viernes, enero 29, 2010

Muere J.D. Salinger, el gran genio insociable

1919-2010
“¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? (...) Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura”.
‘El guardián en el centeno’ (1951).
Recuerdo la primera vez que leí ‘El guardián sobre el centeno’. Recuerdo el impacto que supuso acercarme a aquella novela tan apasionante por primera vez. Hay un momento, antes o después, en que todos somos Holden Caufield, en que nos sentimos incomprendidos, en que la confusión y búsqueda de identidad se apodera de nosotros. No hay preparación para el cambio. Se siente una especie de pérdida de confianza, de enfado con la sociedad, de violencia emocional y de desubicación. Percibimos la sociedad en la que estamos como un orbe amenazante poblada de hipocresía. Nuestro único salvoconducto es esa gorra roja y la hostilidad hacia todo. El inminente mundo adulto, contagiado a los ojos del que está a punto de entrar en él, se muestra como un prototipo de falsedad que impregnará la inocencia de la infancia, para perder aquellos instantes de felicidad que pasarán a ser recuerdo de una forma fulminante. Los problemas y el contagio de ese mundo adulto se convierten en el antagonista. Y nosotros, sumidos en la duda, lo único que queremos es destruirlo. Y nos negamos durante años a aceptar el viaje inciático hacia la realidad de la vida.
J.D. Salinger creó a través de sus páginas un inventario de la adolescencia con escalofriante y acertada autenticidad donde destaca su incisiva franqueza. Simboliza un reflexivo enfoque de conflictos pasados, incluso de algunos que hoy todavía no han concluido, esperando a que pase el desengañado y la decepción, que no es otra cosa sino la realidad de lo que nos rodea y que nunca queremos asumir. El libro de Salinger pone de manifiesto la imposibilidad de la certeza absoluta, de los caprichos del destino, que nos hace volubles al azar. En la muerte del gran escritor americano se inmortaliza el olor de unas páginas que traen a la memoria muchos recuerdos; cólera, discrepancia, desilusión, ternura, ambigüedad y autenticidad en el desabrigo de emociones y sentimientos. En una palabra: vida. Un libro que, descubierto a una edad concreta, pone de manifiesto, incisivamente, que es imposible cambiar el mundo. Algo que vamos entendiendo a la vez que perdemos los sueños de rebeldía y sublevación. Entonces uno se da cuenta de que el mundo te cambia a ti, quieras o no. No podemos evitar que las cosas sucedan como acontecen.
J. D. Salinger consignó toda vida a personificar un paradigma de lo que escribió. Hasta el fin de sus días.

jueves, enero 28, 2010

Pau Gasol estará en el All-Star de Dallas

Ni las lesiones, ni la ausencia, ni el voto público han podido dejar fuera al gran Pau Gasol de la 59ª edición del All-Star NBA que se celebrará en Dallas el próximo 14 febrero. Los internautas han preferido que el viejo dinosaurio Tim Duncan, de Sacramento, salga ala pista como titular. Sin embargo, los entrenadores, conscientes del potencial del jugador español, le han votado para que esté en el que será su tercer (segundo consecutivo) partido de las estrellas. La alegría en la familia Gasol es doble, ya que Marc Gasol, por su parte, disputará el All Star con los Sophomores de segundo año.
Un fin de semana que reunirá a lo más granado de este apasionante deporte y que, por primera vez en su historia, se disputará en un estadio de ‘football americano’, el Nuevo Estadio en Arlington de los Dallas Cowboys, que albergará a la friolera cifra de 100.000 espectadores. Ya se sabe que en Texas todo se hace por lo alto. El 15, en esta misma páginas, la crónica anual sobre lo sucedido en este encuentras de figuras del basket.

miércoles, enero 27, 2010

Lo mejor de una década que se fue (y II)

2005
- ‘Million Dolar Baby (Million Dollar Baby)’, de Clint Eastwood.
Eastwood escarba en los sueños de la vida y los riesgos que se deben tomar para lograrlos, a modo de inigualable introversión sobre la muerte en un mundo de desarraigados unidos por imperfecciones y defectos comunes, donde la deuda de las ilusiones supera las frustraciones vitales en un entorno de fortaleza mental, representado en un cuadrilátero que delimita la vida de unos seres que solventan en él gloria y sufrimiento.
‘Million Dollar Baby’ acoge el existencialismo tratándolo con ecuanimidad. Fábula sobre el amor y el dolor, la compasión y el horror en una de las experiencias emocionales más intensas que se hayan podido contemplar en una pantalla en la última década. Eastwood logró así una de sus películas más personales, heterodoxas y arriesgadas de su estupenda filmografía.
- ‘American Splendor (American Splendor)’, de Shari Springer Berman y Robert Pulcini.
Fascinante cinta que mezcla documental y ficción en una suerte de experimental estructura donde su historia divulga la profundizada dependencia entre el autor Harvey Pekar y su obra, fusionando cómic y cine, en una sinergia entre estos dos artes tan desiguales y complejos que fundamentan ejemplarmente su trascendencia en la vida.
Autorreflexiva, inteligente, espectadora de lo cotidiano, ‘American Splendor’ se presenta como un sencillo relato que, sin recurrir a la deconstructividad de sus elementos lingüísticos y cinéticos, trasciende cualquier atisbo de gravedad, sin mensaje explícito o fábula moral de superación.
- ‘Oldboy (Oldboy)’, de Park Chan-wook.
Basada en el cómic del mismo título, la hipnótica ‘Oldboy’ es una radical propuesta tanto estética como dramática que, colmada de un lirismo y el perfecto manejo musical, formula un impetuoso discurso sobre los justificables motivos que provocan un resentimiento irrefrenable de conocer una meditada venganza, identificativa en su crudeza y pragmatismo de amoralidad expiatoria.
‘Oldboy’ explora, de forma incómoda, el odio y la venganza en evolutiva progresión que alcanza el aturdimiento final, donde el espectador es cómplice de una inaudita sensación de impotencia. Chan-wook apuesta para ello por una drástica visualidad avasalladora en la que prepondera su portentosa plasticidad para acompañar a una historia prodigiosa.
- ‘Entre copas (Sideways)’, de Alexander Payne.‘Sideways’ desciende al desencanto con otra lección existencialista y real de la vida, desde la ominosa comedia que ahonda en la tribulación más insondable del ser humano, mostrando la vida como lo que es: una cruel comedia en la que hay que reírse de los fracasos y ubicar la vida con expectativas descubiertas como la gran parte de la verdad que nos rodea.
Una cinta mostrada como intencional comedia cínica que va adoptando un tono sentimental a través del metafórico viaje de un entrañable personaje como Miles Raymond, un tipo confuso, repleto de vacilaciones, que se sabe perdedor y ahoga sus miserias en el vino cuando algo no va bien.
- ‘Life aquatic (The life aquatic with Steve Zissou)’, de Wes Anderson.
Salvando las distancias, Wes Anderson, al igual que Bretòn, Cocteau, Tzara o Artaud, destruye lo preconcebido, desformalizando los criterios discurridos, experimentando con el cine, con el arte gráfico, con el drama y la comedia, con todo aquello que pueda hacer delimitar sus películas a un género o a un juicio estipulado. En ‘Life Aquatic’ hallamos un melodrama suavizado donde el desencanto de la vida y los objetivos malogrados se ponderan con un característico humor absurdo.
Rareza inclasificable, epatantemente gamberra, melancólica y sombría en ocasiones, repleta de detalles ingeniosos, la nueva obra de Anderson destila ambigüedad y una extraña belleza que la perfilan como uno de los títulos más sugerentes e incatalogables de este año.
- ‘Una historia de violencia (A history of violence)’, de David Cronenberg.
Poco tiene que el guión de Josh Olson con el ‘cómic-book’ de John Wagner y Vince Locke, ya que Cronenberg destruye los preceptos ‘tebeísticos’ en su disertación sobre la gradual metamorfosis que conlleva a la conducta violenta y nada ajena a su cine, ya que la trasgresión, la perversión, la abyección psicológica y la sexualidad sin tapujos giran en torno a la identidad constituida a partir del ámbito claustrofóbico de ese otro ‘yo’ localizado en la interioridad subjetiva.
La metamorfosis es, en definitiva, una mutación de la subjetividad que se fracciona en el exterior. Cronenberg aborda un conflicto existencial a través de un personaje coaccionado por su pasado que ve cómo el espectro de sus actos pretéritos subvierten en sus renovados valores, sin cuestionarse por la moralidad de las cruentas acciones que en ella aparecen. Una maravilla.
- ‘Las Tortugas también vuelan (Turtles Can Fly)’, de Bahman Ghobadi.
‘Turtles Can Fly’ es una fábula tan oscura como desesperanzadora que recrea la amistad de unos niños cómplices en su esperanza a pesar de su realidad, contrapuesta a la violencia de la que son víctimas. El drama, sustentado en la amenaza bélica, recorre un arduo camino de penalidades en busca de un mensaje devastador, fortaleciendo la historia con pequeños toques de humor para que nada resulte excesivamente crudo.
La cinta de Ghobadi es un grito de paz en tiempos de guerra que azota a un país que, tras sufrir siglos de agonía, se ha acostumbrado injustamente a la conflagración constante.
- ‘Nadie sabe (Dare mo shiranai)’, de Hirokazu Kore-Eda.
Desprovista de una estética enfática y rehusando seguir una línea narrativa impuesta (ya que las acciones vienen dadas por situaciones que surgen de forma espontánea) ‘Dare mo shiranai’ se muestra traslúcida, descomponiendo el drama entre el lirismo, el silencio y la acrimonia del momento, en una deliberación en absoluto moral sobre el desánimo que provoca la negligencia y la falta de atención, pero que es suplantada por los vínculos familiares en un entorno de libertad y podredumbre que deja en el camino terribles sucesos, hambre, y en último término las dificultades más extremas a las que conlleva la madurez prematura.
Una película que deja la difícil mácula de lo imborrable, sin ningún tipo de grandilocuencia, desde la severidad de la emoción sincera.
- ‘Descubriendo el país de Nunca Jamás (Finding Neverland)’, de Marc Foster.
‘Finding Neverland’ recoge el espíritu del personaje creado por James M. Barrie para llevarlo a su propia vida, que transcurre en parsimoniosa cadencia y arteramente aislada de cualquier problema, donde las contrariedades más terribles pueden ser silenciadas con la imaginación, atenuándolas con la candidez de aquel que no quiere sufrir, pero que no se enfrenta a la realidad para superar sus miedos.
Una obra que ostenta un ajustado equilibrio entre realidad y fantasía, con un estilo (para bien o para mal) algo edulcorado, que pese a un plausible manejo de las emociones, no pierde de vista su afán melodramático y consigue transformarse en una película de admirable sensibilidad.
- ‘El aviador (The Aviator)’, de Martin Scorsese.
‘The aviator’ es el vehículo idóneo para que Scorsese haya podido componer eso que tanto tiempo llevaba buscando: una entusiasta oda de amor al cine clásico, al viejo Hollywood de la Época Dorada, con una cuidada reconstrucción estética y argumental. El cineasta italoamericano contiene para ello su megalomanía fílmica, pero no su propensión a cierta mitomanía que llega a someter a la historia hasta un cierto punto de convencionalismo, justificando, a pesar de ello, su pericia narrativa, llena de épica en esta maravillosa crónica simultánea de una victoria ocasional y de un fracaso personal.
Scorsese ejerce en ‘The Aviator’ de exegeta fílmico, de metódico estudioso del cine de la Época Dorada, donde no falta cierta dosis de manierismo y virtuosa reconstrucción de la época, explícita y deliberadamente enfática y grandilocuente, a veces excesiva, pero siempre delimitada a una línea narrativa de perfecta sutileza, de puro cine clásico.
Y también...
‘11:14 Destino fatal (11:14)’, de Greg Marks, ‘Batman Begins (Batman Begins)’, de Christopher Nolan, ‘Carta a una mujer desconocida (Yi ge mo sheng nu ren de lai xin), de Xu Jinglei, ‘Closer (Closer)’, de Mike Nichols, ‘Código 46 (Code 46), de Michael Winterbottom, ‘Dentro de Garganta Profunda (Inside deep trota)’, de Fenton Bailey y Randy Barbato, ‘El cielo gira’, de Mercedes Álvarez, ‘Election (Hak seh wui), de Johnny To, ‘El jardinero fiel (The constant gardener), de Fernando Meirelles, ‘El sabor de la sandía (Tian bian yi duo yun), de Tsai Ming-Liang, ‘Flores rotas (Broken flowers)’, de Jim Jarmusch, ‘La casa de las dagas voladoras (Shi mian mai fu), de Zhang Yimou, ‘La pesadilla de Darwin (Darwin's nightmare)’, de Hubert Sauper, ‘La novia cadáver (The Corpse Bride)’, de Tim Burton, ‘Star Wars: La venganza de los Sith (Star wars: episode III-Revenge of the Sith), de George Lucas, ‘La tierra de los muertos vivientes (Land of the dead), de George A. Romero, ‘Match Point (Match Point)’, de Woody Allen, ‘Napoleon Dynamite (Napoleon Dynamite)’, de Jared Hess, ‘Paradise Now (Two days)’,de Hany Abu-Assad, ‘Primer (Primer)’, de Shane Carruth, ‘Spellbound (Spellbound)’, de Jeffrey Blitz, ‘The descent (The descent)’, de Neil Marshall, ‘Los hermanos Grimm (The Bothers Grimm)’, de Terry Gilliam, ‘Kiss kiss, bang bang (Kiss kiss, bang bang!)’, de Shane Black, ‘Demonlover (Demonlover)’, de Oliver Assayas.

2006

- ‘Munich (Munich)’, de Steven Spielberg.
‘Munich’ profundiza en unos objetivos muy directos, proponiendo las razones, pruebas y fundamentos de la dudosa moral que comporta el terrorismo de estado, como ordenar asesinatos selectivos escudados en una posición política aparentemente beneficiosa para la seguridad de un gobierno y su país, donde matar ya no es una simple cuestión ideológica sino ética, donde el fin elimina la justificación de los medios. Ya sea en el bando de asesinos y asesinados. Donde no quedan ni vencedores ni vencidos.
Puede que ‘Munich’ pueda verse como una apátrida parábola de la necesidad de paz estable en Oriente Próximo, pero lo cierto es que esta obra (posiblemente una obra maestra con mayúsculas) es la cinta más incómoda de su cineasta hasta la fecha. Por su imprevisible dureza, su carácter premonitorio, su excelsitud cinematográfica, sus interpretaciones memorables, por la partitura inconmensurable de John Williams, por su capacidad de análisis, ‘Munich’ es una película imprescindible para lanzar un poco de luz sobre el caos del terrorismo sin sentido que asola el mundo actual. Una mirada escéptica y pesimista al futuro que se cierra con un magistral plano final donde las torres gemelas simbolizan que en la actualidad también existen otras guerras ocasionadas como respuesta a otros ataques.
- ‘Infiltrados (The Departed)’, de Martin Scorsese.
Martin Scorsese regresa con ‘The Departed’ a los submundos obsesivos que han marcado parte de su carrera; al universo hermético y sombrío de la mafia, al sentimiento de culpa, a las raíces, a los credos personales (más allá de la religión), a las exangües fronteras que existen entre el bien y el mal, donde elementos como la lealtad, la soledad y la traición recuperan a un Scorsese que no deja pasar la oportunidad de contribuir con una nueva visión al realismo urbano que pone de manifiesto las consecuencias de la violencia a través de una espiral de mentiras y ambigüedades en un entorno hostil.
Inconformista, controvertido, honesto con su obra y dispuesto a crear historias sin límites bajo la inspiración de un complejo lirismo de lo salvaje, Scorsese busca con ‘The Departed’ su condición de inclasificable, capaz de llenar de excesos y probidades las pantalla, pero con factor común en el cine del maestro; su persistente estudio de la personalidad humana a lo largo de su impronta antropológica, casi minimalista, respondiendo a la nada arbitraria voluntad de un estilo formal y narrativo que se ajuste a un enfoque lo más intrínseco y subjetivo posible para cada una de sus películas.
- ‘Once (Once)’, de John Carney.
Una de las obras independientes más apasionantes de cuantas se hayan rodado en Europa. Su sensibilidad y humildad traspasan el celuloide para convertirse en una experiencia de humildad, cercanía y honradez fílmica como hacía mucho tiempo que no se veía en una pantalla de cine. ‘Once’ tiene la capacidad de enamorar, de sugerir, de inundar con una inaudita fuerza y una pasión desde la música creada con la misma intensidad de su interpretación por parte de Glen Hansard y Markéta Irglová.
Carney crea un argumento sin pretensiones. Lejos de almibarar su historia de amor, entrega al público un cuento musical de pasión que envuelve con la sencillez de su grandeza artesanal. Impregnada del espíritu de ese Dublín donde transcurre la acción, los sentimientos, las emociones, la pasión narrativa de una historia que traspasa con facilidad la pantalla, es un filme que quiere decir tantas cosas que deja una sensación de necesidad. ‘Once’ podría ser la joya perdida de esta década. Una fábula romántica que tiene los pies en la tierra y describe una historia de amor real. Algo, a lo que el espectador no está acostumbrado.
- ‘Syriana (Syriana)’, de Stephen Gaghan.
‘Syriana’ no es una película complaciente ni con la actual situación geopolítica del mundo ni con sus aspiraciones de denuncia sobre la corrupción e intrigas de poder que se propugnan en la encarnizada lucha de Estados Unidos por el control de los últimos recursos petrolíferos. Una excepcional cinta contracorriente, reflexiva, que impone la necesidad de posicionamiento intelectual por parte del espectador, ya que Stephen Gaghgan sitúa al público frente a un problema real que se constituye en los intereses multinacionales de doble moral, los abusos del capitalismo, la lucha de poderes mediante la absorbente globalización (donde el petróleo se erige como catalizador de toda la codicia), fanatismos religiosos o una denuncia directa a Estados Unidos y su política intervencionista para mantener sus privilegios dentro de la esfera geopolítica actual.
‘Syriana’ pone en la palestra no sólo la carcoma ética de los responsables políticos, abogados, hombres de negocio y agentes de inteligencia en su rastrera guerra por la potestad del petróleo, sino que, en el camino, Gaghan fusila a la CIA, reflejándola como una organización criminal que manipula y atenta a gran escala y deja entrever que el próximo objetivo de Estados Unidos en esta sucia pugna por dominar el oro negro es una hipotética (y factible) invasión de Irán.
- ‘El hombre del tiempo (The weather man)’, de Gore Verbinski.
Resulta sorprendente hasta qué punto el prolífico Gore Verbinski es capaz de afrontar productos que nada tienen que ver con su conocida labor de creador de cine ‘mainstream’ en plan mastodóntico, alejándose por completo del cine ‘blockbuster’. En las antípodas de las superproducciones, Verbinski indaga en la lacónica vida de un ‘loser’ que lleva una vida gris, distanciado de su familia, sin ningún respeto por parte de los televidentes (que le humillan constantemente tirándole refrescos y ‘fast food’) y que ha perdido la poca atención de un padre a punto de morir.
Tragicomedia irónica y contemplativa (que bordea la crueldad en muchas de sus secuencias), la grisácea estructura de la historia deviene en pesimista fábula que ataca sin piedad a la sociedad consumista de anhelos materiales, a las conformistas aspiraciones familiares de un hombre que no encuentra el camino adecuado en su vida y, en definitiva, a la hipocresía que nos rodea que se ha cristalizado en el vacío existencial que impera en la actualidad social del mundo desarrollado. Lo que acaba por transformarse en una inesperada oda a la infelicidad tan insólita como fascinante. Fabulosa y sardónica, la visión del fracaso invernal oscurecida por una constante borrasca de ese inolvidable personaje que es David Spritz es una auténtica delicia de manos de un director ‘todoterreno’ como Verbinski.
- ‘Los tres entierros de Melquiades Estrada (The Three Burials of Melquiades Estrada)’, de Tommy Lee Jones.
Guionizada por Guillermo Arriaga, la segunda película de Tommy Lee Jones es una de las más reconfortantes cintas de 2006, en un recorrido por áridos parajes y furibunda polvareda amparado en un ‘western’ crepuscular, de tintes agonizantes en su vena genérica, que recuerda al Peckinpah más pesimista y rudo. Con un arranque afásico, donde los tiempos se confunden y el eje narrativo se distorsiona, la cinta dibuja inolvidables personajes que serán adventicias víctimas del asesinato accidental de un mexicano ilegal que consolida una hermosa amistad con un capataz que aún cree en el honor y la palabra.
‘Los tres entierros de Melquiades Estrada’ recorre un feroz itinerario, moral y expiatorio, en busca de justicia, dignidad y redención en un ambiente fronterizo, desértico, donde los sueños se han perdido por la esperanza de un mundo mejor, pero que arraigados al pasado y al origen. Destacan particularmente Tommy Lee Jones en su faceta de actor (al que acompaña un Barry Pepper espléndido) y esa hermosa fotografía fronteriza de Chris Menges.
- ‘Escondido (Cachè)’, de Michael Haneke.
Michael Haneke desarrolla con ‘Caché’, una prodigiosa muestra de género de suspense desde una posición, como en él es habitual, diferente y arriesgada inscrita en la disección que suele llevar a cabo el director austríaco para reflejar, mediante sus envenenados dardos filmográficos, la depauperación social, el olvido del pretérito al que lleva la acomodaticia vida burguesa de la clase media alta. El terror y el miedo atávico, la amenaza con trasfondo de ‘vouyerismo’ y observación desde múltiples perspectivas dan paso al descubrimiento de la realidad interna, destapando los miedos, sin condicionantes textuales que subviertan la recepción del espectador ante lo que está viendo. Haneke utiliza la intrusión agresiva para poner al descubierto la fragilidad de una familia que comienza a desconfiar, a mentir y a traicionar induciendo al progresivo alejamiento de sus componentes.
La presión psicológica se cierne así no sólo sobre los protagonistas de la historia, sino en el propio espectador, obligado a enfrentarse a las diatribas que propone Haneke, al poder de la imagen frente a la palabra, a la inseguridad que asola el mundo, a la conciencia histórica, a la culpa sin redención, a la moralidad destrozada por los fantasmas del pasado o a los errores que tienen como única solución el estallido de la violencia. Todo ello desentendiéndose el cineasta de una elucidación o respuesta, dejando que el público reflexione y determine el mensaje de la historia narrada con una precisión casi quirúrgica.
- ‘V de Vendetta (V for Vendetta)’, de James McTiegue.
Gran adaptación del cómic a la gran pantalla, ‘V de Vendetta’ sigue siendo, en su versión cinematográfica, una proclama de acción y reacción, de admonición desafiante a futuras instituciones de coerción y autoridad extrema, hacia las tiranías que intervienen en las economías privadas e internacionales, recordando, en palabras de David Hume, "que todos los regímenes tiránicos se sustentan, en última instancia, sobre la aceptación mayoritaria".
Los hermanos Wachowski y/o McTeigue lograron equilibrar la báscula de la honestidad de las acciones de sus personajes en esa atemporal visión del contrafascismo anárquico como negación al totalitarismo, respetando el legendario final del cómic, pero convirtiendo los múltiples rostros metafóricos de V solventados en los inocentes que han ido muriendo por la causa del análogo moderno de Guy Fawke. ‘V de Vendetta’ es una digna apuesta por la valentía de pensamiento liberal y antiestatista dentro del pávido mundo hollywoodiense.
- ‘Grizzly Man (Grizzly Man)’, de Werner Herzog.
Con la constante sensación de estar asistiendo a un falso documental (debido a lo histriónico que desfila en pantalla), el iconoclasta Werner Herzog compone uno de los trabajos más heterogéneos y apasionantes del año con la historia de Timothy Treadwell, excéntrico documentalista que dedicó más de diez años de su vida a convivir con los grandes osos del Parque Nacional de Karmai, en Alaska, y que murió devorado por uno de ellos junto a su compañera Amie Huguenard. La belleza de imágenes naturales es utilizada por Herzog como reflexión (casi mística) sobre el hombre y el hábitat natural que está destruyendo, metamorfoseado en la figura de un individuo de fascinante locura. Treadwell es mostrado como temerario amante de la naturaleza que vivía en contradicción con esa alienación naturalista que perseguía y el espectáculo documentalista que le hizo conocido.
Gracias a la extraordinaria manipulación por medio de la voz en off del propio director y los entrevistados que aparecen en el documental, que dan la pauta dramática y discursiva al docudrama, ‘Grizzly Man’ se va transformando en una poderosa exposición de una mente trastornada. Un juego donde la realidad y la ficción se funden en verdad, la de esa soledad que provoca la insania y la obsesión, donde más que el estudio de los oseznos impera el puro egoísmo ególatra de un animal humano dentro de los inmensos parajes naturales. Llena de sublecturas y filme poliédrico de excelente efectividad, la película de Herzog confronta la sombría perspectiva vital del cineasta y el ilógico y desordenado idealismo de un hombre devorado no por los osos, sino por su propio personaje.
- ‘Hijos de los hombres (Children of Men)’, de Alfonso Cuarón.
Como una fábula anticipatoria más gris y nugatorio con respecto al ser humano y su desarrollo vital del futuro que se avecina, ‘Children of Men’ es una sensacional exploración a la verdad de la distopía, del futuro imperfecto que nos espera, del lado más oscuro del progreso devenido en depravada evolución dentro de espacios inhumanos donde los desaciertos históricos y falsas ofrendas se convertirán en un hecho aceptado por todos. Cuarón profetiza sin coartadas morales la sustancia ideológica de la novela de P.D. James en su seguimiento de los preceptos de Orwell, Bradbury, Huxley o Atwood, con una poderosa concisión de discurso, describiendo un mundo sustentado en la xenofobia, en el totalitarismo ideológico, la corrupción, la incomunicación, la manipulación y la desesperanza.
De ambiente y estilo lumínico opresivo y fantástico de la mano de Emmanuel Lubezki, que aporta un tono realista dentro de una crónica transformada en ciencia-ficción, ‘Children of Men’ logra, mediante su valentía y sobriedad, conmover al público con un alentador mensaje reflejado en una batalla bélica detenida por unos instantes por el llanto de un bebé recién nacido que, ajeno al odio que le rodea, logra detener la violencia de un mundo de amenazador desorden.
Y también...
‘Lord of War’, de Andrew Niccol, ‘El laberinto del fauno’, de Guillermo del Toro (Crítica). ‘Buenas noches y buena suerte’, de George Clooney (Crítica), ‘Silent Hill’, de Christophe Gans, ‘Brokeback Mountain’, de Ang Lee (Crítica), ‘Bubble’, de Steven Soderbergh, ‘Inside Man’, de Spike Lee, ‘Three times’, de Hou Hsiao-Hsien, ‘United 93’, de Paul Greengrass, ‘A scanner darkly’, de Richard Linklater, ‘Las colinas tienen ojos’, de Alexandre Aja (Crítica), ‘La habitación del niño’, de Álex de la Iglesia (Crítica), ‘AzulOscuroCasiNegro’, de Daniel Sánchez Arévalo (Crítica), ‘La Noche de los Girasoles’, de Jorge Sánchez Cabezudo, ‘The Birthday’, de Eugenio Mira (Crítica), ‘Palindromes’, de Todd Solondz (Crítica), ‘16 Calles’, de Richard Donner, ‘Crank’, de Mark Neveldine & Brian Taylor, ‘The Devil & Daniel Johnston’, de Jeff Feuerzeig, ‘Borat’, de Larry Charles (Crítica).

2007

- ‘Zodiac (Zodiac)’, de David Fincher.
Con trazos de docudrama y una sistemática criminalista obsesiva y abrumante, ‘Zodiac’ bordea los límites de lo real para dejar a un lado la observación del asesino y centrarse en otra variedad de trastorno, la que provoca aquellas causas comunes de una asfixiante investigación policial, del metódico análisis de dos agentes y dos periodistas inmersos en un caso en el que un sociópata aterrorizó a varios condados de California con una serie de asesinatos, utilizando para ello peculiares criptogramas dirigidos a la prensa. ‘Zodiac’ es la demostración evolutiva de que Fincher radiografía como pocos, sin moralismos, enmudeciendo cualquier sermón final, una sociedad, bien sea la actual o la pretérita, que camina imparable hacia su autodestrucción.
Estamos pues ante un trabajo quirúrgico, que aborda con mirada microscópica a sus personajes, sacando al exterior sus pesadillas interiores, de los que se pueden extraer una analogía establecida entre las coacciones y el miedo del pueblo ante un asesino con la del paulatino desarrollo social implantado en las vidas de los americanos que vivieron aquellos turbios días. ‘Zodiac’ se ha convertido, con el paso de los meses, en la gran obra maestra de este 2007.
- ‘Promesas del Este (Eastern Promises)’, de David Cronenberg.
Cronenberg demuestra por enésima vez que sabe construir de forma admirable su narrativa personal, con un manejo de la puesta en escena, desde una visión donde no importa tanto la apariencia de lo establecido, sino el testimonio gradual del azoramiento que engendra lo más recóndito del ser humano, con un metodismo enérgico y de tensión subyugante. ‘Promesas del Este’ es una tragedia donde cada acto truculento, cada movimiento de sus personajes, por muy sorpresivo que éste sea, se muestra como algo ordinario en un cosmos de insensibilidad normalizada, sin enfatizar en sus imágenes más espeluznantes para que el interés del espectador no se despegue ni un sólo segundo de la pantalla apuntalado.
El inabordable y transgresor cineasta es capaz de reflejar la consciencia del mundanal caos más allá de alteraciones parasíticas, obsesiones sexuales o cine fantástico de reincidente condición, porque sigue pervirtiendo la abyección psicológica que gira en torno a la identidad constituida a partir del ámbito claustrofóbico de ese otro ‘yo’ localizado en la interioridad subjetiva, como la del personaje interpretado magníficamente por Viggo Mortensesn y su dominante relación con la mafia, con cada tatuaje que simboliza cada herida que ha ido curtiendo a un personaje sin entrañas.
- ‘Death Proof (Grindhouse: Death Proof)’, de Quentin Tarantino.
‘Death Proof’ es la caprichosa exhibición por parte de Tarantino de su vena más ‘trash’, moviéndose a través de actos delimitados y ritos cinéfilos que definen su propia condición de autor posmoderno en la que utiliza los elementos que dan vida al simple argumento como excusa (aquí, homenaje a las ‘movie car chase’, que concretan su esencia en las persecuciones de coches “vintage” de cierto auge en varios filmes clásicos de los años 70). Tarantino utiliza este filme para maniobrar con los interludios del ‘slasher’, los coches, los diálogos, las persecuciones, la violencia y las chicas como un pretexto de orquestación suntuosa en torno a su ejercicio más onanista, fetichista y autocomplaciente, de profuso acopio cuantitativo en su constante renovación de los géneros a los que se acerca.
‘Death Proof’ es una película de rupturas, porque salda el ímpetu autoreferencial de Tarantino con su cine, donde la cinética cinematográfica y la narrativa alcanzan cotas de histrionismo siempre propuestas, pero nunca muy evidentes, porque el gamberrismo egoísta y gozoso del director sigue en todo momento la inflexiva estría moral del cineasta Russ Meyer, cuyo espíritu subyace en toda la esencia de esta película. La consigna bien podría ser algo así como “los excesos se pagan”, pero dando a entender que, a pesar del castigo, se disfruta de verdad, como este prodigio cinematográfico.
- ‘Ratatouille (Ratatouille)’, de Brad Bird.
Después del sinsabor de ‘Cars’, la factoría Pixar ha vuelto a dejar claro que el desafío de superación no tiene límites. ‘Ratatouille’ es la demostración de que estamos ante una imponderable institución nacida para la creación de sueños animados que representan el auténtico delirio tecnológico y digital, sin perder el evidente gusto por lo clásico o la épica de los cuentos tradicionales con la actualización de cánones que gustan a los adultos y a los niños por igual. Pixar, sabe mostrar la realidad jugando al mismo tiempo con la animación y la aventura, sin perder un ápice en su ponderación satírica y crítica.
Una pieza de reposada cocedura, que no sólo propone la gastronómica pugna entre la cocina de siempre y la ‘haute cuisine’, sino que aporta elementos de discusión social y política impensables en el cine de animación, utilizándolos con gran inteligencia, en paralelismo con la ingenuidad de sus conceptos, para detallar la capacidad de sugestión de cada maniobra argumental o visual dentro del filme. Una película que hay que degustar lentamente, sin perder el sabor del buen cine que alberga esta delicia, donde prevalece su mensaje de sutil moralina, sin aditivos ni falsas coartadas, siendo capaz de complacer y conmover, al mismo tiempo, a adultos y pequeños.
- ‘Planet Terror (Grindhouse: Planet Terror)’, de Robert Rodriguez.
La gamberra ‘Planet Terror’ parte de dos elementos primigenios sin separarse nunca de ellos: el humor y el divertimento sin cuartel. Por eso, en ésa hilaridad y violencia gratuita es donde encuentra su condición de entretenimiento de primer nivel. Robert Rodríguez sabe maniobrar con las miserias de su particular mezcla de géneros, reconvirtiéndolas en un indomable y desmesurado exceso que termina sacando a la luz la vena más iconoclasta de un filme que ha alcanzado la instantánea definición “de culto” desde el momento que se estrenó. Por si fuera poco, Rodriguez sabe subjetivizar el furibundo terremoto de delirio descontrolado para dejar la impronta épica de una galería de personajes movidos por pretéritos romances, disertaciones sobre una salsa barbacoa, infidelidades y temores maritales, viejas rencillas, inconsecuente adicción por la destrucción y ese cliché necesario en el homenaje filmico que recurre a la supervivencia egoísta de todos ellos.
‘Planet Terror’ es un producto tan habilidoso como emocionante, que confiere a su particular irracionalidad una forma de vida donde el ‘splatter’ de ímpetu pretendidamente irreverente aprovecha el ‘exploit’ y todos los clichés del género para fomentarlos y desquiciarlos.
- ‘Apocalypto (Apocalypto)’, de Mel Gibson.
El verdadero espíritu de un filme como ‘Apocalypto’ se sitúa en la libertad a la hora de adoptar un material histórico que ningún otro cineasta estaría dispuesto a tratar dentro de una industria adulterada desde sus erróneos preceptos con los que se define el ‘cine de autor’. Gibson, como director, tiene un extraño prurito por las grandes producciones, por emprender colosales rodajes que dan rienda suelta a sus excesos, bien sean argumentales o presupuestarios. Su empeño en centrarse en una civilización misteriosa y salvaje como la de los Maya y ambientarla como un ‘thriller’ trepidante, cuya intensidad aumenta progresivamente, fruto de la imaginería y de la pura emoción, aportan a Gibson una marginalidad casi homérica dentro del cine comercial actual.
‘Apocalypto’ es una fábula visceral, de abrupta provocación y dolorosa belleza que aboga por el desagradable (pero poético) impresionismo de una acción que ofrece, de forma clara y explícita, la crueldad y falta de moral que imperaba en tiempos de relevo de civilizaciones, cuando la feroz decadencia humana se alimentaba de una y era sustituía por otra. Donde todo final es asimismo un nuevo comienzo no por ello mejor.
(Leer Crítica).
- ‘La ciencia del sueño (La Science des rêves)’, de Michel Gondry.
‘La ciencia del sueño’ es un juego de metalenguajes, en su fragmentación de elementos temáticos, de realidad y ficción, de guiños oníricos que suplantan el terreno material para convertirse en entelequia y, a la vez, fundir la vida en el idealismo, en la farsa ensoñadora en la que vive constantemente el personaje de Gael García Bernal, Stéphane, presentando un mundo indescifrable e incoherente a modo de puzzle de situaciones contrapuestas, contextualizadas en un escenario percibido como collage de ilusiones volubles en la vida real, pero imperturbables como indestructible utopía.
‘La Science des rêves’ es un apasionante viaje a un cosmos inmaterial e imaginativo elaborado con hermosos viajes astrales, donde la televisión, el futuro, el cartón y la imaginería se muestran como una proyección de la conciencia fuera del cuerpo físico, aludiendo a los sueños como forma de vida, como vía escapista a la realidad que deja en la memoria el entrañable periplo de un pequeño personaje hacia el mundo adulto.
- ‘Inland Empire (Inland Empire)’, de David Lynch.
La imaginería de Lynch juega un papel fundamental en ‘Inland Empire’, reflejo de sus obsesiones más extremas, de su compleja psicología llevado a un terreno de inextricable tejido argumental, en un experimento que evoluciona en la digresión artística planteada por uno de los más importantes cineastas contemporáneos. Un apasionante y contradictorio viaje introspectivo a la enferma mente del genio, al frenético talento llevado por el inconsciente en un periplo que desafía al espectador, al cine en todas sus concepciones e incluso a sí mismo. Rico en estética simbolista, en creación subconsciente, en surrealismo fragmentado, en misterio y anomalías amparadas en actrices, prostitutas y conejos.
Indescifrable cine alucinógeno que tiene más de inabordable excelencia pictórica que de un puzzle sinsentido, donde prepondera la catarsis personal llevada al extremo, al exorcismo de sus fantasías, de sus rarezas, abriendo la puerta a universos paralelos y oníricos. ‘Inland Empire’ es una cinta kamikaze, una hipnótica pesadilla que escapa a cualquier etiqueta o categoría, donde no hay espacio para la convencionalidad, sólo para un vendaval de imaginación sin límites.
- ‘The Fountain (The Fountain)’, de Darren Aronofsky.
‘The Fountain’ está creada milimétricamente como un poema visual que formula una arriesgada invitación al arte cinematográfico que roza poco menos que lo ‘kamikaze’, abandonando los preceptos de la narrativa convencional (y lineal). En consecuencia, se deja llevar por la creencia de un juego de intensa reacción emocional, presentando diversas teorías astronómicas sobre el cosmos, esbozando teodiceas místicas sobre una metafísica puramente panteísta basada en el amor, en el telurismo, en la tanatofobia, en el renacimiento…
Una película en la que conviven el drama, la ciencia ficción, la metafísica o la religión, elementos yuxtapuestos en una voluntad de juego temporal, donde las percepciones son expuestas de una forma casi hipnótica. De esa forma, instaurado en el cine fantástico, Aronofsky, traslada su historia de amor a tres esferas, representando el pasado, presente y futuro como una especia de muerte, vida y purgatorio. Con viajes por las diversas épocas a través de una nebulosa esférica como transporte cósmico, simbolizando el futuro como un mundo etéreo y espiritual.
(Leer Crítica).
- ‘El libro negro (Zwartboek)’, de Paul Verhoeven.
La vuelta de Verhoeven al cine holandés, veinte años después, con un filme de una fuerza inexpugnable, rodado con una conseguida atmósfera clásica y sin una excesiva y artera preponderancia visual, saltándose a la torera cualquier tipo de conformidad moral establecida. Verhoeven enarbola así las miserias de la guerra, de las traiciones y el espionaje con el cine bélico, que bebe de una historia de espionaje en un drama asfixiante, donde las víctimas llegan a un punto en que son incapaces de separar la victoria y la venganza.
‘El libro negro’ es la necesaria rotación de un director incombustible que vuelve con ímpetu al cine crítico e histórico, que no ha olvidado ironizar sobre los extremismos políticos que representan la invariable insensatez de los gobiernos a lo largo de la Historia.
Y también...
‘Rocky Balboa’, de Sylvester Stallone (Leer Crítica), ‘The Prestige’, de Chris Nolan (Leer Crítica), ‘Election 2’, de Johnnie To, ‘Idiocracia’, de Mike Judge, ‘Juegos Secretos’, de Todd Field, ‘Fast food nation’, de Richard Linklater, ‘Mr. Brooks’, de Bruce A. Evans (Leer Crítica), ‘El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’, de Andrew Dominik, ‘Harsh times: Vidas al límite’, de David Ayer, ‘Delirious’, de Tom DiCillo, ‘Bobby’, de Emilio Estevez, ‘Diario de un escándalo’, de Richard Eyre (Leer Crítica), ‘Los Simpson: La película’, de David Silverman (Leer Crítica), ‘Memorias de Queens’, de Dito Montiel, ‘El ultimátum de Bourne’, de Paul Greengrass (Leer Crítica), ‘El buen pastor’, de Robert De Niro (Leer Crítica), ‘28 semanas después’, de Juan Carlos Fresnadillo (Leer Crítica), ‘Wolf Creek’, de Greg McLean, ‘Stardust’, de Matthew Vaughn, ‘Adiós pequeña adiós (Gone baby gone)’, de Ben Affleck, ‘Michael Clayton’, de Tony Gilroy (Leer Crítica), ‘Arma fatal’, de Edgar Wright, ‘Deseo, peligro (Lust, Caution)’, de Ang Lee (Leer Crítica), ‘Bosque de Sombras (The Backwoods)’, de Koldo Serra (Leer Crítica), ‘Concursante’, de Rodrigo Cortés (Leer Crítica), ‘Los abandonados’, de Nacho Cerdá, ‘La soledad’, de Javier Rosales, ‘Ladrones’, de Jaime Marqués (Leer Crítica), ‘[REC]’, de Paco Plaza y Jaume Balagueró (Leer Crítica), ‘Supersalidos (Superbad)’, de Greg Mottola (Leer Crítica), ‘The Host’, de Bong Joon-Ho (Leer Crítica), ‘Tideland’, de Terry Gilliam, ‘Shortbus’, de John Cameron Mitchell, ‘Ases calientes (Smokin' Aces)’, de Joe Carnahan, ‘No digas nada’, de Felipe J. Luna, ‘Black snake moan’, de Craig Brewer, ‘Disturbia’, de DJ Caruso (Leer Crítica).

2008

- ‘Antes de que el Diablo sepa que has muerto(Before the Devil Knows You're Dead)’, de Sydney Lumet.
Cualquiera podría decir que ‘Antes de que el Diablo sepa que has muerto’ fuera una apasionada ‘opera prima’ de un joven cineasta con un talento fuera de lo común. El entusiasmo y la fuerza que anida en esta prodigiosa muestra de talento destilan admirable clarividencia y la fertilidad del atrevimiento. Cine con estigma de cine clásico rodado con una perspectiva de ruptura, modernizando la ya desgastada relectura del ‘thriller’ en su discurso escéptico y dramático, con una historia cruel y despiadada llevada a cabo con la sabiduría del veterano Sidney Lumet.
La gran valía del último filme de Lumet se vertebra a través de unos personajes rigurosamente fascinantes, descritos con la escrupulosidad asombrosa de un maestro, capaz de ofrecer una suntuosa planificación formal a la vez que evidencia un gusto casi minimalista por los detalles, por los pequeños rasgos que perfilan a estos perdedores sin futuro que no saben aceptar las derrotas. Tragedia ética sobre la desintegración humana y familiar, cuyos pilares han sido derribados por el paso del tiempo, ‘Antes de que el Diablo sepa que has muerto’ atesora, bajo su caótica estructura temporal, uno de los manifiestos más escépticos de los últimos años en ese ‘thiller’ melodramático que se alimenta del drama moderno de incomunicación paternofilial, con la feroz crítica a una sociedad americana donde las miserias humanas, salpicadas de secretos inconfesables, se transforman en una cruel amenaza que va más allá de la ambición y del egoísmo.
- ‘Pozos de ambición (There Will Be Blood)’, de Paul Thomas Anderson.
Podría considerarse la obra más arriesgada de Paul Thomas Anderson hasta el momento. Se podría decir que también la más personal. Más allá del drama, de la odisea de megalomanía que esconde el cineasta y su historia sobre los pioneros que forjaron una nación, ‘Pozos de ambición’ es una película de terror que manipula con destreza el desasosiego, los sonidos, sus ecos de tragedia y el olor de la sangre mezclándose con el petróleo, así como el calor asfixiante, las miradas de Plainview y sus maniqueas acciones.
Anderson disecciona la época con un destreza visual y una maestría compositiva que no hacen sino confirmar su talento, su sobresaliente posición en el cine actual, con una personalidad fuera de toda duda, sin economizar la obsesiva meticulosidad con la acomoda los encuadres y los movimientos de cámara que consolidan un virtuosismo formal más equilibrado que en sus obras precedentes. Una película de controvertida lucidez, sobrecogedora e inquietante, cruel y desgarradora, donde no existen cortadas en el mensaje, carece de moralina y de cualquier pretensión de adoctrinar. La exégesis es la simple sucesión de lo que acontece, contado desde un punto de vista hipnótico, con esencia formal de cine clásico que rebosa efluvio de epopeya, donde es absolutamente ineludible destacar el recital interpretativo que aporta la grandiosa, enérgica y desalmada interpretación de Daniel Day-Lewis.
- ‘WALL•E (WALL•E)’, de Andrew Stanton.
Con casi veinte años de historia, Pixar se ha consolidado como la mejor productora de animación del mundo. ‘WALL•E’ no podía ser alejarse de los conceptos de perfección de la factoría de John Lasseter y vuelve a ejemplarizar la distintiva necesidad expresiva que mueven los proyectos de Pixar, aventajando en este terreno su reconocido exhibicionismo tecnológico. Que un trasto como WALL•E sea el emblema más destacado del lenguaje físico y pantomímico metamorfoseado en la gramática de la articulación de las máquinas sitúa a esta obra de grandeza cinematográfica inexpugnable a otra división dentro de las altas cotas a las que están acostumbrados sus responsables. Esta decisión apela directamente a la expresividad fílmica de los grandes clásicos como Buster Keaton, Charles Chaplin o Jacques Tati, acudiendo a los introductorios elementos humorísticos basados en el ‘gag’ más tradicional, muchas veces cerca del ‘slapstick’, como tributo al cine clásico, al que acude constantemente en intenciones, homenajes y esencia.
El filme de Andrew Stanton es un memorable y hermoso viaje con una fábula de ciencia ficción y ecología antropológica que se sirve de la gramática de la articulación de las máquinas para obtener una película inolvidable.
- ‘No es país para viejos (No country for old men)’, de Joel y Ethan Coen.
‘No es país para viejos’, es el resurgimiento que devuelve a Ethan y Joel Coen al universo de referencias cinéfilas y siniestras que concentran su estilo hiperreal y abruptamente complejo, a la riqueza compositiva de un ideal de cine que se iba echando de menos. Y lo hacen, nada menos, con la adaptación de la novela homónima de Cormac McCarthy, desarrollada en un contexto de rudeza extemporánea, situando esta áspera fábula en la Norteamérica rural, sucia y fronteriza, que emplea personajes comunes que vulneran la cotidianidad para verse envueltos en una pesadilla de violencia extrema donde el destino tiene la última palabra.
El laconismo parece apoderarse de esta historia sobre el Bien y el Mal, un tema subrayado en varias ocasiones por los Coen, que describen de nuevo personajes que arrastran sus remordimientos y secretos bajo un implacable sol fronterizo. Quizá por ello, la tensión de cualquier movimiento acaba transformándose en una situación extrema que se dirige a lo inevitable; como la trascendental forma en que se amartillan las armas antes de ser disparadas, la recreación insana de Chigurgh con su bombona de aire comprimido antes de ejecutar sus matanzas, la suciedad y el calor que transpira la chabacanería de la iniquidad. Es su particular regeneración de lo clásico, la forma que tienen los Coen de advertir cómo los nuevos tiempos de violencia aplastan los ideales de los héroes en pleno crepúsculo.
- ‘La cuestión humana (La Question Humaine)’, de Nicholas Klotz.
Considerada, con todo merecimiento, como una de las grandes películas de 2008, ‘La cuestión humana’ aborda una exploración sobre la verdad y la apariencia dentro de un viaje a un pasado tenebroso imposible de olvidar. A medio camino entre el drama, el ‘thriller’ de cine negro y el fantástico realista, Klotz desgrana los mecanismos del funcionamiento interno de una gran empresa para equipararlos a los del nazismo, en una oscuro y siniestro cotejo entre la selección de personal y la “Solución Final”, ya que ambas utilizan un sistema de depuración cruel que posterga al individuo a la última categoría.
La reubicación, la congelación de sueldos, el despido como depuración y la imposición natural del departamento de Recurso Humanos son las herramientas con las que se va embaucando al espectador hasta conducirle por una realidad ignorada. La percepción de la realidad va mutando según transcurre el lento proceder de una apasionante historia que maneja los mecanismos de la dominación y de las apariencias para conseguir un tono asfixiante de locura, de hiperrealidad con la que la percepción de los hechos es transformada por la despótica forma de proceder de estratos de poder.
- ‘The Mist’ (Stephen King’s The Mist)’, de Frank Darabont.
‘The Mist’ parte como un sincero homenaje (en fondo y en forma) a las narraciones de terror de los años 50 que tanto proliferaron en los medios cinematográficos y literarios. Partiendo de esta base, el filme se resguarda en todo momento en ése espíritu de serie B, con cierta nostalgia, donde los subtextos y segundas lecturas quedan dinamitadas por la única idea con la Darabont ha elaborado su película; estamos ante una película de terror al uso, sin ningún tipo de alarde ni ambición.
Darabont opta por el verbalismo de la acción, dando prioridad a la psicosis colectiva y dejando en un segundo plano la ciencia ficción y el terror como maravillosas aportaciones a la identidad del planteamiento genérico. Y lo hace sin renunciar a inquietantes elementos descriptivos y momentos de terror y acción que jalonan la historia y dan sentido a la propuesta. Su película es un rotundo ejercicio de terror en el que el director de ‘La Milla Verde’ utiliza la introversión del discurso terrorífico muy por encima de los mecanismos típicos del género, creando una sobresaliente obra de culto y, de paso, la mejor adaptación de una novela de Stephen King al cine.
- ‘El tren de las 3:10 (3:10 to Yuma)’, de James Mangold.
La versión actualizada de ‘El tren de las 3:10’ no es un ‘remake’ como tal, sino una reinterpretación del mismo argumento que recoge esa mística de valoración dicotómica que utiliza los estereotipos del ‘western’, a sabiendas del tópico, pero otorgándoles una sobriedad más que apreciable. El filme de James Mangold supone así una inesperada sorpresa que describe todo aquello que debe divulgar un buen filme del Oeste; una fábula donde mito e historia se agrupan en una cohesión donde la moralidad y la epopeya conviven en conflicto bajo los relieves de un paisaje en la que la aventura y la acción proponen diatribas tan salvajes como trascendentes.
La obra de Mangold está desprovista de la lacónica crepuscular de algunos de los ‘westerns’ revisionistas actuales. Preocupa, por encima de la proliferación de panorámicas paisajistas, la descripción de los personajes por encima del horizonte, planteando incertidumbres y reflexiones que tienen su mejor soporte en unos brillantes diálogos acerca de la dialéctica sobre la ética, la vida y la muerte. Todo ello, sin olvidar el cuidado por la acción y la coreografía de la violencia en la que no faltan asaltos a diligencias, tiroteos y la tensión hacia su inesperado final, donde la dicotomía del bien y el mal se ve extrañamente sacudida por el curso de los acontecimientos.
- ‘Camino (Camino)’, de Javier Fesser.
‘Camino’ se adentra en los oscuros cauces de una doctrina cuestionada desde la quietud, sin caer en la provocación. Fesser ofrece así una portentosa historia que, más allá de fijar su mirada en el anverso y el reverso del Opus Dei, supone una fábula fantástica sobre la independencia , la bondad humana, el amor y la muerte. Una experiencia vital y emocional irrepetible. Una película intensa, valiente y entregada, que rebasa los límites de lo emocional hasta llegar al paroxismo, que muestra esta agonía con una minuciosidad visual creada a partir del sentimiento.
Estamos ante una obra magna, de esas que huelen y subliman verdad. Ficción creada a partir de realidad, ‘Camino’ radiografía ciertas creencias y maneras de vivir donde cada personaje describe variantes dentro de la referencia social que utiliza, desde la creencia y desde la duda. Javier Fesser ha rodado su mejor película hasta la fecha y uno de los ejemplos más palmarios de grandeza del cine español en mucho tiempo.
- ‘Tropic Thunder (Tropic Thunder)’, de Ben Stiller.
‘Tropic Thunder’ no pierde la oportunidad de evidenciar las miserias de la gran industria cinematográfica, radiografiando entre risas y cachondeo la estupidez y los intereses que mueven muchas veces el séptimo arte, la esencia del ‘blockbuster’ llevado al absurdo y los entresijos hiperbolizados de los grandes estudios. El filme pone en todo momento en tela de juicio los condicionamientos del ‘star system’ con una amplia gama de ‘gags’ y situaciones que obligan a descifrar su vitriólica condición de provocación a través de un guión funcional, que comprime sus debilidades y multiplica sus virtudes para ofrecer un espectáculo manifiestamente descomunal, exagerado y desquiciado.
Una fantástica comedia que hace un guiño a la confusión entre realidad y ficción, entre la película que han ido a rodar y la cinta que hemos visto. Ambas no difieren en absoluto de los resultados prometidos. Con ello, Stiller también hace una valoración de su propia profesión actoral, dando prioridad a la honestidad por encima del artificio al que conlleva la interpretación. Una ácida crítica a la que aportan el punto necesario de juerga colectiva sus protagonistas.
(Leer crítica).
- ‘4 meses, 3 semanas, 3 meses, 2 días (4 luni, 3 saptamini si 2 zile)’, de Cristian Mungiu.
El filme es un duro viaje, muy cerca en su metodología y espíritu al docudrama, a uno de los períodos más negros de la historia de Rumanía, mediante la adaptación a la gran pantalla de algunas de las leyendas urbanas más conocidas y difundidas durante los interminables años que se prorrogó el régimen dictatorial comunista de Nicolae Ceaucescu a finales de los 80. Un relato testimonial sobre aquélla época que es mostrada desde la desnudez de dobleces en su parte técnica, rechazando incluso partes de la naturaleza cinematográfica como pueda ser la iluminación, la música, la planificación en busca de un conseguido tono inflexible, donde prevalezca la contundente mirada directa del espectador.
Si bien es cierto que a ratos, ese tono de crudeza insinuante funciona perfectamente, sobre todo, en un primer tramo de brutal coherencia e incómoda aprehensión de los acontecimientos, allí donde las dos chicas, acorraladas, terminan cediendo a la espiral degradación acuciadas por la situación desfavorable, también lo es la tendencia de Mungiu hacia el fácil recurso del morbo cuando, con toda su explicitud, muestra el lastre vital en forma de feto humano sin vida, renunciando a la conceptualización analítica del filme y cediendo, en último término, al impacto y a la búsqueda de significaciones que van más allá de lo mostrado.
Y también...
‘La noche es nuestra’, de James Gray. (Leer crítica), ‘The Darjeeling Limited’, de Wes Anderson. (Leer crítica), ‘El intercambio’, de Clint Eastwood, ‘Sweeney Todd’, de Tim Burton. (Leer crítica), ‘John Rambo’, de Sylvester Stallone. (Leer crítica), ‘La escafandra y la mariposa’, de Julian Schnabel, ‘Los falsificadores’, de Stefan Ruzowitzky. (Leer crítica), ‘En el valle de Elah’, de Paul Haggis, ‘Rebobine, por favor’, de Michel Gondry. (Leer crítica), ‘Enfrentados’, de David Von Ancken, ‘Hacia rutas salvajes’, de Sean Penn, ‘La banda nos visita’, de Eran Kolirin, ‘Margot y la boda’, de Noah Baumbach, ‘Escondidos en Brujas’, de Martin McDonagh. (Leer crítica), ‘Mamma mia!’, de Phyllida Lloyd, ‘Los extraños’, de Bryan Bertino, ‘Gomorra’, de Matteo Garrone, ‘JCVD’, de Mabrouk El Mechri, ‘Los Cronocrímenes’, de Nacho Vigalondo. (Leer crítica), ‘El rey de la montaña’, de Gonzalo López-Gallego, ‘3 días’, de F. Javier Gutiérrez, ‘Cloverfield’, de Matt Reeves. (Leer crítica), ‘Doomsday’, de Neil Marshall, ‘This is England’, de Shane Meadows, ‘Lars y una chica de verdad’, de Craig Gillespie, ‘Juno’, de Jason Reitman. (Leer comentario), ‘Las crónicas de Spiderwick’, de Mark Waters, ‘Joe Strummer: Vida y muerte de un cantante’, de Julien Temple.

2009

- ‘Déjame entrar (Låt den rätte coma)’, de Tomas Alfredson.
En su exploración acerca de los miedos infantiles, del lapso de la infancia a la adolescencia que esconde a su vez el despertar erótico, ‘Déjame entrar’ puntea el drama sin salirse en ningún momento del formulismo folclórico del mito del vampiro, sin perder su romanticismo, sordidez, desesperanza melancólica y, sobre todo, su violencia implícita y exteriorizada. ‘Déjame entrar’ es un filme de espesos paisajes morales, donde el costumbrismo y la naturalidad congenian a la hora de plasmar el contraste de los dispositivos oníricos y realistas. El tratamiento fílmico propone el placer estético de un discurso cimentado en la fuerza de un vocabulario cinematográfico que es capaz de expresar tantas cosas delimitado al ahorro verbal. Los planos milimétricos poseen un tonelaje de sublimación melancólica que termina por conseguir un ambiente enfermizo, que no descubre la gran modestia de su producción, en parte, porque sus secuencias de efectos especiales están reducidas a la lógica coherencia de su ficción, sin recurrir a ningún tipo de efectismo sorprendente.
Tomas Alfredson es capaz de crear mediante imágenes la tristeza que parece rodear a sus protagonistas, conjugando belleza y oscura tribulación en su consecución de una atmósfera que favorece la aquietada intensidad a la película. El cineasta sueco define sus designios creativos en la delicadeza con la que la cámara se acerca a los niños y se aleja en las secuencias más escabrosas del filme, adicionando con la oposición de luces y sombras la tragedia desgarradora con la violenta ternura emocional del relato de Lindqvist. Y lo hace apuntalando su estilo visual y narrativo en la excelente fotografía de Hoyte Van Hoytema y en las tristes notas de Johan Soderqvist. Pero lo que más llama la atención es la humildad que destila el drama, la imperturbable frialdad que rodea la pasión con la que se desarrolla el filme y, sobre todo, que el mínimo presupuesto con el que se ha rodado sublima aún más la grandeza de una película destinada a ser recordada por vivificar el género y ser exponente de arte y genialidad más allá de las cifras y ambiciones comerciales.
- ‘Donde viven los monstruos (Where The Wild Things Are)’, de Spike Jonze.
Para su tercera película, Spike Jonze ha dejado la estela de Charlie Kaufman para contar con la coescritura de Dave Eggers en transformación cinematográfica de las escasas líneas de texto que contiene el libro original ‘Where the wild thing are’, de Maurice Sendak. Con él, Jonze corrobora que sabe conjugar su innegable rebeldía narrativa con una profundidad deslumbrante en la lectura de imágenes, consolidadas en una comunión de cine deslumbrante y magia imaginativa con el lenguaje verbal y el pictórico del libro original. Siguiendo con ciertas libertades que no traicionan a su referencia literaria, ‘Donde viven los monstruos’ es s una apuesta que se puede apreciar como excesivamente arriesgada en la carrera de un Spike Jonze que no deja de ir a contracorriente. Se trata de un relato demasiado adulto para niños que se muestra, por su grafía y personajes, en algo un tanto infantil para los adultos. Pero lo cierto es que esta película sobre la infancia plantea, por primera vez en mucho tiempo, un cine infantil inteligente y radicalmente inconmensurable.
La película se encauza hacia una profundización dentro de la personalidad y el poder del niño y los monstruos en una atmósfera infiel a la catalogación y al tópico, heterogénea en paisajes y situaciones. Se presenta como una oscura fantasía disfrazada de cuento acerca de los miedos infantiles inscritos en un universo tan surrealista como auténtico, que Jonze determina con suma coherencia y verticalidad a la hora de trazar la narración de ese simbolismo de los fantasmas de la infancia, como el resquemor, la soledad, los celos o el abandono. Y el cineasta lo hace con naturalidad, sin sensiblería, con una madurez fulminante.
- ‘Malditos Bastardos (Inglourious Basterds)’, de Quentin Tarantino.
Quentin Tarantino reformula las bases de un género tan complejo como es el cine bélico en otro sublime testimonio de reinvención a partir de materiales envejecidos que, en esta ocasión, se ubica muy por debajo de la necesidad de atribuir un modelo hermenéutico donde el poder mediador de la imagen y, sobre todo, de la palabra en el proceso de construcción de sentido fílmico es más importante que nunca. Queda constancia con ello de que, para Tarantino, el cine continúa siendo una práctica de liberación creativa llevada al extremo, pero a su vez, el cine ha tomado una apostura más severa y trascendente.
‘Malditos Bastardos’ es la película más abstracta e intertextual del frenético orbe fílmico de Tarantino. Como viene siendo habitual dentro de sus películas, el diálogo es la base que orquesta todos los demás recursos. La conversación entre sus personajes, el cara a cara, es el elemento centralizador de las acciones, el poder discursivo a modo de largas disquisiciones verbales inscriben la importancia de la progresión argumental y de la tensión del momento. La digresión, el énfasis verborreico, es el encargado de esconder los verdaderos propósitos que se llevan a cabo en el devenir del relato, la inflexión necesaria para que la trama vaya avanzando en esa estupenda estructuración literaria de cinco capítulos, donde los personajes amplifican su categoría a medida que se magnifica el diálogo.
- ‘Up (Up)’, de Pete Docter y Bob Peterson.
Siguiendo su particular plasmación de la artesanía cinematográfica, ‘Up’ incide en la idea primigenia de John Lasseter y sus acólitos, que no es otra que la de llevar el entretenimiento hasta nuevos límites inexplorados. La progresión del relato, como en todas las cintas de Pixar, bordean lo tópico, es cierto, pero también lo es que evitan caer en el exhibicionismo dentro del drama, la acción o la aventura con una astucia envidiable. Sólo así una película de fondo adulto, que explora la aceptación y superación de la pérdida de un ser querido y la necesidad de renunciar a los recuerdos y los sueños truncados de una vida para poder seguir adelante, puede oscilar hacia la aventura sin complejos, volando más allá de los límites de la imaginación, para que Carl, acompañado por un niño repipi e inocente, pueda hacer realidad sus fantasías infantiles en otra de esas bienquistas historias de superación y empeño que albergan instantes de verdadera fuerza nostálgica.
‘Up’ juega a trascender el mundo de la animación exhibiendo una esencia cinematográficamente incorruptible. Y aunque haya algunas películas de la factoría Pixar que puedan estar por encima o por debajo de los preceptos cualitativos de esta nueva aventura en 3D, se equipara a sus antecedentes con la concesión de un virtuosismo épico entronizado en la acción del viaje a un mundo ajeno lleno de peligros y sorpresas. Inteligente y cordial, pero sobre todo conmovedora, la cinta de Pixar vuelve a consolidarse en otro pequeño milagro capaz de proseguir con su genuina exquisitez con una narrativa donde lo técnico y estético se funden al amparo de personajes inolvidables.
- ‘Revolutionary Road (Revolutionary Road)’, de Sam Mendes.
La película de Sam Mendes se centra en la terrible fatalidad de dos seres sumidos en la discordancia, en los sueños no cumplidos, cuando el presente ha terminado por aniquilar los deseos del pasado y todo es distinto a como uno lo había imaginado. El mismo desengaño que subyace bajo la aparente normalidad y la placidez de la rutina que esconde un agotamiento del idealismo juvenil, el mismo que caracteriza la infelicidad, la insatisfacción de ser uno más entre tantos otros que simbolizan una amalgama de vulgar uniformidad. ‘Revolutionary Road’ expone con madurez y solvencia todas estas complicaciones y sufrimientos con una contundencia fuera de toda lógica, sabiendo construir un sólido e inquebrantable retrato de la incertidumbre existencial que queda anulada por la estabilidad económica, por el estatus social adquirido.
‘Revolutionary Road’ es una película monumental, demoledora y sombría, sincera y dolorosa que aporta una visión a ése vacío histórico sobre tantos y tantos hombres y mujeres que han renunciado a la búsqueda de aquello para lo que han nacido, entregando su vida a la comodidad que infecta a la ilusión con el aislamiento, la incomunicación y la falta de plenitud. En último término, almas abocadas al infortunio, ya sea por la inseguridad y el egoísmo que se sustrae del bienestar como de la resignación con que se asume el naufragio de una revolución no consumada.
- ‘Man on Wire (Man on Wire)’, de James Marsh.
La hazaña de Philippe Petit es de por sí una historia tan fascinante, increíble, temeraria, extravagante e inverosímil que James Marsh convierte con facilidad esta aventura en un documental de prodigioso talento, no sólo por el contagioso entusiasmo del equilibrista que probó sus propios límites al cruzar varias veces las Torres Gemelas caminando sobre un cable a casi 500 metros de altura, sino por la narración con el director va hilvanando la fábula real de Petit. El cineasta controla el ritmo del documental con un dominio descriptivo absolutamente fascinante, dinamizando la trama con cadencia frenética, haciendo crecer la intensidad como si de un ‘thriller’ se tratara. ‘Man on wire’ combina una dramatización creadas para el documental con recreaciones de los hechos y documentos gráficos reales, así como los testimonios de los protagonistas sobre la elaboración del plan y posterior perpetración que consumarían un delito artístico sin precedentes y sus estados de ánimo circunscritos exclusivamente al momento en los que tuvieron lugar.
‘Man on wire’ es la crónica de la constancia de un hombre apoyado en su fe ciega y en una voluntad imperturbable que obtuvo un triunfo inigualable del instinto sobre la materia. Un documental que trata sobre un instante, sobre unos minutos que cambiaron las vidas de este grupo de personas de una forma profunda, casi mística, en contraposición a la entidad de quijotesca fantasía y locura de aquella demostración de valentía.
- ‘La duda (Doubt)’, de John Patrick Shanley.
‘La duda’ no es un filme de denuncia que aproveche la coyuntura para sacar a la luz los abusos e hipocresía de la Iglesia Católica ante un tema tan espinoso y polémico como es la probada pederastia de clérigos estadounidenses a lo largo de los últimos años. Tampoco es un panegírico en contra de la pederastia clerical. A John Patrick Shanley le interesa profundizar, con apasionante cauce dialéctico, en la naturaleza misma de la verdad, en los prejuicios que la desbaratan por medio de la desconfianza y la sospecha. La realidad, dentro del filme, está subvertida por la manipulación y por la tergiversación. El espectador, dentro del juego de ambigüedad brutal, donde el contexto y la situación se encubren en la duda, es fundamental a la hora de entender los condicionamientos como escritor de Shanley, puesto que exige un posicionamiento del público en un desafiante juego psicológico de misterio y secretos, reales o ficticios, que acaba igual que empieza, sin una respuesta clara a todos los interrogantes que se han ido planteando a lo largo de la historia.
Dotada de un magnetismo y un ritmo sustentado en los diálogos de sus personajes, la elegancia e inteligencia con la que está narrada esta formidable obra se nutre de imágenes simbólicas y teatralidad congénita a la historia, sabiendo utilizarlos más allá de los límites de esos pocos escenarios reducidos donde se desarrolla la acción. Shanley sabe sacar partido a este contexto opresivo, alejándose de los recursos telefílmicos con una planificación medida y sutil, huyendo de los tópicos visuales en los que podía haber caído con gran facilidad.
- ‘Celda 211’, de Daniel Monzón.
Siendo, de lejos, la mejor película española de este 2009, ‘Celda 211’ recrea con impulso y vehemencia la esencia del ‘thriller’, que se nutre de la acción por todos sus costados, sin renunciar a su compromiso con la historia y el género en ningún momento. Su violencia expositiva se manifiesta desde su primer fotograma, con gran crudeza, despojada de cualquier tipo de efectismo a lo largo de su desarrollo. Una violencia que no es purgada con comedimientos estéticos, que supura un realismo que obliga al espectador a una disposición aceptada ante la crudeza de sus imágenes.
En ‘Celda 211’ la acción se superpone al verbo, los personajes están medidos, perfectamente definidos en intenciones y templanza, equilibrados en su retrato a la hora de llevarlos al límite, con diálogos excepcionales que dejan espacio al humor y al drama, sin perder de vista su continuidad de película de acción. La propuesta de Daniel Monzón golpea con fuerza en la retina del espectador, sobrecogiendo y conmoviendo sin aparente dificultad. Y lo que es mejor, lo hace solidificando un ‘thriller’ como la copa de un pino. ‘Celda 211’ reivindica con notables argumentos la valía no sólo de un director que ha logrado su mejor y más aplaudida película, sino el testimonio tangible de una nueva vía de escape al ostracismo temático del cine español.
- ‘Río helado (Frozen river)’, de Courtney Hunt.
Los parajes helados de esta gran obra regresan a esa alegoría de la aridez humana dentro de la América profunda en otra muestra magistral de desolación más absoluta a través de una cruda historia de contrabando de inmigrantes de Canadá a Estados Unidos, ubicada en el río Saint Lawrence, que une y enfrenta a dos mujeres y madres desesperadas. Un drama de perdición humana y pesimismo, de una solidez y una dureza aplastantes. La desolación y la violencia que rodea a los personajes, su miseria humana, se van acogiendo a los parámetros del ‘thriller’ en un guión de sólidos cimientos, donde la oratoria se desbarata ante las miradas y los silencios, ante la transición lógica de los acontecimientos.
Courtney Hunt crea con ‘Frozen River’ una pieza de artesanía independiente, donde el oficio (a pesar de tratarse de una ópera prima) y su carácter autoral está despojado de etiquetas o falsas ambiciones. Es un retrato de aquellos desheredados que, lejos de cumplir cualquier sueño, aspiran a sobrevivir en un mundo de sufrimiento y desconfianza. Dos personajes que evolucionan hacia el entendimiento, hacia la comprensión mutua y hacia una amistad forjada por compartir los golpes de la vida. Sin duda alguna, lo mejor del filme de Hunt es esa actriz de rostro ajado llamada Melissa Leo, que ofrece una memorable lección interpretativa en el equilibrio de dureza y fragilidad de un personaje irrepetible.
- ‘El curioso caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button)’, de David Fincher.
‘El curioso caso de Benjamin Button’ gira en torno a una curiosa reflexión sobre el paso del tiempo, sobre la vejez y la juventud, las segundas oportunidades o el amor y la muerte, articulada en un mismo camino de cierto pesimismo. David Fincher y Eric Roth llevan el filme hacia unos cuestionamientos en los que se delibera sobre los códigos morales de la inexorabilidad del tiempo, ya sea hacia delante o en sentido contrario. ‘El curioso caso de Benjamin Button’ juega en un mundo irreal que se nutre de un personaje que tiene una forma distinta avanzar hacia el futuro, sugiriendo un radical ejemplo de heterogeneidad en las personas, la misma que hace a la gente especial. Se plantea con ello una fábula que concierne a la superación de barreras, a las ganas de vivir, incluso cuando la muerte rodea al insólito personaje en todo momento.
La película es una abrumadora muestra de riqueza compositiva, de virtuosismo deslumbrante, de miscelánea de realidad y ficción que evidencia el conocimiento de las posibilidades del medio cinematográfico por parte de este autor. Puede que sea su filme más academicista, más cómodo y más rectilíneo en cuanto a narración, pero resplandece como una obra consciente de su grandeza y sutil en su ejecución.
Y también...
‘Resacón en Las Vegas (The Hangover)’, de Todd Phillips. (Leer crítica), ‘Moon (Moon)’, de Duncan Jones, ‘The Visitor (The Visitor)’, de Tom McCarthy. (Leer crítica), Vals con Bashir (Waltz with Bashir), de Ari Folman, ‘Caminando (Still walking)’, de Hirokazu Kore-eda, ‘El luchador (The Wrestler), de Darren Aronofsky. (Leer crítica), ‘Gran Torino (Gran Torino)’, de Clint Eastwood. (Leer crítica), ‘La clase (Entre les murs)’, de Laurent Cantet, ‘El lector (The Reader)’, de Stephen Daldry. (Leer crítica), ‘El desafío: Frost contra Nixon (Frost/Nixon)’, de Ron Howard, ‘Distrito 9 (District 9)’, de Neill Blomkamp. (Leer crítica), ‘El secreto de sus ojos’, de Juan José Campanella, ‘(500) Días juntos ((500) Days of Summer), de Marc Webb, ‘The International (The International)’, de Tom Tykwer, ‘Arrástrame al Infierno (Drag Me To Hell)’, de Sam Raimi, ‘Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo)’, de Hayao Miyazaki, ‘Brüno (Brüno)’, de Larry Charles. (Leer crítica), ‘Star Trek (2009)’, de J.J. Abrams. (Leer crítica), ‘La vergüenza’, de David Planell. (Leer crítica), ‘El truco del manco’, de Santiago A. Zannou, ‘Un buen hombre’, de Juan Martínez Moreno, ‘Pagafantas’, de Borja Cobeaga. (Leer crítica), [•REC]², de Jaume Balagueró y Paco Plaza, ‘El hijo de Rambow (Son of Rambow)’, de Garth Jennings, ‘Nick & Norah: Una noche de música y amor (Nick and Norah’s Infinite Playlist)’, de Peter Sollett, ‘Paranoid Park (Paranoid Park)’, de Gus Van Sant, ‘Control (Control)’, de Anton Corbijn, ‘Anticristo (AntiChrist)’, de Lars Von Trier, ‘Adventureland (Adventureland)’, de Greg Mottola, ‘Bienvenidos a Zombieland (Zombieland)’, de Ruben Fleischer.