jueves, 5 de agosto de 2010

Cómo asesinar una ciudad

Acabamos de enterarnos de la penúltima proeza del máximo edil salmantino. Abanderado incoherente en la defensa del archivo, cercenador de nocheviejas paganas y rentables, responsable totalitario del cambio de nombres de varias calles de la ciudad y de cerrar fuentes para que la ciudad no celebre un acontecimiento deportivo único en la Historia, preceptor del polémico proyecto de ordenanzas fiscales… En su enésimo movimiento desde que está subido al cetro de este pueblo inconsciente de sus elecciones políticas, ahora tiene la intención de asestar un duro golpe a la principal (y única, por otra parte) fuente de ingresos de esta ciudad desprovista de industria y que atesora desde hace tiempo un incierto futuro. El sector servicios podría ver coartados sus beneficios con una drástica reducción en el ejercicio de las típicas terrazas de verano. Desde ya, se efectuaría una imposición consistorial de horario (en complicidad con esa policía tan bien descrita por el grupo Eskorbuto en los 80), debiéndose suspender su función a las 12 de la noche los días laborables y a la 1 de la madrugada los viernes y fines de semana, que era la razonable hora establecida hasta el momento durante la semana, extendida hasta las 2:30 los viernes, sábados y domingos.
La estructura de la convivencia social, de los usos y tradiciones caniculares (aunque da igual la época del año), de las ganancias a favor de una ciudad pobre y sin recursos son puestos al antojo de un señor que parece empeñado en hundir el nulo progreso de esta capital, en asesinar lentamente su rendimiento y vida al antojo de un delirante e irrisorio mandamás con sus desproporcionadas e incoherentes decisiones. En Salamanca se vuelve a patentizar un régimen que se encarga, en nombre del pueblo, de hacer uso inadecuado de los recursos del territorio y de sus ciudadanos en beneficio propio. O lo que es peor, en beneficio de nadie. El Turismo se puede ver sacudido por esta supuesta orden y los ingresos descenderían junto al sector universitario, que permanece en caída libre. Este tipo de decisiones parecen sacadas de un manual de intransigencia y despotismo.
La falsa democracia representativa que se da en estos entornos de Historia y Cultura está basada en la invalidación de la ciudad y el autoengaño de un sector caduco, que no mira provechos sociales, políticos o económicos. Salamanca, en lo ideológico, bien podría representar a ese pueblo imaginado por P.D. James en ‘Hijos de los hombres’, una ciudad decrépita y arrugada, destinada a morir consumida por la preboste intolerancia senil y añeja. Las terrazas siempre han sido una de las grandes partidas de la hostelería para generar mayores ingresos. No aquí, sino en toda España y máxime en zonas de turismo internacional. Uno de los fundamentos del negocio veraniego y una tradición vital para sobrellevar el calor y compartir instantes insustituibles. Si se materializa la medida, llegarán los despidos de gran parte de los camareros (uno de los escasos trabajos que se pueden encontrar en la ciudad) con una abultada reducción de ganancias en el sector hostelero. Este hecho nos dejaría aún más desheredados y abandonados al infortunio gracias a esta figura que representa, con vergüenza para muchos, la alcaldía de una ciudad herida de muerte. Que sólo sea una idea sin futuro.