martes, 27 de julio de 2010

Una secuencia al azar (XI): 'Los incorregibles albóndigas', nostálgico campamento veraniego

Periodista
Estos niños asistirán a la más prestigiosa de las colonias veraniegas, la Colonia Mohawk. Hay una lista de espera de dos años y el ingreso se decide por votación. Por si eso no era suficiente, la tarifa es de mil dólares por semana de estancia, pero la cuestión es… ¿lo que dan a cambio vale esos mil dólares?
Tripper
Claro que sí. Es la mejor colonia que hay.
Periodista
Vaya ¿Trabaja usted en la Colonia Mohawk?
Tripper
Naturalmente, soy su director de actividades, Jerry Aldini.
Periodista
¿Cómo justifica usted la tarifa de mil dólares a la semana?
Tripper
Ofrecemos muchas actividades especiales. Montaremos obras de Shakaspeare en teatro circular, por supuesto. Kissinger nos visitará. Yasir Arafat vendrá a pasar un fin de semana con los críos para cambiar impresiones.
Periodista
Eso es asombroso.
Tripper
Y como los chicos querían animales, este año cada niño cazará y matará su propio oso en nuestra reserva privada de animales salvajes.
Periodista
¿Cree que los chicos superarán esa experiencia?
Tripper
Ya veremos. Pero lo emocionante será al final del verano, durante la semana de Aprendizaje Sexual. Importaremos doscientas prostitutas de todo el mundo y cada chico armado con sólo un termo de café y dos mil dólares en efectivo intentará recorrer el mayor número de países. El que gane, por supuesto, será nombrado Rey de la Semana Sexual y tendrá privilegios de violación y saqueo en los pueblos vecinos.
Periodista
Es… es increíble.
Tripper
¿Qué esperaba por mil dólares a la semana? En fin, que pase usted un buen verano.
Vista hoy en día, ‘Los incorregibles albóndigas (Meatballs)’, de Ivan Reitman, puede haber envejecido muy mal para los tiempos que corren. Su humor algo blanco, sus intenciones benévolas, su esencia bondadosa y de moraleja indulgente responden a un momento muy concreto, 1979, estimulación primigenia de las comedias adolescentes de campamentos y de sexualidad a flor de piel, con gracia transgresora pero sutilizada, que concretaba esa temática de hormona revolucionada con un fondo accesible a todos los públicos. Una de las obras germinales de comedias más revoltosas y políticamente incorrectas de los 80 junto a ‘Desmadre a la americana’, ‘Meatballs’ fue una ruptura como vía a la novedad de comedia sediciosa y desvergonzada. En su época fue un éxito, debido a su superficialidad refrescante, de índole veraniega y sin ambiciones, abanderado por elementos que, hoy en día deben ser vistos con el reconocimiento de absolutos clásicos; desde ese enésimo personaje antológico de Tripper interpretado por el icono del género Bill Murray, auténtica alma de la función, pasando por su director Ivan Reitman, nombre imprescindible para entender el éxito comercial como lo entendemos actualmente y sus guionistas Daniel Goldberg, Len Blum y el nunca bien ponderado Harold Ramis.
Obviamente no estamos ante una obra maestra, pero sí ante una de esas entrañables películas que despiertan la nostalgia de otros tiempos y recuerdan experiencias comunes universalizadas en un contexto generacional como son los campamentos de verano. Las aventuras de Tripper, la dulce Roxanna, Mickey, el objeto de todo tipo de putadas Morty, el ‘nerd’ Spaz, Fink, Crickett, A.L., Candance, Wendy, Hardware o Wheels siguen perpetuando esa estela conmemorativa de un tipo de cine algo deslustrado que mantiene su aprecio gracias a una serie de ‘set pieces’ que desfilan con un ritmo vertiginoso, que se rompen en la paternal relación de Tripper con Rudy, ese chico retraído y solitario destinado a ser el gran héroe del NorthStar en las olimpiadas contra el antagónico campamento de pijos y adinerados Mohawk e imponen una agradable cadencia que resulta de lo más reconfortante. Ahora, en verano, acuciados por la inercia de la inactividad es buen momento para recuperar este pequeño clásico provisto de la fascinante banda sonora de Elmer Bernstein.