sábado, 17 de julio de 2010

Review 'Madres e hijas (Mother & Child)', de Rodrigo García

Heridas maternofiliales
Rodrigo García vuelve al drama coral femenino en un filme sobre lazos maternofiliales que pasa de la coherencia y desgarro emocional al frenesí dramático de una estruendosa sensiblería.
Rodrigo García intentó desligarse con ‘Passengers’ de esa aparente detención en el arquetipo subgenérico donde parece sentirse a gusto que corresponde al melodrama femenino coral, como evidenció en ‘Cosas que diría con sólo mirarla’ y ‘Nueve Vidas’. No hubo suerte. Pese al esfuerzo, la conseguida puesta en escena y un impecable aspecto técnico, ‘Passengers’ constituyó otro de esos paradigmas de ‘thriller’ ahogado por tópicos y golpes de efectos. Más suerte ha tenido en televisión, donde sí ha forjado una respetable carrera con trabajos en algunos capítulos de ‘Los soprano’, ‘A dos metros bajo tierra’, ‘En terapia’ o ‘Carnivàle’. Para su regreso al cine García no ha querido otro tropiezo en su determinación como cineasta sin querer traicionarse a sí mismo, lo que ha supuesto el inevitable regreso a ese universo del alma femenina, a su inclinación por indagar bajo su mirada poética y humana en la complejidad interior del mundo femenino, en sus soledades y afecciones, en la psicología de la mujer partiendo de la comprensión y la sensibilidad.
‘Madres e hijas’ sigue esa línea abierta con sus dos primeros largometrajes. En esta ocasión para hablar de la maternidad desde tres puntos de vista fortalecidos por la soledad o las heridas del pasado que apenas han cicatrizado en el presente. Son madres e hijas que sufren y se aferran a su forma de ser y a sus decisiones, representadas por sus relaciones con sus parejas, con sus hijas, con sus madres y con ellas mismas. Vidas cruzadas, al fin y al cabo, que esbozan la principal característica de su realizador y guionista cuando se adentra en esta difícil maraña de emociones.
Así se presenta una mujer obsesionada con el triunfo material que se ha autoimpuesto un carácter de dureza en lo que respecta a las relaciones con los hombres y vive resentida por un hecho de interconexión con el pasado de su madre, que siendo adolescente tuvo que dejarla en adopción y que ahora cuida a su madre mientras intenta establecer la normalidad en su vida con una pareja comprensiva. También es la historia de otra tercera, que lucha contra la burocracia por satisfacer su necesidad maternal ante la imposibilidad de tener hijos. Aquí, como en las películas con perspectiva de conflictos femeninos, la mujer es el mecanismo que mueve la acción, mientras los personajes masculinos son secundarios, aunque suponen el anclaje a la realidad y en ocasiones al discernimiento dentro de un cosmos sacudido por las emociones.
Una se siente rechazada y viene marcada de forma negativa desde su niñez por este abandono, que refuta con frialdad el acercamiento personal a ninguna relación seria a causa de una desconfianza enfermiza. Una mujer que ha forjado su vida sobre una independencia que se ha terminado por convertir en soledad. La misma que siente en su interior esa madre hosca y huraña, con un gran vacío y sentimiento de culpa que no puede olvidar los vínculos perdidos. Y en discordia, la mujer que siente alejarse de esa posibilidad de tenerlos. La maternidad simboliza así el alma de estos tres personajes unidos por sutiles filamentos del drama humano con el que García sabe engarzar desde la vibración sentimental, en principio esquinado, que termina por sacar a flote las verdades y (des)afectos que entorpecen la felicidad. Sentimientos que se superponen a una compostura sublimada por una contundente multiplicidad de personajes acometidos por el ojo quirúrgico del cineasta. Es cuando mejores resultados ofrece la película, cuando se centra en el enérgico vínculo maternofilial que atomiza los problemas de la pérdida, la ausencia, el destino o las consecuencias de los errores pretéritos.
‘Madres e hijas’ compensa su dramatismo inicial en esa amargura del encuentro de madre e hija, de la necesidad implícita recíproca de ambas de darse una oportunidad a ese reencuentro de redención. La importancia de la relación consanguínea y de los lazos imborrables entre estos dos personajes supone lo más alto del discurso acerca de ese cordón umbilical que implica la necesidad del perdón o salvación. Sin embargo, lo que parece ser otro de esos impecables dramas de corte lacrimógeno, se va abatiendo hacia el artificio, hacia ese destino caprichoso que une y separa a los roles. Por ejemplo, la tercera fábula en discordia, la de esa joven afroamericana que busca con su pareja adoptar un bebé que se ve sometida a exámenes y exigencias, deja muy pronto de tener interés y entorpece el cúmulo de emociones suscitadas por las excepcionales Annette Bening y Naomi Watts, posiblemente, en los mejores papeles de sus respectivas carreras hasta el momento.
Rodrigo García sabe que su logro es que los intérpretes sean los que marquen la pauta dramática de la acción. Junto a eso, y pese a la estructura visual que aboga por no evadir su deuda con el formato televisivo (o eso parece), es loable el oficio y sensibilidad con la que incrusta las sutiles transiciones entre vida y vida, dejando en la superficie ese desazón emocional que, tras sus mejores secuencias dialécticas, va perdiendo la naturalidad del drama para llevarlo a la manipulación y el artificio. Lo que deja una sensación de incomprensión es la forma en que García va tejiendo sus tramas y subtramas con una coherencia y desgarro emocional cimentado en la credibilidad de sus movimientos, en la certeza de las miradas, de las palabras y los silencios, para hacer que esa intensidad de frenesí dramática que busca el autor para fusionar sus historias cruzadas en la sensiblería acabe decayendo en un estruendoso extremo que expone el más tramposo de los ‘tear jerker’.
‘Madres e hijas’ pasa a ser un filme muy irregular, que agota su esencia en un conjunto que adolece, en su fondo (que no en su forma), de la profundidad de planteamientos que han seguido a lo largo del filme. El propósito de ‘Madres e hijas’ se adaptaría de un modo engañoso hacia el folletín, siguiendo una tradición discursiva que más que darle credibilidad hiperdramática al relato, termina por desorbitar su aspiración lacrimógena en una especie de telefilme de sobremesa especiado con algunas gotas de calidad en su acabado formal. El realismo trágico y la desorientación psicológica que aboga por la aleccionadora dimensión universal devenida en el manejo de una fatalidad y destino tan caprichoso como capcioso es un instrumento para vapulear a unos personajes ahogados en sus problemas y unidos por la desesperación. La película de ausencia, soledad, dependencia en cadena, maternidad y adopción que encamina su discurso hacia la catarsis, hacia una redención personal de sus elementos que exige la indagación en los traumas del pasado para afrontar con indulgencia el presente se convierte en un cúmulo de elementos convencionales, condescendientes, llevados hacia la lágrima fácil y la palmadita en la espalda.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Noche y Día (Knight & Day)', de James Mangold.