domingo, 12 de septiembre de 2010

Muere Claude Chabrol, preceptor de la revolucionaria 'Nouvelle Vague'

“Mi propósito es mostrar la locura de la gran burguesía. La mayor parte de los grandes burgueses están locos. La burguesía es una clase, pero también un estado del espíritu y la clase perdurará menos tiempo… Y como la mayor parte del tiempo esos burgueses y sus mujeres no se hablan más que en las comidas, los horrores que se dicen resultan aún más extraordinarios. Sencillamente, como no tienen nada que decirse, su monstruosidad resurge cuando abren la boca”. Son palabras de Claude Chabrol, que ha fallecido hoy en París a los 80 años. Chabrol fue uno de los más aventajados creadores de la ‘Nouvelle Vague’, el primero de la revista ‘Cahiers du Cinemà’ que logró debutar tras las cámaras. La película fue ‘Le Beau Serge’. Desde entonces, su continuidad y ritmo de trabajo jamás decrecieron. Un autor real, genuino, que siguió los preceptos simbólicos y argumentales del maestro Hitchcok, del que se confesó fiel y gran admirador. Chabrol deja como legado una de las carreras más interesantes y coherentes no ya sólo de esta privilegiada y célebre generación de cineastas, sino del cine francés contemporáneo. ‘Les bonnes femmes’, ‘El bello Sergio’, ‘La mujer infiel’, ‘El carnicero’, ‘Los primos’, ‘Relaciones sangrientas’, ‘Nada’, ‘Al anochecer’, ‘Un asunto de mujeres’ o en los últimos años ‘La ceremonia’, ‘No va más’, ‘Gracias por el chocolate’, ‘La flor del mal’ y ‘La dama de honor’ son un pequeño ejemplo de su portentosa cinematografía.
Las obsesiones de Chabrol se centraron en una constitutiva y taxidérmica exploración de la clase burguesa, siempre desde un prisma de hipocresía social hacia el cinismo que provoca una materia moralmente cuestionable que, en muchas ocasiones, le sirvieron como elemento para incidir en la exploración del suspense, género predilecto del maestro que se ha ido. Su visión de esos defectos conlleva consigo un catálogo de sucesos, guiños y comentarios inscritos en una insustancial apariencia que terminan por explotar con consecuencias inesperadas, dicotomías perversas de superficialidad y precipicios éticos incluidos dentro de un entorno de ficciones llenas de ardides, en constante búsqueda de la complicidad provocadora con el espectador. Con su muerte la cinematografía queda huérfana de uno de sus creadores más excepcionales capaz de reflexionar con tanta brillantez que sirven de ejemplo para el pensamiento existencial: “la estupidez es infinitamente más fascinante que la inteligencia. Ésta tiene límites, pero la estupidez no”, dijo una vez este gourmet sibarita amante del buen yantar.