jueves, 25 de febrero de 2010

Review 'Invictus (Invictus)', de Clint Eastwood

La beatificación de Mandela
Clint Eastwood narra una historia de patriotismo acercado a un entorno democrático y la esfera deportiva llevada por el sensacionalismo emocional con la que está dibujada la personalidad del líder Nelson Mandela.
Con ‘Gran Torino’, el maestro Clint Eastwood ofreció una testamentaria fiesta final como intérprete, en la que brindaba la oportunidad de volver a disfrutar de su oficio como actor en una muestra de capacidad con un personaje lleno de aristas, además de otra de esas lecciones de sutilidad detrás de las cámaras. ‘Invictus’ sería un cine más ambicioso, más cercano a la gramática de superproducción de ‘El intercambio’, a la ambición con la que expone su habitual clasicismo de cámara, su sabiduría cinematográfica, aquí más ostentosa que en otras ocasiones.
Eastwood ha escogido para este trabajo un relato del periodista John Carlin, ‘El factor humano’, para ilustrar varios acontecimientos históricos que vivió Sudáfrica con el final del ‘apartheid’, que dio como consecuencia la liberación de Mandela y su elección como presidente de un país que estaba a punto de vivir un cambió radical con un acontecimiento muy concreto: el mundial de rugby de 1995 que unió a esa nación separada durante tantos años por afrikaners y negros. En su camino, Madiba, como se conocía al guía espiritual, entabla amistad con François Peenar, el capitán de la selección sudafricana para acometer esa parábola que ensambló el deporte y la política con un objetivo de fraternidad y concordia legendario.
Eastwood sigue haciendo de la simplicidad su mejor aliado, su atributo más distinguido y admirable. No hay nada que reprochar en la circunspección con la que mueve la cámara, en el pausado proceder para intentar captar la epopeya dentro y fuera de los campos de rugby o de los despachos presidenciales. Sin embargo, ‘Invictus’ se explota en seguida como un panegírico hagiográfico de Mandela, prolongando sus cualidades de liderazgo e inteligencia hacia la bondad heroica que hizo de su astucia su mejor arma a la hora de instrumentalizar el rugby como sentimiento colectivo de esfuerzos y virtudes que convocaran el consenso y la solidaridad de un país que estaba destinado al odio. En este caso concreto, no hay que obstinarse en el modélico patrón audiovisual que firma Eastwood, de una elegancia tradicional y clásica. Esta vez, empero, el significado histórico queda deslucido por un drama deportivo lleno de tópicos que van saliendo a flote desde los primeros instantes del filme y que se dilatan a lo largo de todo el largometraje.
La historia de patriotismo acercado a un entorno democrático y la esfera deportiva como ese opio del pueblo que amansa los rencores se trasmite desde el minimalismo enraizado en la perspectiva narrativa del maestro. Sí, muy bien. Pero también Eastwood se deja llevar por el sensacionalismo emocional con la que está dibujada la personalidad de Mandela, desde el conservadurismo didáctico y ético, encumbrando su figura a la beatificación. Ejemplo de esto son las buenas intenciones de ese Mandela que no quiere cobrar como presidente porque es demasiado peculio para él o el enfrentamiento entre sus componentes del dispositivo de guardaespaldas, el racismo del padre de Peenar contrarrestado con la tolerancia de éste, la visita del equipo de los Springboks a la cárcel en la que estuvo recluido Mandela o su acercamiento de confraternización con los niños negros del gueto y las decisiones políticas del mandatario siempre adheridas al interés y al bien común de su nación.. Mucho de lo elemental de ‘Invictus’ es resultado de un búsqueda demasiado artificial, de algo forzado para ser emotivo. Y si esto fuera poco, encima falta énfasis de grandeza tanto en su épica como en sus aspectos íntimos. Todo fraguado en el convencionalismo, en el progreso previsible con la que se avanza hacia la final deportiva como corolario de conciliación de un país.
El problema del filme es que esa épica que se busca y se exige a un evento histórico tan poderoso está carente de la grandeza que se sobrentiende en la fuerza de sus grandes ideas y discursos. El esquematismo de los personajes, la sincera pero arquetípica descripción de la actitud apaciguadora en el terreno sociopolítico de Mandela no deja lugar a la exploración de la bondad de un hombre único que, agraviado durante tantos años, optó por profesar el perdón y el camino de la paz. A Eastwood, con el guión de Anthony Peckham de por medio, se le va mano en la descripción superficial del entorno de Mandela, así como en lo sintético que tiene la moralidad del discurso interno.
Falta épica. Y esos desaciertos son más perceptibles en la recreación de los partidos de rugby, donde no existe ni un ápice de intensidad narrativa. No basta con puntualizar cada subrayado con esa lánguida música de Kyle Eastwood, que reitera los mismos acordes sonoros de las últimas películas de su padre, sin apenas variar en su estructura sinfónica, intentando seguir los pasos de su progenitor o del sugerente y añorado Michael Ballhaus. ‘Invictus’ es un tipo de película para el lucimiento interpretativo, esta vez por parte de Morgan Freeman, con una metamorfosis del líder político aportando dicción, matices y calado dramático que destila carisma, empaque y una gran y estudiada composición. Algo que contrasta con la apatía que desprende un Matt Damon que ha cuidado en exceso la parte física de su personaje, olvidando cualquier calado interno. Aunque eso es algo que afecta mucho más a su director que al actor de la saga Bourne.
Es así el último trabajo de Eastwood un canto que pretende ser inspirador y modélico. Una oda que, en estos días actuales en los que los políticos cada vez dan más asco y repugnan (sean del partido que sean) al ciudadano, mira en un pasado no tan lejano, para ejemplarizar algunas decisiones para unir los intereses de un país. La humanidad, honestidad y respeto de la que habla ‘Invictus’ hoy en día son poco menos que una utopía. Tanto o más, que esa iluminación de Mandela cuando leía en la cárcel el poema de William Ernest Henley que da título a un filme que, además de una historia de superación y de reconciliación donde el perdón es tan importante, es una película que pierde su poesía a medio camino.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW:'Shutter Island', de Martin Scorsese.

martes, 23 de febrero de 2010

Mis palabras y yo

Últimamente no hablo mucho. Es un problema, porque siempre he sido un orador compulsivo, un contador de historias, un hombre de palabras. Y ante tal inconveniente, decidí ir al médico.
Doctor ¿qué me pasa?
Tras una inspección rutinaria y una polipectomía virtual a través de los problemas de los nuevos modelos de relación a través de la red, me recetó una buena dosis de palabras. Palabras de tonelaje etimológico. Nada de palabras banales.
¿Sólo palabras?
También un poco de saber escuchar y meditar.
He leído cosas al respecto, acerca de importancia terapéutica de la palabra. Según algunas teorías, las palabras tienen un potencial beneficioso para la salud. Es bueno hablarle a las plantas, dialogar frente al espejo, atender a los interlocutores y mostrarse abierto al diálogo. Y es cierto. Me siento más sociable. Cuando abro el frigorífico departo sobre cuestiones de actualidad con la leche del desayuno mientras ambos leemos el periódico, charlo distendidamente con los alimentos mientras cocino, tengo alguna que otra disputa con la ropa al sacarla de la lavadora... Incluso una vez me descubrí leyendo un libro en alto, con sus palabras formando frases con un sentido absoluto. Desde entonces, con el único que no hablo es con el monitor del ordenador. El teclado tampoco me cae muy bien, aunque tenga que utilizarlo para escribir estas palabras, narradas en alto y, por supuesto, parloteando con una lata de cerveza en el transcurso. Las palabras ayudan a la concordia y al entendimiento. O eso es lo que me digo a mí mismo.

lunes, 22 de febrero de 2010

Recuento cumpleañero

1.- Mazinger Z (Figura 45 Cm) NECA.
2.- Pack 2 Figuras Michael Jordan modelo B, 18 cms. NBA Upper Deck.
3.- Pack Coleccionista “Celebrando 400 Años de Monty Python”. Universal.
4.- Figura Stripe Gremlins Head Knocker (20 centímetros). NECA.
5.- Poster ‘Scarface: I trust me’ Dollar.
6.- Cómic ‘Criminal: Mala noche’, de Ed Brubaker y Sean Phillips. Panini Cómics.
7.- Cómic ‘Terror Inc. El Plan Desmembrador’, de David Lapham y Patrick Zircher.
8 .- Cómic ‘Los muertos vivientes 9’, de Robert Kirkman, Charlie Adlard, Cliff Rathburn. Planeta DeAgostini.
9.- ‘Por un Puñado de Dólares - Ed. Coleccionista 45º Aniv.’, de Sergio Leone. Warner.
10.- ‘Whopee Cushion’, máquina de pedos.
11.- ‘Padre de Familia, Algo, Algo del Lado Oscuro’, de Dominic Porcino. Fox.
12.- Videojuego PC-DVD ‘2K10’, de 2K Sports.
13.- ‘Orgullo y prejuicios y zombies’, de Jane Austen y Seth Grahame-Smith. Editorial Umbriel.
14.- Professional Poker Chips.
15.- Camiseta ‘El equipo A: Me encantan que los flanes salgan bien’.
16.- ‘Déjame Entrar - Edición Especial + Libro’, de Tomas Alfredson y el autor de la novela, y guionista de la cinta, John Ajvide Lindqvist. Karma.
Para ampliar, hacer click sobre la foto.
Mi agradecimiento especial a tod@s y cada un@ de los que asistieron a la mejor y más memorable fiesta que hemos organizado en todos estos años. También a los que no pudieron disfrutar de este enloquecido evento pero aportaron su granito de arena para que la mesa de arriba luzca de tan lustrosa manera.

jueves, 18 de febrero de 2010

Review 'La Carretera (The Road)', de John Hillcoat

La poética esperanza del Apocalipsis
John Hillcoat traslada a imagen la obra maestra de Cormac McCarthy con un sacrílego respeto a la obra original, indagando en el fondo de los sentimientos humanos dentro de un entorno hostil y apocalíptico donde un padre y un hijo luchan por sobrevivir.
Uno de los miedos de la sociedad actual, lejos de leyendas y supersticiones, reside en la impotencia y el pesimismo con el que se mira a un futuro poco alentador. Las catástrofes naturales, cada día más sistematizadas, la crisis y la caída de la bolsa, la desconfianza extrema o el temor a una pandemia acreditan una reflexión metafórica de unos tiempos avocados al fin del mundo. El Apocalipsis es un concepto menos proverbial y cada vez más inmediato. La ficción ha dejado de ser algo ilusorio para devolvernos a esa terrible profecía que se va acercando con sigilo, que vislumbra, con cierto discurso fatalista, un mundo en el que la tragedia final dejará un temible “día después”. El mismo día en el que los últimos supervivientes de una sociedad devastada por alguna catástrofe tendrán que empezar de cero, volviendo a los orígenes de la conservación que, desgraciadamente, apunta a una lógica deshumanización del ser humano que ya ha contagiado en cierta medida la conciencia colectiva. Las imágenes de esa destrucción colectiva siguen perpetuando una extraña fascinación que pocas veces se ha tratado desde un prisma intrínseco, ajeno al artificio de los efectos visuales y la hecatombe gráfica.
‘La carretera’, adaptación de la novela ganadora del Premio Pulitzer de Cormac McCarhty, habla de un hipotético futuro no tan lejano, donde (y a pesar de lo que avanzaba el engañoso trailer), John Hillcoat ofrece con un sacrílego respeto la fidelidad una visión post-nuclear sin necesidad de entrar en causas o consecuencias. No es necesario asistir a ese posible fin del mundo ni recibir ningún tipo de explicación enfática de una admisible detonación nuclear, de una plaga destructiva o de las gigantescas derivaciones del venidero cambio climático. Basta con un par de paisajes, un resplandor entre el sonido de unos gritos desconsolados para saber que la civilización exangüe del filme vaga por un mundo sin futuro.
La colosal grandeza de un texto como el de McCarthy hacía presagiar una labor irrealizable a la hora de concebir una trascripción narrativa y cinematográfica que sostuviera la equidad literaria a esa tortuosa travesía de un padre y su hijo al borde de la inanición a través de áridos e inhóspitos parajes de naturaleza muerta, donde los ríos, como el cielo, son grises y mortecinos, como las propias expectativas de un rumbo hacia costa sureste de Estados Unidos, de un trayecto a ninguna parte. El guionista Joe Penhall consigue trasladar, bajo la batuta visual de un inspirado Hillcoat, ese mundo alegórico sin futuro, haciendo posible la ardua labor de asemejar en pantalla el lenguaje incisivo y minimalista de las descripciones del autor literario, alejándose del vistoso lucimiento de efectos especiales que pudieran restar un ápice de credibilidad y autenticidad al original.
El filme sigue la férrea trayectoria de ese padre e hijo que sobreviven y siguen adelante pese a su improbable éxito, arrastrando sus menguadas adquisiciones en forma de mantas, comida y bebida en un carrito de supermercado. Dentro de esa parquedad de caracteres, se va fraguando la ética y la estética unidas en un vínculo formal y de contenidos arrolladores. ‘La carretera’ sigue como puede, con firmeza y talento, las directrices de esa obra literaria impresionante, de una expresividad y riqueza intensas en su visualización del horizonte sombrío y de incertidumbre. La película no se olvida de ningún detalle, de la descripción nada complaciente de ese padre arisco y pragmático a la hora de proteger a su cachorro, cansado y desconfiado, que no se rinde ante la adversidad y teme cualquier contingencia que incomode su fatal viaje a una esperanza que no existe. En contraposición, el chico, que vive con la esperanza perdida del padre, con la necesidad de creer que no todo el mundo supone una amenaza y que echa de menos el vínculo familiar que han ido perdiendo en su huída, presente en la memoria de esos ‘flashbacks’ que rememoran retazos del mundo antiguo, cuando todavía había perspectivas y éstas se fueron cangrenando por la pérdida de autoconfianza.
‘La carretera’ se fija en esa divergencia del pesimismo del padre y la inocencia del chico, como subterfugio moral frente a la realidad anémica de optimismo. Y mientras, el ser humano es puesto en tela de juicio. La humanidad escindida entre aquellos que mantienen intacta su dignidad como personas y los que se han dejado llevar por los más oscuros instintos ancestrales. El hombre frente a su bestialidad, dibujado esos “malos” que son residuos de una raza humana que practica la antropofagia, volviéndose cruel cazadora de sí misma. El contexto del filme no deja lugar a dudas: el pasado se ha perdido en la memoria como una mentira y no existe ningún porvenir. El destino ha definido su esencia a una circunstancia llevada a una cuestión de vida o muerte, donde aquellos que respeten los valores arraigados a la condición racional podrán seguir subsistiendo como auténticos hombres. El ser humano, puesto en situaciones límites, va descomponiéndose moralmente hasta la deshumanización más brutal.
Es cuando el hombre sin nombre, el padre, llega a un punto de insensibilidad con el prójimo, desconfiado y aleccionando a su pequeño para que llegue al suicidio en caso de máximo peligro, como salvaguardia de su inocencia. Lo cotidiano es un terreno hostil donde cada encuentro con un semejante supone una amenaza. El peligro está a la vuelta de cualquier esquina, detrás de cualquier árbol, acechando en forma humana por llevarse algo a la boca, bien sea desde la sensibilidad del que hurta por comer o en el salvajismo de caníbales que guardan carne fresca humana en un sótano. La carretera es el símbolo de ese peligro, pero también la senda que lleva a una falsa expectativa por encontrar un lugar donde habite gente en concordia. En realidad, el padre no busca una escapatoria real para su hijo, sino una educacional iniciativa de supervivencia, imbuida de unos valores efectivos y afectivos que le valgan para protegerse dentro en el tortuoso orbe devastado, de transferir su resistencia al chico y así hacerle fuerte ante el desastre.
Lo que se niega a ver es que el chico es el único capaz de creer en la bondad, en la compasión y en la libertad. Tanto la obra de McCarthy como la cinta de Hillcoat continúan hablando de la utópica y muy arcaica idea literaria de Faulkner o Beckett acerca de una rebelión del hombre ante una adversidad fatal. ‘La carretera’ no es una tragedia que gire en torno al hambre o la miseria. Ni siquiera sobre el futuro. Su núcleo tampoco se mantiene en esa perspectiva de supervivencia extrema. ‘La carretera’ aboga por escrutar el fondo de los sentimientos humanos. De ahí que sea tan importante ese “fuego interior” que ayuda a no desistir en el duro proceso de sobrevivir. Habla de la razón que supera al oscurantismo, en una pugna en la que impera la fe, la esperanza o el amor. Una oda al paternalismo, a la dureza de la educación y a la sustancia en un ámbito de incomprensión y violencia.
Si bien se echa en falta un punto de emoción, de subrayados sentimentales del padre hacia el hijo, de algo de ternura que vislumbre el amor ciego del progenitor en el planteamiento narrativo de su adaptación fílmica, Hillcoat sabe captar el realismo sucio de la palabras de McCarthy. La identidad visual y el ascetismo se trasladan al celuloide con una puesta en escena de la épica rodeada de podredumbre con un buscado equilibrio de reflexión, evocación y suspense. Como película sabe reflejar con sus agónicas imágenes la introspección del libro, avanzando en su psicología interna, sin renunciar a los matices que arrastran al relato hacia una sórdida profundidad existencialista. ‘La carretera’, como película, se sostiene con un perfecto grado de lirismo sombrío que define ese infecundo paisaje cubierto de ceniza por el que el padre y el hijo encaminan sus pasos en un indefinido éxodo hacia la nada. Nada que objetar a su magnífica adaptación. No olvida el constante tono angustioso, la monotonía hipnótica o el desasosiego fruto de la inteligente utilización de esos sonidos de zozobra y congoja o de algunos golpes de efectos de suspense realmente efectivos.
Sin embargo, hay elementos que culminan en grandeza dentro de sus aciertos. Como es el caso de esa fotografía de Javier Aguirresarobe, digna de aplauso, que logra aturdir con el sobrecogimiento de ese glaucoma frío que enturbia el ambiente, con una utilización de gamas cromáticas oscuras y sombrías, poniendo así en evidencia el intenso deseo de expresar la miseria y los sufrimientos de la humanidad. También ayudan (y de qué manera) las inolvidables aportaciones de un soberbio Viggo Mortensen y el descubrimiento infantil Kodi Smit-McPhe, con sendas interpretaciones materializadas con el alma, con el desgarro tributado a dos personajes que beben de la correspondencia recíproca para alcanzar la superioridad. El elogio queda fuera de toda duda porque sus composiciones van más allá de la desnudez emocional y física.
‘La carretera’ es una de las mejores adaptaciones de una novela al cine que se hayan visto en mucho tiempo. Un drama que acaricia con gran crédito otros géneros que le son afines, como el catastrofista, el terror, el ‘western’ crepuscular, la ‘road movie’ o la ciencia ficción anticipativa. Su melancólico pesimismo, sacudido por una necesidad de creencia alcanzan en su discurso final una metáfora de la vida absolutamente excepcional, por mucho que Hillcoat y Penhall hayan suavizado la fiereza hiriente de McCarthy, deja un sabor agridulce y la certeza de que, en algún momento del futuro, reencontrarse con esta obra convertida, desde el silencio, en una película de culto que ha sabido respetar la esencia de una obra maestra de la literatura. Hasta entonces, quedarán esas últimas palabras del padre al hijo (y viceversa) bajo las conmovedoras notas de Nick Cave y Warren Ellis, dejando caer una lágrima de color ceniza, símbolo de que la bondad y el amor perdurarán por muchos desastres que aniquilen el mundo que conocemos hoy en día.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Invictus', de Clint Eastwood

miércoles, 17 de febrero de 2010

35: Y ahora... ¿qué?

Ésa es la pregunta sin respuesta.
No quiero asociar la idea de cumplir años con una implicación a la reflexión, al recuerdo, a la emoción o a la omisión del hecho. No me apetece descifrar el sentido de tantos años hacinados en mi vida que, se supone, establecen el número y la particularidad de las experiencias vividas y que, con un año más, afectan al modo de cumplir otro. No quiero arrepentirme, ni retractarme, ni desalentarme, ni muchos menos renunciar a otros 365 días acumulados en la cuenta. Tampoco quiero recapitular un absurdo historial de acontecimientos pretéritos o ese desacertado pensamiento en pluscuamperfecto de subjuntivo. Podría hacerlo. Es una ocasión idónea para todo esto. Pero no. No es hora de hacer esa ridícula lista de aspiraciones y objetivos. Ni de coña. Nunca en un cumpleaños.
Aquí estoy, con la brújula desorientada. Sin saber qué va a pasar, a dónde se dirigen mis pasos ni que es lo que haré. Haciendo oídos sordos al tiempo que pasa inexorablemente. Mi rostro y mi alma parecen acompañarme en esta disputa ganada a la edad de forma efímera, asumiendo con coherencia que queda menos. Sin embargo, persisto en mi ideal de intentar disfrutar de todo pese a todo. Como dije hace años en este espacio abismal en relación a celebrar los cumpleaños: “la vida es como un globo de fiesta lleno de helio abandonado en el techo que se va vaciando hasta que cae”. Qué sabias palabras aportadas desde mi yo del pasado. Como máxima vital sigo obcecado en pensar que la diversión exige una constante entrega en la que no hay lugar para el quejido o el desconsuelo. He subido otro escalón más. Sigo tropezando y perdiendo batallas por conseguir mis sueños. Una y otra vez. Invariablemente. Los cobardes son los que se esconden bajo las normas. Desafiémoslas. Sigamos luchando contra viento y marea. Si hace falta hasta perder la ilusión, para luego recuperarla con más fuerza. Sólo hay un secreto para ello: las ganas de descojonarte y vivir la vida.
Voy a ir al frigorífico. Lentamente. Deleitándome en los segundos de tránsito entre esta silla en la escribo y la cocina. Una vez que llegue, abriré lentamente, como si una sorpresa me esperara en su interior, la puerta del frigorífico. Después, sacaré una lata de medio litro de cerveza, la observaré, escudriñando la extravagante cognición que reside dentro de ella. Tocaré suavemente la anilla de su parte superior, como si de un arpa afinada se tratase, dibujando formas bajo la sensación de intratable frío en los dedos. Destaparé todos los sentidos en forma de sonido a gas, a burbujas, a cebada elaborada para el regocijo. Tras esto, haré un gesto de convite y consagración al instante. La acercaré a mi hocico y beberé un trago largo, sin pausa. Seguidamente, y para finalizar la letanía, brindaré por mis 35 años. Bienvenidos sean.
El resto es obvio: a disfrutar.

lunes, 15 de febrero de 2010

XXIV Premios Goya: la fiesta más exitosa del cine español

Mucho se había hablado de esta gala de la XXIV edición de los Premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, es decir, de los Goya de siempre. Primero porque la renovación ha llegado de la mano sabia de Álex de la Iglesia, aportando una dignidad y coherencia que no tenía en un pasado cercano. Después, en su escaparate televisivo, por una retransmisión con ausencia de publicidad comercial durante su emisión. El año 2009 ha sido un año de alegrías para el cine patrio y ayer era una noche para celebrarlo. Por todo lo alto. A diferencia de otros años, la gala de anoche se distanció positivamente de sus antecesoras. No porque fuera la más destacada de los últimos tiempos, que lo fue, pero dentro de unos parámetros de discreción y recato mucho menos eufóricos de que como lo han ido determinando en diversos medios nacionales. Sí, la ceremonia estuvo bien, pero faltó ese destello de diversión y talento que hace falta para que estos saraos se conviertan realmente en espectáculo. Fue una conmemoración muy moderada y aséptica, con algunos momentos de ingenio, agradecimientos muy emotivos y con mucho ritmo. Según lo trazado.
Sin embargo, a la gala de ayer le faltó humor, desparpajo, como si su progreso estuviera sometido a un guión muy férreo. Hay que agradecer, aún así, el esfuerzo. A poco que se intente mejorar, la imagen de estos premios alcanza un nivel de ventaja respecto a sus anteriores. En ningún tramo de la velada dio la sensación, como en casi todas sus precedentes, de que se estaba haciendo ridículo o se llegaba a la vergüenza ajena. Por fortuna, todo se desarrolló con corrección, sin necesidad de contaminar el espíritu del cine con polémicas, ni acerca de la política sobre el futuro del cine o (y aquí estuvo el factor que determinó el éxito de la noche), ni hubo quejas plañideras sobre la piratería o el P2P en cada discurso de agradecimiento, algo que se había normalizado hasta el día de ayer.
Los astros se conjugaron para ofrecer la mejor cara de todos. La elección de Andreu Buenafuente parecía la ideal para este resurgimiento del ‘show’. No estuvo mal. Pero se echó en falta algo más de improvisación, de relax, por mucho que se quitara la corbata y sacara unas palomitas. El humorista catalán arrancó titubeante e inseguro. Suerte que rápidamente se inició uno de esos ‘clips’ bien montados que funcionan a la perfección. Varios componentes de la gran familia del cine español se prestaron a que este vídeo impusiera lo mejor del arranque de la fiesta. Después, Buenafuente comenzó un ‘speech’ sobre los nominados y sus películas. De entre lo acertado en sus gracias estuvo decir que no había visto las 210 partes anteriores de ‘Celda’, ese diálogo absurdo en inglés dedicado a Penélope Cruz (acompañada, como sorpresa y presentación en sociedad de su novio, el no menos rutilante Javier Bardem) recitando célebres títulos y estrofas de canciones conocidas por todos.
También descolocó esa frase final a Alejandro Amenábar (“estás un poco amarillo, por cierto”) o se iluminó con algo de humor jugando con una siempre horrorosa Ángeles González-Sinde, al decir que no oyera la palabra “bajar” por temor a represalias o ese antediluviano chiste sobre Loles León y Jeremy Irons. Después, un numerito de efectos especiales y agua. Llamó la atención una cosa. No hay publicidad. No hay anuncios. Esto se ha acabado en la tele pública. Sin embargo, ese plano del perro “Pancho” como imagen del patrocinador de la gala, Loterías y Apuestas del Estado, decía todo lo contrario. Una mera anécdota.
Paz Vega, con un divismo “total” y un peinado que rozaba lo improcedente, comenzó el reparto de premios. La pugna entre las dos películas favoritas era muy clara. ‘Ágora’ debía ir ganando los premios técnicos, acumulando Goyas según iban nombrando los primeros ganadores de la noche para, posteriormente, ir haciendo justicia a ‘Celda 211’ y convertirla en la gran triunfadora de la noche. Y así fue. Muy previsible en este sentido. Chris Reynolds y Félix Bergés fueron los encargados de recoger el premio a los mejores efectos especiales. Primer traspié de la retransmisión; Reynolds soltó su discurso en inglés y el telespectador no instruido en idioma anglosajón seguro que echó en falta la traducción simultánea que en estos casos siempre viene bien. Lo siguiente: un remedo de función de Broadway por parte de Secun de la Rosa y Javier Godino en un alto de ‘locure’ musical para entregar el Goya a la mejor canción a Guille Milkyway, por el tema central de la película ‘Yo, también’. Su discurso, dejando muy bien a la Academia, al cine español y al Palacio de Congresos de Madrid al agradecer el galardón a sus padres en “sitio muy cutre” como ése.
Nos quedamos sin ver, por segundo año consecutivo, a Roque Baños recoger otro Goya. El ganador. Otra vez el de siempre: Alberto Iglesias, que no debe tener espacio en su casa para tanto Goya. Este año, una de las preocupaciones del público televidente (supongo que en menor medida para los invitados que acudieron ‘in situ’) era qué hacer cuando la ganas de orinar se convirtieran en una necesidad perentoria. Una de las excusas fue recurrir a una socorrida frase en plan apotegma de lucidez de algunos de los genios de nuestro cine (Buñuel, Azcona, Fernán-Gómez, Borau…) a lo largo de la noche, seguidas de una pequeña relación a modo de resumen de los que iban ganando premios. Buena jugada.
Xavi Giménez, en estos tiempos de adelantos tecnológicos respecto al mundo fotográfico, se acordó de los viejos zorros de laboratorio cuando alzó su premio a la mejor fotografía por ‘Ágora’, película que repetiría en los departamentos de mejor dirección artística, mejor maquillaje y peluquería, mejor diseño de vestuario, mejor dirección de producción y mejor guión original. Hubo un momento en que la cinta de Amenábar parecía que iba a ser la que arrasase. Y con una constante; debido a su equipo internacional, muchos de los premiados seguían agradeciendo en inglés, en italiano… y todo esto sin traducción simultánea. Por lo que cuando ‘Ágora’ empezó a dejar de llevarse premios, los agradecimientos volvieron a ser en castellano. Y todo se reasentó a una fiesta más española, más de aquí, más nuestra. Enrique Villén, salió a la platea maquillado cono un extraterrestre mezcla entre caracono y cíclope para conceder el premio al mejor maquillaje y Buenafuente contó con la complicidad de Santiago Segura y Daniel Monzón para otro ‘sketch’ con una cámara y un poco de gracia floja para que todo no siguiera por el camino de la circunspección.
A estas alturas uno de los premios más aplaudidos fue el que Penélope Cruz entregaba Raúl Arévalo por ‘Gordos’ como mejor actor de reparto. Todos los presentadores de los premios parecían estar amenazados a la hora de entregar su correspondiente premio. Hubo contrastes, sobre todo en las parejas que salieron a presentar. Desde esa estupenda lozanía y belleza de Amaia Salamanca y Juan Diego Botto, la veterana esplendidez de José Coronado y Aitana Sánchez Gijón, la más insulsa Belén Rueda y Eduardo Noriega, la más extraña Goya Toledo y Juan Diego o la más estrafalaria Mario Casas y Marisa Paredes, que dieron el primer Goya a ‘Celda 211’ con sorpresa incluida: Alberto Amman convertido en mejor actor revelación.
Llegó el momento de Pocoyó, que es definido como el presentador elegido por los internautas. Como aparición efímera hubiera estado bien. Más si se hubiera limitado a leer los premios dedicados a la animación. Pero la cosa se alargó más de la cuenta. Buenafuente siguió un poco el juego, el muñeco cabezón dio algunos saltos y así hasta que salió Manuela Velasco a leer los premiados. Largometraje: ‘Planet 51’, un premio obvio que fue agradecido con insistencia al Ministro de Industria (único borrón en el peloteo gubernamental). El corto nominado al Oscar ‘La Dama y la Muerte’ producido por Antonio Banderas ganó y el hermano de éste agradeció, entre otros, a Caja Granada (la otra mácula institucionalista de la noche).
Uno de los primeros momentos de entrañable emoción fue cuando Marta Etura vio recompensado por su trabajo como actriz secundaria en ‘Celda 211’. Su discurso de agradecimiento estuvo marcado por la emotividad con la que recordó a sus padres y a Luis Tosar, su compañero sentimental. Las cámaras que enfocaron las butacas captaron más de una lágrima en el seguimiento de la alegría de esta actriz llena de talento. Un reconocimiento que iba encauzando al filme ‘Celda 211’ hacia la senda del triunfo. Los mismos presentadores (Goya Toledo y Juan Diego) aprovecharon para unir dos gremios “tan unidos” como son el de actriz de reparto y dirección de producción y así aprovechar tiempo y presentadores para que José Luis Escolar se deshiciera en elogios a Amenábar, acompañado de su joven y apuesto novio luciendo resplandeciente en unos premios que, en unos años, podrían llevar su nombre.
Una de las cosas que se agradeció dentro de la retransmisión fue la discreción con la que se trató televisivamente a la pareja de moda del cine español. Tanto Penélope Cruz como Javier Bardem no robaron el protagonismo a nadie. En el recuerdo queda el sonrojante vasallaje y servilismo de adulación a Benicio del Toro el año pasado, cuando había mejores actores nominados a la categoría que finalmente ganó el actor puertorriqueño. Fue el momento en que al resplandeciente Presidente de la Academia, un pletórico Álex de la Iglesia, le tocó el turno de su antológico discurso. Las comparaciones con los quejumbrosos e intrascendentes discursos de la anterior poseedora del cargo, siempre con la adulación a los altos mandos del gobierno, la aburrida letanía en contra de la piratería y su falta de carisma, son odiosas. Así que lo obviaré.
De la Iglesia leyó, o mejor dicho, recitó, un brillante alegato sobre la profesión del cine, sobre la humildad que tiene que tener el gremio aludiendo a los ombligos, sobre la dificultad de que una película española permanezca una sola semana en cartel. El director de ‘El día de la Bestia’ dio una lección de oratoria, de humildad a la hora de reivindicar un enfoque sobre problemas y anhelos de nuestro cine. Sin entrar en lloros, ruegos o victimismos de ningún tipo. No sería la última sorpresa que daría un Presidente modélico entregado a la causa.
Lo que se echaba de menos en la noche era humor, algo de exhalación o habilidad recurrente que levantara el ánimo del personal. Eso, mejor que el absurdo ridículo que hicieron Fele Martínez y Judith Diakhate (que está como un pan de buena) como agradecimiento en voz de Mateo Gil por su corto ‘Dime que yo’. Al parecer, un retribución muy necesaria para potenciar su carrera como director de cine. Se mentiría y faltaría a la verdad si se dijera que no hubo extravagantes circunstancias grotescas. Santi Millán dio entrada a María Isabel, ganadora de un premio vía ‘sms’ encargada de presentar el Goya a ‘Garbo, el hombre que salvó el mundo’ como mejor documental. Y lo hizo no sin antes soltar esa pregunta tan arraigada a nuestra vena más cateta: “¿puedo saludar?”. Dicho y hecho.
Lo siguiente, el ‘In memorian’ con el recuerdo especial a José Luis López Vázquez y Javier Bardem dándole a su amigo Luis Tosar (con imitación incluida) un más que merecido premio por su papel de Malamadre en ‘Celda 211’. Tosar no se olvidó del novelista Francisco Pérez Gandul y de agradecer en su gallego natal a familiares y amigos. El momento más emotivo de la noche fue, sin lugar a dudas, el Goya Honorífico a toda una carrera a Antonio Mercero, aquejado de la enfermedad de Alzheimer que no pudo desplazarse al auditorio a por su premio. El agradecimiento vino de parte de sus hijos, que dejaron a la platea con los ojos humedecidos para pasar a un vídeo en el que Álex de la Iglesia, visiblemente emocionado, entregaba en su domicilio el Goya a uno de los grandes maestros del cine español.
Para entonces la gala necesitaba un revulsivo. No fue a Buenafuente y a Eduardo Blanco haciendo imitaciones de argentinos para darle el Goya a ‘El secreto de tus ojos’. Ni que Julio Fernández volviera a subir a por enésima vez a por un premio dejando fuera al responsable del trabajo laureado (por lo menos esta vez no se quejó de la piratería), en esta ocasión Danny Boyle o parte del equipo de ‘Slumdog Millionaire’. La cosa se puso un poco caliente con Ana Belén salió a enseñar pezones a una edad muy considerable. Su vestido vaporoso restó protagonismo al esperpéntico estilismo de Óscar Jaenada para darle el Goya a la mejor actriz revelación a una intérprete que lleva más de dos décadas dedicada al cine: Soledad Villamil. En el apartado de guión, Amenábar se llevó a casa su enésimo galardón y, por fin, el gran Jorge Guerricaechevarría, junto a Daniel Monzón, se llevaban el de mejor guión adaptado. La cosa se enfiló con un ‘fake trailer’ muy divertido a costa de ‘Celda 211’ con presentación de Segura, que suele funcionar con su habitual vis cómica. La actriz del año, Lola Dueñas por ‘Yo, también’ que dijo no saber si Rachel Weisz había asistido a la gala para decirle “Wellcome” haciendo apología de la ‘Deep Spain’.
La frase de Berlanga en pantalla, la mejor; “Hay obras maestras que lo son por el monumental aburrimiento que provocan’. La noche, en su recta final, necesitaba un punto de giro para no decaer, como en años anteriores, en el ostracismo reiterativo. Y fue cuando entró, como una brisa de frescura y talento, la mejor presentadora que ha tenido (y tendrá) esta ceremonia. Rosa María Sardá, humorista capaz de levantar, ella sola, el final de fiesta de los Goya, apareció ante el aplauso de todos. Entregó el de mejor director a Daniel Monzón, que no se olvidó de agradecer al público, a su equipo y los figurantes de Zamora y Salamanca el premio. Fue entonces cuando llegó la gran sorpresa de la noche. Como una estrella internacional (que es lo que es) Pedro Almodóvar aparecía por el fondo del escenario. Álex de la Iglesia había conseguido que el director, agraviado con la Academia desde hace años, abandonara su resentimiento y acudiera, con todos los honores, a entregar el premio más importante de la noche. “Tenéis un presidente muy pesado que ha insistido hasta la saciedad”, reconocía ante un público puesto en pie. Después de un largo sermón muy ‘almodovariano’, la película de la noche fue, cumpliendo con las apuestas, ‘Celda 211’. Era el reconocimiento de lo que el público ya había premiado en taquilla; que un filme de género, un ‘thriller’ frenético puede ser una apuesta rentable para un cine español que necesita de valientes películas como la ganadora de esta edición para revolucionar el panorama de cine nacional.
Son cambios necesarios para nuestra cinematografía. Este año, bajo una retransmisión sin publicidad y una gala que supera con creces las infaustas extravagancias pasadas (pero con la cuenta pendiente de mejorar –y mucho-) se ha llegado a los 4.656.000 espectadores, obteniendo un 26,4% de cuota de pantalla. La de ayer fue la ceremonia de los Goya más vista de la historia. Todo un exitazo. Pero el hecho de que haya superado las desventuras y errores de los últimos años, de que la ramplonería haya sido subsanada con cierta destreza, la mejora no debe detenerse porque hay muchas cosas que optimizar y corregir. Sólo esperemos que el cine español vuelva a repetir en 2010 los éxitos de este año y que en la ceremonia de la cosecha que está por venir se convierta en la consolidación de la buena salud de nuestro cine. Un objetivo muy difícil, sí. Pero no imposible.
LO MEJOR
- Que ganara ‘Celda 211’. Una tangible nueva vía de escape al ostracismo temático del cine español. La cinta de Monzón es el mejor ejemplo de disyuntiva versátil y atrevida.
- La coherencia de un Álex de la Iglesia que ha sabido dignificar la Academia y los Goyas con su madurez y oratoria llena de verdades como puños.
- El vídeo de entrega Goya a Mercero. Entrañable y emocionante a partes iguales. El discurso de sus hijos dejó una frase para la historia: “lo único bueno del Alzheimer es que puedes ver ‘Cantando bajo la lluvia como si fuera la primera vez”.
- ¡Peeeeeedrooooo!
- Rosa María Sardá. La eterna presentadora. Genial, resolutiva. Añorada.
- La retransmisión ‘on-line’, por segundo año consecutivo, del talentoso Chico Santamano, volcando todo tipo de comentarios ingeniosos acerca de la gala. Se está convirtiendo en algo imprescindible en este tipo de restransmisiones.
- La elegancia de Penélope Cruz y la cautela de Javier Bardem en su primera aparición pública en un acto de este calibre en España. Y que no se nos olvide Maribel Verdú, siempre deslumbrante.
- ¿Pancho?
LO PEOR
- La trascendencia y seriedad con la cual se ha abordado la ceremonia. Los presentadores muy circunspectos y sin una línea para la improvisación y carente de sentido del humor. Y en este tipo de ceremonias, eso es algo básico. Aunque es cierto que cuando los ‘gags’ no tienen calidad y los chistes son malos, mejor así.
- El vestido, a medio camino entre cebolla y alcaucil a capas de Ángeles González-Sinde, siempre llamando la atención. En este apartado, también eran de cárcel o sonoros WTF los de Natalia Verbeke, Pilar Castro, Fanny Gautier, Ouka Lele u Óscar Jaenada.
- El peinado de Paz Vega.
- El rostro hipertrofiado por tanta operación de Andrés Pajares, que tiene cara de velocidad y de sorpresa estúpida constante.
- Que no se siga la bonita tradición de Hollywood que dicta que el ganador del año pasado en las categorías principales entregue el testigo a los premiados de este año.
- Que TVE acallara a esos manifestantes del exterior con protestas, abucheos y pitidos de multitud de movimientos sociales contra diversidad de injusticias; desde plaformas Anti-SGAE, ex empleados de RTVE, militantes de causas antiabortistas... No, espera, ahora que lo pienso, es normal que el oportunismo fuera ninguneado como la descompostura que supone.

All Star Dallas 2010: Volvió el buen baloncesto

La noche de las estrellas del mejor baloncesto del mundo tuvo como maravillosa ubicación un escenario ciclópeo como el Cowboys Stadium de Dallas, impresionante coliseo que albergó, según cifras de la NBA, 108.713 espectadores. Ahí es nada. El récord de asistencia a un partido de baloncesto. Y la noche, en lo concerniente a lo deportivo, estuvo muy a la altura de lo que se podía esperar con las expectativas marcadas por ediciones anteriores. Durante todo el encuentro dio la sensación de que ambos combinados de figuras del basket se estaban jugando algo más que un resultado para la galería, con intensidad y dureza, sin mucha floritura y desarrollando un juego colectivo basado en una fulminante rapidez. Un LeBron James más moderado en su 'autoshow', un Chris Bosh certero y, sobre todo, un Dwyane Wade sencillamente espléndido fueron liderando los pasos de la Conferencia Este con un juego dinámico, pasado incluso de revoluciones, con vistosidad y con rivalidad respondida, en una racha más desigual por la Conferencia Oeste.
Los de George Karl comenzaron encadenando dos canastas consecutivas de la estrella local Dirk Nowitzki. Respondió el Este, que en seguida dejó claro que la competitividad iba a marcar el devenir del choque, apoyado en la eficacia del juego individual y el acierto de equipo. Uno de los engranajes se iba instaurando en el jugador de los Raptors Chris Bosh, que repartía juego y espectáculo. El Oeste iba a su juego, fundamentado en la capacidad de Carmelo Anthony (el mejor de su conferencia) y Durant, así como una sólida defensa que tuvo más consistencia con la salida de Pau Gasol. Mientras Joe Johnson y Al Horford iban aportando su calidad al tridente formado por Wade, Bosh y Lebron, en el Oeste la seriedad la ponían Steve Nash, Gasol y Chauncey Billups. El de Son Boi jugó un partido serio, definido en su buena colocación en el parquet y sus números irreprochables (13 puntos, 6 rebotes y una recuperación en 20 minutos).
Llegó el descanso con las actuaciones musicales que consistieron en los contoneos imposibles de Shakira y la naturalidad y demostración de voz de Alicia Keys. Muy bien. Sin embargo dejaron la sensación de que la segunda parte no iba a comenzar nunca. La conmemoración nostálgica o recuerdo se vivió de forma fugaz con el recuerdo del ‘Dream Team’ (el único que jamás ha existido en cualquier deporte), que tuvo su representación con Chris Mullin, Scottie Pippen, Patrick Ewing y “Magic” Johnson para refrescar la memoria de aquel baloncesto germinal que hizo que toda una generación comenzáramos a amar el espectáculo de la NBA. Pero el All-Star de este año se vivía en el aquí y en el ahora. En la grandiosidad de un estadio que impresionaba y que se había convertido en el protagonista de la noche con esa pantalla que no encaja en el adjetivo de monumental. Por allí andaban la bestia parda Floyd Mayweather, mucho rapero como Ludacris y Diddy Combs, el propietario de los Dallas Cowboys Jerry Jones, el reverendo Jesse Jackson o el acartonado ‘gobenator’ de California, Arnold Schwarzenegger, al lado de Spike Lee.
La segunda parte impuso más de lo mismo. Wade comenzaba a despuntar en una pugna por el MVP con Carmelo Anthony y el All-Star empezaba a dejar unas sensaciones que rememoraron los mejores encuentros de esta noche de espectáculo y estrellas. En el este Bosh, Johnson y Howard parecían disfrutar con el recital de Lebron y Wade. Mientras, el Oeste se apoyaba en Gasol, Nowitzki, Williams o Stoudemire en conjunción con un inspirado Anthony. En un tira y afloja del marcador, el tramo final se puso muy interesante. La batalla se cristalizó en una lucha muy seria y los equipos se dispusieron a darlo todo por una victoria de un partido que parecía un choque de ‘play offs’. Wade y Nowitzki no fallaron desde la línea de tiros libres. Bosh tampoco. El empate estaba deshecho a siete segundos del final. El Oeste tenía la victoria a un solo tiro. Y fue Carmelo Anthony quién falló estrepitosamente un triple que dejaba el marcador final en 141-139. Wade pasaba a ser el MVP (28 puntos, 11 asistencias, seis rebotes y cinco recuperaciones). Sin duda, fue el mejor de una noche memorable en la que este partido, tan cuestionado en los últimos años, ofreció un espectáculo a la altura de las circunstancias, sin tener que echar de menos a Kobe Bryant o a Shaquille O'Neal, que el año pasado pusieron la nota positiva en un All Star para olvidar (más o menos, como la noche del pasado sábado en sus diversos concursos –con especial énfasis en el de mates-). Todo lo contrario que la pasada madrugada en Dallas, donde se vivó una noche de baloncesto por la que mereció la pena la nocturnidad y las pocas horas de sueño en un día en el que aún queda la crónica de los Goya.

jueves, 11 de febrero de 2010

Review 'Up in the Air (Up in the Air)', de Jason Reitman

Víctimas sacrificadas y verdugos damnificados
Jason Reitman ahonda de nuevo en los problemas de nuestra sociedad con una insolente mirada al escenario económico imperante en el mundo hoy en día, así como en sus contracciones, en sus causas y en sus efectos.
En los tiempos que corren son necesarias visiones perspectivistas sobre la actual situación socioeconómica que atraviesa el mundo. ‘Up in the air’ se ajusta a esa vocación crítica que tiene como fondo reflejar la recesión internacional, la crisis como afianzamiento de una idea desilusionada de la América sumida en la crisis económica. Se consolida así la idea de una radiología neocapitalista como sórdida evaluación a la política empresarial que siguen sin escrúpulos las multinacionales en relación a su ablución laboral, el mismo movimiento de deshumanización que siguen sin contemplaciones algunas grandes empresas que buscan el beneficio económico por encima del social.
El tercer largometraje de Jason Reitman es la adaptación de una novela de Walter Kim, firmando el guión junto a Sheldon Turner, para seguir este proceso crítico a través de un individuo llamado Ryan Bingham, modelo representante del ascetismo y alineamiento posmoderno que corporeiza la figura del ejecutivo como símbolo de individualista que persevera en su ambigüedad moral, itinerante e independiente. Este personaje pasa 320 fuera de casa, 240 días al año volando, cargado con un ligero y pormenorizado equipaje que impida que pierda tiempo en sus trayectos. Es obsesivo en su proceder y diestro profesional a la hora de hacer que la pesadilla de cualquier aeropuerto se haya convertido en un modo de vida tan gratificante como artificial. El avión es la forma de evadirse de la realidad de su trabajo, que no es otro que despedir con corrección, asepsia y eficacia a trabajadores de otras empresas. Parece feliz, lejos de ataduras ni compromisos afectivos. En tiempos de crisis económica y reducción de plantillas, su carrera asciende. Sin embargo, su vida se ve salpicada con dos problemas inesperados; primero, Alex Goran (Vera Farmiga), una ejecutiva de la que se enamora y con la que comparte filosofía de vida. Segundo, Natalie Keener (Anna Kendrick), jovencita idealista con ganas de avanzar profesionalmente que trata de implantar el sistema de despidos ‘on-line’.
De primeras, el personaje al que George Clooney aplica un talento excepcional (posiblemente, el mejor trabajo de su carrera), desmonta cualquier teoría de empatía con el público. Es un hijo de puta sin escrúpulos, un profesional que no conoce el sentimiento de culpa y que, de manera mecánica, imparte una charla bajo el título ‘¿Cuánto pesa tu vida?’ sobre metafóricas mochilas y lo prioritario en la vida de cada persona, sobre el peso que hay que soportar cuantas más responsabilidades, amigos, familia haya. Su falso sentido de compasión cuando despide a las personas es eficaz y brillante. Pero lo cierto, es que Bingham es encantador, seductor y verosímil en sus pautas. Un representante del libre mercado que despacha a hombres y mujeres de sus puestos de trabajo prometiendo una nueva oportunidad para reorganizar su vida, el despido como una alternativa del cambio, el ‘outsourcing’ como alternativa a la crisis.
Dentro de este entorno, Reitman sopesa con acierto esos efectos devastadores de los métodos de flexibilización que llevan consigo el recorte laboral, así como la banalidad y la tramoya que encierra la cultura de los recursos humanos. El fracaso de la estructura empresarial se deja entrever en los testimonios de personas anónimas que han perdido sus trabajos durante la crisis y sus reacciones ante esos despidos. ‘Up in the air’ pretende investigar el escenario económico imperante en el mundo hoy en día, así como sus contracciones, sus causas y efectos que dan como consecuencia una parte responsable y otra de víctimas que son despedidas no por su ineficacia, sino por la representación de un problema para la empresa que deviene en daño colateral. Fácil solución de la deflación de desembolso logístico y de personal que, por si fuera poco, encuentra un aliado para su optimización en los despidos a través de videoconferencia. Así de cruel.
Jason Reitman es un narrador de prodigiosa sutileza a la hora de transformar el cinismo del guión en imágenes. Su breve, pero interesante obra, se posiciona cerca del ámbito didáctico ilusoriamente aleccionador. Aquí, como en sus dos filmes anteriores (‘Gracias por fumar’ y ‘Juno’) no concede una visión única ante lo que propone como dilema, bifurcando la alternativa sobre el papel; bien sea la posibilidad de fumar o no, de ser madre o interrumpir el embarazo o, en esta ocasión aceptar la realidad o plantearse entrar en la catalogación social bien entendida de familia y felicidad arbitraria. En el cine de Reitman hay espacio para disponer de una diatriba socialmente amable o políticamente correcta que sirva como vía de escape o alternativa a las vicisitudes de sus personajes más o menos ‘outsiders’. La imagen de ese feliz y perfecto personaje que irradia Bingham va consumiéndose cuando se rompe parte de la analogía que existe entre Alex y él, cuando se conocen y contraen una relación sin compromiso, de relación esporádica aceptada por ambos como paréntesis en su día a día profesional. De repente, comienza a entrar en una especie de crisis de identidad, de valoraciones familiares en una eventual búsqueda espiritual que puede ofrecer la estabilidad, que deja un lapso para mirar al pasado, incluso para recapacitar sobre los pilares sentimentales de la sociedad occidental.
Sin embargo, lo que podría ser como un edulcorado e inteligente manifiesto la idea de una catarsis familiar, de la pareja o del seguimiento de los deseos de normalización del mundo a través del amor, se reconduce hacia un discurso mucho más contundente con dos momentos de indudable validez; la de esa amante que asume su dualidad sin renuncias, que le reprocha su amago de sinceridad que adultera sus dogmas y su frívolo estilo de vida o la de ese instante de duda del cuñado de Bingham, destinado a una unidad familiar de la que duda y acaba convencido por la cautivadora arenga del ejecutivo charlatán. Mucho más sutil se percibe ese efecto boomerang de las contradicciones de sus personajes, cuando el novio de Natalie la abandona por sms, que viene a ser lo mismo que despedir por videoconferencia, de forma pusilánime y cobarde. ‘Up in the air’, en último término, advierte de cómo el uso de la informática llega a deshumanizar a las personas.
El filme de Reitman propone así una representación idealista de la responsabilidad del ejecutivo, que no es más que una falsa capa de inmadurez, del dilema que se bifurca otros problemas de madurez y económico. El de una persona solitaria que no tiene más aspiraciones en la vida que las de acumular puntos con sus billetes de embarque para conseguir una tarjeta de privilegios de los llamados ‘happy few’ de American Airlnes al viajero que acopie un abrumante número de kilómetros viajados. Un tipo, en definitiva, que escapa a la realidad viviendo, como indica su título, en las nubes. Reitman logra un ambicioso fresco actual, donde abundan los diálogos brillantes, en un manejo de agilidad y ritmo. Y lo que es más importante, evitando caer en los tópicos, pero utilizándolos como excusa para fortalecer el discurso final de deshumanización y competencia salvaje. Es muy fácil ir despidiendo gente, pero también lo es reconocer un vacío interno de carencias familiares y sentimentales.
La conclusión podría ser que incluso aquellos depredadores pueden ser también víctimas. Sería lo lógico, si Reitman no propusiera ese final abierto que formula la justificación de una triste dependencia a la evasión y el autoengaño. O, abriendo otra disyuntiva, la de una privilegiada situación de albedrío, de aceptación de un estilo de vida que se alimenta de la razón de ser del personaje de Bingham, la de un hombre aceptando su huída de la realidad una vez atendidas sus respuestas al no enfrentarse al vacío que representa esa “mochila” de su vida.
En cualquier caso, ‘Up in the air’ es un filme de impecable trascendencia, valiosamente sarcástico y descomunalmente inteligente, que utiliza el humor cínico en contraposición del drama, sabiendo aunar brillantez y profundidad en su estudio sobre las relaciones humanas, sobre todo miedo al compromiso y un panegírico bastante cruel sobre la soledad de los huevos modelos profesionales que parecen regir el mundo de hoy.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'La Carretera (The Road)', de John Hillcoat.

martes, 9 de febrero de 2010

Evolución de mandos

Seguro que os acordáis de esto de aquí arriba de la foto. Era el control de NES, que hizo que el D-Pad fuera una de las partes fundamentales del juego de consola. Han pasado muchos años. Más de los que nos gustaría recordar. Sin embargo, con su evolución hacia el SNES, instauró y optimizo un nuevo camino, reformulando nuevos cambios basados en una misma estructura. Sin ir más lejos: el mando de la PS, ya que fue originalmente fue una plataforma desarrollada como unidad de CD-ROM para SNES.
Aquel recuerdo tan añorado de la Super Nintendo, aquel accesorio utilizado por una generación que empleaba más tiempo en darle uso que a otros consagrados al onanismo, siguió su curso. En su perfeccionamiento, Nintendo no fue capaz de conseguir un modelo a la altura, como sí lo sería el Pad de la PlayStation que, basándose en sus ventajas, apenas ha cambiado. Cuando surgió el Dualshock, que permitía jugar a los FPS de manera más eficaz, se logró revolución que nunca se consumó como el hallazgo que nunca logró el mando de la N64 a pesar de su vibración. Posteriormente, la XBox perpetuó los colores de los botones. Lo intentó. Pero perdió la partida.
El Pad de Sony, hoy en día, representa una evolución se ha consagrado como uno de esos ejemplos de culminación inalcanzable, que no ha sufrido apenas cambios por muchos años que hayan pasado. A pesar de basarse en ideas ajenas, sigue siendo el mando más popular, pese a que apenas haya acumulado cambios o mejoras.

lunes, 8 de febrero de 2010

XLIV Superbowl: El huracán de los Saints barrió a los Colts

Los Saints de Nueva Orleáns recogieron el testigo de los Tampa Pittsburg como flamantes nuevos campeones de la Super Bowl, esa final seguida por millones de espectadores de todo el mundo y que supone el evento deportivo más importante de Estados Unidos. Indianápolis no pudo conquistar el que hubiera supuesto segundo título tras conseguirlo en 2007 frente a Chicago. Los Colts liderados por Jim Caldwell se lo pusieron difícil al que, a la postre, sería la escuadra de football ganadora de esta 44ª edición de la SuperBowl.
Indianápolis empezó jugando mucho mejor que Nueva Orleáns. El duelo entre Peyton Manning y Drew Brees, las respectivas estrellas ambos equipos, se estaba saldando con un claro dominio para un luchador Manning, que llevó, con un juego basado en el arranque y la rapidez, a un claro 0-10 en los primeros compases del encuentro. Los Colts siguieron defendiendo bien, con un planteamiento ofensivo circunscrito a controlar a Brees y a no perder la calma en la zona defensiva. Incluso se permitieron el lujo de un espectacular ‘touchdown’ de casi 100 yardas. Sin embargo, la cosa tomó un rumbo radicalmente opuesto cuando Hartley conseguía patear con acierto para poner los primeros 3 puntos para el equipo de Sean Payton, que replanteó su estrategia hasta ponerse por delante a partir del tercer cuarto, que cambió cualquier sensación de inestabilidad para abrir la senda del triunfo. La conexión ‘Brees-Thomas’ empezó a funcionar y dar sus frutos, no sin que Manning y los suyos impusieran un juego de fuerza defensiva que hizo que la emoción tuviera gran protagonismo a lo largo de todo el partido.
Cuando el marcador se situaba en un 17-16 todo estaba abierto a especulación. Los Saints habían demostrado a lo largo de la temporada una defensa frágil y vulnerable, pero esta no era una noche cualquiera. Se fueron cerrando atrás, haciendo un excepcional trabajo colectivo que a los Colts les impedía ir sumando yardas. Brees, que acabaría siendo el MVP, colocó un balón interior a Jeremy Shockley, que volvía a dejar otro ‘touchdown’ imprescindible para sellar las aspiraciones del que era el equipo más flojo de esta final. A falta de menos de 6 minutos, el marcador reflejaba lo que sería la sorpresa final: 24-17. Por último, Manning falló cuando su equipo más le necesitaba, haciendo que Tracy Porter interceptara un pase suyo para establecer un con otro 'touchdown' el 31-17 final que dejaba la Super Bowl en manos de los Saints cuando quedaban 3:12 para la conclusión. Brees, el quarterback de Nueva Orleáns, se convertía así en el héroe de una noche donde los Who, el antológico grupo que pone himno a los Saints, pusieron la nota musical y estelar de una noche memorable para una ciudad que vivió un huracán de emociones mucho más gratificantes que las experimentadas hace cinco años por el Katrina. Una gran final que reivindica a equipos aparentemente inferiores que se crecen cuando la situación lo requiere.
Esta Super Bowl dejó también esa especie de tradición multimillonaria que suscita expectación en todo el mundo y supone uno de los escaparates comerciales más espectaculares del planeta: los ‘spots’ que se emiten durante el descanso de los cuartos de este evento de gran repercusión popular. Este año, VIZIO y Beyoncè, los habituales de Budweiser, Doritos, Bridgestone, Gatorade, Coca-Cola con 'Los Simpsons', el juego de EA 'Dante's Inferno', Intel, NCIS, E-Trade, Charles Barkley y Taco Bell, KIA… y un largo etcétera que podréis ver aquí.
Ah, y los trailers de inminentes estrenos dentro de una cita que mezcla, de forma concienzuda, deporte y cinematografía como estrategia de ‘marketing’ recíproco; ‘The Last Airbender’, ‘Prince of Persia’, ‘Shutter Island’, ‘Robin Hood’, ‘Iron Man 2’ o ‘Alice In Wonderland’, como los más destacados de otra noche de absurdo insomnio.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Review 'La cinta blanca (Das weisse Band)', de Michael Haneke

Las semillas del mal
El cineasta austriaco propone una áspera experiencia sobre la voluntad cuando está jerarquizada con una doble moral a través de un relato de pérdida de la inocencia infantil con una enfermiza turbiedad moral.
El cine de Michael Haneke no es un tipo de cine de fácil asimilación. Más bien, todo lo contrario. Su estilo, seccionado y aislado, se impone con insensibilidad y frialdad a un espectador que debe dejarse llevar por sus juegos narrativos. Toda su obra exige un alto grado de interpelación entre el filme y el público. Y, por supuesto, ‘La cinta blanca’ sigue estos preceptos sin variar su rumbo. La última cinta ganadora de la Palma de Oro en Cannes se ubica a principios del siglo pasado, en una pequeña aldea de la Alemania protestante que lleva a rajatabla sus doctrinas de severidad luterana. En el pueblo en seguida se aprecia quienes ostentan la jurisdicción económica, social y ética inscrita en una jerarquía de poder representada por un pastor religioso, un barón dueño de casi la totalidad de los terrenos y el administrador de ellos. También destaca la figura de un doctor, que esconde más de un secreto bajo su semblante de bondad y profesionalidad. Unos actos vandálicos y acontecimientos violentos junto a brotes de violencia irán sacudiendo la (muy aparente) sosegada vida del pueblo.
‘La cinta blanca’ va mostrando la siniestra procedencia de los sucesos junto a la degradación de un sistema que esconde bajo su rectitud moral y firmeza los continuos escarmientos físicos y psicológicos hacia unos niños educados en el autoritarismo. Un método que hace aflorar rápidamente la hipocresía de unas normas de conducta donde el castigo implacable y el miedo son las armas de correctivo ocultadas en secretos inconfesables de puertas para dentro. No resulta extraño que, con estos factores argumentales, de doctrinas purificadoras y manipulación, el relato de Haneke esté contagiado por una enfermiza turbiedad moral. El cineasta austriaco va descuartizando un mundo adulto de jurisdicción extrema, que silencia las putrefacciones psíquicas, el odio, la vergüenza y la falsedad simbolizada en esa cinta blanca que alude a la inocencia, perdida por la intimidación a la que son sometidos los niños dentro de un modelo social-educativo perverso y violento. Un estado emocional, el de los infantes, que viene por el afectado influjo de sus adultos, haciendo que los niños asuman tal identificación con la lógica crueldad infantil, sin prever las consecuencias de sus actos.
Este entramado, que se muestra sin contrapuntos ni escalas, supone la particular metáfora del peligro del poder único, de la religión ortodoxa, donde Haneke prescribe los lugares comunes del germen del nazismo, sí, pero a la vez como una repercusión entomológica de la violencia en la sociedad actual, en la hipocresía de lo que esconde el autoritarismo subrepticio, en una infernal forma de cualquier totalitarismo, provenga del partido del que provenga. La conciencia de ese desarreglo, aquí, se supedita a la intención distorsionada por la realidad ética de los pequeños, ajenos a los terribles resultados de lo que acometen y víctimas del sistema de valores asignados. Dentro del drama, se razona y escruta la podredumbre humana cuando la voluntad está jerarquizada con una doble moral en la que no falta grandes dosis de manipulación, lo genera la idea de un futuro donde los monstruos que se presentan serán la semilla del mal.
‘La cinta blanca’ es una película incómoda de ver y de asimilar, que golpea al público con la sutileza de sus planos secuencias, evitando la visualización de las palizas o la infamia, dejando que la imaginación del espectador se sacuda con la imagen interna que despierta con el sonido del horror de lo que allí sucede, así como cuando el ambiente es opresivo, cuando la ambigüedad impone el contenido y su implicación se pervierte más que la apreciación de cualquier imagen. Aún así, el sufrimiento no permanece oculto tras una elipsis visual, sino que se potencia con esa siniestra sugerencia tan definitoria de su autor. Inscrito sobre la sobriedad invisible y la audacia argumental, el espeluznante realismo de esta película se desencadena de cualquier fragor emocional que desarticule sus estudiadas intenciones de observación depravada, constatando el apego del cineasta cuando se trata de ambigüedad.
De nuevo, Haneke se acerca de un modo entomológico a la culpabilidad, a la represión o la humillación, desde la apelación a una interpretación necesaria por parte del espectador. Esa voz en ‘off’ omnisciente del profesor ya deja claro que el propio cineasta de desliga de cualquier argumentación. La lejanía del relato deja que las causas y efectos tengan respuesta desde el que observa, en la identificación con ese profesor que lamenta no haber podido hacer nada por evitar la catástrofe y la impotencia por asistir a la transmisión cultural de la violencia. Por eso, imponen tanto los movimientos, las miradas, los silencios…. Y duelen las explicaciones infantiles sobre la muerte, la reflexión de repulsión y deshonra del profesor escupiéndole su enfermo estado emocional a la criada como la forma de ocultarle al hijo pequeño los abusos sexuales a su hermana. Desde su principio, la fábula se narra como una evocación lejana, como una leyenda que nadie quiere recordar, pero que ha existido y, lo más lamentable, seguramente existe.
Michael Haneke se mueve con parsimonia, dilatando el tempo con el que se va construyendo esta pesadilla realista, con una elaboración visual, obsesiva y detallista. Con dialéctica de clásico inabordable. La importancia de su fotografía, en calculado blanco y negro gracias a la excelente composición de Christian Berger, denota una frialdad necesaria que evoca al más puro Bresson. Esta estética cartesiana va expandiendo su materia sobrecogedora en el relato, salpicando su metraje de momentos aparente tranquilos, pero encubiertos de dureza, fiel reflejo estético de la sociedad irrespirable, pútrida y constreñida que se subraya. Lo único que se puede imputar a la sobriedad del cómputo global sea, tal vez, un cierto desequilibrio en el desarrollo del discurso, que alcanza unas cotas de maestría indiscutibles diferenciadas en su tramo final, cuando la atmósfera y sus dilucidaciones alcanzan un punto espeluznante dentro de su didactismo de corte filosófico, ya que anteriormente Haneke peca sutilmente en su reiteración de castigos, reconviniendo la esfera religiosa y la sombra del poder que deteriora el equilibrio moral de los niños.
A pesar cualquier menoscabo, vaya por delante la excepcional labor de todo su reparto, ‘La cinta blanca’ es una prodigiosa experiencia desasosegante que permanece constante en la memoria. Una despiadada crítica a la sociedad regida por los valores absolutos y su transferencia infectada a las nuevas generaciones, en el cual se encuentra la errónea significación entre el bien y el mal. Un hecho que convierte a sus cachorros en deshumanizados autómatas, símbolo anticipativo de la generación que viviría bajo el mandato nacionalsocialista del III Reich. Es la consolidación (por si no estaba ya bien consolidado) de un cineasta como filósofo narrativo en constante búsqueda de la reflexión del que mira, sin ningún tipo de acatamiento al didactismo indulgente, arrancando interrogantes, sin ofrecer ninguna explicación demostrativa en esta retahíla de preguntas acerca de aquellos que sufren la culpa, de su anulación como individuos, atosigados por los maltratos, heredando la frustración y los falsos ideales de aquellos a los que llaman padres.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Up in the air', de Jason Reitman.

martes, 2 de febrero de 2010

Oscar 2009: Nominados

Desde 1943 la recta final de los Oscar no ha tenido diez películas nominadas en la categoría de mejor película del año. La Academia de Hollywood apuesta en esta edición por ampliar el número de nominados que optarán a llevarse el codiciado galardón durante la próxima edición que se celebrará el 7 de marzo de 2010.
(Fuente: El Mundo).