lunes, 30 de agosto de 2010

Review 'Centurión (Centurion)', de Neil Marshall

Un extraño ‘peplum’ de cetrería humana
El ejercicio revisionista de Marshall es un extraño ‘peplum’ que no cesa en la búsqueda de miscelánea de referencias al mostrar la hostilidad de la venganza y la supervivencia del grupo, pero tampoco aporta nada nuevo.
Con sólo cuatro películas a sus espaldas, el cine de Neil Marshall se caracteriza por un punto en común; todas están protagonizadas por un grupo de personas hostigadas que huyen de una amenaza, dejando un reguero de sangre hasta enfrentarse a un doble duelo; la bestia que les atosiga y ellos mismos. Ya pueden ser unos militares asediados por unos licántropos, como unas espeleólogas cercadas por una especie de ‘gollums’ nocturnos o una unidad militar especial que busca la salvación a un potente virus en un futuro dominado por hordas de ‘punkies’ caníbales y zumbados que viven en el estricto medievo, las cintas de Marshall imponen un substancial estilo de efectividad adherido a fórmulas de ciertos clichés del ‘thriller’ de supervivencia y un aire conocido en cuanto a ese honor y comportamiento de un grupo de hombres en un foco de situaciones hostiles y peligrosas que remiten a Howard Hawks y, en espíritu actualizado, a los John Carpenter o Walter Hill por el que Marshall siente tanta admiración. Su cine suele estar definido por conceptos como la intemporalidad, la perspectiva claustrofóbica de una amenazante atmósfera y la sangre y la violencia como elementos definitorios en su constante búsqueda de la narración interna a través del tempo gravitado en la acción sin límite.
Su nuevo ejercicio revisionista es ‘Centurión’, cruenta fábula de insubordinado historicismo a través de un capítulo especialmente sangriento de la campaña que los romanos llevaron a cabo en Britania bárbara en tiempos del emperador Adriano. El centurión romano Quintus sobrevive como prisionero a un salvaje ataque por parte de guerreros autóctonos pictos, de los cuales terminarán huyendo junto a un grupo de supervivientes de la legendaria Novena Legión del general Virilus, que es masacrada en una emboscada y de la que tendrán que escapar en un juego de cacería humana. Para Marshall la credibilidad de la historia está muy por debajo del sangriento divertimento de acción y aguante, dejando que sea el factor genérico de persecución brutal el núcleo de la película.
‘Centurión’ es extraño ‘peplum’ que deja a un lado la monotonía del trazo histórico fiel de sandalias y togas, falseando así su céfiro de película romanos, para meterse de lleno en las pesquisas de caza y acción de un tiempo remoto, de fidelidades y honor marcial dentro de un denso paraje aterrador y tribal que no se detiene en la recreación de ningún ideario estético, desplegando a golpe de espada y lanza su sobriedad y bravura, intercalando el estilo escueto y directo con la acción, sin espacios para el recoveco descriptivo o la pretensión de cualquier tipo de eminencia elocuente.
Por supuesto, que el director de ‘Doomsday’ no olvida el rudimento ‘hemoglobínico’ que determina parte de su cine. Sin embargo, en esta ocasión, la atrocidad y la violencia de la sangre salpicando es mucho menos cruenta de lo que se podía esperar. Su ‘gore’ como visualización de la fieraza de la imagen y de la historia sigue estando presente, como no podía ser de otro modo, encaminada en el fino hilo de la caricatura sangrienta al mostrar de una forma tan excesiva y chorreante de hemoglobina sus acometidas sangrientas, pero se agradece el moderación haciéndole un favor a una historia en la que las luchas multitudinarias apenas tienen lugar. Cuando es de recibo, las hachas asestan bestiales golpes, las cabezas ruedan cuando una espada las cercena o las lanzas atraviesan cuerpos mutilados, teñidos de sangre y muerte. No se escatima en el salpicón digital, en el efecto de encuadre ajustado y corte fulminante. Marshall es consciente de la formalidad de su guión y se muestra resolutivo e innovador a la hora de ir eliminando las piezas humanas de su guión de múltiples formas.
‘Centurión’ patentiza lo mejor y lo peor de su director, legitimando su condición de cineasta con múltiples recursos, astuto con la jerarquía constante que tiene la acción sobre la parrafada o el drama innecesario, pero cayendo en errores insalvables dentro de un guión que se ajusta a una plantilla revisitada, sin aportar nada que no sea esperado a lo largo del filme, máxime cuando tampoco hace progresar la iniciativa de reciclaje de la que ha hecho gala el director británico hasta la fecha. Aún así, es de recibo un reconocimiento de su maquinación entre tradición y modernidad a través de una versada miscelánea de referencias a la hora de conformar el desarrollo de una historia que evita maniqueísmos a la hora de describir secuencias dialogadas, donde la acción no se entorpece por una sobrepuesta evolución de los personajes.
Lo que importa, básicamente, es que el espectador se acerque sin concesiones ni tiempos muertos a la hostilidad de la venganza y la supervivencia del grupo. En ocasiones a Marshall se le va un poco la mano en la narrativa mecánica, que abusa de lo elemental, de lo esquemático, como esa reiteración en la huída de planos aéreos heredados de la Trilogía ‘El Señor de los Anillos’ de Peter Jackson, compensado por la excelente fotografía de Sam McCurdy y la obtención de ciertos instantes de clímax muy logrados. La aventuras de cierto aire fronterizo, de ‘western’ apagado y salvaje, se salda no tanto con un homenaje a la serie-B como en un fallido dictado de un cine comercial que traiciona, en el fondo, algo de la actitud rebelde de un director que realiza su película más convencional y autoindulgente, aunque Marshall sea consecuente con las posibilidades de su filme, sin extraer, no obstante, todo el provecho a la potencialidad de la historia. En sus aciertos y desvaríos, no hay que dejar pasar por alto el contraste de credibilidad de algunos personajes, como la veracidad de esa estrella en ciernes que es Michael Fassbender o, sobre todo, el rotundo Dominic West dando vida y fuerza al general Virilus (que es el mejor personaje del filme), con la excesiva dulzura delicada y tersa belleza del rostro de la ucraniana Olga Kurylenko, que merma la capacidad aterradora de un personaje como la guerrera Etain o, en el mismo caso, la bruja picta Arianne en el imposible rostro de Imogen Poots.
Eso sí, ‘Centurión’ no adultera su condición de cine de género diametralmente opuesto al ‘exploit’, haciendo que el divertimento de peleas, matanzas, acosos y cetrería humana abandere su condición de salvaje espectáculo que evita las doctrinas del ‘peplum’ para dotar a su narración de la energía suficiente y desertar, por poco, de los lugares comunes que pueblan un subgénero que, sin motivaciones de innovación, se suele transformar en inocuos ejercicios de abrumante puesta en escena y escenarios digitalizados. ‘Centurión’ no sigue esos parámetros, fundamentalmente porque el entretenimiento se sitúa por encima de la pretensión.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
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