jueves, 22 de julio de 2010

La divertida descontextualización de la fiesta nacional

Esta misma semana hemos tenido la oportunidad una espectacular imagen de salvajismo animal. Se trata del trágico suceso de la tradicional desencajonada de Valencia, con la suelta de los toros previa a la Feria de Julio de la ciudad ché. La cosa fue así, se suelta a los toros ante la mirada de esas personas que consideran un arte este incoherente pasatiempo arcaico. El tendido con algo de gente, los palcos a medias y las andanadas semivacías. En un instante de la función sobreviene algo imprevisto, dos toros de la manada se buscan con la mirada y al encontrarse se abalanzan el uno hacia el otro. El toro Carafina choca brutalmente sus astas contras las de Pelotito (ojo al nombre de los vacunos), hermanos de camada, pero por lo que se vio enemigos irreconciliables.
Los dos animales caen de bruces al suelo, entre estertores tras el brutal encontronazo. Pelotito queda malherido, Carafina aparentemente también. Sin embargo, éste logra ponerse en pie y rematar su venganza corneando a su semejante en el coso, ante la atónita mirada de los espectadores, aterrorizados por esta situación anómala, pero acostumbrada a ver sufrir a los animales en su lenta muerte. Silban y abuchean indignados, no sé muy bien si por lo terrible del suceso o porque este tipo de conductas no son de recibo en este particular festejo. Paradójico y risible, obviamente. Carafina está ajeno a esta polémica. Su destino sigue siendo el mismo. Tras ser observado por los veterinarios y confirmar su buen estado, será lidiado (perdón, sacrificado) mañana por la tarde.
En esta tesitura fuera de lugar, de irregularidad no tan desnaturalizada dentro del mundo animal, se podría fantasear perversamente con una descontextualización que invirtiera los términos, en plan anástrofe que alterara la fiesta nacional. El asunto sería observar como los valientes toreros, en vez de acometer sus faenas ante un toro moribundo y agonizante se enfrentaran entre ellos mismos, como lo han hecho Carafina y Pelotito, en un duelo de espadas, vestidos de luces, con su montera y su capotito, con el estoque en ristre, regresando culturalmente al Siglo XV y su génesis del ‘duellum’ (un poco dentro de los parámetros de las corridas actuales y sus argumentos), con desafiantes y oponentes, como si de Arthur Wellesley y George William Finch-Hatton se tratara.
Ofrecerían de este modo un espectáculo mucho más dantesco del que ya por sí celebran en su sectario ruedo. Sería algo así como ver una lucha a muerte entre dos paupérrimos simulacros de Darth Vader y Darth Sith, sangrando con banderillas en su espalda, pero sin emoción, efectos especiales ni suntuosas galas de fanfarrias épicas. Dos toreros del Lado Oscuro embutidos en taleguillas y chaquetillas, con las morillas haciendo las veces de los moños de la Princesa Leia, pero con medias de color, como las chicas ‘ye-yé’. Un fragrante duelo sin sables de luz, pero con ese desagradable y rancio olor a puro, sudor, suciedad e intransigencia atávica que se perpetúa en bares y círculos de dominó a la hora de que el toro salga a morir a la plaza.