martes, 14 de diciembre de 2010

La semana de la 'Operación Galgo'

Hace tan sólo unos meses España se relamía de los éxitos del deporte español. Éramos los mejores. Porque en este terreno, los éxitos individuales y de equipo se convierten con pasmosa facilidad en propiedad pública. Los medios se cuestionaban con certeza si el deporte español podría contemplarse como el mejor del mundo. Éramos una gra potencia. El país a batir. En sólo tres meses, la impoluta reputación de las esferas del ciclismo, en la que Alberto Contador obtenía su tercer Tour de Francia y el acreditado afianzamiento del atletismo español, se venían abajo como un castillo de naipes mal ejecutado, volátil y quebradizo, con sendos escándalos salpicados por el oscuro mundo del dopaje. Lo primero que sucede es que se pone en tela de juicio la ley antidopaje aprobada en el 2006. Desde entonces, ha habido casos en estos deportes en los que deportistas de élite han saltado a la palestra y han caído en el olvido, en el calabozo de sus propios errores, haciendo, en muchos casos, que los suministradores de estas sustancias prohibidas siguieran lucrándose en un universo en el que los deportes menos favorecidos económicamente parecen ser el centro de los dedos acusadores.
¿Hasta que punto es legítimo cuestionar todos esos éxitos que se dan para gloria de esta nación? En seguida, Xavi Hernández se ha apresurado a decir que la selección española ha ganado el Mundial de Fútbol porque nadie se ha dopado ¿Por qué? Se da por hecho y absolutamente nadie hubiera pensado en mirar, por ejemplo, al fútbol como posible foco extensible de esta corrupción deportiva. A veces, como en el inexacto caso de Carlos Gurpegui, surgen casos excepcionales que se suelen dar en equipos pequeños que ejemplifican esta traba y dejan una diluida certeza de limpieza general en los que el dinero y la propagación popular son un factor de beneficio para la sociedad. Imagínense, en un caso hipotético, que de repente Cristiano Ronaldo diera positivo en un control antidoping. El basto universo del fútbol mundial se tambalearía hasta unos límites insospechados.
No es plan de cuestionar nada. Sólo es un ejemplo para enfocar el asunto. En el atletismo no sucede lo mismo. Tampoco en el ciclismo. Son deportes no sólo machacados por una dureza física extrema, sino que sus condiciones económicas a la hora de levantar figuras y conseguir retos son mucho más complejas. Al atletismo le hace falta imponer un recorte de tiempo en el periplo que hay entre los mundiales, rebajándolo tan sólo a dos años y no cuatro como ante ¿Por qué? Porque para poder seguir un ciclo de competición exigente y para que la popularidad y proyección internacional (es decir, su economía) subsista ante la creciente repercusión de estos encuentros no basta con esperar casi un lustro, con Olimpiadas de por medio, para alcanzar objetivos. Digámoslo así: el atletismo no es un deporte tan global como otros. No veremos a miles de personas reunidas en una plaza para seguir una final de atletismo. En esta tesitura aparece otro factor. Visto lo visto, la ciencia, el imperativo del triunfo a cualquier precio, parece que va muy por delante de la competición. Y es una pena que ahora nos olvidemos de gente como Abascal, González, Cacho, Peñalver, Myers… porque los logros de Marta Domínguez hayan quedado tiznados de sospecha tras su incriminación en la Operación Galgo (paradójica terminología). Lo mismo en el caso del ciclismo, con los logros de Bahamontes, Luis Ocaña, Pedro Delgado o Carlos Sastre ante un deporte cuestionado y maltrecho como es el ciclismo moderno, donde, hay que seguir recordando, que Contador aún no es culpable de absolutamente nada, hasta que se demuestren las pruebas que le acusan de haber ingerido clembuterol.
Lo cierto es que este trance, trágico y con muchas más consecuencias de las que a priori se vislumbran, no llegan en buen momento. El deporte siempre ha sido un trampolín perfecto para la imagen pública de los países vencedores y para quienes los representan en ese momento. Pero no sólo eso. Con todo este entramado, se ha perdido una credibilidad fundamental, que llevara consigo no sólo en la merma de financiación de sponsors y marcas deportivas, sino a una disminución de prestigio que afectará a futuras consecuciones y éxitos. Todo ello estalla a año y medio de que comiencen las Olimpiadas de Londres 2012, en las que el desorden de entrenadores implicados, atletas supuestamente metidos a camellos, presidentes de federaciones que no asumen responsabilidades sino victimismos y el cuestionamiento de la legalidad hacen del entorno, en estos instantes, un orbe debilitado y sumido en el caos. Dentro del mundo del atletismo tampoco se ve mal esta revelación, porque saneará los cimientos de su moralidad, de la justicia para aquellos que, sin logros ni medallas, siguen con esfuerzo su entrenamiento y dándolo todo en las competiciones. Sin embargo, es más confuso. Vivimos rodeados de intereses, el sistema esconde promotores en la sombra que urden con corrupción dentro de una falsedad en la que incluso no interesa la limpieza del deporte.
Y es injusto, sobre todo para nombres como Chema Martínez, Ruth Beitia, Arturo Casado, Jesús España, Mayte Martínez, José María Peña, Manuel Martínez, Marc Orozco, Josué Mena, Eusebio Cáceres, Oscar González, Elena García, Diana Martin, Sonia Bejarano, Gema Barrachina, Alexandra Aguilar, Angel David Rodríguez, Javier Guerra, Javier López, David Solís, María José Poves, Alberto Gavaldá, Mercedes Chilla, Tamara Sanfabio, Pedro Nimo, Benjamín Sánchez, Ignacio Sarmiento, Pablo Villalobos, Carles Castillejo, Miguel Angel López, Iván Mocholi y Luis lberto Marco, Isabel Macías, Rafael Iglesias, Javier Cienfuegos, Kevin López, Francisco España, Juan Carlos Higuero, Igor Bychkov, Cristina Jordán, Esther Desviat, Mark Ujakpor, Begoña Guarrido, Laura Redondo, Sabina Asenjo, Jesús España, Irene Pelayo, Jacqueline Marti, Francisco Arcilla, Gema Martin-Pozuelo, Pedro José Cuesta, Mayte Martínez, Luis Fernando Moro, Javier Bermejo, Víctor Corrales, Arturo Casado, Carlota Castrejana, Luis Manuel Corchete, Mikel Odriozola, Naroa Aguirre, Ruben Pros, Irene Alfonso, Felipe Vivancos, Chema Martinez, Ruth Beitia o Ursula Ruiz. Todos ellos atletas españoles que aunque reconocen lo positivo de la inmovilización con respecto a la impunidad para con el tramposo, se verán afectados por este lamentable incidente, de una u otra forma. Esperemos que las aguas vuelvan a sus cauces. Aunque no es empresa fácil.