sábado, 4 de septiembre de 2010

Review 'Salt (Salt)', de Phillip Noyce

La ilógica como excusa para el divertimento
A pesar de resultar superficial, ‘Salt’ no termina por ser una necedad por el oficio de Phillip Noyce en un trabajo sumamente entretenido e inteligentemente diseñado que se mueve con tanta rapidez y habilidad que hace olvidar el absurdo desaguisado que supone el filme.
Angelina Jolie parece empeñada en convertirse en la abanderada y modelo femenino del cine de acción del Hollywood actual. Su aspiración por convertirse en un icono dentro del género, en una heroína de armas tomar, sigue su curso tras muestras de ahínco como ‘Tomb Raider’, ‘Sky Captain y el mundo de mañana’, ‘Mr. & Mrs. Smith’ o ‘Wanted’. En este caso lo hace con ‘Salt’, un ‘thriller’ de espionaje donde los síntomas del engaño van muy por delante de lo creíble, anticipándose el ardid sobre lo que se está contando, para jugar con el espectador en una doble articulación de mentiras y falsas apariencias encauzadas hacia la sorpresa final. La cinta del veterano Phillip Noyce asume su previsibilidad sin prejuicios, bamboleada por los movimientos tácticos de un personaje que traspasa la línea de lo inconcebible, pero que nunca resulta inoperante o aburrido. El núcleo de la historia es tan sencillo como superficial, sometiendo a la protagonista a una inclemente ventisca de acción donde los saltos, las carreras, los disparos y las peleas vienen a ser el único condicionante del escueto metraje de la película.
La Jolie da vida en esta ocasión a Evelyn Salt, una agente de la CIA que, tras permanecer en cautiverio y ser torturada por miembros de las fuerzas militares de Corea del Norte, regresa a casa junto a su marido para ser acusada instantáneamente por un desertor ruso de estar trabajando como agente doble que tiene como encargo asesinar al presidente de Rusia durante su próxima visita de Estado con motivo del funeral del vicepresidente de los EE.UU. en la Catedral de San Bartolomé de Nueva York. Por si eso fuera poco, cuando los acontecimientos den un giro en el juego de artificios que supone su trama, Salt deberá evitar que asesinen al Presidente de los Estados Unidos en un bunker y detener un ataque nuclear contra Arabia Saudita, que se saldaría con la muerte de nueve millones de musulmanes que volarían por los aires, cabreando así a todo árabe viviente y dando inicio a un cataclismo bélico sin precedentes.
Por supuesto, en esta tesitura enredada y dificultosa, la heroína reúne una serie de actitudes que caracterizan su condición de superagente, dibujada con la personalidad de un rol de cómic experimentada en la supervivencia con extraordinarias cualidades. De ahí que, cual sofisticado McGiver, pueda armar un ‘bazooka’ con accesorios de oficina, escapar de la sede central de la CIA sin mucho esfuerzo, trepar por las cornisas de un edificio con una mochila en la que no faltan disfraces, armas de todo tipo, una araña venenosa de su marido aracnólogo y un ‘perro patada’ y salir indemne. Obviamente, esta tipología de ‘action hero’ puede escapar con pasmosa destreza simplemente con una pistola de descargas eléctricas sobre un oficial en estado de shock cuando es arrestada por la policía y va en un coche escoltado por otros tantos.
Tal vez, el elemento más interesante (y a la vez anacrónico y podría decirse que improcedente) es la reconversión del villano global que vuelve a ser, después de muchas décadas, la amenaza rusa, rescatando aquellos fantasmas de espionaje entre KGB y CIA, en una cruenta lucha que revive la Guerra Fría, dejando a un lado la modernidad terrorista de los tiempos que corren y heredando una iconografía de malvados soviéticos que han sido programados desde su infancia para atentar contra mandatarios gubernamentales de todo el mundo, al más puro estilo del espíritu de Ira Levin con la fisonomía rusa de unos niños que parecen sacados del ‘The Midwich Cuckoos’, de John Wyndham. Evelyn Salt vendría a ser un oportuno simulacro, bendecido por su amor a la patria yanqui, de Anna Chapman, esa modelo pelirroja que fue detenida en Estados Unidos hace un par de meses acusada de espionaje enviada por el Kremlin para destapar secretos militares y de estado. Con eso, en la cinta de Noyce escrita por Kurt Wimmer, la historia se reescribe apuntando, por ejemplo, a que Lee Harvey Oswald fue instruido desde pequeño en la antigua URSS para regresar a América en 1962 y atentar contra J.F. Kennedy a favor de los intereses soviéticos. Con absurdos elementos como este, ‘Salt’ no sabe sacar partido de una posible crítica hacia los servicios de inteligencia americanos, ya que se recrea más en seguir la línea argumental de ‘El fugitivo’, de Andrew Davis (ese personaje acusado injustamente que huye mientras intenta demostrar su inocencia) que con las trémulas cabriolas visuales y drama interno de héroes modernos como Jason Bourne o el ‘revival’ de James Bond.
Aquí la instrospección humana del personaje viene dada por episódicos recuerdos a modo de ‘flashbacks’ melifluos e inconsecuentes, desprovistos de toda emoción y risibles, acerca del inicio de la relación entre la espía y su marido. ‘Salt’ es un constante desafío a la lógica, ya no sólo de las leyes físicas con sus imaginativas fantasmadas, sino en las decisiones tomadas a la ligera por su protagonista, no tanto por la importancia de las mismas dentro de la estructura lógica del guión, como de la extravagancia con las que se marcan, con caprichosa voluntad, indicando por dónde tiene que moverse el personaje y actuar según una ruta de absurda incoherencia.
Si por algo ‘Salt’ no termina por ser una necedad desacertada, aunque tenga mucho de ello, es por que el oficio de Phillip Noyce tras la cámara, que disimula en parte la catástrofe, apreciándose cierta cohesión en el ‘modus operandi’ con el que resuelven las escenas de acción, con una virtud y garantía de calidad, como extensión a aquellas adaptaciones de las novelas de Tom Clancy que perpetuó hace ya alguna década junto a Harrison Ford dando vida a Jack Ryan en sus juegos patrioteros. ‘Salt’ termina por resultar un trabajo sumamente entretenido e inteligentemente diseñado, que se mueve con tanta rapidez y habilidad que hace olvidar con destreza el desaguisado de la trama que se está contando, con acción superpuesta al nulo diálogo de relleno o digresiones sobre culpabilidades o inocencias.
También ayuda a la satisfacción, una vez más, la presencia estimulante de Jolie asumiendo su rol de máquina de matar a favor de la justicia y la salvaguardia. ‘Salt’ es una película que exige mucho de su físico y adopta su enigmático rostro para encandilar al público y sostener el protagonismo como principal efecto especial. Ella es el único vehículo de interés (muy bien flanqueada por Liev Schreiber y Chiwetel Ejiofor) y sabe distraer con convicción y profesionalidad digna de alabar en su enésima demostración de exhibición física.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
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