viernes, 10 de diciembre de 2010

Review 'Los otros dos (The others guys)', de Adam McKay

Los héroes subrogados
‘Los otros dos’ mezcla ‘thriller’ policial y comedia enloquecida, equilibrando como contrapunto el humor verbal y la acción física para condensarlo todo en un asumido carácter ‘nonsense’. Sin embargo, McKay lo que pone de relieve en esta comedia es la confrontación actoral de Ferrell y Walhberg.
Adam McKay y Will Ferrell son uno de los binomios más prolíficos dentro de la comedia americana o lo que se ha dado en llamar la Nueva Comedia Americana. Gente como Judd Apatow, Ben Stiller, Jared Hess, Jon Hurwitz, Hayden Schlossberg, los hermanos Paul y Chris Weitz o Greg Mottola pertenecen a la generación que representa ese cambio o modulación en la universalización de los cánones clásicos de la comedia bajo una perspectiva sardónica del mundo contemporáneo, abordando, de forma soterrada, el irónico declive de un mundo adulto reacia a abandonar el infantilismo, sumida en una ‘post juventud’ donde el ‘gag’ dispara sus flechas hacia la falta de madurez o la imbecilidad en estado puro. La diversión y la empatía con todo tipo de personajes y situaciones identificables son llevadas al extremo.
Muchos de ellos provienen del criadero de humoristas que supone el clásico televisivo Saturday Night Live. Uno de sus más destacados guionistas y su estrella más consolidada en el mundo de la comedia son los encargados de esta ‘Los otros dos’, después de haber unido y definido sus designios en aplaudidas cintas como ‘El reportero: La leyenda de Ron Burgundy’, ‘Pasado de vueltas’ y ‘Hermanos por pelotas’, teniendo como extensión en el medio televisivo la serie ‘De culo y cuesta abajo’. Las cartas de McKay y Ferrell se sostienen en la anarquía y sagacidad de la relectura, del simplismo llevado por la insensatez. Su humor requiere del espectador la confabulación para seguir el juego. Como dirían los entendidos en este duplo de cómicos “hay que hacerse amigo de los osos” para filtrar todo ese vendaval de incontinencia, de ensordecedor delirio.
La presentación de dos superpolicías de Nueva York, Christopher Danson y P.K. Highsmith (Dwayne Johnson y Samuel L. Jackson), escandalosos y descomedidos, viene a ser el puntal de ese frenesí por la anarquía. El arranque no puede ser más estridente y espectacular. Son los putos amos de la ciudad, idolatrados por la opinión pública y hasta por sus propios compañeros de departamento. A la sombra de tanta repercusión, pululan por allí otros dos agentes segundones, Allen Gamble (Will Ferrell) y Terry Hoitz (Mark Wahlberg). Uno, encantado con su vida gris de papeleo y burocracia. El otro, un amargado inspector forzado a compartir mesa con éste tras cometer un error aciago en su pasado. Son los antagonistas que adquirirán el papel protagónico una vez que sus heroicos compañeros cometan un error fatal y choquen, por casualidad, con un caso de evasión fiscal creada por una sociedad de inversión a cargo de un tal David Ershon (Steve Coogan).
McKay utiliza el género policiaco y la comedia como un juego de géneros, para dejar a un lado el sentimiento de nostalgia o de utilización de ella y rememorar un pasado no tan pretérito. Con ello se casca una película de acción moderna, utilizando las líneas tópicas e iconografía como vehículo cómico en el siempre recurrente subgénero de las ‘buddy cop movies’. Esgrimiendo su dibujo con unos personajes desubicados a los que les sobrepasa tanta adrenalina, en su deconstrucción de los estilemas de esta tipología de filmes, McKay los subvierte hacia un humor que se relativiza con cierta intrascendencia, que rebaja sus intenciones e ilustra su eficacia cuando deja paso al efecto de la agitación, amplificada en el absurdo y con pocos prejuicios sobre el humor de brocha gorda. Su interés se centra en la facilidad con la que el guión, firmado por el propio director y Chris Henchy, no se toma en serio a sí mismo en ningún momento, llegando hasta extremos a los que Kevin Smith, con ‘Vaya par de polis’, otro ejemplo de ofrenda paródico al género, no consiguió alcanzar.
La caricatura de esos superpolicías Danson y Highsmith, ‘testosterónicos’ ejemplos de superagentes que representan la burla del ‘action hero’, son tan heroicos y están acostumbrados a ser tan alucinantes que no dudan en lanzarse de un rascacielos esperando caer en un par de árboles que les salve. Sin embargo, a su vez, existen policías encerrados en un despacho. Es la divergencia entre la masculinidad y la emasculación, entre los extremos y la continencia. McKay realiza una promiscua mezcla dentro de la comedia, sin perder de vista no tanto ese añorado machismo de las películas de Steven Seagal o del choque de personalidades como la de Roger Murtaugh y Martin Riggs en ‘Arma letal’ (con homenaje a un suicida incluido) como el referente inmediato que supone el ‘Hot Fuzz’, de Edgar Wright. McKay equilibra como contrapunto el humor verbal y la acción física, condensando todo en un asumido carácter ‘nonsense’, manifiesto en ésa réplica que le da Gamble cuando Hoitz pone de ejemplo a un león y a un atún para describirle sus sentimientos frustrados hacia él.
No falta así la mujer florero, explosiva y sexual sin mucho que decir, como el personaje que interpreta Eva Mendes, ni ese capitán de la comisaría al que da vida con gran acierto Michael Keaton, un estoico y condescendiente hombre incapaz de llegar a fin de mes que no duda en añadir algunos ingresos extras ejerciendo el pluriempleo como gerente en una tienda de colchones… sin olvidar la réplica de dos compañeros que intentan reírse siempre de ellos (Rob Riggle y Damon Wayans Jr.), conmemorando, entre algunas otras, a parejas de policías incompatibles con los protagonistas como la que formaban Dan Lauria y Forest Whitaker en otro clásico del género, ‘Procedimiento ilegal’, de John Badham. ‘Los otros dos’, sin embargo, poco tiene de esencia ‘hardboiled’, haciendo que la evolución narrativa del filme se deje llevar por un sistema mucho más actual que retroparódico, estilizando el humor hacia una vía más ajustada a la ‘vis cómica’ de sus protagonistas que a la perforación dramática o explicativa del argumento.
De hecho, su pretexto se plantea de un modo difuso, como una excusa con la que dotar de cierta profundidad a la trama, desvirtuando el núcleo, pero sin abandonar su idea de divertimento lleno de ‘gags’ que trascienden la personalidad de sus personajes, como ese incidente del pasado en el que Hoitz dispara por accidente a la estrella de los Yankees Derek Jeter y supone el lastre de su carrera policial. Es una lástima que el cotejamiento del bullicioso arranque con el fondo de corrupción empresarial quede en un segundo plano. Aún así, la idea queda clara: las autoridades le dan más importancia a la lucha contra la droga (en este caso la incautación de cien gramos de marihuana por la que condecoran a los superpolicias), mientras que hace oídos sordos a las alertas sobre el verdadero villano, un asesor financiero, un criminal de cuello blanco que sigue el modelo de abuso cuyos efectos en la sociedad actual han sido dramáticos. La impunidad de la industria financiera para desfalcar billones de dólares es uno de los temas más recurrentes de la cinta, pero a McKey no es lo que le importa realmente.
Lo que pone de relieve la comedia es la confrontación actoral de Ferrell y Walhberg. Ferrell está convincente y efectivo porque reduce su habitual tono de histeria estilizada, que explota en un par de instantes donde el ‘gag’ absurdo tiene sus mejores resultados. Su papel está urdido desde el espíritu “nebbishy”, es decir, el de un tipo sin voluntad y apocado, timorato y conformista que es tan estúpido hasta para ser humillado al ser inducido a disparar su arma dentro de la comisaría. Un tipo que escucha Little River mientras encamina una persecución al grito de “¡¡América!!”. Walhberg, por su parte, sale beneficiado después de una serie de catástrofes consecutivas en su carrera como ‘Max Payne’, ‘The Lovely Bones’, y, sobre todo, ‘El incidente’. Precisamente, ha logrado salir del bache gracias a encadenar dos comedias enloquecidas como ‘Noche loca’ y ésta que nos ocupa.
Su gran éxito, que se extiende a la hilaridad del filme, es que mientras Walhberg incrementa su interpretación desde la insensibilidad y el hastío hasta la sutilidad cómica en golpes de humor que se sostienen por lo visual, como el hecho de que Hoitz haya aprendido a bailar perfectamente ballet sólo por sarcasmo, Ferrell invierte la interacción en su vertiente contraria, pasa de la tolerancia que roza la ataraxia a la explotación de una doble personalidad expuesta en un ‘flashback’ donde se revela que, en su juventud, el agente adoptó el apodo de “Gator” (Caimán, en español) para transformarse en un proxeneta violento y sin escrúpulos, cualidad aprovechada por McKay para rescatar el cliché del “poli bueno y poli malo” en uno de sus más acertados ‘gags’.
‘Los otros dos’ funciona con diligencia y divertimento y se muestra contundente en su finalidad de desarticular nuestras propias expectativas acerca del género policial. No obstante, hay una evidente colisión entre propósitos y resultados, que se nota cuando deja de ajustarse al mencionado desconcierto genérico que ridiculiza, tornándose así en una película demasiado acumulativa, para caer sin remisión en todas las convenciones del género, pese a pasarlas por el filtro de la satirización. McKay logra, por encima de todo, dos reflexiones finales. La que muestra esos créditos como epílogo con las estadísticas desalentadoras que han dado como consecuencia la crisis financiera reciente, pese a que los grandes inversores capitalistas hayan aumentado sus arcas a costa de ella y un enfoque sobre el género policiaco y de acción, pasado por el tamiz de la comedia, acerca de los deseos e utopías de un heroísmo en tiempos en la que su escasez es apabullante.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Biutiful (Biutiful)', de Alejandro González Iñárritu.