jueves, 16 de diciembre de 2010

Regresa la Nochevieja Universitaria a Salamanca

El año pasado sucedió lo siguiente: se iba a celebrar la quinta Nochevieja Universitaria en la ciudad que albergó desde su origen este fenómeno. La manera simbólica de despedir el año por parte del sector estudiantil es capaz de congregar a unos 50.000 jóvenes con ganas de dar todo en la fiesta más escandalosamente divertida del año. Sin embargo, no contaban con un inesperado enemigo con la fisonomía del alcalde de Salamanca Julián Lanzarote, que se negó a acoger otro de esos eventos que lucran a una ciudad que vive de este tipo de actos donde la hostelería es la que más sale beneficiada del asunto. Se oficializó en Zamora, donde el Ayuntamiento recibió con los brazos abiertos la iniciativa.
En Salamanca hubo quejas. No entendían que la excusa fuera que se imposibilitara tal celebración escudándose en los gastos de los servicios de limpieza y de las horas extras de la Policía local. El alcalde sugirió que la Ciudad Patrimonio de la Humanidad no era un vomitorio, ni un marco para una borrachera colectiva o botellón masivo camuflado. La cosa no quedó ahí. Los universitarios de Salamanca se lanzaron en tromba a las calles de la ciudad para seguir la tradición pese a la prohibición, pero chocaron con una decisión que impidió que la conmemoración perdiera su sentido; por orden del máximo edil no sonaron las campanadas del reloj de la Plaza Mayor, por lo que los universitarios no pudieron seguir la letanía de esta noche.
¿En qué diablos consiste esta Nochevieja Universitaria? Se trata de una excusa navideña más, convertida en una tradición inexcusable que consiste en adelantar las campanadas del próximo día 31 para sustituir las tradicionales uvas por gominolas, por chupitos de whisky o por tragos de champán y pelotazos de litronas furtivas. La jubilosa dipsomanía y la turbación alcohólica de grado superior se dan cita así entre los más jóvenes de la ciudad. Unos universitarios en plena fase de sublevación y ganas de disfrutar, a punto de descubrir que la verdadera sabiduría académica, donde realmente uno aprende cómo funciona la vida, está en las cafeterías de las facultades y en los bares más recónditos de la ciudad, se reúnen para pasar una noche de alcohol y diversión. Se ha establecido así una reunión que recoge masivamente a una horda de chavales en la espectacular Plaza Mayor, entre el hedor destilado de ebria exultación, los estudiantes esperan impacientes las doce campanadas que darán inicio a una de las noches más multitudinarias y largas del año.
El año pasado hubo pérdidas. Obviamente, en año de crisis, el alma de la fiesta regresa con apoyo institucional a las calles charras para acoger a la muchachada que incluso viene de otras provincias para participar en esta verbena colectiva. Está claro; hay unidad desprejuiciada siempre que haya fiesta y bullicio, jolgorio y posibilidad de pillar cacho. Después de las campanadas, la fiesta se traslada a los más diversos establecimientos que hacen el agosto con esta desquiciada madrugada donde todo es posible. Pese a quien pese, Salamanca se ha consolidado como uno de los corazones mundiales de la fiesta, de la algarabía, de la nocturnidad, del pecado, de la holganza estudiantil, del poderoso caos etílico…