convencional en sus giros sorpresivos, que no termina de definir su intención de generar inquietud en los golpes de terror, mucho más eficaces cuando se trata de perseguir el desasosiego del suspense. Pero Scorsese no está interesado en esta parte comercial de su película. Importa la complejidad con la que se trenza ese apasionante estudio sobre la locura y sus condicionamientos, las maquinaciones psicológicas de los personajes dentro del ‘vía crucis’ de un hombre enfermo en busca de la salvación porque el conflicto moral y el peso de la culpa pesan demasiado sobre su conciencia.
Lo más gratificante de ‘Shutter Island’ es la ambigüedad que despierta su insondable esencia, que prevalece en lo farragoso por encima de su enmascarada linealidad. Scorsese pervierte su propio cine hacia un nuevo nivel donde las nuevas técnicas son puestas al servicio de su estilo y cuenta, de nuevo, con un aliado a la altura de las circunstancias, un Leonardo Dicaprio dando otro recital de valía dramática en esta pesadilla de soledad y claustrofobia que evidencia la bestia que duerme en cada ser humano y la disyuntiva entre asumir las consecuencias y coexistir dentro de una ficción constante.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'The Hurt Locker', de Kathryn Bigelow.

martes, 2 de marzo de 2010

Los poderosos "cesars" de Laetitia Casta

La pasada 35ª edición de los Premios César pasará a la historia reciente no sólo porque ‘Un profeta’, la cinta de Jacques Audiard, obtuviera nueve galardones. El vestido vaporoso de Laetitia Casta se convirtió en el reclamo de todas miradas como el objeto de deseo más solicitado de la noche. La modelo y ocasional actriz dejó ver sus encantos con poco espacio para la imaginación. Fue curioso ver los rostros de los nominados a mejor actor secundario, el premio que Casta entregó, ya que estos tenían los ojos puestos en una parte concreta de la poderosa anatomía de la modelo más que en otra cosa. Ganó Niels Arestrup por ‘Un profeta’, que subió al escenario y vio de cerca el fenómeno corporal que tuvo bastante berraco al personal en una gala en la que ni siquiera el premio a una carrera a Harrison Ford entregado por la ‘avatariana’ Sigourney Weaver restó protagonista al gratificante (y feo, por otra parte) vestido de la mujer que pusiera busto a la alegórica Marianne de la Revolución francesa.
Pinchad en las fotos si queréis verlas en grande.